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“Con la mirada
perdida y no obstante
existente… siendo y no
siendo”
Pablo Neruda
“Es la mirada que no
mira y mira”
Octavio Paz
La destacada labor de
Manuel López Oliva en su
carrera artística,
asociada a su relevante
labor como crítico de
arte y ensayista,
resume una extensa y
fructífera labor
centrada en dos
importantes vertientes
de un trabajo
intelectual de
envergadura, acometido
desde un amplio bagaje
teórico como sustrato de
una perenne labor
investigativa, que nutre
su acervo cultural y se
refleja en la diversidad
de sus expresiones
plásticas.
Su obsesión creativa
dentro de las artes
visuales singulariza un
quehacer de estilo
personal con una obra
maciza y concisa,
matizada de enigmas y
sutilezas, mientras que
su desempeño como
promotor y analista
cultural, transmitida en
una amplia labor a
través de juicios y
comentarios en disímiles
publicaciones nacionales
y foráneas, así como
conferencias y cursos
sobre arte ofrecidos en
centros de cultura,
museos y universidades
de diversas naciones,
evidencian una recia
personalidad con una
dedicación por el arte
acometida desde la
autenticidad.
Nació en Manzanillo, en
la provincia de Granma,
en 1947. Su crianza se
vincula al taller de
pintura de su padre,
donde recuerda lo mucho
que escuchó hablar sobre
la exposición
realizada, casi frente a
su casa, por Carlos
Enríquez, en 1948, la
que finalmente resultó
un peso de pórtico en su
temprana vocación por la
plástica. Realizó
estudios artísticos en
la Escuela Nacional de
Arte, los que concluyó
en 1969, tras haber
recibido el Premio
colectivo Adam
Montparnasse a la Joven
Pintura otorgado por el
significativo Salón de
Mayo en París en 1968,
plataforma de sus
inicios para comenzar
una activa y exitosa
labor profesional.
En el desarrollo de su
trayectoria se destaca
su continua reflexión
sobre la Historia del
Arte, expresada en sus
valoraciones e
interpretaciones
estéticas desde una
perspectiva
técnico-especializada e
histórica
sustentada en estudios
sobre la sociedad, la
filosofía y el arte,
aspectos que le sitúan
en el punto de mira del
contexto sociocultural
sustentador de la
visualidad, al tiempo
que contribuyen a dar
vida a su creatividad
plástica desde un mundo
visual asociado a una
particular subjetividad
expresiva con respecto a
la ética individual y su
representación a nivel
social.
El 19 de mayo último
—coincidente con el
aniversario de la caída
en combate del Apóstol—,
fue el cumpleaños de
López, y felizmente
inauguró su nuevo taller
—enclavado en la Calle
Leonor Pérez No. 202—,
ubicado dentro del
circuito de recuperación
y suma de valores
estéticos existente en
La Habana Vieja gracias
al movimiento de rescate
de grandes hitos urbanos
con nuevas funciones
socioculturales. El
propio López comenta
cómo se articula su
conexión con la figura
de Martí: “porque desde
niño mi padre y la
imprenta donde editaban
Orto (con sus
cenas martianas)
sembraron la
“martianidad” en mi
psiquis; asimismo
durante muchos años mi
estudio estuvo en la
calle Mercaderes No. 2
—edificación que fue
sede del bufete de
Nicolás Azcarate, donde
Martí trabajó como
pasante—; y ahora
significativamente me
trasladé a tres cuadras
de la casa donde Martí
pasó su primera
infancia, dentro del
perímetro en que Mariano
Martí ejerció su labor
de celador.”
Este nuevo espacio de
creación está instalado
en una vivienda
paradigmática de la
arquitectura cubana del
siglo XVII, que —tras su
reconstrucción, ya que
de la edificación
original solo quedaban
los muros—, está
considerado un inmueble
patrimonial de
protección número dos.
Se prevé que esta zona
será transformada en su
totalidad dada la
importancia que tiene la
calle Leonor Pérez, —que
comienza en la casa
natal del Apóstol y
termina en la Alameda de
Paula, sitio donde está
enclavada la iglesia de
igual nombre— de manera
que este trayecto de
seis cuadras de
extensión constituye un
corredor martiano. Entre
los planes futuros se
pretende crear un
espacio en esta área que
tenga características
culturales con el
objetivo no solo de
homenajear a Martí, sino
con la intención de
recuperar el entorno
para disfrute no solo de
quienes la habitan sino
también de los que la
visitan.
