La Habana. Año X.
14 al 20 de ENERO
de 2012 

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Entrevista con el folclorista y etnólogo
Rogelio Martínez Furé
El Teatro Nacional de Guiñol:
un mundo de posibilidades infinitas
Rubén Darío Salazar y Yanisbel Martínez • La Habana

El próximo año verá la luz por Ediciones Unión, de la UNEAC, el libro Mito, verdad y retablo (El guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril), ganador del Premio de Investigación y Teatrología Rine Leal 2009, convocado por la Editorial Tablas-Alarcos. Concebido por mí, en coautoría con el poeta, dramaturgo y crítico Norge Espinosa. La publicación recoge la huella de lo realizado por Pepe y Carucha Camejo desde 1949, y luego por Pepe Carril, al unírseles en 1956 para fundar el Guiñol Nacional de Cuba, y llega hasta sus trabajos en el extranjero, en los años 80, ya separados los tres.

La investigación arrojó gran cantidad de materiales gráficos y teóricos de una época maravillosa y difícil, pero que es imprescindible recoger y contar para entender lo logrado y lo no logrado en la actualidad. Parte importante de toda la documentación recopilada son las entrevistas. Retablo abierto quiere compartir con sus lectores una selección de las conversaciones sostenidas con colegas, admiradores y familiares. De manera muy personal ellos aportan testimonios y visiones sobre estas tres personalidades de nuestro teatro con figuras, y de la atmosfera social y cultural de las décadas pasadas.

¿Cómo llega Rogelio Martínez Furé, cultivador de otras disciplinas de la cultura, a establecer un vínculo de trabajo con el Teatro Nacional de Guiñol en los años 60?

Eran los años de fundación de una cultura hecha con el apoyo de la Revolución Cubana, como un crisol, un hervidero de ideas en perenne movimiento, y ahí estaban ellos. Después del estreno de Ramiro Guerra con el Conjunto de Danza Moderna, de obras inspiradas en temas de la cultura de origen africano, me toca fundar junto con Rodolfo Reyes el Conjunto Folclórico Nacional. Con anterioridad a la fundación del Guiñol, se había hecho en el teatro dramático Santa Camila de La Habana Vieja, con presencia de esta cultura negra en su historia, y sé que Luis Interián en el Teatro de Muñecos había hecho un espectáculo llamado Día de Reyes, estrenado en una sala cercana al Cuartel de Bomberos de La Habana Vieja. Pero fue el Teatro Nacional de Guiñol el que con más coherencia y continuidad llevó a escena nuestras leyendas, antes que el propio teatro dramático. Comenzó con Chicherekú, de Pepe Carril, y entré yo como asesor. Luego se hizo La loma de Mambiala, de Silvia Barros, a la que asesoré e hice música y canté. Después hicimos Shangó de Ima, de Pepe Carril, y con posterioridad estrenamos Ibeyi Añá, una ópera de cámara para niños que dirigió Pepe Camejo. Para este último montaje recolecté música anónima y música de vanguardia de Héctor Angulo, ejecutada con músicos de la Sinfónica Nacional bajo la dirección de Leo Brouwer. En esa obra canté ambas partes, la folclórica y la de vanguardia, era una especie de narrador en el espectáculo. Tuve el privilegio de trabajar con los Camejo y Carril.


La loma de Mambiala, Teatro Nacional de Guiñol

¿Cómo se expresaba el carácter de la cubanía en sus montajes titiriteros?

Ellos tenían un amor muy grande por lo que hacían, por los muñecos, por la cultura cubana. Es que eran cubanos rellollos, jocundos, de una cultura universal grandísima y al mismo tiempo de un orgullo nacional que afloraba en todas sus obras, no solo en las de inspiración folclórica, sino en los textos de Aristófanes, Giradoux o Jarry.

Era un trío de creadores preocupados por la experimentación, lo nuevo, lo más original que pudieran aplicar a su arte de teatro guiñol. Desarrollaron ambas líneas, títeres para adultos y para niños, que tuvo un impacto extraordinario a nivel de crítica y de público. Dondequiera que hable de la década de los 60 en Cuba, hablo de ellos, de mi vínculo con el teatro de títeres. Un mundo mágico, de posibilidades infinitas. Los conocí en medio de una atmósfera de creación en la Isla que nos puso frente a frente. Fue una simbiosis muy positiva, nos complementamos sin ninguna contradicción: yo influí en sus creaciones y ellos en la mía. Hicimos arte.

Háblenos más de ese vínculo personal y de trabajo que arrojó tan valiosos resultados.

