Solo un joven talentoso
como Jaime Gómez Triana,
pudo ser capaz de asumir
el reto de prologar el
libro que reúne cinco de
las más de 20 obras
teatrales escritas o
adaptadas por otro
joven, cuya brillantez
ha convertido en un
intelectual marcadamente
sobresaliente en nuestro
ámbito cultural: el
poeta, dramaturgo,
editor y crítico teatral
Norge Espinosa Mendoza.
Reseñar los cinco
majestuosos textos que
el autor seleccionó para
Ícaros y otras piezas
míticas, le tomó a
Jaime diez páginas, VIII
acápites y un profundo
análisis ensayístico
sobre el quehacer de
Norge en materia de
teatro.
“Hoy, una veintena de
obras hacen de este
autor uno de los
dramaturgos más
prolíficos de su
generación y también uno
de los mas
representados. Él mismo
ha sabido construir ese
camino”, nos dice el
prologuista, de modo que
no quedan dudas de a
quién nos estamos
acercando. Cabe señalar
que el propio Norge
prefiere ser definido
como poeta dramático
antes que dramaturgo.
En la primera de las
obras que aparecen,
Ícaros, confluyen
varios iconos y mitos,
como bien señala Gómez
Triana: el derrotado
viaje del hijo de
Dédalo, Batman, Peter
Pan, Pinocho, Aladino y
La Caperucita Roja,
entre otros.
Sin embargo, es la
figura de Ariadna, en
tanto dueña del
escenario de la Nada
quien culmina la obra
(la “culmina” porque la
termina, y también
porque la eleva a la
cumbre), a través del
inolvidable monólogo que
el poeta Norge escribió
para ella: “…había una
vez una isla, un deseo,
un océano, una fuga, un
teatro en ruinas, una
historia que contar.
Adiós, Creta. Adiós,
espectadores. Cuando no
me ilumine ya ninguna
luz, grítenme bravo. Y
así recomenzaré. Había
una vez, había una vez,
había una vez…”
Fedra
y Yo, Carlota, comme
il faut, las dos
obras siguientes en el
libro; la primera, una
versión de la obra
homónima de Racine, y la
segunda, integrante del
ciclo inconcluso Los
juegos de la pasión
además de Muerte por
agua, ambas escritas
por Norge, comparten el
protagonismo femenino
que el autor se empeña
en desplegar, en lanzar
al vuelo. Son damas a
las cuales él les
permite una existencia
que va más allá del
encierro de su
vestimenta. Coincido con
Jaime cuando dice que
las mujeres de Norge
Espinosa conocen
perfectamente su
destino, y de algún modo
son ellas quienes
escriben sus propios
textos. En aras de
ocupar más espacio en
las obras que aparecen a
continuación, no voy a
detenerme en estas dos
intermedias.
La Virgencita de Bronce
(“Comedia lírica para
retablo en un prólogo y
nueve cuadros a partir
de la novela Cecilia
Valdés o La loma
del Ángel, de Cirilo
Villaverde”), estrenada
por el Teatro de Las
Estaciones, y ganadora
del Premio Villanueva de
la Crítica —al igual que
Fedra e Ícaros—,
debe su nombre a Agustín
Rodríguez y a José
Sánchez-Arcilla, en cuyo
libreto para la comedia
lírica Cecilia Valdés
aparece, según apunta
Norge, la frase: “Esa
virgen de bronce que
allí ves de talle
escultural y labios
rojos, ¡es Cecilia
Valdés!”. Homenaje
incluido, esta renovada
versión en títeres para
todas las edades, posee
el atractivo inusual de
ser una historia contada
por los esclavos de las
familias protagónicas.
La tragedia de Cecilia
—que es decir de toda
una época—, vista por
los ojos de los
subalternos, cobra
matices insospechados.
Nunca antes la
tradicional novela del
siglo XIX había sido
colocada digamos de
cabeza, de modo que a
través del lenguaje
picaresco y del choteo
característico de las
clases sociales
consideradas inferiores,
un nuevo espejo se
descubre, un nuevo
cortinaje se descorre.
El último texto
seleccionado por
Espinosa para este libro
(y favorito para muchos
de sus admiradores),
Cintas de seda,
merecedor del Premio
Nacional de Dramaturgia
José Jacinto Milanés en
el año 2006, es una obra
realmente monumental,
donde ocurre una larga e
imaginaria conversación
entre dos mujeres
imprescindibles para la
cultura latinoamericana
y universal: Frida Kahlo
y sor Juana Inés de la
Cruz.
Representadas por La
Pintora y La Monja
respectivamente, estas
dos figuras luminosas
dialogan acerca de sus
particulares visiones
del arte, y exponen sus
contradicciones tanto
personales, como
sociales, estableciendo
el contrapunteo de sus
prodigiosas mentalidades
en medio de la pobreza
social en que
desarrollaron sus
creaciones. La leyenda
de sus propias vidas se
justifica no por lo que
de ellas recibimos en
materia de obras
tangibles (pictóricas y
literarias), sino por el
carácter iluminado de
sus inteligencias, sus
osadías y sus desafíos,
estructurados con
verosimilitud por el
autor de sus
parlamentos.
El libro Ícaros y
otras piezas míticas
ofrece, en resumen, un
panorama de algunas de
las obras de Norge
Espinosa —avaladas por
importantes Premios
Nacionales—, que no
puede ser obviado de
ninguna manera. Por el
exquisito valor
literario que poseen sus
textos, por el estricto
rigor de sus propuestas
teatrales, y por
constituir en sí mismo
un documento de
imprescindible consulta
para los estudiosos de
la dramaturgia cubana
actual, sería
imperdonable no solo su
tibia ubicación en
estantes de oscuras
librerías, sino el
descuido de negarle los
altísimos
reconocimientos que
merece.
Octubre, 2011. |