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Lo he visto llorar. A
Pedro Pablo Rodríguez se
le han salido lágrimas
en público, sin falsos
pudores ni
arrepentimientos
postreros, medio
encabronado porque
recibió el Premio
Nacional de Ciencias
Sociales en 2009, dos
años antes que el
investigador Oscar
Zanetti, medio feliz
porque su amigo recibió
por fin el mismo
galardón en 2011.
Y ahora voy a su
encuentro, casi una
semana después de que el
espacio El Autor y su
Obra le regalara aquella
tarde de confesiones y a
mí el descubrimiento de
un hombre sensible.
Llevo un cuestionario
lleno de tachaduras y
notas al margen. Las
entrevistas siempre me
ponen nerviosa, más
cuando el entrevistado
tiene tanto que contar.
No puedo olvidar
preguntarle por qué se
hizo periodista si es
historiador; por qué las
prácticas sociales y
políticas andan casi
siempre tan divorciadas
de las teorías
producidas por filósofos
y teóricos; qué
consecuencias ha tenido
para la historiografía
la fragmentación del
pensamiento de José
Martí en la
representación de
nuestros medios de
prensa y libros de
Historia; por qué cree
en el socialismo del
siglo XXI.
Calzada, número 807. A
pesar de toda la
sinceridad desbordada en
el encuentro del
Instituto Cubano del
Libro, a pesar de que
sus amigos aseguraron
que es un tipo jovial,
que no se detiene en
protocolos, entro en el
Centro de Estudios
Martianos aún ansiosa.
Pero la tarde guarda el
mejor aprendizaje: las
motivaciones de Pedro
Pablo Rodríguez son tan
terrenales como sus
pasiones. Su valentía
radica justamente en no
encubrir sus esencias
con palabras rebuscadas.
Su ensayo más profundo,
su más completo
presupuesto filosófico,
su mejor teoría social
no es otra que él mismo.
Mas tal descubrimiento
tendrá que esperar. He
llegado media hora antes
a nuestra cita.
La espera
“La 27, Errata; la 28,
Lincoln; la 29, George
Washington…”. El ritmo
constante y desenfadado
de su voz es la prueba
más clara de la cantidad
de años que Pedro Pablo
Rodríguez lleva
elaborando y cotejando,
con su equipo de
investigación, las notas
de la Edición
Crítica de las Obras
Completas, de José
Martí. La ceremonia
posee, quizá por esos
mismos motivos, una
exquisita
desacralización, pero ni
una pizca de cansancio.
Martí es “Pepe” en estas
oficinas. De él se habla
con la misma naturalidad
con que se debaten todos
los temas humanos y
divinos —sobre todo los
humanos—. Pero reunir
los originales de sus
extensas escrituras y
acotarlos en decenas de
tomos, sí conserva
algunos ritos.
Para probarlo bastan los
siete lápices, atados
por una liguita, sobre
la mesa de Pedro Pablo.
La madera, descarnada
milimétricamente, deja
al descubierto largos y
puntiagudos grafitos.
Especie de analogía a un
pasado en que no habían
llegado los lapiceros a
las escuelas, cuando
este hombre era apenas
un niño, pero “ya leía a
Aristóteles, a Platón, a
todos esos locos, de
quienes no entendía ni
la mitad de las cosas,
pero sí entendía la otra
mitad, hasta donde
podía”.
De esos lápices cuidados
con celo, a pesar de sus
dispares tamaños; de esa
“cultura literaria
brutal”, que era su
mayor conquista a los 17
años y, por supuesto, de
todo lo que vivió
después en la Facultad
de Historia, en el
Departamento de
Filosofía, en la revista
Bohemia; nace una
de las obras más
prolongadas de la
Historia y la Literatura
cubanas.
Pedro Pablo pasa la
página. Comienza a
cotejar las notas de
otro artículo martiano:
“La 8, Steven. La 9,
Errata. La 10… ¿George
Washington otra vez?”.
