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La camagüeyana Gertrudis
Gómez de Avellaneda
(1814-1873), conocida
cariñosamente como Tula
o Doña Tula, es una de
las figuras literarias
más prominentes del
siglo
xix cubano. Poetisa, dramaturga, novelista, su obra se
desplaza con privilegio
por el romanticismo
cubano y universal.
Muchos han querido
hacerla española, porque
en tierra ibérica pasó
la mayor parte de su
vida y allí hizo vida
literaria, junto con
nombres tan relevantes
como Espronceda,
Zorrilla y Bretón de los
Herreros; incluso llegó
a ocupar posición
relevante en la corte
real. Al salir de Cuba
por vez primera, en
1836, por el puerto de
Santiago de Cuba,
escribió su conocido
soneto “Al partir”,
donde leemos:
¡Perla del mar!
¡Estrella de occidente!
¡Hermosa Cuba! Tu
brillante cielo
la noche cubre con su
opaco velo
como cubre el dolor mi
triste frente.
¡Voy a partir!... La
chusma diligente,
para arrancarme del
nativo suelo,
las velas iza y pronta a
su desvelo
la brisa acude en tu
zona ardiente.
¡Adiós, patria feliz,
edén querido!
¡Doquier que el hado en
su furor me impela
tu dulce nombre halagará
mi oído!
¡Adiós!... Ya cruje la
turgente vela...
El ancla se alza... El
buque, estremecido,
las olas corta y
silencioso vuela.
Gertrudis expresa en
esta composición sus
sentimientos de amor
hacia la tierra que la
vio nacer y sus
palabras, de pleno
entusiasmo, se
identifican también con
la tristeza que domina
su ánimo. Muchos años
después, en cartas a
amigos cercanos, subrayó
su amor a la tierra de
nacimiento. No hay duda
de que fue, es cubana,
aunque su estancia en
nuestra tierra fuera,
como la de José Martí,
breve.
Intensa y a la vez
dolorosa fue su vida
privada, tan censurada
en su época. Amó
frustrada y
apasionadamente,
violando las férreas
leyes impuestas por una
sociedad patriarcal, a
Ignacio Cepeda; también
al poeta Gabriel García
Tassara, con el cual
tuvo una hija, fallecida
a los pocos meses de
nacer. Contrajo
matrimonio con Pedro
Savater, muerto tres
meses después. Se retiró
a un convento, pero
Madrid, los escenarios
para estrenar sus obras,
pudieron más que la
serena vida de encierro.
Fuerte de carácter,
apasionada —“es mucho
hombre esa mujer”, se ha
dicho de ella—, intentó
ingresar en la Academia
Española, pero fue
rechazada por ser mujer.
Se casó con el coronel
español Domingo Verdugo,
con el que vino a Cuba
en 1859, pues había sido
nombrado para ocupar un
cargo oficial en la
Isla. Aquí se le hizo un
tributo de homenaje
nacional en el Teatro
Tacón de La Habana, el
27 de enero de 1860, en
el transcurso del cual
la poetisa Luisa Pérez
de Zambrana colocó en su
cabeza una corona de
laureles.
Apenas unos días
después, el 15 de
febrero, veía la luz el
primer número, de los 12
publicados, de Álbum
cubano de lo bueno y de
lo bello, “Revista
quincenal, de moral,
literatura, bellas
artes, modas, dedicada
al bello sexo”, cuya
dirección corrió a su
cargo. Más divulgada que
estudiada, esta
publicación, en la que
colaboraron las figuras
más notables de la
época, como Juan
Clemente Zenea, Rafael
María de Mendive, la
propia Luisa Pérez,
Francisco Sellén y
Emilio Blanchet, entre
otros muchos nombres,
constituye una
contribución medular
para dar cuenta de la
renovación del gusto
literario romántico en
nuestra Isla.
La no inclusión en sus
números del tema
patriótico ha dado lugar
a que el Álbum...
avellanedino haya sido
juzgado más en términos
estéticos tras notar esa
falta, entendida por
muchos como apoliticismo
de la revista. Sin
embargo, es preciso
conceptuarla, aparte de
por sus valores
literarios, por su
significación
político-ideológica en
una época determinada,
así como comprender el
papel rector desempeñado
por su directora.
