|
Los caminos se cruzan.
Esa zona central de la
encrucijada pretende
registrar
Intersecciones, de ahí
su seña.
Como en la vida, como en
el teatro —refracción de
ella—, la oscilación del
péndulo nos lleva de lo
brillante a lo opaco,
del fugaz instante feliz
a la tristeza, y
viceversa. Así fue esta
mañana. Murió Vicente.
Pocas horas antes de ser
proclamado
Francisco Pancho
García Premio Nacional
de Teatro 2012, pues
estamos, precisamente,
en las cercanías del Día
del Teatro Cubano,
nuestras llamadas
Jornadas Villanueva.
Ayer anoté en un
papelito la encomienda
de Antonia Fernández de
ayudarla a gestionar su
intención de cifrar con
el nombre de
Vicente Revuelta, en
vida, a su curiosa sala,
un túnel que atraviesa
la avenida de Carlos
III, próxima a
inaugurarse con todas
las de la ley. No será
necesario enfrentar la
ley que prohíbe poner a
cualquier entidad el
nombre de alguien vivo.
Vicente Revuelta ha
fallecido en La Habana
este 10 de enero de
2012.
Escribía en ese instante
sobre dos figuras del
teatro nacional que nos
dejaron en días
anteriores: el
titiritero y director
Félix Dardo, líder de
Los Cuenteros, de San
Antonio de los Baños, y
el profesor y director
Ramiro Herrero, uno de
los entes clave del
Cabildo Teatral
Santiago, sobre quienes
es obligatorio volver.
Con la desaparición de
Revuelta este será para
siempre un triste enero
teatral.
Al despedir el duelo,
antes de un sentido
aplauso final,
Helmo Hernández —
memoria viva y
privilegiada sobre el
teatro cubano— definió a
Vicente como un héroe.
No se me había ocurrido
nunca verlo así. En
persona era la antítesis
del héroe, pero es
cierto que su capacidad
de ponerse en riesgo de
manera permanente, de
encabezar el primero
constantes aventuras
artísticas, de comenzar
de cero y “olvidar” lo
aprendido, de abandonar
la seguridad, para la
profesión y para la
vida, de lo ganado,
permiten calificarlo
así.
Como Pancho ha salido
muy poco de los
escenarios, solo lo
conocí cuando llegué a
La Habana en la mitad de
los 80, cuando ir al
Hubert de Blanck servía
como una alta referencia
de varios estilos
teatrales. Pierdo la
cuenta de sus montajes,
perdí la cuenta de las
veces que me senté allí
a disfrutar En el
parque, dirigido por
Vicente. Con el tiempo y
los andares conocí a
Vicente y tuve una
relación profesional con
él, me hice amigo de
Pancho.
Algo me cura de esta
extraña sensación de
pérdida, en medio
también de la alegría
por el merecidísimo
galardón de Pancho. El
estreno de Aire frío,
de Virgilio Piñera, a
cargo de Argos Teatro
une a Pancho y a
Vicente. A Pancho,
regalándonos una
actuación memorable, lo
sorprende donde siempre
está, en escena, el
marco natural para
recibir este premio. El
espíritu, las búsquedas
de Vicente se renuevan
en la dirección de
Carlos Celdrán, fiel
heredero de Revuelta
entre nosotros. Por
fuera no se parecen
tanto, por dentro justo
en la naturaleza. Porque
se trata de practicantes
de un teatro de
esencias. Lejos del
oropel, de la imagen
vacía, de una
teatralidad exteriorista,
del juego sin sentido.
Un teatro de de ideas,
una artesanía en
consonancia con ellas.
No era difícil percibir
en Vicente una condición
ascética. Lo material no
le interesaba nada.
Un día me dijo en su
casa, al término de una
entrevista que pronto
volverá a ver la luz1,
que él estaba, como en
El séptimo sello,
de Bergman, jugando al
ajedrez con la muerte.
Finalmente, como a
todos, aquella misma
Muerte, la de siempre,
oscuramente encarnada
por Max von Sydow, le
ganó la partida.
Escribió un epitafio
para su nicho. “Salí
pero vuelvo pronto”. No
se fue. Sí, ha muerto el
reformador del teatro
cubano, pero nada podrá
borrar el hondo trazado
de Vicente sobre
nuestros escenarios. Su
luz, sencillamente,
está.
La Habana, 10 -13 de
enero de 2012.
Nota:
1- Maité
Hernández-Lorenzo y Omar
Valiño: Vicente
Revuelta: monólogo,
Ediciones Alarcos, 2011.
|