Perdida entre tantas
enumeraciones, a la
espera de la entrevista
prometida, la mirada
repara en el diminuto
cesto de basura debajo
de una de las mesas. Con
marcador permanente
lleva escrito “Propiedad
de Aidita”, y se me
antoja pensar que aún
hoy, consagrarse a la
obra martiana puede
conservar el precio de
la inopia tan bien
conocida por el Apóstol.
“Nosotros somos los
trabajadores más baratos
del mundo, lo único que
gastamos es papel, tinta
y cinta de impresora”,
jaraneará luego Pedro
Pablo. Pero en sus
palabras hay grandes
verdades y otros
dolores. “Aparentemente
gastamos mucho papel.
Pero cuando hacemos
cuatro o cinco tiradas
de cada tomo de la
Edición Crítica de
Martí, usamos dos mil
hojas. Decirnos que
somos gastadores es una
fórmula más de
incomprensión. Aunque no
es la más dura”.
Al lado de su
escritorio, un estante
guarda todos los tomos
publicados hasta hoy.
Llevan carátula azul, y
la imagen del Apóstol en
la portada. No los
cuento, pero deben sumar
23. Pedro Pablo ha
trabajado al frente de
la conformación de todas
ellas.
Más tarde, cuando
comience por fin nuestro
diálogo, me contará cómo
llegó a esta obra: “El
Centro de Estudios
Martianos estaba en una
situación anémica. Se
habían jubilado Cintio y
Fina; Retamar dejó la
dirección, porque no
podía trabajar aquí y en
Casa de las Américas;
para donde también se
había ido Emilio de
Armas, otro de los
fundadores. Con poco
apoyo material y hasta
espiritual, se quedó
Luis Toledo al frente de
todo. Entonces Armando
Hart, quien era el
ministro de Cultura, le
ofreció a Manelo (Ismael
González) la dirección
del Centro de Estudios
Martianos.
“Ana Cairo habla de
refundación porque
Manelo tenía gran
capacidad organizadora.
Atrajo a mucha gente, y
no solo renovó el
trabajo, también lo
amplió. Yo estaba en la
emisora CMBF en esa
época y me pidió que me
hiciera cargo de la
subdirección de
investigaciones del
Centro. Vine, trabajé
tres años, y surgió
entonces la idea de
retomar la Edición
Crítica, detenida por
la jubilación de Cintio
y Fina. Ellos habían
publicado dos tomos y
tenían dos más
preparados.”
Pero eso lo contará más
tarde, porque ahora está
enfrascado en asegurarse
de que sus cotejos
anteriores no hayan
sumado nombres nuevos al
índice onomástico.
“Fanny, se te va la
guagua”, se interrumpe
él mismo con esa
asombrosa capacidad de
estar pendiente de todo.
Comienza a recoger
papeles, a cambiar otros
de lugar. Pone los
lápices a buen recaudo.
El movimiento anuncia
que casi es mi tuno.
Dice mi reloj que he
esperado a Pedro Pablo
Rodríguez durante 56
minutos. O mejor, lo he
esperado durante más de
60 notas cotejadas en
dos artículos de Martí y
dos nombres agregados al
índice onomástico. Quién
diría que el tiempo
puede medirse de formas
tan diferentes.
El diálogo
He escuchado a sus
amigos reprocharle su
consagración a las
Edición Crítica de
José Martí, a costa del
tiempo para desarrollar
su obra. Solo por eso me
atrevo a cuestionarlo, a
preguntarle por qué el
sacrificio cuando la
vida es una sola. Me
interrumpe antes que
pueda terminar mi
oración:
“Lo único que justifica
que yo no escriba todo
lo que quiero, y que es
muchísimo, es justamente
porque este proyecto se
trata de Martí. ¿No es
el más grande de los
cubanos? ¿No es el más
universal? Puede que
nadie lea nunca un libro
tuyo. Los de Martí
siempre alguien los va a
leer.
“¿Por qué se conoce a
Gonzalo de Quesada y
Miranda? Tanto al hijo,
como al padre hoy los
recordamos por editar
las obras completas del
Apóstol. Otro
historiador amigo y yo
tenemos una discusión,
porque él casi está
empeñado en mostrar que
Gonzalo de Quesada era
un traidor de la Patria.