Imbuido de este
espíritu, el artista nos
confiesa: “En mi
anterior estudio
desarrollé una parte
importante de mi obra,
pero quizás este cambio
implique un nuevo camino
en la creación.”
Mientras esperamos
cómo repercute este
permanencia de López en
ese nuevo local, nuestro
acercamiento a su
quehacer nos remite al
trabajo desarrollado a
partir de su serie
Dioses, semidioses y
mortales,
realizada en 1992,
iniciadora de un
lenguaje imaginativo con
la máscara como recurso,
en la que opera
de manera especial una
doble función en las
imágenes, las cuales
consiguen mostrar y
disimular al propio
tiempo. En este proceso
de experimentación, el
autor recurre a sus
aspiraciones
intelectuales para
concebir la lógica
espacial y visual de la
imagen en su
construcción pictórica,
como traducción de
una vivencia considerada
cual si fuera un proceso
intelectivo de
depuración de
significados y
significantes en su
operatoria.
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Semidioses |
La evocación presente en
sus piezas recrea
tácticas afines a una
figuración realista de
narrativas semiocultas,
que contrasta fugaces
momentos de
verdad/invención en
estampas resueltas
mediante alegorías
apoyadas por una
pincelada que demuestra
su pericia técnica y
descubre el énfasis por
la decoración artesanal
presente en su
producción simbólica. La
génesis de estos
atributos emerge de su
atracción por la
artesanía indígena y la
cultura popular de
aquellas sociedades
desarrolladas, como los
mayas y los incas. Con
ese objetivo, utiliza la
máscara, adminículo
usado universalmente en
representaciones
teatrales y que deben su
uso en el mundo
occidental a los
griegos.
El término "máscara"
alude al teatro griego,
a la comedia, a la
tragedia. En latín,
persona significa
máscara y es conocido
cómo la variedad de
máscaras utilizadas en
el teatro resultan tan
diversas como el teatro
mismo y se utilizan, tal
y como la representaron
los griegos, tanto en el
drama como en la
comedia, para encarnar
el conflicto, el dolor,
la tristeza, la alegría,
el humor y el placer, en
suma, como expresión de
diversidad de
sentimientos. La
finalidad de la máscara
en el teatro griego
consistía en ocultar la
propia apariencia, de
manera que un solo actor
pudiera representar
muchos personajes solo
cambiándose de antifaz.
Las representaciones
teatrales constituyen
una representación de un
contexto en la que la
máscara participa de
manera entrañable, ya
que su forma física
comunica una situación
dentro del conjunto de
la obra, y es la
apariencia lo que
muestra,
pues la realidad es
múltiple, diversa,
simultánea.
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Boceto para
baile de
máscaras |
López Oliva aviva ese
canal de comunicación
con el espectador
mediante la recreación
de máscaras y asume la
creación como reflejo de
la vida, que no es más
que un amplio escenario
de representaciones.
Recuérdese que la década
de los noventa en Cuba
presenció el nacimiento
de un arte que nos
convoca a la
concurrencia de una
amplia diversidad de
enfoques en los
discursos artísticos y
se advierte cómo el
surgimiento de un
pensamiento altamente
filosófico se inserta en
un camino inexplorado
que apela a una mayor
introspección en los
mensajes. En ese
sentido, López no fue
ajeno a la nueva
naturaleza de lo
artístico abierta
entonces, y a partir de
su impronta
despliega en su
contexto la capacidad de
crear con energía e
inteligencia un discurso
artístico construido
para convocarnos a un
arte apoyado en una
corriente
neohistoricista que
destila cierto
culteranismo en las
formas. Su arte está
moviéndose dentro del
ámbito de las
apariencias y nos
convoca a un aspecto de
la realidad
en este proceso creativo
en el cual su poética
nos devela las esencias
de una suerte de
ejercicio en torno a la
representación. Diríase
que asume la reflexión
de Jorge Luis Borges:
“Aunque la misión del
arte no es otra que la
de revelar la relación
entre el hombre y el
universo que lo
circunda, el mundo
aparencial es un tropel
de percepciones
barajadas”. (El
tamaño de mi esperanza,
pp. 45-46)
Los signos de su
estética se nutren de
figuraciones propias del
teatro universal, en el
cual cohabita una de las
claves más atractivas de
su modo de hacer. Esa
concatenación de
máscaras y tatuajes es
una dualidad que convive
en sus imágenes de
exacerbado sensualismo
expresado en el dibujo
del cuerpo y la relación
con su contexto, le
otorga una atmósfera de
dramatismo teatral a la
dimensión humana. El
tatuaje corporal en los
personajes de sus
creaciones constituye un
ideograma visual sobre
la piel que conforma la
máscara del cuerpo, que
va cambiando y
transformando los
rostros en función de
los diversos estados de
ánimo.
