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“Al parecer, en manos
del editor Da Costa
Gómez quedó únicamente
el respaldo financiero
del proyecto. Si llegó a
intervenir o no en la
gestación y concepción
de algún número, no se
han encontrado
testimonios que lo
respalden.”
“Con excepción del
grabado de la pintura
titulada La Edad de
Oro, obra original
del pintor alemán Edward
Magnus, la cual se
afirma fue sugerida por
Aarón Da Costa para el
primer número de la
revista —a la que
propuso el mismo
título—, el resto del
material gráfico en
La Edad de Oro fue
seleccionado por Martí a
partir de obras
conocidas del arte
universal, para lo cual
aprovechaba sus
posibilidades
didascálicas (…) En
relación con la ayuda
que puede haber recibido
para la preparación de
dibujos y grabados con
fines editoriales, Martí
quizá solicitara la
colaboración de sus
amigos pintores (Peoli,
Edelman, Norman…).”
Es un asunto un tanto
antiquísimo: La Edad
de Oro mutó, de
revista para libro, y
esto es y será hasta que
haya cubanía. Un asunto
que es obvio, pero
apenas interiorizado.
Es un libro, sí, porque
voluntades varias han
hecho perdurar la
majestad pedagógica,
intelectual y editorial
que José Martí con
cautela y pasión edificó
para una comunidad de
niños —fundamentalmente—
del siglo XIX. Ya nadie
ve esa obra literaria y
editorial como una
revista, ni los
mismísimos
investigadores
(martianos) que, dicho
sea de paso, muy pocos
han palpado los cuatro
ejemplares (originales)
de aquel lejano 1889. Lo
que entonces salió a
chorros de una imprenta
de Nueva York para
entrar luego en los
circuitos de librerías y
establecimientos (hispano)americanos,
hoy día probablemente
constituye una rareza
bibliográfica. Y por
cierto, ¿qué habrá
ocurrido con los
ejemplares martianos?,
con los suyos, esos que
tuvo que haber guardado,
y tal vez, contaron con
algún añadido extra
—manuscrito— a modo de
insatisfacción, recelo,
corrección. Su colección
tuvo que ser especial.
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“De mis libros no le he
hablado. Consérvenlos;
puesto que siempre
necesitará la oficina, y
más ahora—a fin de
venderlos para Cuba en
una ocasión propicia,
salvo los de Historia de
América, o cosas de
América,—geografía,
letras, etc.—que Vd.
dará a Carmita a
guardar, por si salgo
vivo, o me echan, y
vuelvo con ellos a ganar
el pan. Todo lo demás,
lo vende en una hora
oportuna.—Vd. sabrá
cómo.—”, son las
primeras líneas de la
célebre y definitoria
epístola que Martí le
remite a Gonzalo de
Quesada y Aróstegui el 1
de abril de 1895. Ojalá
haya sido desobediente
Gonzalo: la biblioteca
física de Martí no podía
desarticularse. Sabemos
que algunos de sus
componentes rodaron de
mano en mano, cual
herencia honrosa, hasta
que en los años 70 del
siglo XX solo unos
escasos estuvieron
visibles y disponibles
en la Sala Martí, de
nuestra Biblioteca
Nacional. Hoy ese tesoro
ha aumentado aún más su
fortuna histórica. Por
consiguiente, ni está
visible ni disponible
como antes. Su papelería
embovedada es dicha y
honor para unos pocos. Y
en ella todavía deben
quedar sorpresas obvias,
que solo serán develadas
por ojos sensibles y
conocedores de una
caligrafía única y, de
apuntes ocasionales, que
de por sí pueden ser
reveladores. Entonces,
resta enrumbar los míos
a otros horizontes
permitidos, con el ánimo
de (re)pensar algo tan
trillado como
La Edad de Oro;
trillado, pero más bien
en el orden del verbo,
lo literario.
La epístola del 1 abril,
ya citada, es finalizada
con la idea con que
abre: preservar lo útil
y vender la hojarasca.
