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El costarricense Quince
Duncan lee relatos
fabulosos. En una breve
pausa a la revisión de
obras en concurso, comparte con nosotros
sus propios textos.
Mientras lo hace,
interpreta los
personajes como si los
habitase. No vive en
Puerto Limón, como nos
complacería descubrir;
pero como un Marcus
Garvey de nuestros días,
ha dedicado los suyos a
hurgar en tierras
americanas buscando a
los hijos de África: de
cualquier tiempo,
geografía y color, para
cocinarles luego en
fabulaciones tan
exquisitas como las que
ahora escuchamos.
He llegado tarde: le
oigo mencionar a Rosa
Parks, a Mariana
Grajales, a Martin
Luther King, a los
principales hombres de
la Revolución Haitiana.
Me desconcierta la
pluralidad, pero en
tanto sujetos
literarios, todo está
claro: ellos dialogan,
aman, yerran, se
arrepienten, pelean. El
escritor asume la
diáspora africana desde
sus potencialidades
infinitas para
comunicar, desde sus
resortes narrativos. La
verdadera historia de
los negros en América
hemos de componerla los
lectores. O no. A esta
hora, cuando he leído ya
casi todo su libro y
advertido la serenidad
con que degusta las
obras en concurso, creo
que ni siquiera se lo
propone. Quince Duncan
es aún más ambicioso.
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En Un mensaje de
Rosa, el relato
sobre un supuesto
encuentro entre Mariana
Grajales, madre de
Antonio Maceo, y José
Martí, ¿cuánto tiene de
realidad y cuánto de
fabulación?
El encuentro se dio en
Jamaica, en un momento
en que ambos cubanos
estaban exiliados. El
interés de Martí era
encontrarse con Antonio.
Qué se dijeron, ya es
recreación mía,
auxiliado de algunos
elementos de realidad.
Por ejemplo, a Mariana
le decían “la negra que
sonríe”, “la negra que
nunca llora”, y con esos
detalles me aventuré en
la ficción.
Un mensaje de Rosa
es una obra literaria
que está hecha a partir
de relatos, pero es una
novela. Narra la
historia de una familia
africana, una pareja que
espera noticias de sus
hijos que partieron de
aquel continente hace
cientos de años.
Cansados de esperar, el
esposo promete que en un
mes tratará de averiguar
qué fue de ellos.
Durante ese tiempo,
suceden todos estos
relatos. Los personajes
del libro son los
descendientes de esa
familia africana:
Mariana Grajales, Martin
Luther King, Marcus
Garvey….
¿Martí?
Si vemos sus ideas, fue
casi un
afrodescendiente,
claro.
En el libro, los
protagonistas son
personajes reales que en
sus distintos tiempos y
países, lideraron
experiencias
anticoloniales,
antirracistas… Uno de
ellos es Rosa Parks,
quien decidió nunca más
sentarse en el asiento
de atrás de un autobús.
Con su mensaje cierra el
libro. Fue un trabajo de
investigación muy
fuerte.
¿Le apasiona la
investigación en sí
misma o como material
para fabular?
Investigar es
apasionante, pero
fabular es incomparable.
Ahora mismo estoy
escribiendo un ensayo y
me doy cuenta de que
está tomando rumbos
literarios. En él
propongo superar el
término “raza” sin
adoptar el de “etnia”,
porque existen muchas
diferencias étnicas.
Entonces, ¿qué somos?:
de la misma forma que
nos referimos al pueblo
latinoamericano,
propongo que nos
refiramos a un pueblo
afrodescendiente. Sería
un ensayo sobre eso,
pero lo he convertido en
un diálogo y no me
arrepiento, creo que es
la mejor forma de que
llegue el mensaje a la
gente.
Si hablamos a/sobre
los hijos de África,
¿qué mejor recurso que
el de los griots?
Exactamente. La palabra
es la forma, la
narración es la forma.
En Un mensaje de
Rosa, precisamente
en el relato que
transcurre durante la
Revolución Haitiana, uno
de los personajes (una
mujer negra) le dice al
amor (haitiano blanco)
que ha quedado atrás:
“pudimos haber
construido un país”. Y
uno siente que esa
construcción de la que
habla no es solo
política, ni siquiera
geográfica, sino una
construcción también
espiritual: pudimos
haber construido
familia. ¿Cuánto cree
usted que el pueblo
afrodescendiente ―para
ir ya apropiándonos del
término― ha podido
concretar esas
construcciones
políticas, sociales y
espirituales que lo
harían definible como
tal?
Resulta que, ante todo,
hemos de reconocer el
aporte de este pueblo a
la construcción de los
nuestros. Primero, en
relación con el trabajo.
