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Ernesto Fernández ha
estado en todo: en los
combates de Playa Girón,
en la lucha contra
bandidos y piratas, en
los sucesos de la Crisis
de Octubre, en la guerra
en Angola, en misiones
internacionalistas de
carácter civil… Como
fotorreportero ha dado
testimonio de la gran
epopeya de nuestro
pueblo, pero esa es solo
una arista de su
quehacer porque ha
registrado, además, otra
epopeya no menos
heroica: el día a día de
los cubanos en estos cincuentitantos años de
Revolución que quedó
atrapada en sus
reportajes.
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Muchos de ellos los
hicimos juntos.
Trabajábamos para la ya
desaparecida revista
Cuba, de la que él
fue uno de los
fundadores, y pese a los
años en el oficio nos
honrábamos con seguir
perteneciendo a la
infantería del
periodismo en aquella
publicación que fue una
de las grandes
realizaciones de la
prensa cubana. Ambos
éramos periodistas "b".
Porque mientras el
periodista "a" iba "a"
Madrid, "a" Buenos Aires
o "a" Moscú, lo de
nosotros era "b" a
Camagüey, "b" a Santa
Clara, "b" a… Y mucho
nos alegraba hacerlo, y
hasta lo procurábamos,
porque además de la
satisfacción del
trabajo, teníamos la
dicha de recorrer y
conocer el país con
gastos pagos o casi
pagos ya que todavía la
dieta alcanzaba para
algo.
Algunos de aquellos
viajes resultaron
memorables. Como aquel
en que, pese a las ocho
averías que sufrió el
vehículo que nos
transportaba, logramos
llegar a San Lorenzo
para estar en el sitio
donde murió en combate
el Padre de la Patria.
Las subidas a la
Comandancia General del
Ejército Rebelde, en La
Plata, y los recorridos
por los caminos de la
guerrilla, en la Sierra
Maestra. Las estancias
en Moa, pese al polvo
rojo, fueron siempre una
fiesta, al igual que las
reiteradas correrías por
Maisí y Baracoa…
Éramos un equipo.
Sebastián Ojeda
—"Sebita"— se nos sumaba
como chofer, pero era
más bien un acompañante
porque apenas tomábamos
la Autopista, Ernesto se
hacía cargo del timón.
Cada uno sabía lo que
tenía que hacer. Ernesto
nunca fue mi fotógrafo
ni yo fui su redactor.
Nos poníamos de acuerdo
en el camino sobre cómo
asumir el trabajo que
nos habían confiado o
que nos proponíamos y ya
in situ cada cual
trabajaba por su cuenta.
Al final, ambas partes,
la suya y la mía,
completaban el todo que
parecía más aceptable
aunque no nos dejara del
todo satisfechos.
No pocos nombres emergen
de aquellos andares.
Gente que por un motivo
u otro permanecen en la
memoria, como el
ingeniero Demetrio
Presilla, que echó a
andar la planta de
níquel de Moa cuando
todos apostaban que
nunca funcionaría. El
baracoense "Cayamba", el
trovador de la voz más
fea del mundo, como él
mismo se hacía llamar.
El novelista Soler Puig,
que una mañana salió de
su casa, de la que ya
casi nunca salía, para
acompañarnos a ver al
maestro Electo Silva.
Arturo Duque de Estrada,
uno de los hombres a
quien Fidel avisó de la
llegada del yate Granma,
que tuvo en Santiago
atenciones sin cuento
para con nosotros…
Un nombre más se perfila
entre tantos recuerdos,
el del comandante
Morales, el hombre que,
por orden del coronel
Alberto Ríos Chaviano,
asumió la defensa del
cuartel Moncada, el 26
de Julio de 1953, y que
días después condujo a
Fidel desde el vivac
santiaguero hasta la
cárcel de Boniato.
