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A Ernesto Fernández no
le gusta hablar de sí
mismo. Teme que al
contar la historia desde
sus orígenes el pasado
se le desdibuje “porque
tú sabes, a la gente se
les va olvidando las
cosas”, dice mientras
seleccionamos en su casa
las fotos para una
galería de obras suyas
que aparecerá en la
próxima edición de la
revista. Por eso, cuando
es él quien nos visita
en la redacción de La
Jiribilla, para, a
pedido nuestro,
conversar con todo el
equipo, elige recordar a
los otros, a quienes lo
enseñaron a separar
colores para imprimir, a
quienes le dieron la
oportunidad de apretar
un obturador por primera
vez, a “Carlos
Fernández, un pintor,
muy buena persona, el
único cubano que tiraba
bien en colores en los
años 50; quien me dio
dos pesos y me envió al
cine a ver una película
para ver la fotografía
que se hacía en el
cine”.
“Si algún día alguien se
decide a hacer la
historia de la
fotografía en Cuba se va
a tener que olvidar de
todos los que se conocen
y buscar más atrás, a
esos maestros de la
fotografía que hoy están
olvidados”, enjuicia
categórico mientras
enuncia nombres como los
de Generoso Funcasta y
José Agraz de quienes se
reconoce deudor.
Para Ernesto, quien
comenzó en el mundo
editorial con 12 años,
“trabajar con gente que
tenga que ver con la
cultura, es muy
importante. A pesar de
que la revista
Carteles era más
cultural que
Bohemia, eran
personas muy cerradas.
Había allí grandes
intelectuales pero
cuando Bohemia
compró Carteles
llegó una nueva
generación de jóvenes:
Guillermo Cabrera
Infante, Rine Leal,
Carlos Franqui,
Oscar Pino Santos,
Onelio Jorge Cardoso,
Gregorio Ortega, etc.
Todos jóvenes con unas
ganas de trabajar
tremendas”. Fue entonces
cuando comenzó a hacer
fotografía.
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Muchos son los sitios
donde Ernesto Fernández
ha dejado su impronta.
Entre todos ellos
recuerda con particular
intensidad a la revista
Cuba, donde fue
jefe de información.
“Dirigí a gente tan
talentosa como Eliseo
Alberto Diego, Luis
Báez, Norberto Fuentes.
Creo que la gente que
trabajábamos allí fuimos
los más revolucionarios
que hubo dentro del
periodismo,
lamentablemente muchos
de ellos ya no están en
Cuba, pero en aquel
momento, éramos los más
revolucionarios,
revolucionarios basados
en la crítica”.
Cuenta de una polémica
que circula sobre la
revista y asegura: “La
ventaja que tienen las
publicaciones es que
quedan impresas, podemos
discutir pero la razón
va a estar ahí impresa.
Nosotros le hicimos una
monografía a La Habana,
y Raúl Roa escribió a la
redacción de la revista
diciendo que era lo
mejor que había leído
sobre La Habana, le
hicimos también un
número sobre la historia
del Partido Comunista de
Cuba, cosa que no se le
había ocurrido a nadie”.
Aunque es un hombre
modesto, también es muy
buen conversador, sobre
todo si se habla de su
pasión favorita: “Para
mí la fotografía es
todo, yo estaba pensando
en qué me hubiera pasado
si no hubiese hecho
fotografía porque la
fotografía me ha hecho
sentir socialmente útil.
Me sería muy difícil
explicarlo, pero es algo
que me ha pasado muy
pocas veces, es cuando
tienes la seguridad y la
tranquilidad de que lo
que estás haciendo tiene
un valor. Nunca se me
ocurrió ser albañil,
encofrador, plomero,
pero cuando quise hacer
el libro de la
microbrigada en la
década de los 70, me
inscribí en una. No
quería construir un
edificio, quería hacer
un libro, pero esa era
la vía. Estuve tres
años, aprendí muchísimo,
fui plomero y
encofrador. Fue otra de
las etapas donde sentí
que fui útil, que estaba
haciendo algo
necesario”.
“La fotografía es una de
las cosas más amorosas
que hay. Todo el que
hace este trabajo tiene
que estar enamorado de
él. Es conocer bien a la
gente, hasta en los
malos momentos. Yo no
hubiese podido vivir sin
la fotografía. Tuve la
suerte de hacer un
testimonio de todo lo
que estaba pasando. En
los años 1959, 60, 61 y
62 este fue el país más
publicitado en el mundo.
