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La Gaceta de Cuba
que tendrán dentro de un
rato en sus manos, es la
número 6,
correspondiente
a noviembre-diciembre
del pasado año y que
para no crear ningún
alboroto es consecuente
con el eterno atraso que
identifica a nuestras
publicaciones literarias
periódicas. Ajeno, nunca
esta demás aclararlo, a
los afanes de quienes en
ella laboran y sus
colaboradores sino
probablemente a la
“maldita circunstancia
de estar rodeados de
agua por todas partes”.
Debemos recordar que en
este año que comienza
alcanza La Gaceta
su aniversario 50 fiel a
los postulados de su
fundador el gran poeta
Nicolás Guillen; al
recoger materiales que
por su diversidad y
propósitos mantiene no
solo el interés por
tenernos al tanto de los
meandros de nuestro
quehacer cultural
actual, sino a la
intención de que este
sea a su vez un espacio
fértil para la polémica,
en aras de fortalecer la
percepción y el latido
que requiere la
reflexión sobre lo
logrado, hacia donde
vamos y las trabas
necesarias de aniquilar
para que así sea.
Ya en el reverso de la
portada como marco
propicio a lo que vendrá
en su interior y dentro
de poco tiempo se le
hace un sucinto homenaje
a ese otro grande de
nuestras letras,
príncipe de la
dramaturgia, poeta
singular y engendrador
de talentos, entre otros
dones, que es y será por
siempre nuestro Virgilio
Piñera, en su
centenario.
Pero entremos, pues, en
el averno de su mano,
quiero decir en ese
precipicio que es toda
entrega que nos propicie
asomarnos a mundos
distintos al propio y
que pueden aburrirnos
por su chatura,
enloquecernos por su
complacencia o lanzarnos
en sus vericuetos,
complejidades y
aberturas como es el
caso en el número de
esta revista.
La poesía como matriz
generadora de todo
intento creativo tiene
fuertes resonancias a lo
largo y ancho de esta
edición. Leonardo Sarría
con sus “(Des)
articulaciones. Una
década de poesía cubana
a través de un premio,
comienza por nombrar las
cosas por su nombre, en
análisis somero, que
requeriría más espacio y
riesgos, en el que no
obstante consigue
mostrar y evidenciar
con tino los cauces por
donde corre el agua de
la poesía que hacen los
mas jóvenes entre
nosotros, según lo
atestiguan los conjuntos
de poemas premiados en
el certamen que otorga
la propia revista. Este
abarca las últimas 11
ediciones alcanzadas en
las cuales se percibe un
abanico alentador de
búsquedas e inquietudes
necesarias para la salud
de nuestra poesía. Es
una lástima que no haya
podido reseñar los
últimos galardones del
pasado año que
obtuvieran el sensible
poeta Julio Mitjans y
Junior Riquenes, con su
beca de creación
Prometeo; con lo cual
tal vez el diferendo
entre conversacionalismo
y posconversacionalismo
planteado en este
artículo se inclinaría
en la balanza y
marcarían otros topes.
Al final de la lectura
de este trabajo se me
ocurre esta pregunta
¿qué será más
significativo para un
lector, la pujanza de un
movimiento determinado o
el disfrute del dominio
de sus altos exponentes?
Los dos poemas de
Filiberto Rebollar que
aparecen en la página
11, manifiestan algunas
de las peculiaridades
enunciadas por Sarría,
donde la atmósfera
evanescente prima
creando una textura de
resonancias y
asociaciones.
La maestría de ese
poeta, aun joven, ojalá
lo sea por mucho tiempo,
que es Sigfredo Ariel,
toma al toro por los
cuernos y con sarcasmo e
ironía nos ofrece una
cosecha de lo mejor, a
lo que nos tiene
acostumbrados, dotando a
su poética de una
dramaturgia donde no hay
distracción ni sosiego
en su mirada a nuestro
entorno contemporáneo,
sino vuelo y alto
alcance.