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Antígona |
Su pintura es
intensamente alegórica,
plena de elementos
simbólicos,
plurisignificativos,
dentro de la
impresionante
corporeidad pictórica
que acentúa el verismo
de las figuras, de las
cuales emana una intensa
reflexión sobre la
naturaleza del
individuo. Alude a un
amplio repertorio
temático, cuya
recurrencia a las
máscaras, el atrezzo y
la danza irrumpe de su
apasionada exploración
sobre el devenir
histórico del momento
actual y de su
influencia en la
existencia humana.
Basado en esa estructura
conceptual, el autor
construye un imaginario
singular y con esta
iconografía conforma el
complejo inventario de
un ambiente teatral, que
se nutre de las típicas
referencias de la
cultura grecolatina
antigua mezcladas con
rasgos de las artes
escénicas de todos los
tiempos. El estilo de su
narrativa destila un
aliento algo barroco en
el tratamiento de
símbolos ocultos desde
un tanteo eminentemente
gestual, y la mayor
dificultad estriba en
plasmar esta
representación con
eficacia. López se sirve
de diversos argumentos,
que le permiten varias
lecturas posibles, lo
que confunde al lector
porque lo coloca en un
punto de vista cercano a
la incertidumbre, cuando
rompe las reglas de
juego de la realidad y
lo acosa desde distintos
ángulos,
para penetrar e
interpretar la realidad
desde la ficción.
Utiliza los colores de
tal manera que se crea
un debate entre ellos
con la intención de
reforzar el dramatismo;
tonos fuertes, cortados
por ases de luz, crean
una comunión armónica
cuyo resultado final,
según el propio autor,
no busca el aplauso sino
la reflexión. Su
discurso no es para
complacer, todo lo
contrario, es para hacer
vibrar y reflexionar en
torno a la diversidad de
problemas existenciales
de los individuos.
Su acción responde a una
actitud escenográfica
por excelencia.
Aprovecha la estructura
visual de la
escenografía teatral que
compartía, cuando niño,
con su padre, quien se
dedicaba a esos
menesteres, a la que se
funde la añoranza de los
antaños bordados de sus
tías, resignificándose
ahora en estos cuerpos
pintados. Son sus más
auténticas raíces
volcadas en una obra
plástica cubana, actual,
deudora de lo americano
y universal.
Jean Baudrillard, en su
obra Illusion,
désillusion esthétique.
(Sens & Tonka. París,
1997, 46 pp.),
asume la percepción de
este fenómeno, al que
denomina Duelo, y
esclarece cómo el
movimiento pictórico se
ha retirado del futuro y
desplazado hacia el
pasado. Citación,
simulación,
reapropiación, el arte
actual se ha apropiado
de manera más o menos
lúdica, o más o menos
kitsch, de todas las
formas, de las obras del
pasado cercano o lejano,
incluso del más
contemporáneo. Es lo que
Russell Connor ha
llamado "el rapto del
arte moderno".
Seguramente este
remake, este
reciclaje, se vuelven
irónicos. Pero esta
ironía es la trama usada
de un velo, no resulta
sino de la desilusión de
las cosas: es una ironía
fósil.
Con la recolocación de
la mirada en una época
pasada, López Oliva
forma parte de ese
proceder al apropiarse
de códigos anteriores
para contextualizar las
figuras en un entorno
cercano, dado su interés
de intensificar la
comunicación con nuestra
actualidad. Crea una
realidad otra que
potencia la importancia
de la máscara como
objeto, la cual le
posibilita exteriorizar
la personificación del
carácter del ser humano.
Construye una
iconografía singular
desde la historia y el
conocimiento, que cuando
no se apropia de la
realidad en sí misma, lo
suple con la fantasía
nacida de la necesidad
de congeniar el placer
estético con la
simbiosis de colores,
líneas y texturas unido
a una destacada
introspección de sus
juicios, elementos todos
que conforman el eje de
su arte.
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El tramoyista |
Sus estrategias
temáticas se centran en
diversas motivaciones
existenciales del
individuo para, a través
de la representación de
cuerpos emblemáticos de
la escena teatral,
conseguir una imaginería
muy propia. Con esta
poética otorga un cierto
misterio místico a estos
personajes ocultos tras
un antifaz. La máscara
como ente mediático de
la identidad individual
resulta esencial dentro
de la problemática
existencial del sujeto y
desempeña un papel
protagónico; hace de
esta el centro de todas
las miradas y propicia
que converjan en ella
las reflexiones del
artista.