Insiste Martí en el
núcleo final: “De la
venta de mis libros, en
cuanto sepa Vd. que Cuba
no decide que vuelva, o
cuando,—aun indeciso
esto,—el entusiasmo
pudiera producir con la
venta un dinero
necesario,—Vd. la
dispone, con Benjamín
hermano, sin salvar más
que los libros sobre
nuestra América,—de
historia, letras o
arte—que me serán base
de pan inmediato, si he
de volver, o si caemos
vivos. Y todo el
producto sea de Cuba,
luego de pagada mi deuda
a Carmita: $220.00. Esos
libros han sido mi vicio
y mi lujo, esos pobres
libros casuales, y de
trabajo. Jamás tuve los
que deseé, ni me creí
con derecho a comprar
los que no necesitaba
para la faena.—Podría
hacer un curioso
catálogo,—y venderlo, de
anuncio y aumento de la
venta.—”. Él podía
brindar además los
ladrillos de su espacio
intelectual en un caso
extremo que, para el mes
de abril de 1895, estaba
en uno así: la
probabilidad de la
muerte en la guerra
existía. Estando ya en
la Isla, esos pilares de
sabiduría no los tenía,
pero la literatura no le
faltó en el modesto
equipaje que acá trajo
en el año de su muerte.
Esa carta, tan conocida
y referenciada, hubo de
ser para Gonzalo de
Quesada la mejor de las
brújulas para llegar y
engrandecer a la cubanía
en forma escrita, en
este caso, la aportada
por José Martí. Y
Gonzalo había sido el
elegido: “Si no vuelvo,
y Vd. insiste en poner
juntos mis papeles,
hágame los tomos como
pensábamos”.
Él debía ser el editor
de un editor. Y así
sucedió, aunque los
tomos hechos por
Gonzalo, comenzado el
siglo XX, fueron otros;
al calor de los
intervalos libres de
otras responsabilidades,
nunca a tiempo completo.
Los libros del Maestro
fueron componentes de
una papelería mayor. Lo
martiano era mucho más:
todo cuanto leyó y
conservó, todo cuanto
recibió y preservó, todo
cuanto descartó y no
trascendió, todo cuanto
extravió y pudo ser
salvado o no. Su famosa
oficina, una entre
“tantas”, fue el nicho
para ser un pensador del
deber, y allí atesoró lo
posible, en copias
únicas o en duplicados
por si aparecía la
ocasión —que no
faltaron— para un
obsequio que, por
tradición y cortesía,
iría acompañado de un
mensaje manuscrito de su
parte. De allí salió
mucha información,
verdaderos tesauros,
porque eran de José
Martí.
A Gonzalo orienta y
guía, explica y convida
con su misiva del 1 de
abril. Unas veces
enfático, otras siendo
bastante explícito; pero
con la revista infantil
de 1889 en idioma
español, apenas una
oración bastó para la
incertidumbre: “La
Edad de Oro, o algo
de ella sufriría
reimpresión”. En clave
quedó el mensaje, porque
Martí sabía cómo debía
ser el retorno editorial
a esta obra
gráfico-literaria.
Cuando fuese retomada
para los volúmenes que
habrían de recopilar la
“obra” martiana,
entonces sería diferente
respecto a cuando fue
revista. La Edad de
Oro en ese instante
de 1895 es vista por su
gestor principal en la
arquitectura de un
libro: con formato,
tipos de párrafos,
diseño, tipografía,
¿ilustraciones?…
diferentes.
