|
Aún sin haber pisado
nunca las universidades
en las que Rita Laura
Segato diserta sobre
temas de antropología,
bioética, género,
derechos humanos,
racismo, entre otros
muchos etcéteras,
conversar por un rato
con esta intelectual
argentina me ha hecho
deudora de su
magisterio. Lleva la
cátedra en la palabra y
con ella va develando
los dogmas desde los
cuales se ha construido
el canon del pensamiento
en las sociedades
occidentales.
|
 |
La antropóloga y
ensayista defiende las
ideas del feminismo, el
antirracismo, las luchas
de los pueblos
originarios y los
derechos humanos, sin
perder de vista que se
trata de una batalla
común y mucho más
amplia: la de expandir
las formas de felicidad
en sociedades
verdaderamente justas.
Pero no puede ser
posible esta premisa en
un sistema global basado
en la concentración, en
la inequidad, excluyente
por naturaleza. Mi
entrevistada lo sabe, de
ahí que apueste por
defender nuestras
identidades regionales,
incentivar el desarrollo
autónomo a nivel
comunitario y reconocer
el pensamiento que se
genera desde el Sur.
Es Doctora en
Antropología Social por
Queen´s University of
Belfast, Irlanda del
Norte, y dirige el grupo
de investigación
Antropología y Derechos
Humanos del Consejo
Nacional de
Investigaciones
Científicas y
Tecnológicas de Brasil,
donde reside desde hace
cuatro décadas. Fue
docente de antropología
en la Universidad de
Brasilia y desde 2011
también enseña bioética.
Ha trabajado en centros
de altos estudios de
EE.UU., Canadá, Francia,
Argentina, entre otros
países, además de
publicar varios libros.
Los méritos académicos
se conjugan con el
activismo y la
colaboración en
organizaciones que
trabajan los temas de
género y raza, entre
ellas la
Coordinación de
Mujeres de la Fundación
Nacional del Indio (FUNAI)
y la
AGENDE, en Brasil; las
ONG las Dignas, ORMUSA y
Las Mélidas de El
Salvador; y otras
similares en Ciudad de
México y Ciudad Juárez.
Se encuentra en Cuba
como jurado del Premio
Extraordinario de
estudios sobre la
presencia negra en
América y el Caribe que
se incluye en el
certamen anual de Casa
de las Américas. La
región debe reconocerse
como no blanca, me dice,
y celebrar su pluralidad
como resistencia a la
cultura hegemónica, sin
compartimentos ajenos a
su propia historia. Las
opiniones de Rita Laura,
robadas al tiempo que
debía dedicar a leer los
manuscritos del
concurso, contribuyen a
desbrozar este camino.
El estudio sobre temas
de raza, género,
diversidad sexual, la
otredad en sentido
general, exige para la o
el académico un
posicionamiento
político. ¿Considera
que esta relación se
mantiene de manera
coherente en quienes
desarrollan
investigaciones desde
esta perspectiva?
Esa es una gran
discusión en la academia
contemporánea, una
discusión sensible, no
explícita. Después de
los años 70 del siglo
XX, de la Guerra Fría y
la Caída del Muro de
Berlín, se ha afirmado
una posición de
weberianismo
panfletario en las
ciencias sociales de
América Latina; una
simplificación de Weber
y un abandono de la
línea crítica marxista
para llegar a la
afirmación de la
neutralidad científica.
En un momento, las
personas que vinieron a
aseverar esa postura
hablaron con fuerza de
la derrota de las
décadas anteriores, del
proyecto político, del
involucramiento de los
intelectuales y los
académicos con una línea
política que les impidió
claramente ver la
realidad. Hasta hoy en
la antropología muchos
colegas afirman la
importancia de la
neutralidad y del
distanciamiento.
Persiguen como en un
patrullismo al
pensamiento con posición
política. Infelizmente
hay una influencia de
esa porción que afirma
la neutralidad aséptica
del investigador, lo
cual es imposible porque
todos tenemos una
posición en la vida.
A mi perspectiva la
llamo teórico-política.