Resulta curioso cómo el
drama de la existencia
humana se presenta en
estos protagonistas
desde una labor de
desciframiento. Estos
son personajes que
asumen una reflexión
íntima de su acontecer
vivencial desde
resonancias filosóficas,
fundamento que
constituye el auténtico
leit motiv de la
obra. Para lograr su
intención, el creador
utiliza un estilo
distintivo en el cual el
constante juego con los
símbolos, manejados con
intención y a su antojo,
desbordan imaginación
por doquier y sirven
como elementos claves
para la comprensión de
una obra singular
dotando de solemnidad a
este conjunto. Se
apropia de un lenguaje
abierto y directo que
pone en función la
sutileza de la
apariencia, esa
condición tan antigua
como la humanidad misma,
lo que resalta un alto
nivel profesional y una
visión soñadora al
otorgarle un sentido
personal al rompecabezas
que es la vida. El
reconocimiento a la
originalidad de su
propuesta elíptica,
sinuosa, sujeta a
cuidadosas elaboraciones
formales, alcanzan alto
vuelo, nos cautivan,
aunque sabemos de
antemano que resulta un
arte de provocaciones en
el cual el hedonismo,
dominio técnico y
sentido de la unidad en
la coherencia
estilística provocan que
estas obras se legitimen
en su misma
contextualidad.
Su intenso espíritu
alegórico se apoya en el
marcado interés del arte
contemporáneo por asumir
la representación en el
arte y la capacidad
simbólica de este
repertorio está asociada
a cierta connotación
excitante. Sus retratos
son impresionantes; de
esas imágenes parecen
emerger seres
desconocidos, en los
cuales se arrecia el
dramatismo del gesto al
capturar algún lugar en
un tiempo que nos
resulta enigmático e
insinuante, en un orden
que es más ritual que
temporal, que contribuye
a conformar un arte de
impacto, que inquieta y
alerta. El proceso de
confeccionar este
discurso desde esta
manera provoca un
singular estado de
ansiedad en el
espectador atraído por
estar al tanto de las
intenciones de la
silueta. Mientras recrea
la realidad, el autor
consigue retener
instantes notables del
discurso teatral desde
atmósferas
sorprendentes.
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Entreactos |
Cada escena subjetiva de
esta serie,
ordenada y clasificada
por títulos sugerentes,
se concibe con sujetos
particulares apresados
por la sensibilidad del
autor. La propuesta
consigue que todos los
protagonistas
comparezcan en una
historia homogénea,
remarcada por la
uniformidad del formato,
que pone al descubierto
los secretos y temores
de estos personajes,
quienes se desenvuelven
con cierto aire
melancólico dentro de la
representación del marco
escénico. El artista se
nos descubre dando vida
a sus obras y parece
decirnos: muestro mi
rostro a partir de un
conjunto de quehaceres,
que son los del arte,
los del desarrollo
humano, en los que están
también los oficios de
la imaginación, donde se
encierra el criterio de
ejercer menos
experimentos y más alma,
menos arte y más verdad.
Al recurrir a escenarios
teatrales, en los cuales
cada instante teatral es
efímero, donde
inmediatamente pueden no
quedar vestigios de él,
López consigue que esta
propia sensación se
respire en sus obras, en
las que cada una es una
recreación personal del
ojo que la mira. Son
signos que necesitan la
reinterpretación para
recomponer una realidad
pasada, que siempre será
subjetiva, individual e
intransferible. La
instancia teatral le
resulta clave para
instalar la imagen de la
mujer, actriz que
proporciona en esta
serie un marco general
para ubicar la
singularidad del efecto
dramático, sin obviar la
hibridez de la
sensualidad de los
personajes, desde la
óptica ofrecida a través
de la propia mirada del
autor en una
teatralización sin
distancia, cuyo corte
analítico consigue
transmitir
espectralidades del
conflicto de la historia
planteada.
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La seducción
tiene máscara |
Manuel López Oliva ha
conformado un universo
críptico, silencioso,
mediante personajes
contenidos
irremediablemente en un
universo escenográfico y
ha desplegado dos
caminos que se enhebran
y autonomizan: el de la
aparente teatralidad y
la varia mascarada; y el
otro, convocando a
también descubrir los
misterios de la vida,
asumiendo paralelamente
una línea de trabajo que
hace uso de la textura
de la pintura como una
forma de enmascarar el
ambiente mediante la
proyección del medio
digital sobre muros,
creando un
escenario virtual en
performances
combinatorios
entre pictóricos y
corporales.
