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De Los hijos de los
días reproducimos
algunos fragmentos de la
veintena de textos que
compartió.
Los hijos de los
días
Y los días se echaron a
caminar, y nos hicieron
a nosotros, que así
fuimos nacidos,
nosotros, los hijos de
los días, los
averiguadores, los
buscadores de la vida.
Enero 15. El zapato.
En 1919, la
revolucionaria Rosa
Luxemburgo fue asesinada
en Berlín. Los asesinos
la rompieron a golpe de
fusil y la arrojaron a
las aguas de un canal.
En el camino perdió un
zapato. Alguna mano
recogió ese zapato
tirado en el barro. Rosa
había vivido su vida
entera peleando por un
mundo donde la justicia
no sería sacrificada en
nombre de la libertad,
ni la libertad sería
sacrificada en nombre de
la justicia. Cada día,
alguna mano recoge esa
bandera tirada en el
barro, como el zapato.
Marzo 9. El día que
México invadió a los
Estados Unidos.
En la madrugada de hoy,
del año 1916, Pancho
Villa atravesó la
frontera y encendió la
ciudad de Columbus, mató
a algunos soldados, se
llevó unos cuantos
caballos y municiones, y
al día siguiente regresó
a México para contar su
hazaña. Esta fugaz
incursión de los jinetes
de Pancho Villa fue la
única invasión que los
Estados Unidos sufrieron
en toda su historia.
En cambio, este país ha
invadido y sigue
invadiendo casi todo el
mundo. Desde 1947 su
ministerio de guerra se
llama Ministerio de
Defensa, y su
presupuesto de guerra se
llama presupuesto de
Defensa. El nombre es un
enigma más indescifrable
que el misterio de la
Santísima Trinidad.
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Concluyó luego con
segmentos de Espejos,
como una especie de
preámbulo a las lecturas
que iniciarían los
centenares de personas
que se aglomeraban a la
espera del libro, aún
con olor a tinta fresca.
De Espejos. Una
historia casi universal…
Espejos. Una historia
casi universal
Caminos de alta
fiesta
¿Adán y Eva eran negros?
En África empezó el
viaje humano en el
mundo. Desde allí
emprendieron nuestros
abuelos la conquista del
planeta. Los diversos
caminos fundaron los
diversos destinos, y el
Sol se ocupó del reparto
de los colores.
Ahora las mujeres y los
hombres, arcoiris de la
tierra, tenemos más
colores que el arcoiris
del cielo; pero somos
todos, toditos somos,
africanos emigrados.
Hasta los blancos
blanquísimos vienen del
África.
Quizá nos negamos a
recordar nuestro origen
común porque el racismo
produce amnesia, o
porque nos resulta
imposible creer que en
aquellos tiempos remotos
el mundo entero era
nuestro reino, inmenso
mapa sin fronteras y
nuestras piernas eran el
único pasaporte exigido.
Fundación de los
abrazos
En Irak nació el primer
poema de amor de la
literatura universal,
miles de años antes de
su devastación:
Que el cantor teja en
cantares
esto que voy a contarte.
El canto contó, en
lengua sumeria, el
encuentro de una diosa y
un pastor.
Inanna, la diosa, amó
esa noche como si fuera
mortal. Dumuzi, el
pastor, fue inmortal
mientras duró esa noche.
Fundación de la
belleza
Están allí, pintadas en
las paredes y en los
techos de las cavernas.
Estas figuras, bisontes,
alces, osos, caballos,
águilas, mujeres,
hombres, no tienen edad.
Han nacido hace miles y
miles de años, pero
nacen de nuevo cada vez
que alguien las mira.
¿Cómo pudieron ellos,
nuestros remotos
abuelos, pintar de tan
delicada manera? ¿Cómo
pudieron ellos, esos
brutos que a mano limpia
peleaban contra las
bestias, crear figuras
tan llenas de gracia?
¿Cómo pudieron ellos
dibujar esas líneas
volanderas que escapan
de la roca y se van al
aire? ¿Cómo pudieron
ellos...? ¿O eran ellas?
Colón
Desafiando la furia de
los vientos y el hambre
de los monstruos
devoradores de barcos,
el almirante Cristóbal
Colón se echó a la mar.
Él no descubrió América.
Un siglo antes habían
llegado los polinesios,
cinco siglos antes
habían llegado los
vikingos. Y trescientos
siglos antes que todos,
habían llegado los más
antiguos pobladores de
estas tierras, a quienes
Colón llamó indios
creyendo que había
entrado al Oriente por
la puerta de atrás.
Como no entendía lo que
esos nativos decían,
Colón creyó que no
sabían hablar; y como
andaban desnudos, eran
mansos y daban todo a
cambio de nada, creyó
que no eran gentes de
razón.
Aunque murió convencido
de que sus viajes lo
habían llevado al Asia,
Colón tuvo sus dudas.
