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En el proceso de
restitución positiva del
término “raza” dentro el
vocabulario artístico y
científico-social de
América y el Caribe
sobresale el carácter
crítico, creativo y de
vanguardia que aportan
las artes plásticas. En
el año en que Casa de
las Américas otorga por
primera vez el Premio
Extraordinario a
estudios sobre la
presencia negra en la
región, inaugura a la
par una exposición de la
artista cubana María
Magdalena Campos Pons,
una de las primeras de
su generación en abordar
desde Cuba la
experiencia de la
diáspora y la memoria
cultural africana.
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La matancera, radicada
en EE.UU. desde
principios de la década
de los 90, acumula más
de tres décadas en la
exploración de procesos
de exclusión social como
la discriminación racial
y de género, en los que
el capital cultural
cubano heredado a partir
de la introducción
forzada de los negros
esclavos a la Isla, ha
constituido una de las
matrices fundamentales.
Al despuntar en los 80,
el discurso artístico de
María Magdalena se
componía
fundamentalmente de la
recreación de
contradicciones
históricas irresueltas
alrededor de la mujer y
el negro, apoyándose en
elementos de la religión
afrocubana y el
erotismo.
La Campos Pons, nacida
en el 1959 del triunfo
revolucionario en la
devota provincia de
Matanzas, se utilizaría
a sí misma, a su madre,
amigos y vecinos negros
y creyentes, para
representar un universo
marginado que aún no
había encontrado la
posibilidad de ser
reivindicado justamente.
Si bien la Revolución
Cubana declaró desde sus
inicios el rechazo a la
discriminación, el
proyecto de emancipación
femenina se adelantó al
de la batalla contra el
racismo, que continuaba
manifestándose de forma
solapada.
“Hablé de relaciones
raciales cuando nadie lo
hacía porque participé
de eso —apunta María
Magdalena—. ¿Dije que
había racismo en Cuba?:
sí y no. Yo pude
estudiar una carrera y
mi madre nunca pudo ser
maestra como quería,
porque había mucho más
racismo antes; pero vi
racismo cuando estudié
mi carrera. Lo que
aprendí en todos estos
años es a hacer cosas,
no a quejarme.”
Las mujeres negras, no
obstante, aportaban un
doble énfasis a la
denuncia de la artista:
no solo la sociedad
mantenía una fuerte
estructura patriarcal,
sino que la propia
religión presentaba en
algunos casos carácter
prohibitivo para las
féminas. De tal modo,
abordar el cosmos
femenino permitía a
María Magdalena —también
lo haría con maestría la
pintora
Belkys Ayón— poner
al descubierto el
imaginario, la
sabiduría, los deseos y
las frustraciones de un
grupo que no había
tenido oportunidad de
expresarse con
autonomía.
El propio cuerpo de la
artista sería muchas
veces el conducto
principal para traslucir
las marcas de identidad
de aquellas mujeres, el
terreno principal de
resistencia a los
prejuicios y la
discriminación, el mapa
más exacto para
encontrar la ruta del
africano desplazado.
María Magdalena, como
Lydia Cabrera en su
libro El Monte,
entiende que no se
comprenderá a nuestro
pueblo sin conocer la
influencia del negro:
“Trato de que mi trabajo
también recupere la
memoria. No porque esté
interesada en el pasado,
sino porque sin
entenderlo no se
resuelve el presente y
tampoco se avanza hacia
el futuro. Trato de
trazar esa línea entre
los dos tiempos con
materiales y formas
siempre diversos. En su
decodificación están
todas las posibilidades,
respuestas,
cuestionamientos,
soluciones, todo a lo
que aspiro”.
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La instalación Tra…,
durante la IV Bienal de
La Habana, se valió de
la imagen de los barcos
negreros y la trata para
aludir a remanentes de
la transculturación, la
tragedia del esclavo y
el tránsito, ideas que
la artista retomaría con
posterioridad en
trabajos como los de la
serie
History of People Who
Were Not Heroes
(1994), cuya segunda
parte,
Spoken Softly with Mama
(1998), introduce el
elemento familiar para
contrastar los
macrorrelatos de la vida
con los microrrelatos
cotidianos.
“Me interesa el rito
cotidiano, las cosas
simples: cómo pones un
vaso sobre una mesa,
cómo miras desde la
ventana el horizonte o
su ausencia, cómo las
personas se relacionan
cada día, cómo hay
elementos de delicadeza
y magia en la intimidad,
en la proximidad. Todo
eso que uno toma como
regalo de cada día, es
precioso, único,
irrepetible. Con todos
esos gestos pequeños,
trato de conformar una
propuesta que los haga
trascender; pero al
mismo tiempo, que se
convierta en alerta
crítica.”
Para convivir con los
rituales contenidos en
sus exposiciones, María
Magdalena protagoniza
performances. El que
concibió para la
exposición 1478 MB,
de Casa de las Américas,
ayuda a comprender las
resultantes de las
últimas indagaciones de
la artista. Desde su
traslado a EE.UU, la
partida, el desarraigo y
la distancia pasaron a
ser también ejes
centrales de la obra de
Campos, quien insertó su
vivencia migratoria en
el tratamiento del tema
del esclavo africano.
