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I
Recientemente me han
enviado la novela
titulada Llueve sobre
La Habana, editada
en España, el pasado
año, por la Editorial La
Página, de Tenerife.
Como autor aparece el
escritor español José
Luis Muñoz. Esto ha sido
toda una sorpresa para
mí porque yo he
publicado, hace ya unos
años, una novela con el
nombre de Llueve
sobre La Habana. La
primera edición de mi
novela fue en La Habana,
en el 2004, por la
Editorial Letras
Cubanas, con dos
ediciones;
posteriormente fue
traducida al portugués y
al ruso y publicada, en
el 2008, en São Paulo y
Moscú. Luego, en el
2009, apareció en la
Editorial Renacimiento,
de Sevilla, España. En
el 2011 se tradujo al
inglés por la editorial
José Martí, de La
Habana; actualmente
están en marcha nuevas
traducciones.
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Portada del
libro Llueve
sobre La Habana,
de Julio
Travieso
publicado por la
Editorial
Renacimiento.
Sevilla, España,
2009 |
Me parece asombroso, por
no decir imposible, que
a alguien se le haya
ocurrido un título de
cuatro palabras, nada
convencionales por
cierto, que yo he puesto
en circulación, apenas
dos años atrás en la
misma España y antes en
Cuba. Título que, como
sabe cualquier persona
inteligente, no es de
los llamados banales.
El título, verdad sabida
es, constituye parte
inalienable del derecho
moral y legal de un
autor sobre su obra y su
apropiación por otra
persona es condenable.
Pero no solamente el
nombre de mi novela es
el mismo del libro de
Muñoz. Igual sucede con
el tema. El tema de mi
Llueve sobre La
Habana, es la vida
en La Habana al comienzo
de los años 90, durante
el llamado período
especial; la vida
marginal de prostitutas
(jineteras), chulos y
otros seres degradados
socialmente que luchan
por sobrevivir en una
situación de miseria
material, degradación de
la ciudad y de la
sociedad, provocada,
fundamentalmente, por la
situación que se creó en
Cuba a partir del
derrumbamiento del campo
socialista europeo. En
mi novela se narran las
vidas de dos jineteras y
de dos marginales (uno
de los cuales tiene un
intenso amor con una de
las jineteras), con su
carga de pobreza y
delitos.
Ese es también el tema
de Muñoz, La Habana en
los 90, de jineteras,
extranjeros,
marginalidad,
degradación de la vida
urbana, sazonado con
unas jineteras
asesinadas y un
instructor de policía
que ama desesperadamente
a una mujer.
Si en mi novela hay dos
jineteras, personajes
principales, en la que
ha presentado Muñoz
también hay dos
jineteras. Si en mi
novela, La Habana y su
entorno en los años 90
es parte intrínseca de
la obra, en Muñoz
también. Tal
coincidencia de un tema
y un período tan
puntuales es muy
sospechosa. Sospechosa
porque el señor Muñoz no
conoce Cuba.
Otro elemento de
coincidencia entre mi
novela y el libro del
Sr. Muñoz es la portada
de ambos. Compárese la
portada de la edición de
Muñoz en la Editorial La
Página, donde aparece
una foto tomada por él,
y la portada de mi
edición en la Editorial
Renacimiento y se verá
lo justo de mi
afirmación.
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Portada del
libro Llueve
sobre La Habana,
de Jorge Luis
Muñoz publicado
por
Editorial La
Página.
Tenerife,
España, 2011 |
No me es nada agradable
decir esto. Los que me
conocen saben que no me
es agradable emitir un
juicio negativo sobre
otro escritor. Me da
satisfacción alabar a un
colega cuando ha escrito
una obra de calidad, con
su propio esfuerzo.
Lamentablemente, ese no
es el caso ahora, y es
que hay verdades que no
se pueden silenciar,
pues puede acarrear
graves consecuencias.
Hablo de coincidencias
de título y tema, y
parecido de portadas,
pero no es solo eso. Hay
múltiples similitudes en
la obra de Muñoz con mi
novela, de escenarios,
motivos, frases,
secuencias. Señalaré
algunas de ella.
Entre corchetes indico
lo que está ocurriendo y
quién es el personaje
actuante o el lugar de
la escena. Cito las
páginas de mi novela por
la edición cubana del
2004.
Texto MUÑOZ, p. 27:
La muchacha estaba
sentada en una pequeña
terraza, mirando hacia
el lejano Malecón cuando
Vlad González
[un
chulo], parsimonioso, se
acercó a ella, ocupó la
silla vecina y prendió
el tabaco que llevaba,
entre los dientes,
apagado, con un fósforo.