Éramos amigos personales y nos admirábamos recíprocamente. Les impartí clases a todos, a artistas que ahora tienen un nombre grande. Fue una generación que ahora está haciendo maravillas, pero esa magia estaba allí  desde la administración hasta el taller. Todo fluía, marcando la década con un excelente quehacer. Dieron muestra de un arte serio, adulto, que nunca desterró a los muñecos a su tradicional rincón. Ellos no creían en los títeres como arte menor. Y ahí está la visita de personalidades importantes como Aimée Cesaire, quien al igual que a otros artistas fue deslumbrado por Shango de Ima. Sus comentarios al respecto fueron muy positivos, elogiosos.


Shangó de Ima, Teatro Nacional de Guiñol

Fue una pena que ese vendaval terrible, conocido como el Quesadato, destruyera esa obra que fue tan importante. Se llegó a extremos verdaderamente inquisitoriales, cuando los muñecos preciosos que hicimos para Ibeyi Añá, fueron acusados de promover la brujería, la santería, y que como eso no era parte de la cultura cubana debían ser eliminados. Eso fue como autorizar su destrucción y, por supuesto, limitar a sus hacedores. Esos muñecos eran patrimonio de nuestro país, debieron ser conservados, tenían todo el estudio que Camejo hizo de la escultura africana con nuestra asesoría; toda la poesía, la imaginería de un arte único. Fue una plástica extraordinaria por el color, las texturas y las líneas. Eso debió tener otro fin, otra historia. Alcanzaron un prestigio internacional que hubiera llegado a sitios inimaginados o imaginados, como los de nuestras principales instituciones creadas en los 60, con la eclosión de la Revolución.

Las obras de Carril fueron editadas en inglés, representadas en Nueva York, Trinidad Tobago, impresas en un fonograma para la posteridad, editada por la colección Canciones del mundo, de París.

¿Cómo los definiría, como los recuerda?

Es difícil definir a la gente que uno quiere. Pepe Camejo y Carril eran más pasionales. Carucha era más intelectual y analítica, pero se complementaban, sería muy difícil diferenciarlos. Ellos eran torrentes de montañas desbordados, y Carucha era como un ojo de agua del monte, más plácido, más tranquilo, apacible aparentemente, pero muy profundo y con remolinos... Perucho era el joven, y más pragmático. Cuando se habla de gente que uno quiere, lo más importante es la subjetividad, que es lo que uno tiene en el fondo del corazón, los sentimientos, y confieso públicamente  que los extraño mucho… Al ser decapitado el Teatro Nacional de Guiñol, se le dio un golpe traicionero a la cultura cubana, golpe del cual aún no se ha recuperado.

¿Se sintió realizado artísticamente durante ese vínculo creativo con títeres y sus titiriteros?

La libertad expresiva que ofrecía el Teatro Nacional de Guiñol yo no la tenía en ninguna otra parte. Un muñeco es el misterio. El uso de la luz negra, las técnicas titiriteras, es como pasar del mundo real al mundo mágico. Me realicé como pocas veces en mi vida. Con Ibeyi Añá, se lleva por primera vez nuestra mitología al mundo infantil, y fue un triunfo sobre el dominio de las hadas y los duendes europeos. Aunque nos buscamos la ojeriza de muchos obtusos que vieron eso como un atraso, brujería, un sentimiento que después perjudicó y privó durante un tiempo a los niños del conocimiento de su cultura, a nivel profundo, sensorial.


Programa de mano de Ibeyi Añá

¿Quisiera relatar alguna anécdota  con ellos y expresar qué significó el trabajo titiritero del Teatro Nacional de Guiñol en los 60?

Años después que se cerró el Guiñol, un día yo iba en una máquina y nos cogió la luz roja en Paseo y Línea, sentí una voz que gritaba mi nombre y era Carucha, estaba ahí después de mucho tiempo, en la parada que queda frente a la Cafetería El Potín. Ellos marcaron mi vida de forma indeleble.

Ojalá pudiera dar marcha atrás en el tiempo y revivir los momentos pletóricos de amor. ¡Ay, mis Camejo, mi Carril, cuánto los añoro! Algún día nos encontraremos en el país de los chichererekus y seguiremos cantando… No podemos lanzar una cortina de olvido sobre ese momento histórico tan importante de las artes escénicas de la Isla. Es inaudito que alguien pretenda escribir la historia del teatro de títeres en Cuba o en América sin hablar de ellos. Esos artistas realizaron una obra de fundación, con un sello inconfundible e irrepetible, en todo primaba el buen gusto y el sentido más profundo de lo que es la cultura verdadera.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.