Toda teoría implica una
percepción, una elección
de un camino. Si
decidimos iluminar en
una dirección o en otra,
tomamos una decisión
siempre política. Al
fondo existe una disputa
de poder dentro de los
campos disciplinarios;
pero es una disputa
sorda. Personas que
afirman una posición y
un proyecto
transformador muchas
veces sufren en nuestras
universidades, y lo digo
por mí misma, con una
historia de dificultades
relativas a la
afirmación permanente de
que tenemos proyectos y
todos pensamos de
acuerdo con ellos. Es
necesario ver el
presente con claridad,
tener nuestra caja de
herramientas y usarla
para abrir la realidad,
entenderla mejor, pero
es imposible hacerlo sin
un proyecto, sin una
elección de qué aspecto
vamos a iluminar. En mi
caso es una dirección de
crítica al poder y de
búsqueda de una sociedad
donde se puedan expandir
las formas de felicidad.
No creo en la ciencia
descomprometida, sin
involucramiento, sin
proyecto, porque no creo
que ningún enunciado,
ningún escenario, pueda
ser pronunciado fuera de
un proyecto, y todo
proyecto es política.
¿Cuál es su opinión
sobre las modernas
políticas de inclusión?
Ese tema lo he tratado
ampliamente en el libro
La Nación y sus
Otros. Raza, etnicidad y
diversidad religiosa en
tiempos de Políticas de
la Identidad y en
textos posteriores.
Cuando cayó el Muro de
Berlín, la reflexión
crítica sobre qué es la
riqueza, cómo se produce
y cuál es su propósito,
es abandonada. En todas
las áreas tanto la del
movimiento social, como
el activismo político y
la teología crítica, se
muda la discusión sobre
la riqueza al campo de
la distribución. Dentro
de esa coyuntura entra
muy fuertemente un
formato de la política
del multiculturalismo.
En muchos campos que
fueron críticos, el
cuestionamiento del
sistema fue sustituido
por las políticas de la
inclusión. Tengo
bastante reflexión sobre
ese tema porque soy
activista de una de
estas políticas: la de
la entrada de los negros
e indígenas en la
educación superior. Pero
la inclusión en el
capitalismo es imposible
porque se trata de un
sistema que es por su
estructura excluyente y
concentrador. Los
cimientos del capital
son los cálculos de
costo beneficio, la
competitividad, la
productividad, la
acumulación. En un
sistema así la inclusión
no cabe y el estado
tiene todo el tiempo que
obedecer a los
principios de la
propiedad.
Todos los derechos
humanos inclusivos son
de alguna forma la
manera de elevar muros
de contención en
relación con esa presión
del capital, pero
siempre negociando con
él y perdiendo en
relación con él, porque
en el capital
concentración implica
también concentración de
poder, concentración de
influencia, de los
medios legislativos y
jurídicos. Toda la
cuestión inclusiva es de
alguna manera una falsa
conciencia, una
esperanza sin esperanza.
Cuando hablamos de
inclusión dentro del
molde de los indios, los
negros, las mujeres, las
sexualidades no
normativas, los
deficientes, etc.,
simplemente está
produciéndose una
discusión. Todas las
luchas por la inclusión
y los derechos humanos,
que son las de esta
nueva política de los
años 90 y 2000, las veo
como agitación, como una
manera de permanecer
nombrando las carencias
y las injusticias.
Cuando hablas de que los
negros tienen que estar
presentes en la
universidad de alto
nivel, estás diciendo
que no están. Es una
manera de nominar el
sufrimiento, nominar la
privación, nominar la
exclusión. Para mí la
mayor fuerza del campo
de los derechos humanos
está en poner en la
calle los nombres de lo
que no está bien. La
fuerza que tienen es
hacer política y una
forma de agitación, pero
no creo que sea un
proyecto revolucionario.
Por ejemplo, UNESCO
antes servía de muro de
contención, pero ahora
vemos su propuesta de
temas como educación y
mercado, en los que se
pregona un pacto entre
el sistema educativo y
las formas del mercado.
Es muy peligroso eso
porque no hay límites
cuando escuchamos sobre
arte y mercado,
educación y mercado,
salud y mercado. Todos
los pactos con el
mercado son inmensamente
peligrosos. La
concentración es
progresiva y no existe
el capital sin dirección
concentradora. Cuando no
hay aumento de la
concentración y la
acumulación, cuando se
estabiliza inclusive, se
le considera una
situación de pérdida.