En las espaldas de los
africanos y sus
descendientes se creó
gran parte del andamiaje
capitalista. No fue más
que la acumulación de
riqueza a partir de mano
de obra gratuita,
esclava. Luego está la
cuestión cultural. Lo
vemos en Cuba, por
ejemplo, donde aún uno
puede apreciar la
cantidad de ritmos
musicales que se
escuchan aquí. Lo mismo
sucede con las
tradiciones orales y en
el campo religioso.
Mucha de la
espiritualidad
latinoamericana es
espiritualidad afro,
sobre todo en aquellos
países donde hay una
buena presencia de
descendientes de ese
continente. Ha habido
aportes en el campo de
la política, de la
ciencia, etc.; pero en
relación con su rol en
la construcción de los
países de nuestra
América, el trabajo y la
cultura son lo
fundamental.
En relación con el
papel de los esclavos
negros en la
construcción de los
países occidentales y de
nuestro propio
continente, a partir del
trabajo, podría hacerse
un análisis similar con
las comunidades
originarias americanas,
exterminadas en su gran
mayoría durante un largo
proceso de construcción
de riqueza sobre sus
espaldas. Sin embargo,
cuando analizamos en
nuestros días los
conflictos de ambos
sujetos, la tendencia es
a separarlos. ¿Por qué?
Nuestros pueblos
originarios sufrieron
una catástrofe
poblacional. Fueron los
primeros sometidos al
trabajo esclavo. Los
negros africanos, como
sabemos, llegaron
después. El exceso de
trabajo disminuyó los
niveles nutricionales de
aquellos hombres y las
comunidades se empezaron
a diezmar con las
enfermedades europeas.
En Cuba, por ejemplo,
fueron eliminados en
pocas décadas. En
Centroamérica murieron
ocho de cada diez. Y
hubo también
desplazamientos: los
españoles tomaban
indígenas de
Centroamérica y los
llevaban a Sudamérica a
ayudarles en la
conquista de los Incas.
Piensa lo que significa
para un indígena
acostumbrado al trópico
que lo suelten en los
Andes. No sobrevivieron.
La reducción fue tan
drástica, que en esa
primera parte de la
conquista el “aporte”
del trabajo indígena fue
menor. Luego se produjo
una recuperación
paulatina de la
población indígena en
algunas regiones del
continente, sobre todo
hacia finales de la
Colonia. De cualquier
manera, el tratamiento
que se les dio a ambos
sujetos, en función de
su historia colectiva,
fue muy diferente.
En el plano político
se produjo también un
paulatino proceso de
visibilidad de ambos
sujetos, que se prolonga
hasta la actualidad.
Este año,
particularmente, fue
dedicado por la UNESCO a
los Afrodescendientes.
¿Cuáles son los
precedentes de este
hecho y, según su
criterio, cómo cree que
su repercusión se ha
hecho sentir en la
cartografía diversa que
contiene a ese pueblo?
Básicamente, el asunto
vino porque en el año
2000, en Santiago de
Chile, se habló por
primera vez del término
“afrodescendiente”. Fue
una propuesta que partió
de la propia comunidad
negra. Allí se
diagnosticó la situación
de estas poblaciones y
se llevó luego a la
conferencia de Durban,
al año siguiente, donde
se aprobó una
declaración y un plan de
acción. La estrategia
contemplaba una
evaluación a los cinco
años y otra a los diez.
La primera prácticamente
no se hizo, pero al cabo
de una década la
comunidad se dio cuenta
de que se había avanzado
muy poco. Si bien es
cierto que había
aumentado la conciencia
de que esta población
seguía siendo explotada,
marginada,
invisibilizada, excluida
en todos los países, se
había avanzado poco.
A iniciativa de la
delegación de Colombia,
encabezada por el afro
Pastor Murillo, se
propuso lo que le llamó
“el decenio de los
afrodescendientes”, pero
hubo que conformarse
finalmente con un año.
El objetivo fundamental
fue poner en primer
plano, otra vez, la
situación. Decir: aquí
hay un problema que no
estamos enfrentando.
Desde ese punto de
vista, creo que se
cumplieron los objetivos
del año. En casi todos
los países hubo acciones
dirigidas a crear
conciencia sobre este
problema latente.
Con ese problema, no
obstante, nos habíamos
estado engañando durante
mucho tiempo. Creímos
que si se resolvía
cierto dilema político,
de clase o económico,
desaparecería el
conflicto racial. Pero
el racismo no fue creado
por sistemas económicos,
sino como una ideología
colonial. Algunas de las
naciones que lo crearon
eran feudales, incluso.