Las tiras de tela azul
rajadas a la entrada de
la galería de esta
última muestra, evocan
el sonido nostálgico del
mar y el desgarramiento
de las despedidas. Los
pedazos de tela, sin
embargo, se van anudando
poco a poco en busca del
regreso y la
reconciliación, mientras
la voz de la artista
pide “más manos, más
trapos, más amigos”.
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María Magdalena ha
comenzado a trazar la
ruta de regreso de
Boston a La Habana y de
Boston a Matanzas, su
provincia natal. Desde
el título de la
exposición, cuenta las
millas que hacen la
distancia. En la sala
más amplia de la
galería, colocó la
instalación que da
nombre al conjunto e
hizo amarrar sus dos
extremos con los mismos
trapos azules que
permiten imaginar el
agua. De un lado, la
ciudad de la enorme
Massachussets sobre una
tabla que sobrevivió a
un naufragio; del otro,
La Vega, cercana a
Jagüey Grande, descansa
sobre una puerta. Sobre
ambas superficies ha
colocado copas de
vidrio. El emigrado, la
fragilidad de la
esperanza, el esfuerzo,
la permanencia. Todo
untado con manteca de
corojo, encomendado a
los orishas.
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En EE.UU. la artista ha
cobrado mayor conciencia
de su identidad
transculturada. A su
inserción en la sociedad
se añade su condición de
latina, un asunto que ha
sido también abordado
durante la presente
edición del Premio Casa
de las Américas: “En mi
obra convergen
proximidad y distancia.
Se mezclan con todas
esas condiciones de la
latinidad, el ser mujer…
He tratado de
entrelazarlos y de
pulsarlos. Es un proceso
interesante, porque
cuando estoy en los
EE.UU., no soy
considerada
afroamericana, sino
afrocaribeña o cualquier
otro tipo de
denominación similar. Se
establecen estas
tensiones que enriquecen
y que te plantean
siempre oportunidades
para nuevos
cuestionamientos”.
Atravesada
constantemente por
iconos y referentes de
la religión yoruba, en
la exposición de María
Magdalena destaca la
presencia de Eshú-Elegguá,
la deidad que abre los
caminos, a quien dedica
el conjunto “Corner”, de
predominantes negro y
blanco, donde relaciona
las imágenes de un pie y
el garabato, atributo
distintivo del orisha.
El garabato aparece
recurrentemente en otras
piezas y constituye uno
de los elementos que
apoyan el performance de
inauguración.
Predominan también los
motivos orientales en la
muestra, que resaltan la
multiplicidad cultural
como componente esencial
de la identidad de los
sujetos contemporáneos.
Muchos de los retratos
que la artista plasma en
polaroid a color sobre
el oru (cielo) azul e
infinito, se combinan
con alusiones a la
sensualidad de las
geishas o con el
significado erótico de
la figura del cisne.
Las fotografías se
asemejan a los
performances congelados
de René Peña, uno de los
artistas que ha exhibido
su obra, como María
Magdalena, en varias
ediciones de la
iniciativa Queloides,
sobre la raza y el
racismo en el arte
cubano contemporáneo.
Mientras Peña vincula la
figura del negro con el
consumismo para
referirse a la
construcción de la
identidad, Campos la
relaciona con la
situación del emigrado
que se refugia en su fe
religiosa, una línea que
la emparienta con el
trabajo de
Meira Marrero y José A.
Toirac, otros dos
artistas que
intervinieron en
Queloides.
Tanto las fotografías
identificadas, como
“Mensajero I, II y II”,
o el video en tres
canales (“Intensity”),
permiten a la artista
prevenir a los
agnósticos, como lo hace
El Monte: “Toda
cosa aparentemente
natural excede los
límites engañosos de la
naturaleza: todo es
sobrenatural”.
Las piezas de la
exposición —armadas a
partir de materiales que
María Magdalena
recolectó en Cuba—
representan también los
remanentes de su vida en
la Isla y de una vida
más allá del océano a
través de sus
antepasados. En una de
las obras de la serie
“Tree of life”, las
trenzas del cabello de
una mujer negra trazan
una línea entre las
fotos de una ceiba y una
palma real, el árbol en
el que se les entregan
las ofrendas a los
orishas y el árbol
nacional de Cuba,
respectivamente. En el
centro del recorrido
entre tiempos y
cosmovisiones
aparentemente distintas,
aparece el rostro de una
anciana negra, a quien
le ha tocado heredar y
construir.
“Dreaming of an island”,
compuesta por cuatro
fotografías, muestra a
otra mujer negra de
espaldas a la cámara,
con los ojos puestos en
un paisaje lejano que se
perderá luego en un
tejido de trenzas
similar al de
“Constelaciones”, una
obra donde la artista
acude a la fotografía
abstracta.
La exposición de María
Magdalena, ensartada por
el componente ilusorio,
obliga a cerrar el
círculo de la
reivindicación de los
derechos, la historia y
las identidades del
negro, del emigrante y
de la mujer en la
realidad que ella misma
ha descrito: “Los
caminos atrapan, los
caminos son largos, los
caminos duelen”.
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