En sus páginas se
publicaron más de 200
títulos entre relatos,
reflexiones, anécdotas,
noticias, poemas y
pensamientos, colocados
en sus diversas
secciones, como las
tituladas “Leyendas y
tradiciones”, “Galería
de mujeres célebres” y
“Revista de modas”. En
muchos de los textos se
exalta la imagen de la
mujer como figura
capacitada, como el
hombre, para
desempeñarse en el plano
intelectual y cumplir
las más diversas tareas
de la sociedad. La
sección “Galería de
mujeres célebres”,
concebida como retratos
históricos, fue
considerada por la Dra.
Susana Montero,
especialista en estudios
de género, como un
espacio donde “no se
lesionaba, en esencia,
aquella organización
patriarcal de la
sociedad, no la
desestabilizaba, sino
que quedaba en el rango
inofensivo de lo
excepcional universal y
ahistórico, sin
trascender al plano de
lo real común y
cotidiano”. Allí
aparecen nombres como la
célebre Aspasia, nacida
en Mileto y educada en
Atenas, considerada por
Gertrudis en su artículo
como “uno de los más
bellos talentos del
siglo de Pericles; uno
de los astros
esplendorosos que
brillaron en el cielo de
la Grecia en aquellos
últimos tiempos de su
dominación y de su
gloria”. O Catalina II,
de Rusia, que “asombra
[por] la extensión de
sus miras y la
inteligencia de sus
disposiciones”, y quizá
comprendiéndola por sus
propios avatares
personales, se pregunta,
“¿cómo prestar oídos a
las voces que nos dicen
también que su gloria de
monarca fue deslustrada
no pocas veces por sus
extravíos de mujer?
Tendamos piadosamente un
velo sobre esas miserias
reveladoras de la
imperfección humana”.
Para otra controvertida
figura femenina, Isabel
I de Castilla, más
conocida como Isabel La
Católica, tiene el
calificativo de
“heroína” y desgrana
todo un conjunto de
contribuciones de la
reina al mejor
desenvolvimiento de
España, entre ellas su
apoyo a la empresa
acometida por Cristóbal
Colón de llegar a las
Indias. Con ella, dice,
“todo se perfecciona, y
España ve en breve que
mientras triunfan sus
ejércitos en Rosellón y
la Italia, amenazan sus
escuadras las costas de
África, y se dilata su
dominación cada día más
por las inmensas
regiones del nuevo
mundo, constituyendo
aquel imperio grandioso
del que pudo decirse más
tarde sin exageración
que jamás el sol cesaba
de alumbrarlo”.
El grupo de mujeres
escogidas para dar
cuerpo a esta galería se
destacan en diversas
manifestaciones: el
gobierno, la pintura, la
poesía, la educación, la
religión. Solamente una,
Safo, la poetisa de
Lesbos, se desmarca del
resto de las
seleccionadas, en el
sentido de que fue
abiertamente
transgresora del orden
moral y social. La
llamada por los griegos
“décima musa”, nacida
más de 600 años antes de
la era cristiana,
ejercita la pluma de
Avellaneda en términos
de admiración inusuales
para la época, invocados
hacia una mujer que,
casada casi de niña,
viuda de inmediato, se
dio por entero, dice la
cubana, a “su gusto por
la libertad”. Sus
poesías, refiere,
“excitaron a las jóvenes
a los placeres
animándola al mismo
tiempo a disputar a los
hombres el talento”. Y
amortigua el lesbianismo
de la poetisa con estas
finas palabras: “Muchas
mujeres adquirieron fama
por haber sido sus
amigas [...] Así corrían
los hermosos días de su
vida, gozando de los
homenajes halagüeños de
ambos sexos y del doble
placer de reinar por el
amor y la admiración”.
Con esta sutileza, la
Avellaneda sortea los
peligros de parecer
impúdica ante un público
habanero, los más de la
aristocracia, que era su
real destinatario.