Ernesto y yo lo fuimos a
entrevistar a su casa
del reparto Sueño. Nos
contó muchas cosas, pero
aquella mañana tanto su
esposa, como él —ambos de
edad avanzada— estaban
angustiados. Ni siquiera
podían brindarnos un
cafecito por la maldita
tupición del fogón de
gas. Ernesto tomó las
fotos de Morales y se
brindó enseguida para
ver el problema. Se fue
a la cocina, pidió un
perchero y regresó con
la camisa sucia, pero
sonriente. Había
solucionado el asunto. Y
es que Ernesto Fernández
es así. Un hombre que ve
a alguien roto en la
carretera y no vacila en
detenerse para ofrecerle
ayuda.
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Un día de octubre de
1972 se hizo
microbrigadista porque
quería hacer un ensayo
fotográfico, una
colección de fotos que
atrapara el proceso de
la construcción de un
edificio desde el
desbrozamiento del
terreno donde se
asentaría y la
cimentación de la obra
hasta el final. Ninguno
de los 33 hombres
—escritores, fotógrafos,
periodistas,
diseñadores,
estudiantes,
impresores— que
conformaron aquella
brigada, sabía a
derechas cómo se
levantaba un edificio.
Tampoco lo sabía Ernesto
Fernández, pero ansiaba
participar de aquella
experiencia que
pretendió dotar de una
vivienda decorosa a
quien la necesitara.
Ese ensayo fotográfico
fue publicado por su
autor bajo el título de
Unos que otros
(1978). Lo acompañé en
la tarde de la
presentación del volumen
en los portales de la
librería de San Rafael
casi esquina a Galiano.
¿Por qué Unos que
otros? Porque para
él la gran epopeya y la
epopeya cotidiana son
una sola y única gesta y
sus protagonistas son
los mismos hombres. Lo
dice explícitamente:
"… Pienso que todo es la
misma cosa que se
refracta y encuentra un
nuevo camino en la
Revolución: por eso
pienso que son los
mismos hombres —que son
los mismos— aquellos que
partieron a la lucha en
la Sierra Maestra, o los
que fueron a Playa Girón
y a la llamada Crisis de
octubre, y también a las
zafras azucareras; los
mismos que una vez y
siempre estarán en la
primera línea; los
mismos unos que otros."
Hay en ese libro una
panorámica de La Habana
antes de 1959, con sus
carteles lumínicos en
inglés, turistas
norteamericanos, cubanos
que no tienen trabajo y
viven en la calle, como
la foto del hombre que
en plena vía pública
duerme con la cabeza
apoyada en las rodillas
o la de la niña
semidesnuda que se
sienta sobre el bastidor
pelado de su camastro.
Impactan las imágenes de
barrio de indigentes de
Las Yaguas. De esa
serie,
una foto se haría
emblemática. Corren
los años 50 del siglo
pasado, se erige el
monumento a José Martí
en la Plaza Cívica o
de la República —hoy
Plaza de la Revolución—
y la cabeza del Apóstol
que rematará la
escultura de Sicre está
en el suelo, apuntalada
por dos tablones
forrados en sus extremos
con sacos negros a fin
de que la madera no
estropee el mármol. Tal
parece en la foto de
Ernesto que a Martí le
taparon los ojos para
que no viera tanta
miseria, tanta
corrupción, tanta
podredumbre. Cuando el
fotógrafo se empeñaba en
captarla, un policía le
preguntó el porqué de
su interés por la cabeza
de Martí con los ojos
tapados. La respuesta
surgió rápida: quería
demostrar el cuidado que
se tomaba la compañía
constructora. Pero en
realidad la foto en
cuestión es un símbolo.
Hoy, con 73 años,
Ernesto Fernández
podría estar de vuelta
de todo. Pero sigue
dando prueba de la misma
curiosidad de siempre.
Lo siguen animando las
mismas ganas de trabajar
y de vivir. Nunca
trabajó por galardones
ni reconocimientos, sino
por el gusto de hacer
una obra bien hecha que
dejara testimonio. Así,
el Premio Nacional de
Artes Plásticas es para
él un reconocimiento a
sus concepciones
estéticas de que la
fotografía de prensa, el
quehacer del día a día,
es también obra
artística, definitiva y
de valor. |