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“La ceiba, aislada en un
espacio por ella
elegido, me hablaba en
un idioma desconocido
del nogal, el encino, el
tilo, el abedul. Árbol
parado por derecho
propio, indiferente a
las sequías, indiferente
a las lluvias,
desafiador de huracanes,
testigo impasible y
enhiesto de diez,
veinte, ciclones, en
cuyas ramas no anidaban
pajarillos porque no le
interesaban los solos de
pífano ni las músicas de
cámara, sino las
sinfonías de los vientos
viajeros que, de paso,
le narraban la historia
del mundo —historia que
para este árbol empezó
cuando lo vegetal, en
hierbas de gigantesca
estampa puso por fin,
después de muchas
luchas, un color verde
sobre la siniestra
grisura inicial de la
Tierra.”
Alejo Carpentier, La
consagración de la
primavera
Así, con las palabras de
Carpentier, recitadas al
pie de su ceiba, comenzó
la mañana. Aunque, en
realidad, fue mucho
antes, sobre una guagua
con tan fuerte olor a
gasolina, que las poetas
Lina de Feria y Lisette
Clavelo prefirieron
contenerse y dejar los
cigarros apagados. Iban
en silencio, mirando la
llanura que corría a
nuestro lado.
A diferencia de ellas,
el poeta puertorriqueño,
Antonio Salvador, como
siempre, hablaba. Ya lo
hacía minutos antes de
montar, cuando explicaba
que existen pocas
palabras en el idioma
que denoten en sí mismas
su significado, y una de
esas es, sin duda,
rascabucheador. Una vez
dentro, disertó sobre la
economía, el dólar, el
yuang, las elecciones en
Venezuela, el fútbol y
el pasado oscuro de Bugs
Bunny. Su auditorio, un
grupo que por lo general
no suele estar de ese
lado del espectáculo:
los músicos de Mate.
Después de las bromas,
la algarabía y el whisky
inicial, Salvador logró
que le escucharan, a
ratos consternados y a
ratos riendo, así de
ambiguo anda el mundo.
Mientras disertaba,
Sinecio Verdecia,
también poeta, leía
tranquilamente un
Palante, de vez en
cuando levantaba la
cabeza, tocada con un
sombrero pequeño, y
reía.
Ahora, por fin, tenemos
la ceiba delante. Está,
donde aseguraba
Carpentier, a un lado de
la carretera que lleva a
San José de las Lajas.
Los miembros de la
Asociación Hermanos Saíz
de Mayabaque han
acondicionado el lugar.
Trajeron sillas de
hierro, comida envuelta,
dos bocinas enormes y el
resto del sistema de
audio, no falta nada.
Todo absolutamente
anacrónico con el monte,
pero ideal para recordar
eso que todos los
diciembres trae aquí a
músicos y poetas: la
memoria de don Alejo.
Junto a la ceiba, una
tarja sobre la que ya no
puede leerse nada, los
años le han quitado la
inscripción, pero igual
sirve para marcar que es
esta, y no otra, la que
aparece en La
consagración de la
primavera.
Lisette Clavelo y Lina
de Feria se sientan
frente al público. El
árbol, imponente, al
fondo. La voz firme de
Clavelo deja que fluyan
las estrofas despacio,
en lentas bocanadas,
como si disfrutara uno
de esos cigarros que no
pudo encender en el
camino. Lina de Feria,
en cambio, vibra. Le
tiemblan la voz, los
lentes, las manos, el
libro, los versos. No
hay podio ni
altoparlantes, pero su
lectura tiene aire de
discurso, declaración,
alegato. Termina con un
poema emblemático, el
más antologado entre los
muchos que tiene: “Poema
para la mujer que habla
sola en el parque de
Calzada”. Una mujer que
ya no forma parte de los
seres lógicos, los ha
desterrado de su
universo, ese que solo
ella puede contemplar
desde un banco, bajo el
sol en los huecos de su
sombrilla.
