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Ella cantaba “Mambrú se
fue a la guerra” en la
Avenida del Puerto,
conocida entonces como
el Relleno, olvidada ya
del conde de Marlborough
y de la batalla de
Malplaquet, pues también
había aprendido a jugar
a “La Candelita” y a
entonar “Arroz con
leche” en una lengua que
comenzaba a hacerse suya
a través de las rondas
infantiles. La bulla que
la había recibido en el
puerto habanero a su
llegada de Europa, los
ruidos informes de los
vendedores ambulantes,
el cotilleo de los
vecinos, los sonidos de
la radio, comenzaban
poco a poco a
articularse en un
lenguaje reconocible. Un
buen día,
sorpresivamente, luego
de un prolongado mutismo
de meses, comenzó a
hablar con fluidez el
español, como ha contado
su padre, el pintor y
escritor Marcelo
Pogolotti, en Del
barro y las voces.
Nacida en París en 1932,
la primera infancia de
Graziella estuvo
marcada por un peculiar
trasegar de casa en
casa, de ciudad en
ciudad, de Francia a
Italia en varios viajes
de ida y vuelta, durante
años de desasosiego
económico de sus padres.
La inminencia de la
Segunda Guerra Mundial
cambiaría para siempre
el curso de su vida. A
los siete años emprendió
el viaje definitivo
hacia Cuba, dejando
atrás un mundo de
afectos, de costumbres,
de lenguas aprendidas,
de claves culturales:
“Al anochecer, París
asomaba como una informe
mancha oscura,
silenciosa ante la
amenaza de un bombardeo
probable. Con el llamado
de las sirenas,
corríamos hacia los
refugios. Yo andaba con
mi máscara antigás en
bandolera, mientras
recorríamos oficinas
para tramitar el gran
viaje. […] De súbito, me
deslumbraba la gran
revelación: el mar
infinito, apacible,
hasta desembocar en el
encierro forzoso de
Ellis Island, las horas
interminables en la gran
sala de espera. Cuando
las olas cedieron, el
arco reverberante del
Malecón anunciaba la
llegada a un nuevo
mundo.”1
Asentada en 1939 en Peña
Pobre, una calle con
ecos de antiguas novelas
de caballería, nombrada
así —como ella misma
explica en “Los nombres
de mi ciudad”— en
homenaje al sitio donde
Amadís de Gaula cumplió
promesa de fidelidad por
su amada, comenzaría una
nueva vida: “Arrumbado
en un rincón quedaba
Corazón, de Edmundo
de Amicis […] Había
puesto los pies en la
tierra. El refugio se
convirtió en destino.
Renuncié a optar por la
ciudadanía a que tenía
derecho por nacimiento,
la francesa”.2
En
La Habana Vieja cursó
los estudios primarios y
el bachillerato. Ingresó
en la Universidad de La
Habana para estudiar
Filosofía y Letras en
1948. La experiencia
universitaria la pondría
en contacto con un mundo
nuevo de inquietudes y
proyectos:
“Una mañana de octubre,
subí por primera vez la
escalinata. La bulla me
acogió otra vez. […] En
un ambiente estudiantil
en ebullición, la
política dejaba de ser
objeto de interés
intelectual y se
transformaba en acción
participativa. Estuve en
manifestaciones
callejeras; intervine en
contiendas electorales
[…] Allí encontrábamos a
luchadores por la
independencia de Puerto
Rico y a jóvenes
guatemaltecos
involucrados en el
movimiento de Arévalo. A
través de ellos
conocimos fascinantes
proyectos de cambio
social. La posibilidad
de contribuir a modelar
un país nuevo me
fascinó. Era como
respirar la vida a
plenitud.”3
Al concluir sus estudios
universitarios ganó una
beca para estudiar
Literatura Francesa
Contemporánea en La
Sorbona (1952-1953).