Y entramos de lleno en
el primer dossier que
nos aporta este número,
donde poesía y plástica
se unen para
deslumbrarnos con la
obra y la vida de, me
atrevería a enjuiciarlo,
un raro de nuestra
cultura: Julio Girona.
Un poeta obsedido por
dos o tres visiones o
pertenencias: la mujer,
la creación y el espacio
de luz que las primeras
arrojan. ¿Y son
necesarias otras
preocupaciones para
erigir una obra de
valores trascendentes?
Quizá tan solo la
guerra, ese animal que
nos asedia de vez en vez
como una pesadilla
recurrente que con su
carga marcó también
diversos derroteros a
este creador, lúdicro,
germinativo y que en
cada uno de sus
ejercicios nos ofrece
una lección de libertad
subyacente en la
humanística visión de la
realidad, de este
manzanillero del mundo y
Benjamín del Grupo Orto.
Al cual Norberto Codina,
su hija Ilse Girona y
Orlando Hernández logran
acercárnoslo ora con
objetividad, pasión y
hasta humor cuando ya
nos han ganado sus
poemas e imágenes
pulidas con la fiebre de
la llana originalidad.
En la especie de segundo
dossier que dialoga con
el anterior, encontramos
que Antonio Eligio
(Tonel) desentraña con
profundidad los
presupuestos del
prematuramente
desaparecido pintor
cubano Pedro Álvarez.
Consiguiendo
transmitirnos
iluminaciones
conceptuales y estéticas
que nos enfrentan con lo
que hemos sido y aún nos
quieren hacer algunos,
enmarcado dentro de “los
procesos de dominación,
dependencia y
resistencia que tienen
lugar desde el siglo XIX
y hasta hoy en la
historia de Cuba, ante
culturas y poderes
foráneos de variada
guisa”.
Como ejemplo vivo de su
labor desmitificadora
están las portadas y las
ilustraciones de una
serie de sus cuadros
ricos en sugerencias y
en la utilización de la
transgresión y
yuxtaposición como armas
para lograr el deslumbre
del conocimiento.
Las agudas observaciones
del más reciente Premio
Nacional de Diseño del
Libro, del también
pintor y poeta Pedro de
Oraá, radiante y lúcido
en sus primeros 80 que
sabe evadir la
inquisitiva entrevista
con la misma sagacidad y
el oficio que demuestran
Elizabeth Mirabal y
Carlos Velazco, con lo
que nos dan una visión
de su ejecutoría como
creador donde priman la
honestidad y la amplitud
de miras al enfrentarse
a la hoja o lienzo en
blanco, de este inédito.
En narrativa el Chino,
Eduardo Heras León nos
regala unas páginas
donde más que el notable
oficio demostrado con
anterioridad, hace suya,
a su manera, esa
tradición cortaziana
donde más que lo
verosímil interesa la
veracidad que encubre a
las manifestaciones de
las aparentes
circunstancias
cotidianas que
desembocan en lo
insólito o irreal. Un
cuento fantástico con
sustancia realista y de
lo más logrado que he
leído en los últimos
tiempos, en esa línea.
Sin desgastarse en las
explicitaciones o
conceptualismos, con una
mirada que nos recuerda
a un ritornello poético,
Mónica Ravelo construye
su “No fotograph”, con
una economía de medios
eficaz y meritoria para
una joven narradora.
Empeñado como otros
tantos en ese interés de
desbrozar los caminos
cosechados por la
molicie o el desdén que
marcaron a zonas
esplendentes de la
cultura nuestra de los
60, Leandro Estupiñán
escruta en su “Oscar
Hurtado: el último
vampiro”, gracias a la
información de otros, a
un personaje carismático
para los de mi
generación, y quien
fuera puerta de apertura
desde entonces a nuevas
formas y vericuetos de
la literatura y que
respondía, subvalorado y
casi olvidado, al nombre
de Oscar Hurtado.