Un grupo de niños de
ojos grandes y piel
tostada también se han
sentado, pero a la
sombra, muy cerca del
escenario. Su palco está
hecho de yaguas,
colocadas en fila sobre
el suelo. Y, como palco
al fin, tienen una vista
privilegiada.
Pueden ver mejor que
nadie el grupo Teatro de
las Olas cuando
interpretan para ellos
la historia de amor
entre la naranja dulce y
el limón partido. O
escuchar, quizá por
primera vez, a Mate. Un
sonido a ratos funky,
a ratos blues, a
ratos rock n’ roll.
Fusión: el más
posmoderno de todos los
géneros. El audio a
veces falla, pero las
palmadas llenan los
espacios vacíos.
El silencio no existe,
menos aquí, con estas
canciones que ya no
resultan extrañas, que
han llegado a ser tan
campesinas como las
otras, las de veras.
Guitarras eléctricas del
monte. Cuando terminan
los músicos, Sinecio y
Salvador se acomodan,
por fin, sobre el
escenario.
Cuadro interesante:
Salvador, piel blanca
ilustrada de tatuajes,
cabeza rapada,
espejuelos, short y
camiseta de la guía del
viajero; a sus pies, una
maleta de cuero
semejante a la de un
médico rural, en la que
lleva, como si fuesen
fármacos, los poemas. El
sol se cuela por entre
las ramas desde un
costado, iluminándole el
cráneo. A su lado, en la
sombra, está sentado
Sinecio. Utiliza los
mismos instrumentos
musicales que tañeron
alguna vez sus
antepasados africanos,
va a recitar justo como
lo hicieran ellos,
acompañándose de
sonidos. Entre los dos
poetas circula un odre
de vino que humedece los
versos.
Salvador lleva 13 años
viviendo en Cuba. El
plan original era
quedarse por tres meses,
que luego se
transformaron en años,
mujer, dos hijos y un
hogar. Este, me
confesaría luego,
probablemente sea el
lugar donde lo
entierren:
“En Cuba veo al Puerto
Rico que tal vez pudo
haber sido. Veo muchos
espacios muy parecidos a
los que conocí de niño,
que lentamente se han
ido urbanizando en mi
tierra y que aquí
todavía permanecen
vírgenes. Veo ríos, veo
expansiones y veo un
pueblo que en sus
esencias es muy similar
a lo que fuera el mío
antes de la vertiginosa
expansión que supuso el
desarrollo industrial de
los años 50. Veo a un
cubano que respira el
aire que pudo haber sido
mío, si no hubiese
girado hacia el
desarrollo extremo y
vulgar mi pequeñísima
isla. Entonces, de algún
modo pienso que este es
el único otro sitio del
planeta donde yo podría
vivir. Al no estar en
Puerto Rico, donde dos o
tres meses francamente
me enferman, llegar aquí
y poder sentirme, no
solo en casa y en
familia, sino ante el
horizonte de lo
profundamente antillano
y rescatarlo, no solo en
mi exploración íntima
sino también en la
expresión del texto y en
las imágenes que me
abordan cuando transito,
pues es algo sumamente
valioso.”
Ahora, frente a la
ceiba, promete que va a
sosegarse, no leerá
poemas tan
espectaculares como los
que acostumbra
usualmente, sino otros
de un registro más bajo.
Esto no es del todo
exacto. Cierto que, al
principio, comienza
tranquilo, en un tono
menor. Pero, poco a
poco, casi con
incontinencia, las
palabras se le desatan,
las deja fluir y se
mueve con ellas sin
levantarse de la silla.
Terminaron el sosiego,
la calma y los signos de
puntuación; ahora la
entonación, las pausas,
el ritmo están sujetos a
la única voluntad de su
voz. O, bien mirado,
quizá sea exactamente al
revés:
“En mi experiencia, el
poema revela su ritmo
interno siempre cuando
es hallado. Revelar ese
hallazgo entonces sería
la tarea del exégeta,
que en este caso fuera
el poeta que escribe.
Yo, luego de que por mis
primeros años como
aspirante a la escritura
trabajara textos
formalmente
convencionales, he
buscado liberar,
desprender mi ejercicio
de formas estrictas, que
de algún modo coagulen
de antemano los sentidos
que intento transmitir.