Fue creado por las
mentes más brillantes de
Europa, de una forma u
otra. Esta ideología
está instalada en la
cultura occidental e
independientemente de
las ideologías
políticas, tenemos un
problema ancestral bien
enquistado. A veces uno
se encuentra incluso con
amigos a quienes no se
les puede acusar de
racismo consciente, pero
con ciertas actitudes
contradictorias. Sucede
como en el machismo. El
principal problema es
cultural, de modo que
también lo sufren los
aborígenes, los latinos
en los EE.UU. e,
incluso, los
latinoamericanos en
otras partes del mundo.
Un pensador salvadoreño
es blanco en su país e
indito en Buenos Aires.
El bonaerense, cuando va
a Europa, es un europeo
mientras no abra la
boca: una vez que habla,
se convierte en sudaca.
Hablamos entonces de un
fenómeno que ha permeado
la cultura y,
lamentablemente, tiene
efectos muy prácticos.
Algunos argumentan que
las razas no existen.
Claro, desde el punto de
vista biológico sabemos
que es cierto, pero es
un concepto social: es
real desde el punto de
vista social y reales
sus consecuencias. No me
discriminan por mi etnia
ni por mi clase social,
me discriminan por el
color. Por supuesto, el
término “raza” cambia
mucho de un momento
histórico a otro, de un
país a otro, pero tiene
esa esencia social.
En nuestro tiempo, no
podemos pensar que si
resolvemos el problema
de los negros pobres ya
está liquidado el
racismo. Ese problema lo
tenemos en común con
otras poblaciones. Lo
que nos define e indigna
es el racismo. El año ha
servido para darnos
cuenta de eso. Lo que
sigue a partir de ahora
está por ver.
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A raíz de este año,
como parte de las
“acciones”, han
proliferado los
estudios, las
convocatorias a premios,
las charlas; pero
estaría el peligro de
que se convirtieran en
modas académicas
pasajeras...
Tenemos la esperanza de
que las organizaciones
negras que existen y los
gobiernos que de algún
modo han tenido,
digamos, alguna
sensibilización, serán
nuestros aliados en
función de que no se
convierta esto en algo
pasajero. Los estudios
son necesarios porque en
América Latina la moda
ha sido negar el racismo
nuestro y advertir solo
el ajeno.
A la civilización
occidental a la que
pertenecemos, por suerte
o por desgracia, le
complacen las etiquetas.
De modo que, casi
simultáneamente, hemos
celebrado en nuestro
continente un Año de los
Afrodescendientes y el
Bicentenario de la
Independencia con pocas
incursiones en sus
vínculos…
Completamente. En parte
porque nuestra cultura
es eurocéntrica.
Tendemos a mirar con sus
ojos y todavía, a estas
alturas, hablamos del
“descubrimiento de
América”.
Nuestro racismo ha
tenido tres formas de
manifestación muy
claras, relacionadas con
eso: uno que llamo
eurofilia, que se
refiere a la enajenación
total por todo lo
europeo. Como
consecuencia de eso,
todo lo que no fuera
europeo era “bárbaro” y
toda diversidad o
etnicidad local fue
vista con desprecio. La
eurofilia y la etnofobia
conducen a un tercer
fenómeno: la endofobia,
una especie de complejo
de inferioridad. Nos
pasamos la vida haciendo
grandes esfuerzos por
parecer europeos. En el
libro que estoy
escribiendo, analizo la
Europa que idealizaron
nuestros próceres. Es
una Europa que venía
saliendo de la quema de
brujas y que justificó
la conquista de México,
entre otras cosas, con
el argumento de que
hacían sacrificios
humanos.
Esa crisis de identidad
afecta a los americanos.
Me alegro mucho, por
eso, al escuchar que en
el último censo de
Brasil, el 53% de sus
habitantes se considera
afrodescendiente. Es un
paso increíble. Hace
poco eran mulatos y un
montón de categorías.
¿El término
“afrodescendientes” es
reconocible para la
mayoría de la población
negra o es el que se usa
en ausencia de otro más
claro?
El término surge desde
dentro, es histórico.
Algunos dicen: no, somos
afrocolombianos,
afroecuatorianos… Es
igual. Ya al decir
“afro” estamos
reconociendo una raíz
común. El término se
acuña para reconocernos
en el sistema de
Naciones Unidas. Surgió
primero para los
afrolatinos y hoy lo
usan hasta los negros de
Turquía. Algunos aún lo
ven excluyente y en ello
hay dos consideraciones:
los términos se definen
por la manera en que los
usamos. Por ejemplo,
¿por qué decimos
“continente europeo” y
“continente asiático”,
cuando es una misma masa
de tierra? Pues porque
así se definió. El
término
afrodescendientes indica
simplemente que
descendemos de la
esclavitud
trasatlántica, de un
África histórica, aunque
pertenezcamos a las
construcciones de
nuestros propios países.