Durante esta nueva
estancia parisina no
solo asistió a los
cursos de arte y
literatura, y dedicó
horas a la lectura en la
Biblioteca Santa
Genoveva, sino participó
activamente de la vida
cultural francesa
frecuentando museos,
asistiendo a
exposiciones y
representaciones
teatrales, siguiendo muy
de cerca el debate de
ideas que tenía lugar en
el proceso de la
posguerra. Con
particular interés
asistió al Teatro
Nacional Popular que
buscaba relacionarse con
un público más amplio y
en el que solía actuar
el famoso actor Gerard
Phillipe. En un barrio
ajeno a los circuitos
tradicionales de la
cultura, el Teatro de
Babilonia, ubicado en
una antigua cochera
donde se había
improvisado un
escenario, asistió al
estreno de Esperando
a Godot de Samuell
Beckett. En 1954, luego
de su regreso a Cuba,
presentó su tesis de
graduación en la
Universidad de La Habana
dedicada al estudio del
ciclo novelesco Les
Thibault de Roger
Martin Du Gard, el Nobel
francés que había
expresado con particular
intensidad las
contradicciones de la
Europa de inicios del
siglo XX. Con
posterioridad matriculó
en la Escuela de
Periodismo Manuel
Márquez Sterling, donde
terminó sus estudios en
1959. El triunfo
revolucionario de ese
año tendría un fuerte
impacto sobre ella
debido a las
posibilidades que abría
para la realización de
un proyecto de justicia
social y de rescate de
la soberanía y la
cultura nacionales, al
cual se entregó por
completo, como ha
narrado en su memoria
“Cerca y lejos del sol”.
Ese mismo año comenzó a
trabajar como asesora en
la Biblioteca Nacional
José Martí bajo la
dirección de María
Teresa Freyre de
Andrade, donde
permaneció una década,
propiciando una fecunda
labor promocional de la
lectura en todo el país.
Durante este período
mantuvo sus vínculos con
el quehacer teatral en
la capital y tradujo
La ramera respetuosa,
de Jean-Paul Sartre para
el Teatro Nacional, una
labor que había
comenzado antes con la
traducción de El mal
corre, de Jacques
Audiberti para el grupo
Prometeo. Participó
activamente en la
Reforma Universitaria,
al frente del
departamento de Lenguas
Modernas en la
Universidad de La Habana
(1963-1971):
“El anterior Instituto
de Idiomas tenía un
carácter instrumental,
utilitario, centrado en
el inglés y en el
francés. Ahora se
aspiraba a preparar
expertos en literatura
avezados en materia
lingüística. Había que
buscar profesores y
confeccionar programas
[…] Para mí, el
transcurso de las horas
adquiría una densidad
insospechada. Aferrada
a una brújula con agua
saltarina, barco ebrio
en un mar embravecido,
tenía que administrar el
departamento más
complejo y numeroso de
la Escuela, ajustar
planes de estudio sobre
la marcha, solventar
conflictos
interpersonales y
adentrarme en terreno
casi virgen para
preparar mis cursos de
literatura y
civilización francesas.”4
Mucho antes de que se
difundieran a nivel
mundial, los estudios de
Mijaíl Bajtín eran
lectura obligada de sus
estudiantes, que también
debían adentrarse en la
obra de Marguerite Duras
y en los escritores del
Nouveau Roman.
Mas también los autores
caribeños y africanos de
expresión francesa —Frantz
Fanon, Aime Césaire,
Leopold Sedar Senghor—
formaron parte de estos
cursos. En esta época de
intensa actividad en
diversos campos, y
durante la etapa en que
fue subdirectora de
investigaciones de la
Escuela de Letras
(1971-1976) desarrolló
un proyecto de
investigación en el
Escambray en estrecho
contacto con el grupo de
teatro del mismo nombre,
dirigido por Sergio
Corrieri. En la base de
este proyecto estaba la
convicción de que “la
inmersión en una zona
concreta de la realidad
para el estudio de su
problemática y la
búsqueda de soluciones
creadoras tenía un
inigualable valor como
experiencia formadora
para los jóvenes
universitarios”.5
Como decana de la
Facultad de Artes
Escénicas del Instituto
Superior de Arte llevó a
cabo una importante
labor de reorganización
de los estudios
dramáticos en el nivel
universitario, demasiado
marcados hasta ese
momento por la escuela
soviética. Su
destacadísima labor como
pedagoga le fue
reconocida con el Premio
a la Enseñanza Artística
en 2005. Ese mismo año
obtuvo el Premio
Nacional de Literatura.
Fue vicepresidenta de la
Unión de Escritores y
Artistas de Cuba
(1988-2008) y en la
actualidad preside la
Fundación Alejo
Carpentier.
