|
Conocedor de mi gusto
por las librerías de
uso, y por las sorpresas
que de vez en vez suelen
aparecer, como joyas
inesperadas, en sus
estantes no siempre
organizados; mi amigo
Jaime Gómez Triana me
hizo saber que en Cuba
Científica, uno de los
sitios de La Habana que
aún nos permiten esa
clase de pequeño placer,
había visto un tomo que
de seguro me gustaría
tener. Bastó que él,
teatrólogo, investigador
y promotor de la escena
cubana, me dejara saber
un poco más para que no
dudara en emprender el
rumbo hacia esa librería
y sin pensar en precio
ni otras estrecheces,
acabara comprando el
ejemplar avistado.
Gracias a ese tipo de
avisos, señales, o
intuiciones, he podido
localizar y adquirir
tomos no solo valiosos
por su contenido, sino
por la historia de
aquellos que los
tuvieron alguna vez en
sus bibliotecas
privadas. Junto a uno
escrito por Harry Levin
acerca de Christopher
Marlowe que ostenta la
firma de José Rodríguez
Feo o una selección de
las piezas de Ugo Betti
que alguna vez fuera del
actor Manuel Pereiro,
está ahora este grueso
volumen de más de 600
páginas llenas de datos
preciosos acerca del
teatro japonés. Y como
perla sobre la perla, se
añade el detalle, nada
ínfimo, de quien fuera
su dueña: Carucha
Camejo, nombre fundador
del teatro para títeres
profesional en Cuba.
Basta pasar la mirada
sobre los capítulos,
ilustraciones y fotos de
este libro
extraordinario para que
quien lo posea se sienta
afortunado. Il teatro
giapponese, editado
por Feltrinelli, es el
amplio recorrido que
Marcello Muccioli
propone acerca de un
ámbito tan admirado como
poco conocido. Editado
en 1962 dentro de la
serie Specttacolo del
prestigioso sello, daba
inicio a una serie
destinada a rescatar
paisajes de la escena
universal, y amén de un
repaso minucioso a la
tradición nipona, ofrece
una antología de varios
de sus grandes textos.
Piezas como El tambor
de damasco, El
vaso de té,
Horikawa, El agua
de crisantemos;
complementan un proyecto
en verdad
imprescindible,
acompañado también por
una detallada cronología
de las familias de
actores que han dado
prestigio al Kabuki (una
de las más respetadas
vertientes del teatro
asiático), desde el
siglo XVI hasta inicios
del XX. Ya en las líneas
iniciales de su prólogo,
Muccioli proclama: “En
ningún otro lugar del
mundo, como en Japón, el
teatro refleja y resume,
en su evolución, la
historia de la
civilización y de la
cultura autóctona, con
toda su experiencia
estética y religiosa,
con todas sus conquistas
espirituales y
materiales.” El amplio
recorrido al que nos
invita confirma tal
sentencia, deteniéndose
en los inicios de este
arte en el archipiélago,
exponiendo las bases que
preceden al Nô, al
Kabuki y al Joruri, sin
dejar de lado al Kyôgen;
todos ellos momentos de
brillantez indudable,
dirigidos algunos a una
elite y otros a un
público más popular. El
Kabuki, en particular,
por su permanencia,
exquisitez, autonomía y
espectacularidad, es el
centro del libro, desde
su dramaturgia, hasta
los interiores de su
esplendor, decadencia y
resurrección, su
vestuario, su sentido
escenográfico y su
relación con el público
de diversas épocas.
Mujer curiosa, siempre
dispuesta a saber algo
más, Carucha Camejo debe
haber encontrado en este
libro un auténtico
tesoro. No solo porque
le ofrecía un panorama
tan valioso de un punto
del mapa teatral del que
en Cuba sabemos
demasiado poco, sino
porque en él no falta
una visión respetuosa y
atinada del valor que el
títere ha tenido en la
escena japonesa. La
portada misma muestra a
un grupo de titiriteros,
en un grabado del siglo
XVI, y siendo ella firme
defensora del valor de
la figura animada como
protagonista de una
expresión tan digna y
demandante como
cualquier otra entre las
expresiones escénicas,
tuvo que sentir un
infinito orgullo al
encontrar líneas donde
el autor nos asegura que
el teatro de figuras no
debe ser relegado, en la
tradición que analiza, a
un “teatro para
pequeños” ya que en ese
país fue siempre un acto
destinado al público
adulto, que a través de
diversas épocas y
escuelas obtuvo una
perfección técnica y
artística de increíble
altura, recordándonos
además que el más famoso
de todos los dramaturgos
japoneses, el
Shakespeare de esa
tradición, no fue otro
que Chikamatsu Monzaemon,
quien dedicó la mayoría
de sus piezas al “mundo
mágico de los muñecos”.
|

El rey de la
torre del reloj
grande,
Teatro Nacional
de Guiñol 1963 |
Con tinta verde (un
detalle que dice mucho
de su sicología),
Carucha Camejo cubrió
los márgenes y párrafos
de varias páginas con
anotaciones y
subrayados, demostrando
que fue no solo una
buena lectora, sino
alguien capaz de
aprovechar la sabiduría
ajena en pro de sus
intereses más agudos. Su
fascinación por el
teatro japonés estaba en
evidencia desde mucho
antes de que este libro
llegara a sus manos,
cosa que según indica
ella misma en una de
esas notas ocurrió en
enero de 1968. En marzo
de 1964 el Teatro
Nacional de Guiñol,
dirigido por su hermano
Pepe, ella y Pepe Carril
estrena un programa
doble, compuesto por
piezas del irlandés
William Buttler Yeats:
La luna llena de
marzo y El rey de
la torre del reloj
grande. A manera de
intermedio, se hacía una
lectura de un artículo
del mismo autor, La
talla de un ágata,
ilustrado con
diapositivas del teatro
Bunraku, el más virtuoso
de todos los que, en
Japón, han logrado
mantener a la figura
animada como un ejemplo
de arte supremo.
|