Con tres cachadas
profundas escupió una
buena columna de humo,
una fumata blanca. La
chica no era de lo
habitual que corría por
La Habana. Abultada de
caderas, cintura de
avispa y aleonada melena
rojiza, cayendo por
encima de los hombros
desnudos, sobre los que
bailaban rosarios de
pecas. Piel muy pálida
[…] mármol como el de
las canteras… ¨
Texto J. TRAVIESO, p.
11:
Una noche, después de mi
caminata, fumaba frente
al mar, cerca del hotel
Nacional, cuando una
joven bella,
deslumbrante se acercó y
yo me dije que era la
mujer más hermosa y
sensual del mundo. Ella
se detuvo para encender
un cigarrillo, pero no
pudo. El viento […]
apagó cada uno de los
fósforos que encendió.
Yo me aproximé y con mi
encendedor prendí su
cigarrillo cuya lumbre
parpadeó por un momento
[…]. Sus senos parecían
dos melocotones y de
buena gana los hubiese
mordido allí mismo. Sus
ojos eran verdes […].
Por su belleza y su ropa
comprendí que no era
mujer para cubanos.
Texto MUÑOZ, p. 25:
[…] las nubes ocultaban
la luna y el rumor sordo
de las olas
estrellándose contra el
muro [del Malecón]
tapaba el ruido del
tráfico rodado. El ritmo
del mar era como el
segundero de un reloj.
Texto J. TRAVIESO, p.
11:
Casi siempre mi
recorrido concluía en el
Malecón, frente al mar
[…] me gusta el mar, me
gusta observar el
movimiento de la marea
que va y viene
eternamente, sin
descanso, indiferente a
todo lo que no sea su
eterna tarea de lamer
las rocas.
Texto MUÑOZ, p 28:
Jineteaba y trabajaba
honradamente y hacía lo
primero porque con lo
segundo no podía
comprarse los trapitos
que le apetecían.
Texto Muñoz, p.30:
[Habla una jinetera]
Entrar en los
supermercados y tener de
todo. Estanterías llenas
de pollo y no ese mojón
de la cartilla de
racionamiento.
Texto J. TRAVIESO, p.
35:
Dólares que le permiten
a Malú [una jinetera]
comprar más comida.
[Habla Malú, la jinetera]
No la [comida] que me
entregan por una
tarjeta [cartilla de
racionamiento], sino la
otra, la proteica […].
Nada de arroz y granos.
Carnes sí, de todos los
tipos, y quesos, leche,
cerveza, pastas
italianas, y también
ropas, perfumes,
zapatos.
Texto MUÑOZ,
p. 30:
[Graminia, una jinetera,
hablando de la
posibilidad de escapar,
ella, de Cuba en
balsa] Pues porque no
tengo valor, me da
pánico el mar y los
tiburones…
Texto J. TRAVIESO, p.
60:
A ella [Mónica, la
jinetera] le aterra la
posibilidad de verse en
alta mar sobre una
cámara de camión. Es
cobarde para las cosas
del mar y le teme a la
muerte.
Texto MUÑOZ, p. 34:
[Graminia pensando en
irse de Cuba a los
EEUU] Por mar, aunque
esa fosa de tiburones
que les separaba del
paraíso americano le
daba pánico. En el
próximo bote. Quisiera
poder convencer a Bemba
[una jinetera amiga]. Y
las dos abrirían una
tienda en Miami.
Texto J. TRAVIESO, p.
60:
[Malú, la jinetera,
hablándole a Mónica, su
amiga jinetera] Un amigo
mío está preparando una
balsa para irse y está
dispuesto a llevarnos
[…]. Aquí vamos a vivir
siempre así y
terminaremos arrugadas,
si antes no nos matan
para robarnos o meternos
presas. Allá fuera
viviremos como reinas.
Texto J. TRAVIESO, p
250:
[Monólogo de Mónica que
ha decidido irse] Debo
decírselo a Malú. Quizá
a ella también pueda
llevarme […].
Maravilloso vivir
juntas.
Texto MUÑOZ,
p. 33:
Mucha ilustración, hasta
para las jineteras que
podían tener luego una
conversación culta con
el cliente con quien
habían estado templando.
Texto J. TRAVIESO:
Las dos jineteras
protagonista de la
novela son
universitarias que
hablan otros idiomas.
Texto
Muñoz, p. 47:
[La jinetera Bemba y el
policía Rodríguez están
en la playa] Piden
camarones y una Laguer
[…] al atardecer, con el
telón romántico del
arenal besado por el mar
y las hojas de las
palmeras inclinadas. El
restaurante era mínimo
[…] un cocinero […] se
ocupaba de que los
asados no se
convirtieran en
carbonizados […] La
arena de la playa y el
mar, ¿para qué querían
más?
¿Te
gustan?
[…] Eran sabrosos,
grandes, carnosos, muy
encarnados, de largos
bigotes los camarones
que rebosaban el plato.