A través de los
múltiples eventos que
fueron conformando su
experiencia de vida,
Graziella Pogolotti iría
perfilando, en estrecho
vínculo con las
circunstancias del país,
un sólido proyecto
intelectual que tendió
puentes entre un mar y
otro, entre la Isla y
ese otro mundo —el
europeo— donde había
nacido y donde aprendió
a leer. Desde su primer
libro, Examen de
conciencia,
publicado en 1965, se
advierte ese diálogo con
la literatura del viejo
mundo desde una
perspectiva peculiar,
que somete a una aguda
crítica la obra de
destacados
intelectuales. Si bien
de algunos de estos
movimientos extrae
valoraciones útiles —del
existencialismo francés,
por ejemplo, su
apelación a la acción y
a una literatura
comprometida— hay una
visión propia que
difiere de estas
corrientes de
pensamiento. Es este el
caso de una zona de la
obra de Albert Camus y
de André Malraux, a los
que se dedican sendos
ensayos en su primer
libro. A partir del
análisis del acto final
de La condición
humana, por ejemplo,
la autora recuerda la
conocida imagen ofrecida
por Pascal acerca de la
existencia del hombre:
“Imaginémonos”, decía el
pensador francés, “a un
grupo de hombres en
cadenas y todos
condenados a muerte;
algunos entre ellos son
degollados cada día ante
la vista de los demás;
los que quedan, ven su
propia condición en la
de sus semejantes y,
mirándose los unos a los
otros con dolor y sin
esperanza, esperan su
turno. Es la imagen de
la condición de los
hombres”.6
A esta concepción del
destino humano que
privilegia a la muerte
como rectora de su
devenir se opone una
visión de la vida y de
la misión del hombre
sobre la tierra en un
registro muy diferente,
que parte de establecer
un nexo principal entre
el individuo y las
circunstancia
particulares de su
existencia. Ese estrecho
vínculo entre vida y
obra será una coordenada
esencial de la lúcida
labor crítica de esta
intelectual, formulada
ya, en términos más
precisos, en su obra
posterior:
“La denominada condición
humana no es una entidad
abstracta. El hombre
surge, se desarrolla en
condiciones concretas,
las de una época, la de
un país. Se forja en el
modo de asumir y
afrontar esas
circunstancias. No
existe, por ello,
contradicción alguna
entre identidad cultural
y universalidad. Todo lo
contrario. Quien
pretende desasirse de
esa entraña viva, hará,
a pesar suyo, una obra
mimética, mero traslado
inconsciente de las que
se han producido en
otros territorios, en
otras circunstancias
particulares.”7
En este intenso diálogo
entre vida y muerte que
ha permeado desde muy
antiguo las reflexiones
del hombre acerca del
sentido de la
existencia, la autora
rechaza igualmente
aquellas concepciones de
orientación
trascendentalista sobre
la vida humana que
subordinan el quehacer
del individuo a una
finalidad última
relacionada con el cese
de la existencia. En
este rechazo desempeña
un papel principal la
posibilidad de encontrar
un sentido a través de
la acción, sostenida y
cotidiana, que aun
alejada de las grandes
gestas y las situaciones
excepcionales en que
fulguren sus actos, le
permita contribuir en la
transformación de un
mundo donde nuevos
valores germinen:
“…tampoco creo que la
vida sea camino de
perfección, vale decir,
preparación para el bien
morir. La alegría de la
vida está en las grandes
y pequeñas victorias
cotidianas, en la
semilla que germina, en
poder decir ante lo
nuevo que crece: esto
hemos hecho. […] El
compromiso se concreta
en la acción cotidiana,
en la base. Palabra y
gesto, vida y obra se
vuelven una misma cosa.”8
Ante el tema de la
esencial soledad del
hombre la ensayista
subrayará la posibilidad
de establecer lazos de
solidaridad con el resto
de la especie. Así, por
ejemplo, si bien en su
libro de ensayos de 1965
se reconoce en el
hombre, a través del
análisis del personaje
de Mersault de Camus,
una esencia humana
incomunicable, también
se hace hincapié en las
posibilidades del hombre
para rebasar el estrecho
cerco de su soledad en
aquellos “instantes
privilegiados en que […]
se siente solidario con
su especie”9,
porque, entre las
facultades que le han
sido otorgadas y que
reafirman su carácter
único se encuentra la
posibilidad de realizar,
a través de la acción
revolucionaria “una
tarea común” que “abre
paso a la fraternidad”.10
De este modo queda
expresada una posición
ante la condición humana
que privilegia el
sentido de la vida y de
la acción frente a la
muerte:
“Pero la muerte no es
más que un brusco y
rápido desenlace, el
término necesario de
toda aventura. El sitio
verdadero del hombre
está en la tierra
—sin
apelar a forma alguna de
trascendencia—,
y la felicidad, canto y
afirmación generosa de
vida, existe, está a
nuestro alcance, es como
una brisa ligera que
recorre el paisaje. Hay
que aprender a
descubrirla y a
conquistarla.”11
(80)
Para llevar a cabo esta
conquista, el hombre
cuenta con una poderosa
herramienta: la memoria,
que le permite recuperar
el quehacer de otros
hombres en el pasado:
“Por mucho tiempo
—o
de manera diversa— se ha
pretendido que la
condición del hombre
estaba determinada por
la naturaleza perecedera
de su existencia. La
vida toda resultaba
marcada por la muerte. Y
también a través de la
historia, las
expresiones genuinamente
populares del arte
refutaron esta versión.