Seguramente las lectoras
de su revista preferían,
antes que leer la
sección “Galería de
mujeres célebres”,
donde, por cierto, nunca
fue tratada ninguna
figura contemporánea,
aquella titulada
“Revista de modas”, a
través de la cual los o
las colaboradores (ras)
se referían a la alta
costura, a los encajes
venecianos, al peinado
estilo Reina Cristina o
a los saraos en el
Palacio de los Capitanes
Generales, donde la Tula
se desenvolvía como pez
en el agua. Así, los
títulos de algunos
comentarios de esta
sección son
significativos: “El
corsé”, “El espejo”, “El
tocado”, “Historia de
los trajes mujeriles” y
la traducción titulada
“La moda en la
hermosura”, entre otros
títulos. La principal
participante en esta
sección se escondía tras
el nombre de Felicia.
¿Quién era? Virginia
Felicia Auber de Noya
(1825-1897), una
coruñesa radicada en La
Habana desde los siete
años de edad, y que hizo
fortuna literaria a
través de sus folletines
dominicales en la prensa
habanera, aunque publicó
en forma de libros
algunas novelas. En sus
trabajos no pierde
ocasión de reflexionar
más allá de un traje
bonito, pues aborda, a
veces entre líneas,
temas acerca de la
inferioridad en que se
halla la mujer y la
necesidad de subvertir
los valores injustos que
asaeteaban a la
sociedad. Advierte lo
perentorio de alcanzar
la igualdad entre los
sexos utilizando muchas
veces la estrategia de
un lenguaje oblicuo.
Veamos este ejemplo
tomado de “El espejo”:
Diríase que [la moda] se
ha propuesto manifestar
en el día que la mujer,
—merced al rápido
incremento de la
civilización— toca al
término de su antigua
servidumbre. Como para
colocarnos a la altura
de las nuevas ideas nos
manda a usar chaquetas y
levitas (las cuales
aunque de seda y
muselina forman una
especie de uniforme
destinado a guiarnos a
la conquista de nuestros
derechos) y llevar
tacones que nos
permiten hacer al
caminar imponente ruido.
Los tacones
particularmente están en
gran boga ahora. A todas
nos conviene por uno u
otro estilo. A las
casadas, porque gracias
a ellos se ponen
siquiera en estatura al
nivel de sus esposos. A
las solteras porque a
todas nos gusta mirar
más bien de arriba abajo
que de abajo arriba.
El sentimiento amoroso
encontró espacio a
través de cuentos, como
los titulados “El amor”,
de Ángela Grassi, “La
cueva de la bruja”,
firmado por E. Auber,
que no era otra que la
antes mencionada
Virginia Felicia, y “La
hermana de Velázquez”,
de Pilar Sinués de
Marco. Mientras, las
leyendas y las
tradiciones, de tan alta
estima en el marco del
romanticismo, gozaron de
espacio en la
publicación. La propia
Avellaneda, cultora de
ambas modalidades
literarias, publicó
varias, como las que
llevan por nombre “La
dama de Amboto”, “La
flor del ángel” y “La
montaña maldita”.
El Álbum cubano de lo
bueno y de lo bello
significó una renovación
de la prensa literaria
cubana en relación con
la mujer, no así en el
aspecto formal, pues se
atuvo a los cánones
periodísticos de la
marginalidad sexual. La
novedad radicó en la
propuesta ideológica de
los escritos allí
reunidos por un espíritu
excepcional, como el de
la Avellaneda. Como ha
afirmado la antes citada
Susana Montero, los
artículos allí reunidos
están “entrelazados en
su conjunto como partes
de un programa único: el
del pensamiento
feminista, desarrollado
en diversas estrategias
discursivas que van
desde la ocultación del
lenguaje
falologocéntrico como
vía para subvertirlo,
hasta los textos
abiertamente
metafeministas que
propugnan la
autenticidad de la voz
femenina en la cultura
universal”.
Avellaneda no está ajena
a la desigualdad sexual
existente en el propio
público femenino y lo
provoca a la reflexión,
para luchar por acceder
a una conciencia
feminista universal. La
autora de Sab no
se opuso a las
estructuras
socioeconómicas
existentes, tampoco se
enfrentó al gobierno
colonial español, pero
el programa de su
revista fue, como se ha
expresado, “una
desgarradura más en el
orden oficial, una
protesta otra de la
marginalidad en voz de
una cubana, cuyo blanco
de acción trascendía los
límites insulares en su
búsqueda de una
conciencia y lucha
convergente del sexo
femenino”. |