Cada vez que terminaba
el año, Cuba había
salido diariamente en 30
millones de periódicos.
En todos los lugares se
hablaba de este país.
Cuba se convirtió en una
fiebre en el mundo”.
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En las historias de sus
andanzas se entrelazan
anécdotas con los
nombres de ilustres
compañeros de ruta:
Pablo Armando Fernández,
Ciro Bianchi… Con ellos
recorría el país. “Me
gustaba tanto hacer
fotos que mis trabajos
los provocaba. Ese es
uno de los privilegios
que tenía. Me pagaban
por salir de vacaciones:
la fotografía eran para
mí unas vacaciones. Me
daban todos los medios
para moverme por todo el
país o al menos yo
provocaba que en la
publicación lo hicieran.
Otra gente, que veía la
fotografía como un
trabajo, cuando le
decían: tienes que ir a
Santiago de Cuba, por
ejemplo, le costaba
trabajo; a mí me
encantaba, y siempre
estaba dispuesto a ir a
Santiago, a Pinar del
Río o a los lugares más
recónditos, aunque las
condiciones no fueran a
veces las mejores”.
Tal como le sucedió a
Korda con la foto del
Che cuando el entierro a
las víctimas de La
Coubre, la
fotografía por la que
hoy identifican a
Ernesto Fernández tardó
tiempo en salir a la
luz. “La
foto de Martí la
tuve guardada toda la
vida y pensaba que nunca
la iba a publicar, pues
en aquel momento, en el
año 1958, no la
quisieron publicar en la
revista Carteles.
Marucha preparó un libro
sobre fotografía cubana
y fue a ver a mi hijo
para pedirle mis
imágenes, porque yo no
estaba en Cuba en ese
momento. Ella le pidió
imágenes de la guerra
que era por lo que más
me conocían, y mi hijo
le dijo que yo tenía
también otras imágenes
que valían la pena tener
en cuenta. Seleccionó
algunas y por eso en el
libro sobre fotografía
cubana de los años 60
sale esa foto del
momento que estaban
construyendo en la
entonces Plaza Cívica, y
el busto de Martí
reposaba a la espera de
ser finalmente
colocado”.
Para Ernesto, “la visión
y el tratar de hacer la
fotografía que quieres
no tienen nada que ver
con la fotografía que
quieras tirar. Una cosa
es el placer de hacer
fotos y otra la
responsabilidad de
hacerlas”. Recuerda que
en sus trabajos como
fotorreportero se le
ocurrían “tres o cuatro
imágenes muy
interesantes, pero
cuando haces un
reportaje tienes el
tiempo limitado, y si
vas con un redactor lo
tienes más limitado
todavía. A veces pasabas
por un lugar y en media
hora tenías que
retratarlo. Otras, en un
sitio te venían un grupo
de imágenes a la cabeza,
pero podías tirar dos
fotos, porque habías ido
con dos rollos. Hubo
momentos que salimos a
tirar con dos rollos
para hacer un reportaje
de ocho o diez
fotografías y tenían que
ser buenas. Había que
medir muy bien lo que
hacías, pero como en
todas las cosas,
mientras más te aprietan
la tuerca más te
enseñan, porque más
tienes que afinar la
puntería. Con el
desarrollo de la
fotografía, llegó el
telémetro pero en
ocasiones había que
mirar y enfocar y eso no
era fácil porque estabas
retratando gente que se
movía o caminaba muy
rápido; los fotógrafos
viejos tenían una
habilidad para eso muy
sencilla: calcular las
escalas: si alguien
venía caminando uno
calculaba, cuando pase
por al lado del poste
hay diez pies, ponía la
cámara para diez pies y
cuando la persona pasaba
por el lado del poste
apretaba el obturador.
Había que regular
también el diafragma
para la luz, para que
quedara enfocado. Ahora
con el desarrollo de las
tecnologías puedo coger
una cámara y dispararla
60 veces, pero también
debo pensar qué voy a
hacer”.
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“Siempre estoy creando
imágenes en mi cabeza,
buscándolas y
metiéndolas en la
memoria, luego lo único
que hay que hacer es
dejar que el cerebro
trabaje. Así era como
hacía mis reportajes. Al
inicio, de joven, quería
competir y llegaba a los
lugares a tratar de
crear imágenes, pero era
una locura porque se te
agota la cabeza y
tampoco me alcanzaba el
tiempo. Me di cuenta de
que tenía que tomar
fotografías, eso me
quitó el miedo al
reportaje. Entonces,
cuando llegaba a los
lugares los retrataba
para tratar de dar el
universo de aquel sitio
como yo lo había visto y
las fotos quedaban muy
dignamente. Cuando
terminaba y sentía que
ya estaba el reportaje
completo, me ponía a
hacer fotografías ‘de
otro tipo’ y era
impresionante porque iba
caminando, y los lugares
por los que ya había
pasado cobraban un
carácter nuevo y veías
otros detalles que no
habías visto antes”.