Buenos tantos se apunta
e interés despierta
Vitalina Alfonso en su
breve ensayo
“Redescubrimiento de la
infancia, desde una
mirada testimonial” al
interpretar el quehacer
creativo de quienes
lejos de nuestro aire
aún se sienten
atenazados por su
relumbre y tratan “de
rememorizar la
infancia”, “lo que
implica reinventarla
verbalmente”. Un
excelente y provocador
acercamiento a la
memoria y a la
invención, donde la
fijeza y la
incertidumbre de un
complejo proceso humano
es valorado con la duda
de la razón y los
sentimientos.
Tres primeras damas de
la escena cubana,
archiconocidas por los
amantes de la
televisión, el cine y el
teatro, dan lustre con
algo más que el
glamour de las
estrellas, a estas
páginas. De la mano de
Norge Espinosa, Verónica
Lyn es conducida sin
poses a recorrer su
formación y trayectoria
y los ganados hitos
escénicos en que ha
participado. Todo con
sinceridad y sentido
crítico, en el mejor
sentido por supuesto,
haciendo gala de lucidez
y entusiasmo en sus
primeros 80 abriles, al
rememorar a quienes y a
los principios que la
han conformado como una
mujer y actriz
realizada, gracias al
amor que ha sabido
cosechar como
intérprete.
Convocada por Susadny
González, Eslinda Núñez
accede como esa dueña de
las atmósferas y los
misterios, que emana de
un gesto y una mirada
suya y que parecen
pertenecer a tiempos
lejanos y que logran
abarcar al presente y el
infinito porvenir,
demostrado en los
disímiles roles que ha
interpretado y con los
cuales ha sabido calar
hondo en nosotros como
espectadores.
No cejaremos mientras
tengamos una gota de
aliento, de extrañar y
rememorar la presencia
de quien siempre estuvo
de parte de la verdad
por descarnada que
fuera, por tanto de lo
vital en nuestra vida
social, personal y
artística; poseedora de
un dominio técnico y un
temperamento excepcional
que si para el poeta
dramático Abelardo
Estorino le valió para
que la considerara su
fetiche, para muchos de
nosotros seguirá siendo
una imprescindible de la
escena cubana de todos
los tiempos: Adria
Santana.
Llegamos ante la
impronta de un genio
contemporáneo de la
danza que se desnuda
ante los lectores como
el hombre y artista
orgulloso de su
procedencia, por estar
consciente de las
alturas que ha alcanzado
y dispuesto a ir por
nuevas cotas, como solo
puede hacer Carlos
Acosta al ser retado en
su entrevista por
Marilyn Garbey.
Tres críticas de poesía,
cuatro sobre la plástica
y la arquitectura, una
de narrativa, otra de
teatro y aun una sobre
un ensayo literario, se
mueven en la mayoría
entre la referencia o
reseña necesaria
informativa, propias de
tan breve espacio, y la
exaltación acrítica de
contenidos y formas.
Entre ellas habría que
resaltar lo conquistado
por la nada
contemplativa y sí
valorativa, de profundis,
sobre un libro de la
poetiza Damaris Calderón
“La servidumbre como una
majestad”, de Caridad
Atencio; la señalización
de la importancia de un
libro poco frecuente
sobre arquitectura, de
Alina Ochoa Alomá o el
“Fragmentos de sí vistos
en La Habana” de Kirenia
Rodríguez Puerto sobre
un libro de la maestra
Adelaida de Juan; el
posmoderno engarce de
Ahmel Echevarría, que
establece para
inquietarnos o el
comentario sobre la obra
de Junior Acosta “Quién
mató al mesero” con el
que Sandra Sosa
Fernández nos despierta
el ánimo para transitar
por la zaga de este
artista y que cierra,
reflexivamente este
número tan balanceado en
la mayoría de sus
aspectos y que espero
los conviden a ello y al
debate, ¿por qué no?
como lo han logrado con
este humilde servidor.
La Habana, 11 de enero
2012 |