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Estamos celebrando un
prodigioso gesto de la
Luz, el reconocimiento
en vida y obra a uno de
sus elegidos, para fijar
en imágenes históricas,
personales, cotidianas,
domésticas, populares,
instantes del continuo
transcurrir del tiempo.
Para ello, su portentoso
fulgor asiste a la
mirada y a la mano
impulsora que ha de
captar ese momento
fugaz. Ahora su
esplendor, nos acoge en
el abrazo fraterno,
amistoso, de Ernesto
Fernández Nogueras, a
quien hemos de ofrendar
nuestro respeto,
admiración y gratitud
por su noble y generosa
acogida.
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En él la vocación
creadora despertó en
plena adolescencia. Lo
recuerdo, en la revista
Carteles en 1952,
cómo se las arreglaba
personalmente para ir en
ascenso en las labores
que realizaba. Esos
encuentros los debo a mi
amistad con Guillermo
Cabrera Infante, asiduo
colaborador de la
revista. Entonces yo
vivía en Nueva York y
como Ernesto, trataba de
encontrar el camino
ascendente que me
permitiera publicar en
Cuba mi primer libro
Salterio y lamentación,
anhelo, ensueño, que
alcanzó salir a la luz
en 1953.
El regreso definitivo a
Cuba y mi dedicación a
subdirigir Lunes,
suplemento literario del
periódico Revolución,
que dirige Guillermito,
como solíamos llamarle
sus amigos, establece un
firme, sincero,
solidario reencuentro
con Ernesto que, ya
reconocido fotógrafo,
era un colaborador
nuestro. Gracias al
reconocimiento de su
propio ser, al
desarrollo que
enriquecía su visión de
cuánto lo rodeaba, se
impuso otorgarle a lo
transitorio,
permanencia.
Sujeto a lo que la Luz
le sugiere capte, se ha
entregado a cumplir esa
misión en momentos
trascendentes de nuestra
historia: Escambray,
Girón, Angola,
Venezuela, Nicaragua.
Así ha vivido, revelando
lo que la memoria ha de
conservar con el alma,
que él corporiza en
imágenes que desafían al
tiempo. Ernesto ve
cuánto lo rodea, como
algo que ha de
permanecer animando
nuestro ser. Así, ha
desarrollado vida y
obra.
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Nuestras esposas: Sonia
y Maruja; nuestros hijos
han confraternizado
familiarmente, ni el
tiempo ni las distancias
los han separados,
siempre han de encontrar
el fraternal
reencuentro. Momentos
entrañables de mi vida
en los que Ernesto me ha
acompañado permanecen en
la obra que su
sensibilidad, intuición
y gusto, asistidos por
su mirada y mano
ejecutora realizan. El
viaje recorriendo la
Isla con Graham Greene,
el cumpleaños de Fidel
en casa, nuestra visita
a Nuevitas, actividades
culturales y reuniones
familiares. Ernesto
Fernández ahora alcanza
en este momento el
reconocimiento que Artes
y Letras patrias otorgan
a su vida y obra. Henos
aquí conmemorando seis
décadas transcurridas
desde aquel primer
encuentro, hermano del
alma, bendecido por la
Luz. |