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Carta por Ícaros y otras piezas míticas (Letras Cubanas, 2010)

Laidi Fernández de Juan • La Habana


Solo un joven talentoso como Jaime Gómez Triana, pudo ser capaz de asumir el reto de prologar el libro que reúne cinco de las más de 20 obras teatrales escritas o adaptadas por otro joven, cuya brillantez ha convertido en un intelectual marcadamente sobresaliente en nuestro ámbito cultural:  el poeta, dramaturgo, editor y crítico teatral Norge Espinosa Mendoza.

Reseñar los cinco majestuosos textos que el autor seleccionó para Ícaros y otras piezas míticas, le tomó a Jaime diez páginas, VIII acápites y un profundo análisis ensayístico sobre el quehacer de Norge en materia de teatro.

“Hoy, una veintena de obras hacen de este autor uno de los dramaturgos más prolíficos de su generación y también uno de los mas representados. Él mismo ha sabido construir ese camino”, nos dice el prologuista, de modo que no quedan dudas de a quién nos estamos acercando. Cabe señalar que el propio Norge prefiere ser definido como poeta dramático antes que dramaturgo.

En la primera de las obras que aparecen, Ícaros, confluyen varios iconos y mitos, como bien señala Gómez Triana: el derrotado viaje del hijo de Dédalo, Batman, Peter Pan, Pinocho, Aladino y La Caperucita Roja, entre otros.

Sin embargo, es la figura de Ariadna, en tanto dueña del escenario de la Nada quien culmina  la obra (la “culmina” porque la termina, y también porque la eleva a la cumbre), a través del inolvidable monólogo que el poeta Norge escribió para ella: “…había una vez una isla, un deseo, un océano, una fuga, un teatro en ruinas, una historia que contar. Adiós, Creta. Adiós, espectadores. Cuando no me ilumine ya ninguna luz, grítenme bravo. Y así recomenzaré. Había una vez, había una vez, había una vez…”

Fedra y Yo, Carlota, comme il faut, las dos obras siguientes en el libro; la primera, una  versión de la obra homónima de Racine, y la segunda, integrante del ciclo inconcluso Los juegos de la pasión además de Muerte por agua, ambas escritas por Norge, comparten el protagonismo femenino que el autor se empeña en desplegar, en lanzar al vuelo. Son damas a las cuales él les permite una existencia que va más allá del encierro de su vestimenta. Coincido con Jaime cuando dice que las mujeres de Norge Espinosa conocen perfectamente su destino, y de algún modo son ellas quienes escriben sus propios textos. En aras de ocupar más espacio en las obras que aparecen a continuación, no voy a detenerme en estas dos intermedias.

La Virgencita de Bronce (“Comedia lírica para retablo en un prólogo y nueve cuadros a partir de la novela Cecilia Valdés o La loma del Ángel, de Cirilo Villaverde”), estrenada por el Teatro de Las Estaciones, y ganadora del Premio Villanueva de la Crítica —al igual que Fedra e Ícaros—, debe su nombre a Agustín Rodríguez y a José Sánchez-Arcilla, en cuyo libreto para la comedia lírica Cecilia Valdés aparece, según apunta Norge, la frase: “Esa virgen de bronce que allí ves de talle escultural y labios rojos, ¡es Cecilia Valdés!”. Homenaje incluido, esta renovada versión en títeres para todas las edades, posee  el atractivo inusual de ser una historia contada por los esclavos de las familias protagónicas. La tragedia de Cecilia —que es decir de toda una época—, vista por los ojos de los subalternos, cobra matices insospechados. Nunca antes la tradicional novela del siglo XIX había sido colocada digamos de cabeza, de modo que a través del lenguaje picaresco y del choteo característico de las clases sociales consideradas inferiores, un nuevo espejo se descubre, un nuevo cortinaje se descorre.

El último texto seleccionado por Espinosa para este libro (y favorito para muchos de sus admiradores), Cintas de seda, merecedor del Premio Nacional de Dramaturgia José Jacinto Milanés en el año 2006, es una obra realmente monumental, donde ocurre una larga e imaginaria conversación entre dos mujeres imprescindibles para la cultura latinoamericana y universal: Frida Kahlo y sor Juana Inés de la Cruz.

Representadas por La Pintora y La Monja respectivamente, estas dos figuras luminosas dialogan acerca de sus particulares visiones del arte, y exponen sus contradicciones tanto personales, como sociales, estableciendo el contrapunteo de sus prodigiosas mentalidades en medio de la pobreza social en que desarrollaron sus creaciones. La leyenda de sus propias vidas se justifica no por lo que de ellas recibimos en materia de obras tangibles (pictóricas y literarias), sino por el carácter iluminado de sus inteligencias, sus osadías y sus desafíos, estructurados con verosimilitud por el autor de sus parlamentos.

El libro Ícaros y otras piezas míticas ofrece, en resumen, un panorama de algunas de las obras de Norge Espinosa —avaladas por importantes Premios Nacionales—, que no puede ser obviado de ninguna manera. Por el exquisito valor literario que poseen sus textos, por el estricto rigor de sus propuestas teatrales, y por constituir en sí mismo un documento de imprescindible consulta para los estudiosos de la dramaturgia cubana actual, sería imperdonable no solo su tibia ubicación en estantes de oscuras librerías, sino el descuido de negarle los altísimos reconocimientos que merece.

Octubre, 2011.
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.