Quiere decir que no
tenemos armas contra eso
y que los derechos
humanos y las políticas
inclusivas no podrán
establecer un freno a la
presión concentradora.
¿Cuál debe ser entonces
ese muro de contención?
La conciencia. En
América Latina tenemos,
por otro lado, el mejor
conjunto de gobiernos de
nuestra historia. En
Sudamérica está Chávez;
Evo Morales en Bolivia,
que es para mí la proa
de América; Cristina
Kirchner, de Argentina;
Lula; Correa. Ellos han
tenido una gran
oportunidad y están
entrando a una fase de
confusión porque quieren
competir en una economía
global justo en el
momento en que el
capital entra en
colapso, sin mucha
atención y cuidado de
preservar los bolsones
regionales y locales.
En estos momentos se
demuestra que las
grandes obras tienen
gran vulnerabilidad,
pero cuando todo entre
en crisis, lo único que
va a quedar es la
localidad y la región
que tenga una vida
propia. Se debe cuidar
la desarticulación de
las comunidades, de los
mercados regionales,
porque será la salvación
del futuro. La nación
que no pueda mantener
dentro de sus fronteras
mercados locales y
regionales está expuesta
al colapso global del
capital. Nuestras
sociedades, al mismo
tiempo que tienen su
abertura, su
negociación, su
participación en lo
global, han sabido
mantener sus pliegues
locales y regionales
económicos, sus bolsones
de mercados. Eso en
América Latina continúa
en algunos lugares; pero
se ha venido perdiendo.
Pensando en esa
apropiación que a veces
hace el poder del
discurso de la
alteridad, se han
racionalizado ciertas
categorías como la raza,
para implementarlas
fuera de su sentido
ideológico y político.
En las políticas de
inclusión, se segmenta
el negro como en el
modelo anglo, pero
tenemos que aprender a
nombrar la raza dentro
de nuestra historia, que
no tiene esos
compartimentos. La
política de las
identidades está
completamente
despolitizada, en el
sentido de que no presta
atención a proyectos
transformadores. Se
parece a la manera en
que se produce la
riqueza: vamos a
parcelar y dividir la
riqueza por identidades,
algo que tampoco sucede.
Está una elite negra, un
pequeñísimo grupo de
mujeres con poder, como
para mostrarlos
ornamentalmente según la
lógica de las grandes
tiendas que tienen una
percha para cada tamaño
y raza, para los
sectores de hispánicos,
asiáticos, negros.
Una política organizada
por una idea de mercado
pierde de vista los
proyectos
transformadores. Hay un
ensayista que habla del
nihilismo negro
recrudecido después de
los civil rights.
Cuando una parcela de
los negros consigue su
inclusión, la que se
mantiene excluida entra
en una fase de nihilismo
más exacerbado que
antes, porque se separa
la negritud en los
incluidos en el mercado,
en las profesiones, en
la salud, y aquellos que
permanecen expuestos al
exterminio por el crack.
Hay que pensar
globalmente. Esa es una
lucha en el frente del
feminismo y en el del
movimiento negro. No
podemos separar las
luchas ni
esencializarlas. Tener
un cuerpo de mujer no
garantiza que tenga un
pensamiento como mujer.
Tener una sensibilidad
femenina o tener un
cuerpo negro no
garantiza que yo piense
a partir de una historia
de raza y género.
Nosotros cometemos el
error de ver a EE.UU.
como el paladín de la
lucha de los negros,
pero una estadística
reciente afirma que la
diferencia del proceso
de acumulación de la
riqueza entre negros y
blancos aumentó en
EE.UU. en los últimos 25
años. La desigualdad
entre negros y blancos
en el Norte es mayor, a
pesar de las fachadas de
multiculturalismo y de
luchas multiculturales.
El camino no es ese para
nosotros porque tenemos
una historia diferente.
Sigo a
Miguel Quijano
cuando nos enseña a
entender que la raza es
la mayor herramienta del
proceso de colonización
y de la instalación de
la epistemología de la
colonialidad. El patrón
de la colonialidad nos
enseña a organizar el
mundo de forma
jerárquica, y lo racial
juega ahí un papel
importantísimo. A partir
de eso podemos hablar de
un capital racial,
porque en nuestros
países quien juega como
blanco tiene un capital
racial y quien juega en
el papel de la no
blancura —negros,
indios, mulatos— son
desposeídos de este.