Primero, no comparto su
análisis, y segundo le
digo: chico, si metió la
pata en algunas cosas,
como de verdad lo hizo,
hay que agradecerle toda
la vida que recogiera
los textos de Martí y
los empezara a publicar.
Con eso salva todos sus
errores. ¿Te imaginas si
nosotros hubiéramos
tenido que buscar en los
‘70 esos originales?
“Lo que sí es cierto es
que si tuviéramos otras
condiciones materiales
de trabajo, y otras
estructuras laborales,
aunque no me dedicara
nada más a mis
investigaciones, al
menos podría hacer más.
Escribo bastante. Pero
no es lo mismo un ensayo
de 20 páginas, en las
que pongo algunas ideas,
o un artículo para
Cubarte, o hasta una
colaboración para Radio
Reloj, con las que me
divierto muchísimo, que
hacer una investigación
metido tres años en
bibliotecas, archivos.
“Muchas cosas conspiran:
La Biblioteca Nacional
está cerrada. Eso tiene
parado los estudios de
la historia y la cultura
cubanas de un modo
espantoso. Ahora es que
el Archivo Nacional
tiene una directora que
ha empezado a modificar
el tema de los accesos.
Pero yo me había alejado
de allí porque perdía mi
tiempo sin resolver
nunca un documento. Allí
hay archivos que por
diversas razones,
ninguna malévola, pueden
estar cerrados al
público durante años. El
de Máximo Gómez por
ejemplo siempre estuvo
clasificado, pero a
alguien se le ocurrió
reclasificarlo. Cuando me
enteré, formé un
berrinche tremendo.
Después me ofrecí para
ir una vez a la semana y
ayudar a los archiveros
a clasificar, porque
había trabajado mucho a
Gómez. No me lo
aceptaron. La verdad es
que en todo archivo o
biblioteca lo que esté
clasificado, así tenga
500 años, no se vuelve a
recalificar.”
A pesar de todas esas
limitaciones, creo que
continuar trabajando en
las ediciones críticas
de las Obras
Completas, de Martí
depende sobre todo de
una decisión personal.
Claro. Pero todo lo
demás te come por un pie
si quieres hacer otras
cosas.
Lamentablemente, en Cuba
hemos sufrido un
retroceso en el servicio
bibliotecario. El
Instituto de Literatura
y Lingüística heredó el
antiguo fondo de la
Sociedad Económica de
Amigos del País, y ha
ido para atrás. Todo
parte de las
limitaciones del país,
pero también de que la
mayoría de los buenos
bibliotecarios se han
jubilado o han muerto.
Muchas veces se ha
tomado la decisión de
poner al frente de esas
actividades a personas
que no saben realmente
el valor de cuánto
tienen entre las manos.
¿Y qué pasará cuando los
historiadores del
presente tengan que
acercarse a la prensa
como testimonio de una
época, de un sistema de
pensamiento o de una
figura específica?
Se ha perdido ya buena
parte de la prensa
cubana de los siglos
XVIII, XIX y hasta del
XX. No hubo un proceso
de inversiones en la
Biblioteca Nacional para
la conservación del
papel, a pesar de tener
un clima tan agresivo
como el nuestro. Hay
colecciones de
periódicos perdidas
completamente, a las que
tocas y se deshacen.
A finales de los años
‘60 y principios de los
‘70, cuando el país
vivía una bonanza
económica, debíamos
haber hecho una
inversión y empezar a
microfilmar esos
documentos. Entonces no
se había inventado la
digitalización, pero eso
hubiera evitado el
manoseo de los papeles.
Por otro lado, se
debieron instalar
sistemas de
climatización. Es verdad
que todo eso es costoso,
pero ¿de qué modo puedes
proteger la cultura
nacional?
Y la prensa que estamos
haciendo hoy, ¿qué
testimonio dejará para
los historiadores que se
le acerquen en el
futuro?
No ayudará mucho. Una de
las pocas maneras que
tendrán de sacarle algo
a la prensa es
estudiando la sección de
Pepe Alejandro en
Juventud Rebelde,
para darse cuenta de qué
problemas y qué
situaciones vive el país
en realidad.
