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Decía Berenice Abbott
que el retrato de una
ciudad es el trabajo de
una vida y que ninguna
foto es suficiente
porque la ciudad está
cambiando siempre: todo
en ella es historia,
desde sus ladrillos
hasta la respiración de
sus hombres y mujeres.
Ninguna imagen puede
dibujar un país. Ni
siquiera si está llena
de feeling y de
símbolos como las
“Changing New York” de
la Abbott.
Una selección de la obra
de 11 fotógrafos
españoles sobre Cuba se
muestra en el Museo
Nacional de Bellas
Artes. La exposición
pretende perfilar un
mapa de la Isla. Como
las notas en las
bitácoras de los
primeros bosquejos
tomadas por navegantes
ibéricos venidos a las
Américas, las
fotografías recogen
asombros de viaje,
fascinaciones por el
encuentro con un espacio
geográfico-arquitectónico
distinto, cultural y
políticamente único.
Los artistas han
convenido en llamar a
Cuba “la tierra más
hermosa”. La apropiación
de las primeras palabras
pronunciadas por el
genovés Cristóbal Colón
al poner pie en la playa
virgen cubana, son la
prolongación de su
admiración y sus
afectos. Las
instantáneas acarician
un delirio de cinco
siglos, un apareamiento
de cinco siglos, un
extrañamiento y una
devoción mutua de cinco
siglos.
Tiene a bien el
historiador Eusebio Leal
anotar que “ante Cuba
—tema particularmente
sensible al pueblo
español y a sus hombres
de talento e ingenio—
nadie queda en posición
vertical. A este país, a
esta nación forjada en
tantos avatares, se le
ama para siempre o se le
traiciona abandonándola
a su suerte. Quienes
optan por lo último
deberían saber que
nuestro tesonero empeño
de, con terca voluntad,
ser lo que somos o lo
que queremos ser, no es
más que el fruto de
aquellos que, llegados a
la Península, una vez
vinieron acorazados con
sus armas, pero también
con sus sueños”.
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García Alix,
1998 |
Las instantáneas de
Alberto García-Álix,
Premio Nacional de
Fotografía de España en
1999, van tras las
historias personales de
los viejos emigrantes
que se quedaron en la
Isla después de la
segunda Guerra de
Independencia y en las
primeras décadas del
siglo XX. Los retrata en
blanco y negro, de modo
que las sombras penetren
y duelan en las arrugas.
Encubre el fondo detrás
de las medias sonrisas,
lo difumina como se
desdibujaron miles de
pasados, lo diluye como
a quien importa poco el
contexto en que se vive
ahora.
En colores, sin embargo,
se exhiben los primeros
planos de Toni Catany,
inspirados en la
religiosidad y el
mestizaje de la Isla.
Los mulatos son jóvenes,
los hijos de los hijos
de los hijos del español
y la negra que hoy
adoran a Santa Bárbara y
a Babalú Ayé. Hay verde
en los ojos de los
mestizos: miran fijo al
frente, retadores, con
el coraje de los
guerreros y la
suspicacia de las diosas
de las aguas.
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José María Díaz-Moroto
captura guiños,
picardías de los
muchachos, sapiencia en
la sonrisa de los
viejos, soledad en los
espacios habitados. Los
retratos ambientados del
también conservador y
conferencista español,
se han hecho desde el
humor y la paradoja, un
signo que atraviesa
igualmente las
fotografías de Juan
Manuel Díaz Burgos. Este
autor, cuya obra se ha
mostrado en varias
ocasiones en Cuba,
consagra la lente a
escenas cotidianas, al
hecho rutinario del
peinado, de tender la
ropa o de afeitarse. En
este caso el fotógrafo
sí se viste de
descubridor, husmea en
las intimidades, espera
detrás de los besos, y
encuentra allí escenas
que no ha visto jamás en
la madre España.
El componente histórico
que ha aportado más
singularidad a la
actualidad de la Isla no
escapa a los cuadros de
esta exposición. El
veterano Enrique Meneses
tuvo la oportunidad de
subir a la Sierra
Maestra como periodista
en el año 1957 y de
convivir con la
guerrilla de Fidel
durante diez meses.
Algunas de sus
instantáneas se cuentan
entre las más difundidas
del período
revolucionario y se
agrupan aquí a modo de
regreso y de homenaje.
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“Fidel Castro”.
Sierra Maestra,
Meneses, 1958 |
Para fotografiar a Cuba
no faltaron en esta
exposición los carteles
y las consignas
políticas, los juegos y
la espontaneidad de los
niños, los edificios
coloniales, el malecón
de La Habana, la caña,
los coches americanos
antiguos, las playas,
las bicicletas. Las
imágenes dibujan un
cuadro tradicional al
que la barcelonesa
Isabel Muñoz aporta uno
de los elementos más
singulares: la
sensualidad y el
erotismo del cubano, que
se exorcizan en el
baile, en las manos que
se estrechan, en los
pies que se juntan, en
las miradas que se
cruzan. La cámara, sin
embargo, buscó las
curvas y los vaivenes en
la rumba, en el danzón,
en el ballet clásico
aludiendo directamente a
las fusiones y
encuentros aparentemente
arbitrarios en la vida
de la Isla.
El conjunto de los
cuadros de estos 11
fotógrafos le otorga la
razón a la Abbott.
Describen un paisaje
interior, afectivo,
romántico. Son la
realidad, pero no el
todo. La realidad cubana
es tan compleja como
inabarcable. Sin
embargo, hay en la
muestra un interés por
trascender la fatuidad
del momento en la
pluralidad nada
despreciable de
generaciones, de
estilos, de perspectivas
y de intenciones
fotográficas
representadas.
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