Privilegio del hombre,
en cambio, es su
memoria, su capacidad de
transformar el mundo que
lo rodea y de ser
modificado a través de
ese mismo proceso, de
subvertir el destino y
convertirlo en
porvenir.”12
Una de las claves
principales de esta
posición ante la
condición humana ha sido
una peculiar comprensión
de la historia que la
lleva a hurgar en el
pasado para aclarar la
mirada sobre la
contemporaneidad.
Vinculado con la
influencia que la
filosofía marxista tuvo
en su formación, ese
modo de asumir la
historia está
directamente imbricado a
una concepción no solo
del destino, sino de la
felicidad del hombre, en
la que nuevamente la
acción cotidiana y la
integración a una obra
colectiva son la fuente
principal de
satisfacción y gozo que
debe procurar el hombre
en el reino de este
mundo:
“Porque para ser
verdaderamente
comprendida y
transformada en
vivencia, la historia ha
de asimilarse de dos
maneras, a través de la
entrega a la acción y a
la tarea del instante, y
a través del recuento
que se hace de ese
instante, del pequeño
papel de cada cual en el
esfuerzo colectivo,
parte de un proceso.
Entender así la historia
equivale a entender la
vida, a descubrir las
posibilidades reales de
una felicidad que tantos
persiguen por caminos
ilusorios…”13
En sus excelentes
ensayos sobre la
literatura francesa del
siglo XIX
—Stendhal,
Balzac, Maupassant—,
que forman parte de su
diálogo sostenido con la
cultura europea, se
aprecia con nitidez cómo
la historia ofrece
algunas de las claves
esenciales para la
comprensión de una obra
maestra. Así sucede con
el magnífico prólogo a
La cartuja de Parma,
considerado “un
paradigma de seducción
para la lectura”,14
donde los avatares de
Fabricio del Dongo y sus
compañeros de aventura,
la vida del propio
Stendhal, con sus
ilusiones de juventud
perdidas, y las
circunstancias políticas
de Francia e Italia se
entretejen en una
incisiva visión que,
desde la
contemporaneidad,
recupera un espíritu de
época en lo que tiene de
universal y
trascendente, más allá
del paso del tiempo. De
este modo, el pasado es
concebido, no solo aquí
sino en toda su obra, no
como un peso muerto que
debe ser recuperado como
una forma más de
erudición, sino una
sombra, ineludible y
abarcadora, bajo la que
se proyecta el quehacer
de los hombres de la
contemporaneidad:
“Puesto que no se trata
de mera historiografía,
la historia es, a la
vez, presente y pasado.