Texto J.
Travieso, pp.
162-163:
[Acompañada de una amiga
jinetera, Mónica está en
la playa] Se lanza al
agua y nada con energía.
Cansada regresa a la
orilla y se tiende en la
orilla a recibir la
maravillosa caricia de
los rayos del sol […]
que no hay nada más
maravilloso que el sexo
entre las olas que van y
vienen […]. Después van
al restaurante […].
Comen sopa de espinaca,
ensalada y una excelente
langosta Themidor,
acompañada de cervezas
bien frías.
Texto
Muñoz, p. 48:
[El policía Rodríguez a
la jinetera Bemba] Solo
mía con ese par de
guanábanas [senos]
tan hermosas que tienes.
Texto J.
Travieso, p.
14:
[Hablando de Mónica] La
visión de sus senos
melocotones había
provocado mi apetito y
me vi con ellos en la
boca.
Texto
Muñoz, p. 48:
[Piensa Bemba] Estaba
harta de la exclusividad.
Estaba harta de aquel
cliente […]. No la
amaba […]. No podía
amarla quien no conocía
más de ella que sus
granadas tetas o su
bonito culo. Eso era
[ella] para él, para
todos. Un cuerpo
agradable que abrazar
[…] pero nadie sabía lo
que había detrás de su
frente, lo que pensaba
de todos y cada uno de
aquellos tipos que
pagaban por estar varios
minutos en la cama con
ella. Eso no lo vendía.
Texto J.
Travieso, pp.
93-94:
Qué se ha creído, piensa
Mónica, tomarla a ella
por una puta cualquiera,
a la que se lleva de
aquí para allá, como si
fuera un perrito. Peor,
una esclava. Qué se ha
creído. Ni por todo el
oro del mundo aceptará
tal cosa […]. Estaba
hastiada de esta gente.
Ella desea un hombre
serio […] que la
comprenda.
Texto
Muñoz, p. 49:
[Se dice de Bemba]
Miraba siempre hacia el
horizonte del mar,
imaginando lo que había
allí detrás, fantaseando
con paraísos de frío,
con paisajes poblados de
nieve y ella envuelta en
un abrigo de pieles que
le cubría las piernas,
hasta los tobillos.
Desear lo que no se
tiene, como siempre.
Texto J.
Travieso, pp.
84-85:
(Hablando de Malú, la
jinetera] Un sueco
[Hans], a quien
conociste, te dijo que
en su país, y en otros
al norte, nunca se hace
noche en verano. Quién
sabe. Te gustaría viajar
a esos lugares de
claridad permanente para
estar todo el tiempo
despierta […]. Por eso,
al caminar por el
Malecón recuerdas a
Hans […]. Sueñas (nada
cuesta soñar) que, a
lo mejor, cualquier día,
aparece frente a ti en
el Malecón, quizá traído
por el viento y las olas
llegadas de la lejana
Suecia.
Texto
Muñoz, p. 53:
Al ser detenido por la
policía, el chulo Vlad
González no opone
resistencia, se comporta
cobardemente y dice “No
sé a qué esta
detención”.
Texto J.
Travieso, p. 113:
También el chulo Camel
al ser detenido se
comporta cobardemente
frente a la policía y
dice: “Yo no hice na, yo
no hice na”.
Texto
Muñoz, p. 92:
[Una vieja le lee la
mano al policía
Rodríguez] Le dejó la
mano. La volvió ella e
inspeccionó la palma,
resiguió con la uña del
dedo las líneas de la
vida y movió la cabeza
sin decidirse a hablar.
—¿Y
bien?
—No
me gusta lo que veo
—¿Qué
ve, vieja loca?
—[…]
Sangre, veo sangre,
compay.
Texto J.
Travieso, p.
115:
[Maruja, una
cartomántica, le lee la
mano a Mónica] Maruja
comienza a explorar la
palma de la mano lenta,
muy lentamente […].
— Aquí tienes la línea
de la vida —dice y con
su uña señala el trazo
que bordea la parte
derecha de la mano […]
casi hasta la muñeca
[…]— ¿Y esta cruz entre
la línea de la vida y el
pulgar? Caramba, cuidado
[…] —Maruja se mueve
inquieta en su asiento.
—¿
Qué? —exclama Mónica
[...].
— Vas a tener una
situación muy importante
y muy difícil y una gran
sorpresa que hará
cambiar tu vida.
Texto
Muñoz, p. 79:
[El personaje masculino
principal, el policía
Rodríguez quiere
suicidarse. No lo logra]
Tanta ojeriza se tuvo
que se levantó y,
trancas y barrancas, fue
al armario, entre hurgó
entre las sabanas y
extrajo el revólver. La
frialdad de la boca del
arma en su garganta, el
sabor del metal del
cañón, le hizo desistir
cuando su dedo ya se
aposentaba con firmeza
sobre el gatillo y
saboreaba el arma de la
pólvora presta a
estallar.