Las despejó en el
segundo viaje. Cuando
sus naves anclaron en
una bahía de Cuba, a
mediados de junio de
1494, el almirante dictó
un acta estableciendo
que estaba en China.
Dejó constancia de que
sus tripulantes lo
reconocían así; y a
quien dijera lo
contrario se le darían
cien azotes, se le
cobraría una pena de
diez mil maravedíes y se
le cortaría la lengua.
Al pie, firmaron los
pocos marineros que
sabían firmar.
Fundación de América
En Cuba, según Cristóbal
Colón, había sirenas con
caras de hombre y plumas
de gallo.
En la Guayana, según sir
Walter Raleigh, había
gente con los ojos en
los hombros y la boca en
el pecho.
En Venezuela, según fray
Pedro Simón, había
indios de orejas tan
grandes que las
arrastraban por los
suelos.
En el río Amazonas,
según Cristóbal de
Acuña, había nativos que
tenían los pies al
revés, con los talones
adelante y los dedos
atrás.
Según Pedro Martín de
Anglería, que escribió
la primera historia de
América pero nunca
estuvo allí, en el Nuevo
Mundo había hombres y
mujeres con rabos tan
largos que sólo podían
sentarse en asientos con
agujeros.
Martí
Paseaban el padre y el
hijo por las calles
floridas de La Habana,
cuando se cruzaron con
un señor flaquito,
calvo, que caminaba como
si estuviera llegando
tarde.
Y el padre advirtió al
hijo: -Ojo con ése. Es
blanco por fuera, pero
por dentro es negro. El
hijo, Fernando Ortiz,
tenía catorce años.
Tiempo después, Fernando
iba a ser el hombre que
supo rescatar, contra
siglos de negación
racista, las ocultas
raíces negras de la
cubanía.
Y aquel peligroso señor,
el flaquito, el calvo,
el que caminaba como si
estuviera llegando
tarde, se llamaba José
Martí. Era hijo de
españoles el más cubano
de los cubanos, el que
denunció:
-Éramos una máscara, con
los calzones de
Inglaterra, el chaleco
parisiense, el chaquetón
de Norteamérica y la
montera de España.
Y repudió la falsa
erudición llamada
Civilización, y exigió:
-Basta de togas y de
charreteras, y comprobó:
-Toda la gloria del
mundo cabe en un grano
de maíz.
Poco después de aquel
cruce en La Habana,
Martí se echó al monte.
Y estaba peleando por
Cuba cuando, en plena
batalla, una bala
española lo volteó del
caballo.
Fundación de Cuba
Revolución, revelación:
los negros entraban en
las playas, antes
prohibidas para quienes
teñían el agua, y todas
las Cubas que Cuba
escondía estallaban a
plena luz.
Sierra adentro, Cuba
adentro, niños que nunca
habían visto cine se
hacían amigos de
Carlitos Chaplin, y los
alfabetízadores llevaban
letras a perdidos
lugares donde esas cosas
raras no llegaban ni de
visita.
En pleno ataque de
locura tropical, la
Orquesta Sinfónica
Nacional viajaba
completa, con Beethoven
y todo, hacia pueblitos
caídos del mapa, y los
eufóricos lugareños
garabateaban carteles de
invitación:
-¡A bailar y a gozar con
la Sinfónica Nacional!
Andaba yo por el
oriente, allá donde los
caracolitos de colores
caen en lluvia desde los
árboles y las montañas
azules de Haití asoman
en el horizonte.
En algún camino de
tierra, me crucé con una
pareja. Ella venía a
lomo de burro, bajo un
paraguas que la defendía
del sol. Él, a pie. Los
dos vestidos de fiesta,
reina y rey de esos
parajes, invulnerables
al
tiempo y al barro: ni
una arruga, ni una
manchita perturbaban la
blancura de esas ropas
que habían estado
esperando años o siglos,
desde el día de la boda,
en el fondo de algún
armario.
Les pregunté adónde
iban. Contestó él:
-Nos vamos a La Habana.
Al cabaret Tropicana.
Tenemos entradas para el
sábado.
Y se palpó el bolsillo,
confirmando.
Yo sí puedo
En 1961, un millón de
cubanos aprendió a leer
y a escribir, y miles de
voluntarios borraron las
sonrisas burlonas y las
miradas compasivas que
habían recibido cuando
anunciaron que lo harían
en un año.
Tiempo después,
Catherine Murphy recogió
evocaciones:
* Griselda Aguilera: Mis
padres alfabetizaban
aquí en La Habana. Yo
les pedía, pero no me
dejaban ir. Cada mañana,
bien temprano, se
marchaban los dos, y yo
me quedaba en casa,
hasta la noche. Un día,
después de tanto pedir y
pedir, me dejaron. Los
acompañé. Carlos Pérez
Isla se llamaba mi
primer alumno. Tenía
cincuenta y ocho años.
Yo, siete.
* Sixto Jiménez: A mí
tampoco me dejaban.