Presente, sobre todo,
porque tal habrá de ser
la perspectiva
dominante. El pasado
renace en función de las
necesidades actuales,
evocación de momentos
significativos de la
tradición más viviente,
rescate de una imagen
ignorada.”15
La lectura, que había
sido pasión incontenible
desde muy pequeña
cuando, burlando la
vigilancia de los
mayores, devoraba
páginas y páginas hasta
altas horas de la noche,
es parte esencial de su
proyecto humanista, pero
no en tanto fuente de
placer individual, sino
como obra de servicio:
oficio de leer
encaminado a precisar
las claves de una
proposición de lectura
que implica establecer
“los nexos profundos
entre la obra y la época
que la vio nacer, la
apreciación de sus
valores y una
sensibilidad
desarrollada para su
disfrute”16
; oficio que tiene como
centro fundamental al
destinatario y guarda
estrecha relación, no
sólo con un proyecto de
enseñanza, sino con una
actitud ante el
conocimiento. Ese
particular modo de
aprender y enseñar, de
trasegar con el saber,
fue condicionado por un
compromiso esencial con
su tiempo y su
circunstancia histórica,
que le permitió
comprender,
tempranamente, que:
“…la cultura acumulada
se convertía en
verdadero saber, en
fuerza creadora cuando
su estudio se vinculaba
a una práctica social
específica y que,
adquirido para el propio
atesoramiento, el fruto
de ese esfuerzo
enfermaba sin remedio de
esclerosis.”17
Vacunada de manera
definitiva de los
corrillos y el
diletantismo
intelectuales, como ella
misma ha comentado, a
partir de su experiencia
infantil en el Hurón
Azul, su actitud ante el
arte y el saber ha
estado marcada por un
profundo humanismo que
no solo coloca al hombre
en el centro, sino que
lo sitúa en la historia
de su cultura:
“Hay muchas maneras de
concebir la vida como
una aventura
excepcional. Para
algunos, consiste en
franquear desiertos, en
atravesar océanos en
embarcaciones precarias,
en caminar por los
espacios dominados por
la ingravidez y el
silencio. Pero la
verdadera clave de toda
aventura está en asumir
la existencia con
pasión, en hacer de lo
cotidiano, en hacer de
la hazaña del hombre,
fuente permanente de
curiosidad y
descubrimiento.”18
La pasión con que el
hombre se entregue a su
circunstancia y a su
tiempo, la capacidad
para convertir en una
aventura plena de
significaciones la tarea
emprendida, por modesta
y elemental que parezca
en comparación con las
grandes gestas y el
avatar heroico recogido
por los antiguos mitos,
es la clave de una
existencia plena, que
reconcilie al ser humano
con cualquier limitación
propia o impuesta por su
medio. En su caso
particular, la
progresiva disminución
de la vista hasta su
pérdida total en la
última década del pasado
siglo implicó un desafío
a su labor intelectual
que fue asumido con
entereza y con una
muestra de versatilidad
que da fe de la amplitud
de sus saberes: dejó de
escribir sobre pintura
—una
manifestación artística
privilegiada
inicialmente por ella y
en la que realizó
sobresalientes aportes—
cuando su visión comenzó
a disminuir; con
posterioridad abandonó
también la escritura
sobre el teatro y se
dedicó, principalmente,
a la literatura. En
todas estas expresiones
por las que ha
transitado su prosa se
advierte igualmente una
conciencia lúcida,
conocedora de las
técnicas artísticas más
sutiles y una
sensibilidad aguzada por
la pasión de la entrega
al hecho creador.
A través de una vida
dedicada al conocimiento
y a la transmisión del
saber, Graziella
Pogolotti ha participado
activamente, con un
sentido muy aguzado de
los valores éticos, la
honestidad y el rigor
intelectual, en un
proyecto sociocultural y
político de amplísimas
dimensiones a través de
una fecunda labor
humanista en la que se
borran las fronteras
entre vida y obra. La
defensa de la identidad
cultural, del patrimonio
nacional y de los
valores arquitectónicos
de la ciudad, son
algunos de los problemas
a las que ha dedicado su
empeño. Por otra parte,
su magisterio, como el
de los ambulantes
maestros martianos, ha
trascendido el estrecho
marco de la academia o
la escuela para
contribuir a consolidar
una visión del mundo y
una actitud ante la
vida, reto el más
difícil de cualquier
enseñanza.
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(Selección y prólogo).
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El ojo de Alejo.
La Habana, Ediciones
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Ha publicado ensayos y
artículos en numerosas
revistas como
Prometeo, Nueva
Revista Cubana,
Revista de Artes
Plásticas,
Universidad de La Habana,
Unión, La
Gaceta de Cuba,
Casa de las Américas,
Revolución y Cultura,
Tablas,
Revista de la Biblioteca
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y en el sitio web
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http://wwwcirobianchi.blogia.com/2008/052101-curiosidad-y-lucidez-de-graziella-pogolotti.php
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Notas:
1-
Graziella
Pogolotti:
“Oficio de
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Graziella
Pogolotti” en
Opus Habana,
Vol. VII, No. 3,
2003, p- 21.
2-
María Grant:
“Oficio de
remembranza con
Graziella
Pogolotti” en
Opus Habana,
Vol. VII, No. 3,
2003, pp. 28-29.
3-
María Grant:
“Oficio de
remembranza con
Graziella
Pogolotti” en
Opus Habana,
Vol. VII, No. 3,
2003, p. 25.
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