Don Juan
Tenorio,
Teatro Nacional
de Guiñol 1965 |
La senda experimental
que la llevaría a los
logros insólitos de
Don Juan Tenorio, en
1966, y La corte de
Faraón, en 1967,
estaba marcada e
influida por varios de
los preceptos de esa
tradición, que
resultaron liberadores
para Carucha Camejo,
guiándola en pos de una
síntesis expresiva y de
una mayor amplitud en
relación con las
convenciones que el
títere puede activar,
resquebrajar y refundar
en relación directa y
expansiva con su
manipulador y el
auditorio al cual se
enfrenta. Prescindir del
retablo, por ejemplo,
fue un riesgo asumido en
sus mejores
espectáculos, motivado
entre otras fuentes por
el gesto de un famoso
titiritero japonés que
ya eludía el empleo de
bastidores tras los
cuales ocultarse. En el
Bunraku, como se sabe,
la manipulación ocurre a
la vista del público,
mediante la ejecución
coordinada y altamente
precisa de los
animadores, que pasan
años de especialización
para dar vida a figuras
tan complejas. Este
libro tiene que haber
sido un estímulo vital
para una mujer tan
inteligente y capaz como
ella, quien no dejó de
activar retos en el
pequeño escenario del
Focsa hasta que el
destino se lo permitió.
Vale recordar, también,
que lo japonés estuvo
presente en nuestras
tablas por aquellos días
de otras maneras, como
en el espectáculo basado
en piezas del Teatro Nô
que dirigió, con éxito,
el dramaturgo Rolando
Ferrer para el Conjunto
Dramático Nacional.
|

La corte de
Faraón,
Teatro Nacional
de Guiñol 1967 |
Personalidad muy
singular, el volumen le
sirvió, también, para
dejarnos señales acerca
de otras cosas que mucho
le interesaban. No solo,
gracias a sus marcas en
tinta verde, sabemos de
su preocupación por el
carácter casi ritual que
el titiritero debía
asumir en su aprendizaje
de las técnicas
necesarias, o del valor
que saludaba en la
interrelación
texto-actor-manipulador.
Quien hojee este tomo,
descubrirá cuánto le
interesaba descubrir, en
otros párrafos, detalles
de la vida social
japonesa de aquellos
tiempos, y del rol que
la mujer tenía o no en
tales épocas, y la
consideración que
merecían las actrices,
siempre discutidas, en
el ámbito público de la
escena nipona.
Revisar los libros que
pertenecieron a ciertos
talentos nos deja leer,
amén de lo que dicen a
cualquier otro, lo que
esas sicologías acaso
revelaban solo en la
intimidad de la lectura,
y nos ofrecen un retrato
más o menos velado de
sus ansiedades,
conocimientos y sed de
nuevos mundos. En ese
orden, el hallazgo de
Il teatro giapponesse
me ha dejado percibir
más de Carucha Camejo,
casi tanto como he
podido distinguir de
ella a través de
investigaciones,
búsquedas o el diálogo
que pudimos compartir,
hace ya diez años, en su
apartamento de Nueva
York. La Carucha
“intelectual”, siempre
exigente y leída, que
recuerdan varios
testimonios, está de
cuerpo entero en este
volumen, confirmando no
solo lo que era, sino
también lo que quería
ser y saber.
|
 |
En este 2012, Ediciones
Unión proclama el
lanzamiento de Mito,
verdad y retablo, el
título con el cual,
junto a Rubén Darío
Salazar, obtuve el
premio Rine Leal de
investigación que otorga
la revista Tablas,
en su edición del 2009.
Cuando ese título llegue
a los lectores, la
historia misma que
conecta a este tomo
italiano, a Carucha y
Pepe Camejo, a Pepe
Carril, Armando Morales,
Xiomara Palacio, Ernesto
Briel y Ulises García
con muchos más de los
que rodearon y admiraron
al núcleo del Teatro
Nacional de Guiñol, se
enhebrará en una nueva
dimensión, lista a ser
conocida, exorcizada,
discutida y releída. Un
libro nace de otros
libros, como las
historias, los
creadores, venimos de
una secuencia que nos
alimenta con maestros,
hallazgos, talentos,
fracasos y triunfos de
los cuales debemos
aprender a ser mejores.
Si Carucha Camejo
viniera a La Habana para
ese lanzamiento, para
llevarse los primeros
ejemplares del volumen
donde ella es la
protagonista, me
gustaría mostrarle este
ejemplar donde su mano
nos deja tantas huellas.
Lo atesoro como un doble
prodigio: por su
contenido y por lo que
me deja ver. No sé cómo
agradecerle a Jaime
Gómez Triana el que me
haya revelado la
existencia de ese tomo
en un estante de aquella
librería de uso (aunque
la verdad es que mejor
si me lo hubiera dicho
antes de las fatales
fechas del fin de mes,
cuando a uno ya no le
queda mucho dinero en el
bolsillo). Pero el valor
de este libro, claro
está, es francamente
muchísimo mayor del que
pueda poner en su
primera página cualquier
vendedor. La historia se
recompone, digo, de
maneras muy secretas. Y
así, leyendo en mi
imperfecto italiano
acerca del teatro
asiático, siento a
Carucha Camejo tan
cerca, tan a mi lado,
como ojalá ese libro
venidero que rinde
tributo a lo que ella
nos aportó pueda hacerla
sentir, cálidamente,
entre los muchos otros
lectores que vendrán.
|