¿Un Marcus Garvey en
el siglo XXI no tendría
las mismas resonancias,
entonces?
Las circunstancias han
cambiado mucho. Primero,
está clara la idea de
que los africanos no son
afrodescendientes: son
africanos. Somos
hermanos, pero no es lo
mismo. Por eso defiendo
que la afrodescendencia
es una especie de
panetnia, una etnia
global. Es una sombrilla
donde caben todas las
opciones.
Algunos prefieren
llamarse “negros”. Muy
bien: el “negro” no
existía cuando los
africanos llegaron a
este continente, éramos
yoruba y otras
denominaciones; no
existía el blanco, eran
escoceses, aragoneses;
no existía el indígena,
eran mayas, toltecas… O
sea, aquí se crearon
esas categorías raciales
y se les dio
connotaciones erradas,
discriminatorias,
determinados atributos
intelectuales o formas
emotivas a cada una. Son
construcciones
perversas. Se utilizaron
para ello
características
biológicas,
transmisibles.
Una vez, en un congreso,
había un biólogo
eminente que afirmaba
con toda convicción que
las razas no existen.
Ante su pedantería, me
levanté y pedí a una
rubia que estaba sentada
en la primera fila que
también se pusiera de
pie. Me paré a su lado y
le dije al
conferencista: “doctor,
usted cree que si ella y
yo hacemos pareja y
hacemos un buen
esfuerzo, ¿podemos tener
chinitos?”. Me refiero a
que esos marcadores
genéticos fueron usados
de manera aberrada para
justificar
discriminaciones y
segregaciones.
En la generalidad de
lo que ha leído entre
las obras en concurso,
¿ha advertido alguna
tendencia a trascender
ese peligro de las modas
en relación con el tema?
Al menos, en algunos.
Así mismo pasa si
miramos a todos los
sujetos que intervienen
en este fenómeno.
Miremos los políticos,
por ejemplo. En el caso
de Brasil, aunque el 53%
de los brasileños se
apuntó en el censo como
afrodescendientes ―lo
cual hace de ese país el
de mayor número de
afrodescendientes en el
mundo― el apoyo
gubernamental es
bastante tibio. Fue como
cuando eligieron a Obama
y mucha gente empezó a
dibujar figuras en el
aire. ¡Es el presidente
del imperio, y ni
siquiera tiene el poder!
No sé si quiere, pero
aunque quisiera, no
puede hacer nada.
Usted se muestra, sin
embargo, bastante
optimista en relación
con el panorama actual
de las luchas raciales,
antidiscriminatorias…
Y no creo pecar de
ingenuo. Creo que
hablamos de un proceso
que empezó con Rosa
Parks. Al menos, la
destrucción de lo que
llamo el racismo real y
doctrinal. Han querido
vendernos muchas cosas
como racismo:
etnocentrismos, pleitos
entre los mismos grupos
raciales, resentimientos
religiosos… “Los mismos
negros son racistas”,
nos dicen. Yo hablo del
racismo doctrinario,
creado con propósito de
dominación colonial. La
batalla final contra eso
empezó cuando Rosa se
negó a sentarse en la
parte trasera del
autobús, y concluyó
cuando Mandela tomó el
poder en Sudáfrica y
comenzó la
desarticulación
definitiva del
apartheid.
Estamos como cuando
termina toda guerra:
recogiendo la basura que
quedó. Puede que nos
queden cien años, no
creo que lo hagamos en
20. Probablemente yo
haya desocupado ya este
planeta. Pero como
sabemos cómo empezó el
racismo como producto
histórico, va a
terminar. La ley que
tenemos en este mundo es
que todo lo que empieza
termina.
Creo que la guerra está
ganada: hemos
sobrevivido, aquí
estamos. Quizá inventen
otra ideología, hemos
visto los intentos de
hacer más sutil el
racismo; pero las
condiciones objetivas de
su creación ya no están,
y la conciencia ha
alcanzado tal nivel que
nunca más podrán
formular un racismo
doctrinal. Repito:
estamos ahora recogiendo
la porquería que quedó.
Sobre todo en EE.UU., la
gente me escucha decir
esto y piensa que estoy
loco. Yo les recuerdo
siempre a un poeta que
recogió la sabiduría
popular en uno de sus
versos: ¿sabes, hijo?,
todas las estrellas han
partido; pero nunca se
está más oscuro que
cuando va a amanecer. |