Texto
Muñoz, p. 121:
[…] pensamientos que le
tentaban a engrosar la
lista de suicidados en
la isla, y anduvo
jugando con el revólver
que guardaba bajo la
almohada sin decidirse,
finalmente, a apretar el
gatillo.
—¿ Por qué yo, carajo.
Texto J.
Travieso, p 188:
[El personaje masculino
principal, conocido como
Él, quiere suicidarse.
No lo logra]
Ahorcarse, la palabra me
trajo ingratos
recuerdos. Una vez, poco
después de que mis hijas
se fueran para siempre y
mi vida tocara fondo, lo
intenté en un matorral
cualquiera, lo
suficientemente
solitario para que nadie
me interrumpiera. Así
evitaría, me dije, el
triste y ridículo
espectáculo de mi
cadáver extraído de un
cuarto entre las miradas
y gritos de chismosas
vecinas.
Entonces tuve la buena
(o mala) suerte de que
la soga, amarrada a la
rama de un árbol, no
soportara el peso de mi
cuerpo y se partiera.
Caí al pie de la roca
sobre la que había
subido para saltar […].
Crispados los nervios,
adolorido el brazo, me
senté en la tierra y
lloré.
—Coño, vida de mierda
[…] —exclamé.
Texto
Muñoz, p. 125:
[La madre del policía
Rodríguez Pachón va a
“consultarse” con una
santera] Prieta, de edad
indeterminada [que]
después de escupirle un
buche de ron a la cara,
hediondo walfarina de
alambiques caseros,
descabezar un viejo
gallo y aceptar, en
medio de la ceremonia,
como parte de ella, unos
cuantos dólares, puso
los ojos en blanco,
habló en idioma yoruba,
ininteligible, con
Yemayá, la madre de
todos los orixás.
Texto J.
Travieso, p.
151-152:
[Mónica va a
“consultarse” con un
santero, don Genaro.
Habla ella]
No le expliqué cual era
mi problema, sólo le
dije: “Quiero
consultarme, don
Genaro”.
Sin preguntarme nada,
don Genaro echó los
cocos varias veces y
después me estuvo
mirando fijamente,
callado.
“Malo, muy malo”, dijo
entre dientes, “la letra
marca osobo”.
“¿Qué es eso?”,
pregunté. “Que Ikú puede
volar”, murmuró. “¿Ikú?”
“La muerte”. Respiré
fuerte. “Mejor consultar
a los caracoles”, dijo.
Trajo varios caracoles y
los hizo rodar por el
piso mientras hablaba
en una lengua extraña.
Yo, los ojos cerrados,
los dedos cruzados,
pidiéndole a la Caridad
del Cobre que nada malo
saliera. Cuando abrí los
ojos, don Genaro estaba
rezando, las manos
apoyadas en los hombros,
la barbilla inclinada.
“¿Qué pasa?”, dije. Me
miró como si yo fuera
transparente, como si
estuviera observando
algo detrás de mí y yo
nunca vi (lo puedo
jurar) una mirada tan
penetrante y fija.
“[…] debes darle un
pollo a Elegguá para que
te deje tranquila y otro
a Orula para que aparte
de ti a Ikú”.
Texto
Muñoz, p.32:
[Habla una jinetera]
Ella quiere ver cómo su
marido me templa… […] le
apetece verlo hacer con
otras […]. Le calzó la
goma, tras enderezar la
pinga con dos profundas
succiones […] y miró a
la esposa fijamente.
Texto
J.
Travieso, p. 71:
Herman gustaba de
pedirle a Mónica que se
acostara desnuda y se
masturbara frente al
gran espejo mientras él,
sentado en un butacón de
cuero, no la miraba a
ella, sino a su imagen
en el cristal.
Texto
Muñoz: En su
libro hay tres jineteras
asesinadas
Texto J.
Travieso, p. 84:
Sin embargo, en los
últimos meses se han
encontrado asesinadas,
dentro de sus
departamentos, a mujeres
que vivían solas.
Texto J.
Travieso, p. 146:
Impaciente, escudriñé la
calle. La Habana no era
Ciudad México, Caracas o
Nueva York, pero los
casos de asaltos se
multiplicaban. Mucho se
rumoraba de dos
jineteras y un
extranjero muertos y
robados.
Texto
Muñoz, pp.
155-156:
El policía Rodríguez va
al necrocomio y
encuentra el cadáver del
hombre que busca.
Texto J.
Travieso, pp.
183-184:
El protagonista
masculino principal de
la novela va al
necrocomio en busca del
cadáver de Mónica.
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