Gonzalo de Quesada y
Aróstegui no podía
entender, en esa
maravilla de epístola,
la parte mentada de la
revista, que debió pasar
inadvertida —por cierto—
para cierto número de
los contemporáneos a
Martí, pero que el mismo
Gonzalo fue el primero
en sentar los cimientos
culturales del cambio,
por medio de su proyecto
editorial de compilar lo
martiano. Y en 1905 tuvo
lugar el hecho con la
otrora revista: La
Edad de Oro, toda
ella, salía ese
año como un volumen. Fue
entonces que la revista
se hizo libro. Gonzalo
optó por el conjunto,
aunque Martí se mostrara
vacilante en 1895. Había
una unidad y un sentido
editoriales que cobró
más vida, a partir de
1905, siendo un libro…
ilustrado. Era el quinto
tomo de su compilación
martiana. Era un libro
previsor que rescataba
un sistema artístico
—palabra, imágenes— con
comprensibles reajustes
visuales. Era cuanto
podía realizar Gonzalo:
respetando y
reproduciendo lo hecho
en 1889, en lugar de
porciones y momentos
(¿cuáles Martí?). Era el
punto de partida del
libro La Edad de Oro,
que es lo que
generaciones de cubanos
hemos conocido. (Cada
quien ha tenido el suyo,
es decir, cada etapa de
esta vida ha tenido su
libro de La Edad de
Oro). De esta
manera, el nuevo siglo
comenzaba con un cambio
para la obra martiana en
el orden literario, y
para las artes visuales
sería un poco después:
en pintura, cuando Jorge
Arche (1905-1956)
realiza el retrato de un
Martí otro, pues esta
representación la
distingue una guayabera
blanca. Es un suceso o
instante, al igual que
otros posteriores, que
ha sido interpretado por
Jorge R. Bermúdez como
la necesidad de que cada
época tenga su propio
Martí artístico:
“Comprendí que había un
Martí para cada cubano y
para cada época
importante de Cuba.
Asimismo, para cada
pintor, para cada grupo
de pintores, para cada
tendencia de la pintura.
También para cada
momento difícil,
personal o nacional”.
El libro La Edad de
Oro ha sido la
licencia, o una de las
pocas en materia de
soporte literario,
porque a través de la
palabra todo cambio es
alteración: ¿qué son si
no, por ejemplo, las
erratas en Martí?
La edición de 1905
incluye una
“Introducción” (pp. 5-7)
de Gonzalo de Quesada.
El segundo y último
párrafos refieren:
·
“Cual símbolo de amor y
de ternura, era de color
celeste la cubierta que
encerraba cada entrega,
pues de ternura y de
amor fue la tarea de
quien solo deseaba, por
galardón, que sus
lectores queridos viesen
en él un amigo”. (p. 5)
·
“A la nobleza del Señor
A. Da Costa Gómez debo
el poder sacar del
olvido la bella labor;
me bastó indicarle mi
deseo para que me
otorgara su entusiasta y
desinteresado
consentimiento. Para él,
en nombre del Inmortal,
de los niños de mi
tierra y en el mío:
Gracias!”. (p. 7)
¿Qué posibles sorpresas
podrían aún conservarse
en la papelería de los
Gonzalo de Quesada
(padre, hijo, nieto)
respecto a José Martí?
Quesada y Aróstegui para
su empeño del libro
La Edad de Oro
contactó, según sus
líneas, al tipógrafo
judío y de descendencia
portuguesa Da Costa,
cuestión que tuvo que
ser —tal vez— por la vía
epistolar. Esa(s)
carta(s) podría(n) ser
muy valiosa(s), sobre la
base de que ciertos
componentes —Aarón Da
Costa Gómez, Adrien
Marie, etc.— en torno a
La Edad de Oro
creo que todavía son
nebulosas… atractivas.
Posteriormente el libro
La Edad de Oro
tendría en Cuba otro
momento significativo
cuando el historiador e
intelectual Emilio Roig
de Leuchsenring
(1889-1964) defiende a
partir de los años 30
—casi hasta su muerte—
varias ediciones
reeditadas, que
estuvieron al cuidado de
la editorial habanera
“Cultural, S. A”. El
libro apoyado por Roig
tiene un exhaustivo
ensayo dividido en
acápites. En el primero,
“Martí y los niños.—
Martí, niño” (pp. 7-11),
expresa: “Ya los niños
cubanos podrán leer,
estudiar y guardar, como
el más preciado tesoro
que pudiera colocarse en
sus manos, la colección
completa de la revista
que para los niños
escribió y publicó Martí
en 1889” (p. 8). Y más
adelante agrega: “Es
ahora —nos
enorgullecemos de ello—
que, a indicaciones
nuestra, rápida y
eficazmente secundadas
por la casa editora
habanera Cultural, S.
