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Los hombres de negro
es un título que faltaba
a la literatura
testimonial cubana y a
la cultura del béisbol
en la Isla. Me atrevo a
afirmarlo, sin que medie
en ello el conocimiento
personal del autor —uno
de los cronistas más
imaginativos y
apasionado que he
conocido— ni el hecho de
que de alguna manera,
como se verá más
adelante, haya tenido
una participación
tangencial en uno de los
hechos que se narran, ni
en dar cuerda a la
decisión de Fulgueiras
para que presentara lo
que todavía era un
proyecto al Premio
Memoria, del Centro
Cultural Pablo de la
Torriente Brau,
institución que avaló y
acaba de publicar el
libro.
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Los argumentos para
resaltar la importancia
de la aparición del
volumen son quizá
demasiados evidentes.
Que recuerde es la
primera vez que se le
hace justicia a esos
hombres —y una mujer,
deberían ser más, por
cierto—, que salen al
estadio, ante miles de
espectadores, de tarde o
de noche, por más de dos
horas y hasta cuatro o
cinco, a dirimir las
incontables situaciones
que se producen en un
juego de béisbol y son
objeto de las críticas
más severas y los
insultos más tremendos
cuando lo que tratan es,
ni más ni menos, que
conducir a feliz término
el enfrentamiento entre
dos bandos, mediante la
aplicación de reglas
escritas y
universalmente aceptadas
por los practicantes y
seguidores de un deporte
que en Cuba, perdonen el
lugar común, constituye
una verdadera pasión.
Pero también —y he aquí
por qué hablo en
términos culturales— el
libro debe considerarse,
por el imaginario que
ofrece en palabras,
metáforas y vivencias,
como una pieza
imprescindible en el
develamiento y disfrute
de zonas enraizadas en
el acervo popular, en
clave de continuidad y
sintonía con la obra
narrativa y testimonial
del Samuel Feijóo, de
Juan Quin Quin en Pueblo
Mocho y Tumbaga.
Fulgueiras es
villaclareño de pura
cepa. Fanático, más que
yo, al color naranja del
equipo local. Sin
embargo, aquí no importó
que uno u otro ampaya
—aceptemos con orgullo
esa variante lexical
mucho más criolla que el
inglés umpire—
haya inclinado una
decisión contra su
equipo, o le sea o no
simpático. La honestidad
profesional va por
delante. En el libro
están las memorias y las
voces de varios de los
más importantes y
respetados ampayas que
han actuado o actúan en
nuestros clásicos y el
recuerdo a algunos de
los paradigmas de la
profesión, como Amado
Maestri, Rafael de Paz,
el Chino Hernández y
Panchito Fernández
Corton. Se mezclan
aciertos y errores,
críticas y autocríticas,
pasiones y aficiones,
anécdotas y
valoraciones, en medio
del despliegue de una
prosa directa y
centelleante, sazonada
por el humor y la
poesía; y unas viñetas
intercaladas que no
tienen desperdicio.
Y aquí va lo mío. Del
capítulo “La guerra de
los árbitros” estuve
cerca. Compartía labores
en la redacción del
diario villaclareño
Vanguardia cuando
sucedió aquel hecho, el
de cuarteto uniformado
que fue a exigir a la
dirección del periódico
una reparación pública
por la diatriba que
Fulgueiras le endilgó en
su columna beisbolera
—instigado por el ímpetu
del jefe de redacción,
el venerable Roberto
González Quesada, por
sobrenombre El Patriarca
y por más señas mi tío—,
en represalia por haber
sido expulsado la noche
antes de la banca de
Villa Clara. Reacción
arbitral ante un
criterio esgrimido por
el redactor en una
columna anterior.
No voy a adelantar la
ingeniosa solución del
conflicto, porque
Fulgueiras lo cuenta en
el libro mejor de lo que
yo podría hacerlo. Pero
sí diré que cuando las
aguas tomaron su nivel,
el propio Fulgue
reconoció que el
episodio parecía un
remake de lo que me
había sucedido pocos
años antes, cuando a
raíz de una crítica
—pertinente en términos
conceptuales, aunque
expresada con un
lenguaje demoledor— que
hice a una
representación teatral
de un grupo que
participaba en el
llamado Festival de
Teatro Nuevo, en Santa
Clara: los actores, que
eran trabajadores del
puerto de La Habana,
fueron en masa hasta el
albergue de Vanguardia a
lincharme. Y si no es
por la capacidad
diplomática del colega y
amigo Jorge García Sosa,
los buenos oficios del
propio Fulgueiras y mi
decidido
atrincheramiento detrás
de un televisor ruso que
estaba dispuesto a
proyectar al primer
intento de agresión
física, quizá no
estuviera haciendo esta
historia.
Cada página de Los
hombres de negro
depara una sorpresa y
una revelación. Los
lectores conocerán
grandezas y miserias,
voluntades y bajos
golpes del destino. Pero
sobre todo aprenderán a
valorar la entereza y
consagración de los
protagonistas más
olvidados del
espectáculo beisbolero.
Y habrá que situarse
detrás del plato o junto
a una base junto a ellos
para comprenderlos mejor
después de la lectura. Y
aceptar, como lo hizo el
prologuista Yamil Díaz
Gómez, escritor de recia
estampa y anaranjado
como el que más, que
“existen hombres de
negro imprescindibles
para que Cuba entera
cuente con esa gozadera
mayúscula a la que
algunos llaman el
pasatiempo
nacional”. |