Tenía doce años, ya
sabía leer y escribir y
cada día pedía y
discutía, y nada. Es muy
peligroso, decía mi
madre. Y justo en esos
días vino la invasión de
Bahía de Cochinos, los
criminales esos venían a
vengarse, venían con la
sangre en el ojo, ellos,
los dueños de Cuba.
Nosotros los conocíamos
bien, ya en los viejos
tiempos nos habían
incendiado la casa dos
veces, allá en la
sierra. Y entonces mi
madre me preparó la
mochila. Adiós, me dijo.
* Sila Osorio: Mi madre
alfabetizó en las
montañas, de Manzanillo
para allá. Le tocó una
familia con siete hijos.
Ninguno sabía leer ni
escribir. Seis meses
estuvo mi madre viviendo
en esa casa. Durante el
día, recogía café,
buscaba agua… En las
noches, enseñaba. Cuando
ya todos sabían, se fue.
Había llegado sola, pero
no se fue sola.
Figúrate: si no hubiera
sido por la campaña de
alfabetización, yo no
existiría.
* Jorge Oviedo: Yo tenía
catorce años cuando
llegaron los brigadistas
a Palma Soriano. Nunca
había ido a la escuela.
Pero fui a la primera
clase de alfabetización,
dibujé unos palotes y ya
me di cuenta: esto es lo
mío. Y a la mañana
siguiente me escapé de
casa y me eché al
camino. Bajo el brazo
llevaba el manual de los
brigadistas. Caminé
mucho, hasta que llegué
a un pueblo metido allá
en las montañas de
Oriente. Me presenté
como alfabetizador. Di
la primera clase, repetí
lo que había escuchado
allá en Palma Soriano.
Recordaba todito. Para
la segunda, estudié, o
más bien adiviné, lo que
decía el manual. Y para
las clases siguientes…
Yo fui alfabetizador
antes de ser
alfabetizado. O fui todo
junto, no sé.
Fotos: Los ojos más
habitados del mundo
La Habana, Plaza de la
Revolución, marzo de
1960.
Un barco ha estallado en
el puerto. Setenta y
seis obreros muertos. El
barco traía armas y
municiones para la
defensa de Cuba, y el
gobierno de Eisenhower
ha prohibido que Cuba se
defienda.
La multitud cubre las
calles de la ciudad.
Desde el podio, el Che
Guevara contempla tanta
furia reunida. Tiene la
multitud en los ojos.
Korda toma esta foto
cuando los barbudos
llevan poco más de un
año en el poder. Su
diario no la publica. El
director no le ve nada
especial. Pasarán los
años. Esa foto será un
símbolo de nuestro
tiempo.
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Fidel
Sus enemigos dicen que
fue rey sin corona y que
confundía la unidad con
la unanimidad.
Y en eso sus enemigos
tienen razón.
Sus enemigos dicen que
si Napoleón hubiera
tenido un diario como el
«Granma», ningún francés
se habría enterado del
desastre de Waterloo.
Y en eso sus enemigos
tienen razón.
Sus enemigos dicen que
ejerció el poder
hablando mucho y
escuchando poco, porque
estaba más acostumbrado
a los ecos que a las
voces.
Y en eso sus enemigos
tienen razón.
Pero sus enemigos no
dicen que no fue por
posar para la Historia
que puso el pecho a las
balas cuando vino la
invasión, que enfrentó a
los huracanes de igual a
igual, de huracán a
huracán, que sobrevivió
a seiscientos treinta y
siete atentados, que su
contagiosa energía fue
decisiva para convertir
una colonia en patria y
que no fue por hechizo
de Mandinga ni por
milagro de Dios que esa
nueva patria pudo
sobrevivir a diez
presidentes de los
Estados Unidos, que
tenían puesta la
servilleta para
almorzarla con cuchillo
y tenedor.
Y sus enemigos no dicen
que Cuba es un raro país
que no compite en la
Copa Mundial del
Felpudo.
Y no dicen que esta
revolución, crecida en
el castigo, es lo que
pudo ser y no lo que
quiso ser. Ni dicen que
en gran medida el muro
entre el deseo y la
realidad fue haciéndose
más alto y más ancho
gracias al bloqueo
imperial, que ahogó el
desarrollo de una
democracia a la cubana,
obligó a la
militarización de la
sociedad y otorgó a la
burocracia, que para
cada solución tiene un
problema, las coartadas
que necesita para
justificarse y
perpetuarse.
Y no dicen que a pesar
de todos los pesares, a
pesar de las agresiones
de afuera y de las
arbitrariedades de
adentro, esta isla
sufrida pero
porfiadamente alegre ha
generado la sociedad
latinoamericana menos
injusta.
Y sus enemigos no dicen
que esa hazaña fue obra
del sacrificio de su
pueblo, pero también fue
obra de la tozuda
voluntad y el anticuado
sentido del honor de
este caballero que
siempre se batió por los
perdedores, como aquel
famoso colega suyo de
los campos de Castilla.
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