A., se realiza lo
que desde largos años ha
constituido anhelo y
demanda de cuantos en
Cuba profesan culto
fervoroso y comprensivo
a Martí y a su obra y
sienten la necesidad de
que lleguen a sus
compatriotas el ejemplo
de su vida y las
enseñanzas de sus
trabajos: una edición de
LA EDAD DE ORO, para los
niños, edición extensa y
económica que esté en
todas las manos
juveniles cubanas, que
pueda fácilmente ser
adquirida por padres y
maestros, que no falte
ni en los hogares ni en
las escuelas, que
represente, para los
niños el más ameno e
instructivo de los
libros de lectura, y
para los padres y
maestros el más completo
manual de la educación
de sus hijos y
discípulos” (p. 11). Sus
análisis constituyen una
suerte de programa del
libro La Edad de Oro
que, con este nuevo
soporte, cobra una
dimensión aún más
cultural hasta los días
actuales esta obra de
edición del siglo XIX.
Se aspiraba a que la
revista con alma de
libro llegase a ser un
blasón de lo cubano:
llegar a lo cubano a
través de ese libro
ilustrado, en el que
todo podía despertar
enseñanzas y principios
capaces de ser legados
luego. Algo que ha
ocurrido por varias
décadas desde entonces.
Y hasta hubo un instante
en el que fue preparada
una edición facsimilar
—casi facsimilar— de la
revista.
Fue cuando se pudo tener
una noción —a medias— de
la apariencia de cuanto
fue logrado con el
cosmos tipográfico del
taller de Da Costa en el
siglo XIX. Así, fue
posible constatar —a
través de la copia— el
formato, la tipografía
de la época, la
distribución de las
imágenes… Fue un pequeño
alto para tener una idea
aproximada de los
orígenes como revista
del libro que sigue
siendo La Edad de Oro.
Y si sus textos son los
mismos cualquiera sea el
soporte, no sucede lo
mismo con el sistema
visual que le
caracteriza.
La edición facsimilar
aunque facilita la
secuencia, el diseño y
sentido gráfico de cada
ejemplar (original), no
reproduce con fidelidad
el encanto de la técnica
de impresión del siglo
XIX que, más o menos,
distinguimos en las
reproducciones de las
imágenes usadas en 1905
por Gonzalo de Quesada
en su tomo quinto, o lo
que es igual, en el
libro La Edad de Oro
por él preparado.
|

"Martí y
nosotros",
Roberto Fabelo |
Las obras artísticas que
complementan a los
textos, y hasta
facilitan hilar la
imaginación de una
historia narrada también
desde unos instantes
gráficos o visuales,
encierran un peso
fundamentalísimo en el
sentido de esa obra
gráfico-literaria. La
Edad de Oro no tiene
sentido sin su sistema
de imágenes. La Edad
de Oro, la nuestra,
además de “Bebé y el
señor Don Pomposo” y
“Los zapaticos de rosa”
—digamos— es también el
conjunto de “89 imágenes
que clasificamos en
dibujos, grabados,
retratos y viñetas;
todas ellas con una
calidad ilustrativa
consecuente con la
identificación plena
entre la imagen y el
texto”.
Unas más que otras son
ya de por sí iconos que
distinguen al libro, y
en esto han influido las
cubiertas de cada
edición, los
complementos gráficos de
las publicaciones
periódicas, la
televisión… cualquier
soporte moderno en
función de lo visual. Y
hay más: las nuevas
recreaciones artísticas
en torno a los asuntos
del libro La Edad de
Oro, que han hecho
surgir un imaginario
otro, paralelo. Ahí está
el cuadro Martí y
nosotros (1999), de
Roberto Fabelo, metáfora
de una posibilidad de
encuentro en un mismo
espacio del autor y sus
creaciones (personajes).