Si pudiera calificar mi
proyecto, diría que se
trata de la persecución
de la última libertad
sintáctica, de la última
libertad expresiva, de
la última libertad
semántica, de la última
verdad encerrada en el
contenido que el propio
poema según avanza
revelando se me va
mostrando. Y soy,
entonces, una suerte de
escriba arcaico que
recoge esas formas
expresivas sin juzgar
muy severamente hacia
dónde me conducen hasta
tanto no conocer a fondo
qué es lo que me han
mostrado de mí mismo.
Porque creo que un gran
mal fuera prejuiciarme
contra mi propia
expresión sin saber
todavía que es lo que
las profundidades de mi
inconsciente intentan
mostrarme sobre la vida
y el ser.”
Sobre esto habla en uno
de sus poemas cuando, ya
sin freno, arremete
contra esos que hacen lo
contrario. Aquellos que,
en lugar de buscar hacia
adentro, se enseñan; en
lugar de intentar
conocerse, tratan de que
los conozcan; en lugar
de hacer de la poesía un
ejercicio de reflexión,
la convierten en pose.
Tan profundos, oscuros y
metafísicos en ademanes
y estilo, que se olvidan
de la literatura. Porque
Salvador no se opone a
la elucubración, sino a
la actitud impostada que
la simula:
“Cuando esas
elucubraciones están
acompañadas de una
maestría formal, como
podría ser la de Jorge
Luis Borges, tienen un
valor en sí —aclararía
horas más tarde—. Claro,
Borges no solamente
elucubraba sobre sus
propias reflexiones en
cuanto al infinito, o en
cuanto a lo universal, o
en cuanto a las
tradiciones que a él le
eran caras, sino también
había evidentemente
hallado verdades
reveladas y las
alcanzaba a expresar en
un soporte formal que
hacía justicia a lo
dicho. Cuando yo decía
aquello no estaba
intentando negar las
posibilidades
especulativas, que no
solamente le son
cercanas a la poesía,
sino que incluso llegan
a ser tradición. La
filosofía, la
especulación metafísica,
ajena incluso a la
experiencia propia, son
parte de nuestra
tradición y no solamente
un campo legítimo,
abierto, válido, sino
también fértil.
“A lo que me refiero es
a la impostura que
pretende sustituir el
ejercicio verbal ajeno a
toda comprensión propia
por la vivencia, por el
verso aterrizado en el
sentimiento que se
arriesga y se duele en
el ejercicio de la
creación poética, eso es
diferente. De una parte,
la alta especulación que
haya un soporte formal.
Y de otra parte,
entonces, el ejercicio
que nace, no del llamado
confesionalismo
intimista que, aun
cuando reconozco sus
méritos resulta distante
de mi propio intento,
sino de la impostura que
desde su génesis se
proyecta como ajena a sí
misma y que por tanto se
vacía de contenido y, a
la postre, no dice nada,
no transmite nada porque
nada se transmitió a sí.
En última instancia, el
artífice y el artista
son diferentes, en la
medida en que los
ejercicios formales le
sirven al artífice para
producir la apariencia
de contenido, mientras
que el artista se
invierte en cada medida
de su ser en la afanosa
búsqueda de reconocerse
y no ser reconocido. Es
una diferencia
importante y vale la
pena recalcarla,
subrayarla, si se
quiere.”
Tal vez para eso, para
recalcar, es que se ha
puesto de pie, aunque
nadie sabe muy bien por
qué. Ha dicho que el
texto se llama “Rage” y
que está dedicado a un
querido amigo: el actor
Benicio del Toro.
También hay un exergo de
Dylan Thomas: “Rabia
contra la muerte de la
luz”. Eso fue todo.