“Yo no creaba una
fotografía, yo veía una
fotografía. En Girón por
ejemplo, para tomar la
foto de los autobuses
recuerdo que caminé
detrás de ellos para
hacerla, porque yo la
estaba mirando, el
cerebro me lo estaba
diciendo. Ni la pensé,
sola vino, tal vez por
todo el archivo de
imágenes que tenía en mi
cabeza, de ver tanto
cine también. Eso lo
aprendí de
Hemingway que
decía: me paro delante
de la máquina y empiezo
a escribir cualquier
cosa hasta que sin darme
cuenta puedo estar
escribiendo un capítulo
de una novela o un
cuento.”
A Ernesto Fernández le
atrae la figura y la
obra de Hemingway, más
el cronista que el
novelista. Él mismo pudo
haber sido uno de sus
personajes. Ernesto fue
el primer fotógrafo en
llegar a Girón cuando la
invasión en 1962. Suya
es la foto del primer
caído en combate. La
historia de cómo en
Nicaragua lo abrazó un
puma y salió ileso,
pareciera salida de la
misma pluma que recreara
aquel duelo del viejo
hombre de mar contra los
tiburones. Al más puro
estilo de Hemingway es
la anécdota de la
emboscada a la que
sobrevivió en Angola en
los años 80 y el
entierro del pequeño que
murió a causa del fuego
cruzado. Se reconoce
como un hombre con
suerte. Tal vez sintiera
que la cámara era su
resguardo contra todo
mal. “No es que sea ni
más valiente ni más
cobarde que nadie, pero
nunca me vi entre los
muertos. Sentía que yo
estaba allí para hacer
eso, para tirar fotos”.
Tan impactantes como las
fotos de los años de la
épica, son las del
período especial. “Mis
fotos de los 90 no las
enseño mucho —dice
cuando le preguntamos
por el testimonio
gráfico captado durante
esos años y baja la voz,
como si conversara
consigo mismo—. Salí en
el 92 y en el 97 a hacer
fotografías, y no me
gustó lo que estaba
haciendo, era muy
dramático, terrible para
mí… Me afectaba en lo
personal, pero de todas
formas decidí un día
salir a hacer las fotos
que hoy forman parte
también de mi obra”.
Otras fotos suyas en
Caracas y en Brasil
hablan de su trabajo más
reciente, con el que
también ha organizado
exposiciones por todo el
mundo. Con un amplio
reconocimiento en el
exterior que se ha
incrementado en las
últimas dos décadas,
Ernesto ha expuesto en
EE.UU., Canadá,
Dinamarca, Italia,
Francia, Reino Unido y
México, entre otros
países. Entre los lauros
que ha recibido se
encuentran los Premios
Interpress Photo (URSS,
1985), Premio Fotografía
Iberoamericana, de la
Universidad de Harvard
(Boston, 2000) y Premio
OLORUM Iberoamericano
(La Habana, 2005).
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Dilma Rousseff
en el Foro
Social Mundial.
Belém do Pará,
2003 |
Como un testigo
elocuente, así podría
catalogarse a Ernesto
Fernández. “Cuando
aprendí fotografía y me
leí algunos libros
siempre se hablaba de
que uno tenía que
retratarlo todo, había
un principio que decía:
retrátalo todo que todo
tiene importancia, todo
tiene una historia que
contar. La fotografía
detiene el tiempo.
Cuando aprietas el
obturador se paraliza
todo. Y constatarlo me
atrapó para siempre.
Nosotros podemos seguir
conversando, pero en esa
foto ya eras más joven,
y cuando terminamos la
conversación ibas a ser
20 minutos más vieja que
en la foto.
“En el periodismo hay un
axioma muy interesante:
‘el problema no es
estar, es llegar a
tiempo’. No soy Cartier-Bresson
—concluye—, pero para un
fotógrafo lo importante
no es ‘el momento
decisivo’, es lo
decisivo del momento. No
es llegar y retratar lo
que hay en el momento
decisivo, si no lo que
consideras decisivo. No
es lo que pasa, sino lo
que ves.” |