También están desde los
2000, las sensuales
esculturas en cera de
Isabel Santos,
reconstrucciones de
Martí y su universo
infantil creado con la
palabra escrita; y un
aplastante dibujo del
joven caricaturista
Joseph Rosado Polanco
(Joseph), quien se
apropia de una de las
láminas más
características de La
Edad de Oro y la
modifica para una época,
la suya, donde lo
informático —la era
digital— depara encantos
de vida. Ya en 1935 hubo
un primer antecedente de
reenfoque visual, cuando
cambió una partícula
gráfica del libro: véase
que la ilustración de
cubierta se le añade
color, y así siguió
saliendo, con las
sucesivas reediciones a
cargo de la Cultural, S.
A.
|

"Caricatura",
Joseph Rosado |
El dibujo de Joseph
guarda conexión con una
sensibilidad creada y
mostrada públicamente
con la exposición
colectiva “Nuevo cartel
martiano” (Biblioteca
Nacional José Martí, La
Habana, 19 de mayo de
1999). Es “deudor” de
ese esfuerzo que nos
recolocó al imaginario
artístico de Martí en
una cuerda inédita, con
una fuerza casi similar
al nivel de impacto
—osadía— que el pintor
Jorge Arche logró con su
Apóstol de guayabera.
Así fue explicada esa
exhibición en su
catálogo por Jorge R.
Bermúdez: “en el umbral
de un nuevo siglo y
milenio, esta exposición
aspira a dejar
constancia de la
capacidad de motivación
del tópico entre la más
reciente generación de
diseñadores gráficos,
así como su renovación
visual desde
presupuestos estéticos y
comunicativos de
vanguardia de la cultura
gráfica contemporánea”.
Al poco tiempo sería
valorada del siguiente
modo: “a las puertas de
un nuevo siglo, otra
exposición de carteles,
esta vez, convocada por
la Cátedra de Gráfica
Conrado W. Massaguer
de la Universidad de La
Habana para conmemorar
el aniversario 104 de la
caída en combate en Dos
Ríos del Héroe Nacional
de Cuba, José Martí, se
inauguraba en la
Biblioteca Nacional José
Martí. En ella carteles
como Actualidad de un
pensamiento (Grupo
Spam: Gerónimo García y
Armando Patterson),
Martirio (Daniel
Cruz) y Un verso
(Edubal Cortina), entre
otros, volverían a
incorporar la imagen de
Martí en la cultura
viva, a expresarla desde
la sensibilidad estética
de la posmodernidad”.
Si en 1999 el cartel de
un Martí con ropas
contemporáneas
causó sospechas ópticas,
unos escasos años
después lo realizado por
el caricaturista Joseph
genera pues más
aceptación. Y aunque
prevalece un chiste
imperceptible
en esa Nené lectora de
una laptop —el “libro”
de la (pos)modernidad—,
hay un encanto renovado
en esta ilustración de
por sí atrayente y
mágica, que no ha
perdido su sello: la
atención que puede
mostrar un infante
frente a la maravilla
del saber, ya sea un
libro o una laptop.
Lo legado por Joseph es
su visión del libro
La Edad de Oro, él
que seguramente bebió de
una edición similar a la
mía —la de la Editorial
Gente Nueva—, aunque su
juventud supere a la que
tengo aún. Su selección
no es gratuita. Para una
comunidad de lectores
esa imagen de la que
partió dice bastante. Es
una de las principales
de La Edad…, al
menos, en las últimas
décadas: en el futuro
podría(n) ser otra(s). Y
ahora, trastocada, es
muy evocadora. Y todo
porque el libro La
Edad de Oro
indiscutiblemente nos ha
enseñado “a crear modos
de mirar, pensar y
actuar”.
Por tanto, es ese el
nuevo icono de La
Edad de Oro:
libro-revista,
revista-libro por
excelencia de nuestra
identidad en su dualidad
gráfica y literaria. En
esencia, un libro con el
que incluso se aprende a
leer en ambas
direcciones. Todo está
en probar… y luego
recordar.
*
Publicado originalmente
en la revista digital de
la Biblioteca Nacional
José Martí:
Librínsula, La
Habana, No. 247, 9 de
octubre de 2009 (http://librinsula.bnjm.cu/secciones/247/expedientes/247_exped_1.html).
Y como parte del dossier
“Imaginarios: La Edad
de Oro (1889)”.
|