Todos nuestros países
entran a jugar en el
escenario global como no
blancos. Todos nosotros
somos no blancos en el
escenario del mundo, así
que seamos rubios o de
ojos azules, somos no
blancos porque el
paisaje que nos marca es
el de la expropiación
colonial. Cuando
tendemos a pensar así,
entendemos mucho mejor
toda la historia de
nuestro mundo. Eso hay
que considerarlo con la
misma seriedad con que
hemos considerado las
clases.
|
 |
¿Tienen las acciones
legislativas y los
llamamientos
internacionales un
verdadero impacto en
estos temas de equidad?
Todas las leyes tienen
dos facetas, una de
ellas es decir que se
hizo algo. Muchas
teóricas feministas han
hablado de eso: hacer de
cuenta que se actúa en
la realidad cuando se
actúa meramente en el
discurso jurídico. Es
una manera de acallar
porque ya está
legislado, y qué más
podemos hacer en una
sistema republicano, de
asociación de estados
como es la ONU. Tanto en
la ley nacional, como en
la internacional uno de
los resultados de estas
acciones es decir
“bueno, ya está
legislado, quedémonos
tranquilos ante
cualquier problema
porque vamos a los
jueces”, pero sabemos
que el impacto en la
realidad es mínimo,
aunque siempre es
satisfactoria la acción
y el impacto.
El otro lado de la ley
es la eficacia
simbólica, nominativa,
es un gran sistema de
nombres que las personas
pueden usar en su día a
día. Los nombres
identifican el
sufrimiento y lo que
falta, los daños, las
injusticias. Esos
nombres en las manos de
la gente, usados por la
gente, vuelven sobre ese
poder.
¿Qué propone entonces?
Lo que veo factible en
el proceso de la
historia es una vuelta
al cara a cara, a la
comunidad, a la vida
encarnada, cotidiana, de
los grupos que se
organizan, que se
juzgan, que conversan
sobre lo que está bien y
mal, sobre sus valores y
proyectos históricos,
comunidades de varios
tipos. Un modelo para mí
es la comunidad indígena
y la afroamericana,
donde todavía existen
leyes con su manera de
hacer justicia, mucho
más interesante que la
estatal.
Restaurar tejidos de
convivencia, de
justicia, de valores y
de vigilancia para el
bienestar de las
personas, es para mí la
tarea del presente y del
futuro. La restauración
de las comunidades
deliberativas y el
refuerzo de la localidad
es lo que nos va a
salvar.
Además de la
antropología, se ha
venido dedicando a la
bioética. ¿Qué motivó
este interés?
Soy profesora de
Antropología pero por
una insatisfacción
teórico política inmensa
dejé el departamento de
antropología en
diciembre de 2010 y fui
a montar un proyecto en
una cátedra de bioética
antihegemónica y
crítica. La
despolitización de la
antropología me hizo
salirme de ella y se me
ocurrió fundar un
archivo y laboratorio de
investigación sobre
otras éticas de la vida.
La bioética es en el
fondo el conjunto de
éticas que rige la
salud. Salud es todo y
solo puede ser promovida
con determinadas formas
de convivencia. En este
mundo de masas, la salud
es una mercancía que se
compra y que se vende y
es necesario criticar
esta idea, porque hay
formas de racismo y
misoginia institucional
que impiden a las
mujeres o a los no
blancos acceder a los
servicios de salud.
Se continúa
privilegiando en las
investigaciones de
América Latina la
producción teórica de
Europa y EE.UU. y no se
incluyen los aportes
desde otras regiones del
Sur.
Hace años que comencé a
dar clases de Pluralismo
Jurídico leyendo a
grandes autores de
América Latina y
descubrí que este es un
campo donde la teoría
nuestra puede dar muchos
cursos sin nunca usar un
autor del Norte. Pero no
hay reciprocidad entre
nuestras regiones
académicas y por eso me
retiré. No cito más a
autores del Norte. Hay
mucha teoría
latinoamericana sobre el
derecho y la propia
resolución de conflicto
en las comunidades.