El pensamiento de José
Martí también se trabaja
de manera muy
fragmentada en los
medios de comunicación,
y en otros espacios de
divulgación. ¿Qué
riesgos puede tener esa
estrategia, cuando se
sabe que la ideología
está en construcción
constante?
Martí para mucha gente
es consigna y nada más.
Eso lo ha desvirtuado
mucho. Aunque es claro
que en general esa
tendencia no la hemos
practicado los
historiadores. En primer
lugar, es parte de la
propaganda; en segundo,
del sistema escolar; y
en tercero, del sistema
de ideas que trata de
organizar nuestra
sociedad. Cuando la
ideología se convierte
en consignas se corren
todos estos riesgos.
Nadie me tuvo que
movilizar para que me
hiciera miliciano. Todos
estábamos esperando un
ataque de los EE.UU. en
cualquier momento. No
teníamos dudas.
Sentíamos que si éramos
cubanos y queríamos
defender un cambio,
debíamos hacernos
milicianos. Ese era un
proceso que vivíamos
todos, de modos
paralelos y colectivos,
pero también de manera
individual. Había
ciertas consignas —son
útiles para sintetizar
el espíritu de una
época—, pero no me hice
miliciano por una
consigna, ni me fui a
alfabetizar por un lema.
Fui a alfabetizar con 14
años porque me creía de
verdad que era
importante que todos los
cubanos aprendieran a
leer y a escribir. Puede
que en mi decisión
entrara mi inmadurez, o
la aventura de un
espíritu juvenil, de un
muchacho de La Habana
que va a la Sierra
Maestra; incluso, si
alguien quiere, puede
llamarlo romanticismo,
pero nadie me lo impuso.
Cuando llegué a la
Sierra me encontré con
un campesino que quería
seguir pagando las
tierras al antiguo
dueño. Y cuando empecé a
convencerlo de lo
contrario, supe que, de
alguna manera, yo
representaba para ellos
también algo diferente.
Después, en la
Universidad, creíamos
que nos comíamos el
mundo. Todo se
transformaba, también la
manera de vivir.
Empezamos a rechazar
incluso el matrimonio
formal. Decíamos: “es
tonto el papeleo, el
amor es otra cosa”.
Hasta las relaciones
humanas empezamos a
sentirlas distintas. Si
hoy hay otra concepción
sobre las relaciones
sexuales, diferentes a
las de la Cuba de mi
niñez, es también por
aquello que vivimos.
¿Qué es lo que más
recuerda de esos años de
descubrimientos?
Fui profesor en una
escuela secundaria
nocturna, luego impartí
clases en un
preuniversitario. Todo
mientras estudiaba
Historia en las mañanas,
porque no había cursos
para trabajadores.
Después empecé a
trabajar en la
Universidad de La Habana
de profesor de Marxismo,
y a formar parte de todo
ese debate de ideas tan
grande que hubo en los
‘60. Allí descubrimos
que el marxismo no era
los manuales soviéticos.
Empezamos a conocer a
los filósofos que
trataban de romper con
aquello a través de
distintas corrientes de
pensamiento. Estaba
adquiriendo una cultura
general porque tenía 20
años, y una cultura
marxista incomprendida
por algunas personas.
Nos llamaban
“revisionistas”. Y de
repente nos
encontrábamos
debatiendo, acusados
nosotros de
antisoviéticos, y
acusándolos a ellos de
prosoviéticos, porque no
se daban cuenta de que
teníamos que construir
lo nuestro.
Ese mundo tremendo de
esos años iba acompañado
del afán de hacer la
Revolución en toda
América Latina. No
pensábamos que estaba al
doblar de la esquina,
pero sí en la
posibilidad de llegar a
ella. Empezamos a sacar
la revista
Pensamiento Crítico.
Yo no era del equipo de
dirección, porque era de
los más jovencitos, pero
ahí aprendí a leer de
todo, a debatirlo todo.
Decíamos: Marx se
equivocó en esto, sin
que nadie te juzgara
como
contrarrevolucionario.