Luego se levanta y
dispara. Las ráfagas
hablan de los muertos,
esos miles de muertos en
New Orleans, Irak,
Afganistán o en cada
rincón del mundo donde
hay un pobre, muerto por
eso que no tiene: el
money. Y él se
mueve, agita los brazos,
se para en puntillas,
salpica el micrófono,
arquea el cuello, el
cráneo brilla. Nadie
respira. Después de
gritar: “¡Rage!”, dos
veces, con toda la ira
que le permite su
garganta, dice, muy
bajito: “No hay tregua
ni flores ni cintas ni
brisa ni amores”. Otra
pausa, mira a los niños
sentados frente a él,
esos que tienen los ojos
más grandes que nunca, y
termina: “Dios mío, cómo
sepultarán a esos niños.
Suficientes testigos,
que no haya olvido”.
Ya sé que el silencio no
existe, pero durante
tres segundos, el monte
no emitió ningún sonido.
Minutos más tarde, aún
sin dejar de aplaudir,
todos intuíamos que
acabábamos de ver uno de
los mejores poemas de
esos que suelen llamar
performáticos:
“A mí me parece que la
palabra y la lengua se
actualizan en la
oralidad, y no cobra
toda su significancia,
sino hasta que no ha
sido expresada
oralmente. De ese modo,
creo que las cualidades,
los sentidos, el
volumen, el peso,
incluso, el silencio
significativo que
precede o sucede a una
palabra, no resultan
sino hasta la expresión
oral. Y estos poemas de
un corte que ha sido
dado en llamar
performático, desde mi
visión, no son sino
precisiones semánticas,
atribuciones, rasgos
atribuidos que se
otorgan a la palabra
para hacerla más cercana
al que la recibe. De
otro modo, la palabra
quedara distante en una
ambivalencia
insoportable, en una
ambigüedad cuyo esfuerzo
por precisar entonces
sería parte del
ejercicio del receptor,
mi intención no es sino
acortar esa distancia”.
Sinecio, que ha sido su
contraparte esta mañana,
piensa lo mismo. Y digo
su contraparte porque
mientras uno echaba a
correr las palabras; el
otro, más comedido,
buscaba el equilibrio.
Su lectura, acompañada
de los sonidos de África
y del monte, tuvo algo
de oración o de patakí,
recordaba a los viejos
proverbios recitados
junto a la hoguera, los
ojos fijos en las
llamas. Para Sinecio, la
poesía es casi un arte
marcial, y el poeta, un
sacerdote de la palabra.
Por eso debe usarlas en
su justa medida,
dándoles el valor que
cada una posee. Según
este concepto, el poema
tiene mayor fuerza
cuando es recitado, pues
la comunicación a través
de la oralidad, como
aseguraban los antiguos,
es mucho más directa que
sobre el papel.
Yo, un tanto escéptico,
dudo. Sospecho que al
leer en voz alta, con
una entonación
específica, el autor
puede condicionar el
proceso de
decodificación y limitar
una lectura que de otra
manera tendría mayor
polisemia. Al respecto,
Salvador es tajante:
“Es mi poesía, son mis
poemas, son mis textos,
tengo todo el derecho a
hacerlo así.”
Después, hubo más
versos, más música y don
Alejo terminó, igual que
todos, entrelazando una
ronda alrededor de su
árbol, acompañados por
la voz de Teresita
Fernández. Aunque, a
decir verdad, Carpentier
seguía entre nosotros
mucho más tarde, ya
lejos de la ceiba,
escuchando las palabras
enronecidas de Antonio
Salvador cuando me
señalaban el camino del
arte. O mejor, el del
artista, porque el del
arte nadie lo conoce:
“¿Quién sabe cuál es el
camino del arte? Si se
arriesga, si penetra, si
revela, si acerca, si
besa, entonces sí es
arte. ¿Cuáles son los
códigos? ¿Cuáles son los
instrumentos para
acercarnos? ¿Quiénes
pueden categóricamente
afirmar una u otra cosa
en este sentido? No soy
yo. A mí lo que me
interesa es aprender a
morir. Acercarme a ese
tránsito sabiendo que
toda prestancia es
efímera, que toda
ganancia perdura solo en
la memoria y que yo
también moriré, como las
rosas y Aristóteles.” |