Desde acá hay personas
que piensan
originalmente, sin
deberle nada a nadie del
Norte, que se han salido
de esta ausencia de
reciprocidad en que
producimos pensamiento.
Nuestro impacto en la
teoría es mínimo porque
el monopolio está
cuidado bajo siete
llaves. Ese es el
monopolio de la
producción teórica del
Norte sobre el beneficio
de los teóricos de allá.
Hacen una categoría muy
pedestre, sin
imaginación, y todo el
mundo los está citando
porque ellos son el
mercado distribuidor de
las ideas.
Entonces tienes tres
opciones: mudarte al
Norte, conseguir que el
Norte te compre como
teórico y te distribuya
por el mundo, o
replegarte, que fue mi
elección. Me repliego al
Sur a pensar y, cuidado,
porque también hay
muchos autores del Norte
que cuando ven ese
fuerte movimiento de
imaginación y
creatividad, comienzan a
producir una teoría
supuestamente del Sur
viviendo en el Norte.
Pero ahí no vale. No se
puede pensar desde el
Sur viviendo en el
Norte. El pensamiento
del Sur es
simultáneamente afectivo
e intelectual. No solo
en el involucramiento
político sino en el
enraizamiento con un
paisaje. Eso es afectivo
también y si lo perdemos
de vista no vamos a
poder pensar.
¿Será la diversidad el
paradigma de ese
pensamiento que viene
desde Latinoamérica?
Diversidad es quieta,
eso lo dijo bien un
teórico de la India
cuando habló de la
diversidad como los
corralitos de la
diferencia. Se trata de
pluralismo, que es un
proyecto de un mundo que
ame su riqueza en
términos de diferencia.
¿Cuáles son los sentidos
que aporta al
pensamiento desde el
pluralismo un premio de
estudios sobre
afrodescendientes, raza
y racismo en Casa de las
Américas?
Es importantísimo que el
premio haya inaugurado
esta categoría. Es un
problema que existe,
pero lo hemos tapado
porque quienes han
conducido nuestros
países son personas
siempre blancas. Tanto
en el socialismo, como
en el mundo neoliberal
sucede así.
Lleva una larga vida
identificar en uno mismo
su racismo, porque el
racismo es muy profundo
en nosotros. Todo el
globo está jerarquizado
por la marca racial,
incluso los que jugamos
como blancos en nuestros
países, todos somos
racializados, y hay una
posición hegemónica del
blanco que por su lugar
es europea, es
eurocéntrica.
Cuando pensamos en el
valor, lo vemos
encarnado siempre en
alguien que tiene un
aspecto europeo. No
podemos separar la razón
de la imaginación, es
indisociable. Pensamos
en imágenes y la
autoridad del saber
tienen ese aspecto,
tiene esas figuras, esas
facciones. Ahí está el
racismo y eso nos afecta
a todos, a negros y
blancos en nuestros
países. En el Norte
somos todos no blancos,
porque el paisaje es lo
que nos impregna con su
realidad y con su
negritud.
¿Ha encontrado algo de
eso en los manuscritos
que ha leído?
Es la primera vez que el
premio incluye esta
categoría, por lo tanto,
creo que lentamente las
personas irán tomando
conocimiento de ella
aunque todavía es poco
divulgada. Hay muchos
textos interesantes,
aunque con diferentes
niveles de escritura,
pero lo más importante
es que existe una
producción en este campo
y que la Casa lo está
reconociendo, porque
como bien dijo Galeano,
en la Casa de las
Américas, América se
descubrió a sí misma.
Tenemos que hacer un
esfuerzo por mirarnos
con ojos propios y no a
través de las categorías
del Norte. Es un
esfuerzo diario muy
difícil: tomar del Norte
lo que es indispensable
y no modelos de
pensamiento que nos
obligan a hacer muchas
acomodaciones para
entrar dentro de esas
categorías y nos hacen
perder tiempo de
producir pensamiento al
calor de nuestra propia
historia.
Al sacramentar que
existe una cuestión
negra en América a
través de este Premio,
Casa cumple con algo que
tenía pendiente, con una
deuda añeja.
|