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Esa imagen se resiste a
quedar solo en el ámbito
del testimonio. Nos ha
llegado a partir de los
códigos del arte:
primero desde una
exposición y poco
después desde el
registro de dos
revistas… de arte.1 Ella
propicia la reflexión;
nos hace apreciar de un
modo distinto el punto
magnánimo consagrado a
José Martí en la Isla,
esta vez, desde su
desmontaje y fundamentos
de concepción; logra
modificar y resituar a
“escala” la gran cabeza
que allí ondea en el
aire; propicia (re)crear
un “busto” otro de Juan
José Sicre, no tan
diferente —por cierto—
de aquel que, en los
años 20, le diera gloria
cultural al escultor y
que aún es posible
encontrar en sitios
consagrados al Maestro.
Sicre queda favorecido
con esta instantánea de
Ernesto Fernández o
mejor: gracias a la
pieza del escultor, un
fotógrafo ha superado
desde lo bidimensional
al volumen en sí. O si
se prefiere —para evitar
decir que motiva más
artísticamente el
semblante apuntalado que
el dormido—, una imagen
nos lleva a la otra, y
viceversa.
Ella, tal vez, no debe
haber sido la única
captada aquel día
soleado en el que un
joven de menos de 20
años pasaba por el
proyecto en construcción
de la entonces Plaza
Cívica de La Habana.
Casi no importa si iba
para la revista
Carteles —donde
trabajaba— o retornaba
de ella (creo que para
esa fecha, ubicada ya un
tanto cerca de la
Plaza). Lo cierto es que
estuvo allí, hizo uso de
la cámara fotográfica y
quedó la esfera estática
en el negativo. Era
obtenida así una imagen
de impacto, existente a
causa de tres núcleos
(objetivos): el
escultor, los obreros,
el fotógrafo (en
cierne).
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Hoy el entorno primero,
sucesivo, del gran
perímetro por donde
transitó Ernesto
Fernández en aquel 1957,
más o menos podemos
recorrerlo visualmente
por medio de otras fotos
de varios períodos y que
están en una sección del
museo existente en el
actual Memorial José
Martí. Su foto no está
allí, no integra ese
conjunto de imágenes con
el sabor de época. Si
así fuera, su fotografía
sin título, tal vez,
solo sería testimonial.
Prefiero que quede
irradiando significados
desde la portada de
Noticias de Artecubano.
Agradezco mi
conocimiento de ella por
esta vía, porque así se
me reveló hace unos
años: como el Martí de
Ernesto Fernández. De lo
contrario, la gran
fotografía que es,
habría sido una
instantánea más y hasta
anónima. Con ella, el
ámbito artístico de los
2000 en torno al Maestro
ganaba un sustancioso
aporte iconográfico.2
Vuelvo a repasarla y
pienso en Herminio
Almendros, aunque
revirtiendo sus ideas,
ahora, hacia el
territorio visual: “La
lectura es quehacer más
sutil y complejo. No
todo el mundo lee lo
mismo en la misma
página, aunque todos
entiendan igual (…) La
lectura no es meramente
transmisión unívoca del
escritor al lector, sino
que es, en su íntimo y
dinámico sentido,
creación constante y
propia del que lee. Crea
el lector su mundo de
lectura (…)”.3
Por ende, el Martí
(público), de Ernesto
culmina en nosotros los
espectadores y, por
suerte, no lleva
pedestal, sino nuestro
propio cuerpo. Y ya con
esto basta. Es
suficiente.
3-
Herminio Almendros: A
propósito de “La Edad de
Oro” de José Martí.
Notas sobre literatura
infantil.
Universidad de Oriente,
Departamento de
Extensión y Relaciones
Culturales, Santiago de
Cuba, 1956, pp. 97-98. |