Esa formación
intelectual ayuda mucho
después a encontrar
caminos propios.
¿No es una utopía creer
en el socialismo del
siglo XXI cuando el
capitalismo se tambalea
en crisis periódicas,
pero se mantiene como
sistema predominante?
Más aún, cuando esa
ideología idílica de la
que me cuenta en la Cuba
de los ’60 está
lamentablemente ausente
en las generaciones más
jóvenes.
Lo mejor que tiene el
socialismo del siglo XXI
es lo impreciso que es.
Su nombre es el intento
de explicarse,
fundamentar y ejecutar
en la práctica un
socialismo adecuado a
las necesidades de la
época. No le buscaría
más vueltas teóricas, y
ya eso me parece un paso
de avance cuando lo
comparamos con lo que se
practicó en el siglo XX.
Muchas de las gentes que
se mueven en esa esfera,
no se afilian a una
regla. Aunque siempre
habrá ese peligro. En
realidad no se puede
hablar de socialismo, ni
hacer ningún experimento
así si no tienes
dominios teóricos, que
empiezan con Carlos Max,
pero incluyen a los
demás teóricos del siglo
XIX, y más. Por ejemplo,
no conozco la tradición
del pensamiento chino,
con siete mil años de
historia… Pero creo muy
positivo el sentido de
identidad transhistórica
gigantesca que se
plantea. ¿Cuántos
cuerpos de idea puede
haber en la cultura
china aplicables para
hacer un mundo que no
sea capitalista? Porque
para mí lo que siempre
ha estado claro, y cada
vez más, es que el
capitalismo no da
salidas.
En general, el
intelectual es muy
cuestionador, eso es
algo que estudia hasta
la psicología social,
son de los más
cuestionadores quizá por
su propia manera de
expresarse.
La despedida: Epílogo
Desde que se hicieron
las 5 de la tarde y casi
todos partieron, la voz
de Miladi, la secretaria
del equipo, se escucha
intermitente entre los
silencios de nuestra
conversación. Canta
Mariposita de primavera,
o cualquier otra
melodía, mientras alista
los papeles para la
jornada siguiente. La
melancolía de sus
canciones es la música
de fondo perfecta para
algunos de los recuerdos
de Pedro Pablo. Aunque
en realidad él no luce
triste, pero sí cansado.
Mejor dejamos preguntas
pendientes. En la
despedida hablamos de su
intolerancia a la falta
de humildad; de las
ruinas de Cholula; de
las formas de consumo en
que se organiza
riesgosamente la
sociedad moderna. “Estamos
educados desde
determinados paradigmas,
como dijo Pepe: desde
que nacemos la familia,
la escuela, el hogar, la
sociedad, nos van
creando fajas y el ser
humano deja de ser él
mismo o no saca sus
potencialidades”.
Por eso critica a Gorgias
y al androcentrismo
occidental que desató su
pensamiento. Por eso
mismo elogia a Ho Chi
Minh y su sentido del
sacrificio, así como a
la atención de las
culturas orientales a
alimentar el espíritu de
los hombres.
Pedro Pablo le tiene
miedo a la muerte. Yo
también. Hablamos un
rato del vacío, de la
nada, y a pesar de que
sonreímos para espantar
el disparate, los dos
entendemos la sensación.
“Gracias”, le digo
después que cierra su
oficina, “hasta la
próxima vez”, se me
queda en los labios.
“Aún es temprano”,
sugiere él, aunque ya ha
caído la noche y sale al
día siguiente rumbo a
Matanzas y Villa Clara a
impartir conferencias y
talleres. Lo veo
alejarse, rumbo a una
parada de la calle
Línea. “Hace falta que
la guagua pase rápido”,
pienso. A la altura de
la calle 23, miro de
nuevo hacia atrás.
Descubro que La Habana
es más bella con estos
tonos dorados, desde
esta calle, y con estos
sueños. Pedro Pablo
tiene razón: “La vida es
mejor cuando nos
detenemos en sus
pequeños detalles”.
Ahora entiendo que quizá
por eso, cuando está
medio encabronado y
medio feliz, también se
da el lujo de llorar. |