Estas experiencias han
sido presentadas en un
Homenaje a Frida Kahlo,
(Casa de México, La
Habana, 2007),
armonizando en un
tatuaje virtual el
cambio de coloración y
de imágenes plásticas en
el entorno de la
representación de los
elementos pictóricos de
su quehacer, junto a
signos de la creación de
la pintora mexicana; una
versión de esta
propuesta
fue presentada
posteriormente en la
Fiesta Iberoamericana,
(Holguín, 2007);
constituyéndose en sí
misma en plataforma de
otro performance, esta
vez, más erótico y
conectado a la noción de
nuestra raíz indígena
americana, exhibido en
la inauguración del
Encuentro Mundial de
Arte Corporal (Teatro
Teresa Carreño, Caracas,
2009).
Su estética se inserta
perfectamente dentro de
una línea de pensamiento
que tiene la impresión
de que una parte del
arte actual concurre en
un trabajo de disuasión,
de duelo de la imagen y
de lo imaginario; duelo
estético, la mayor parte
del tiempo fallido, lo
que entraña una
melancolía general en la
esfera artística, que
parece sobrevivir en el
reciclaje de su historia
y de sus vestigios,
(aunque ni el arte ni la
estética son los únicos
que se dirigen a este
destino de vida
melancólico más allá de
sus medios y sus propios
fines). (J. Baudrillard,
Idem, p.46)
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Carnaval |
Lo que me parece más
esclarecedor sobre el
tema resulta a partir de
la mirada de diferentes
estudiosos sobre el arte
del siglo XXI. Como
suscribe magistralmente
Thomas Moore, en El
gran mal del siglo XX,
que forma parte de todas
nuestras angustias y nos
afecta a todos,
individual y
socialmente, es la
“pérdida del alma”. De
manera que el alma se
pierde y el ser se
enferma. Termino estas
líneas, entonces,
citando al ilustre
Borges “...no hay en la
tierra un ser humano
capaz de declarar quién
es. Nadie sabe qué ha
venido a hacer a este
mundo, a qué
corresponden sus cantos,
sus sentimientos, sus
ideas, ni cuál es su
nombre verdadero..."
(Otras Inquisiciones,
página 162). Y para
cerrar este ciclo de
alusiones debemos añadir
la visión del examen que
al respecto ha hecho
Baudrillard, quien hace
alusión a esta condición
intrínseca del arte
contemporáneo desde un
análisis profundo y
revelador:
“El arte se ha vuelto
iconoclasta. La
iconolatría moderna no
consiste en herir a las
imágenes, sino en
fabricarlas, una
profusión de imágenes
donde no hay nada que
ver.
“Estas son literalmente
las imágenes que no
dejan huella. Son sus
consecuencias estéticas
propiamente hablando.
Pero detrás de cada una
de ellas algo ha
desaparecido. Ahí
está su secreto, si es
que tienen alguno, y ahí
está el secreto de la
simulación. En el
horizonte de la
simulación no solamente
el mundo ha
desaparecido, sino la
cuestión misma de su
existencia ya no tiene
sentido.”
En consecuencia, López
alude al propio proceso
interno de construcción
de la imagen que en él
funde metáfora y
símbolo, hieratismo
clásico y festejo de la
piel, apariencia y
voluntario afán de
ocultar para decir,
composición de secuencia
fílmica detenida y tropo
polisémico, poética
sentida y provocación a
la mirada y al
pensamiento. Signos y
juegos basados en la
paradoja que, de cierta
manera, expresan su
filosofía personal sobre
lo humano, lo histórico,
lo circunstancial y lo
eterno. Teatro de la
pintura y teatro
performántico, donde lo
feo es propósito y no
resultado, eje del
diálogo tramposo con los
espectadores, desplegado
en una pintura-otra
de síntesis, donde
muchos de los
caminos plásticos y
códigos sensitivos,
sensoriales y racionales
de la visualidad se
orquestan.
En estos ambientes
creados por Manuel López
Oliva evidentemente se
transpira un discurso
espiritual desde códigos
visuales que proyectan
la intención del artista
de plasmar lo invisible,
de compartir las
apariencias, porque sabe
que en realidad, gracias
a la función irónica de
la máscara como ente
simulador, nada es lo
que parece.
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