|
En 1999, el Premio
Literario Casa de las
Américas pensó de sí
mismo: durante las
cuatro décadas que
habrían transcurrido
desde 1960, había sido
un cronista de la
literatura
latinoamericana y
caribeña. Le perdonamos
la “inmodestia”, porque
era justa. Y cuando ya
es historia su edición
53, podríamos entender
si dijese que su
existencia ha dado
cuenta, incluso, de las
pulsaciones sociales del
continente en el paso de
un siglo a otro.

El certamen que ocupó
los días entre el 16 y
el 26 de enero de 2012,
propició el habitual
encuentro entre
prestigiosos escritores
y artistas de la región,
a la vez que la
confluencia de estos con
los cubanos. Durante las
diez jornadas,
Jorgelina Cerritos
(El Salvador), Ángel
Norzagaray (México),
Orlando Senna (Brasil),
Víctor Winer (Argentina)
y Osvaldo Doimeadiós
(Cuba); Leonor Bravo
(Ecuador),
Carlo Frabetti
(Italia-España), Liliana
de la Quintana
(Bolivia), Avelino
Stanley (República
Dominicana) y Nelson
Simón (Cuba); Regina
Crespo (Brasi), Evando
Nascimento (Brasil) y
Rodolfo Alpízar (Cuba);
Arnold Antonin
(Haití), Francis Combes
(Francia) y Laura Ruiz
(Cuba);
Juan Flores (Puerto
Rico),
Lisandro Pérez
(Cuba-EE.UU.) y Renato
Rosaldo (EE.UU.);
Quince Duncan (Costa
Rica),
Rita Laura Segato
(Argentina) y Esteban
Morales (Cuba), tuvieron
a su cargo la evaluación
de las 377 obras en
concurso, distribuidas
en las categorías de
Teatro, Literatura para
niños y jóvenes,
Literatura brasileña,
Literatura caribeña en
francés o creole, el
Premio de estudios sobre
Latinos en los EE.UU. y
el Premio Extraordinario
de estudios sobre la
presencia negra en la
América y el Caribe
contemporáneos.
|
 |
Su estancia en la ciudad
de Cienfuegos (donde
transcurre la mayor
parte del tiempo de
lectura de las obras),
permitió
fundamentalmente que
estos intelectuales se
conociesen entre sí, que
cruzasen informaciones y
visiones sobre sus
respectivos países y
campos de estudio.
Luego, ya de vuelta a la
Casa, muchas de esas
conexiones fueron
compartidas con el
público que asistió en
las tardes a la sala
Manuel Galich.
Se debatió allí sobre
lengua y cultura en la
creación artística del
Caribe, sobre los
avatares que significa
en el continente pensar
y practicar hoy la
dramaturgia, sobre la
producción cultural
latina en EE.UU, sobre
los desafíos que
presenta —para el
pensamiento, tanto como
para la política— la
conclusión de todo un
año dedicado a los
afrodescendientes. Se
cruzaron campos
literarios y el
resultado, además del
que cada quien pudo
haber guardado como
memoria de esta edición,
luce justamente por su
capacidad de asombro.
Aun en pleno siglo XXI,
las Américas y el Caribe
siguen siendo un
escenario en
construcción, desde el
punto de vista social y,
a su vez, desde el
espacio de la creación
artística y literaria.
La charla con los
teatristas que
integraron el jurado dio
cuenta de una
Latinoamérica que se
piensa una; pero cuya
realidad social impone
establecer demarcaciones
analíticas entre sus
territorios: ni siquiera
en la producción
dramatúrgica, pueden
compararse el Cono Sur
con Centroamérica, o el
Caribe con la América
del Norte. Es una verdad
de Perogrullo, como
solemos decir, pero que
hizo de la intervención
de la salvadoreña, por
ejemplo, un momento
clave entre los paneles
de esta edición: más
hacia el sur del
continente, desde hace
décadas, los teatristas
llevan a escena o al
papel sus luchas
sociales y políticas,
casi hasta el punto de
hacerse recurrente en
cualquier antología; sin
embargo, advierte
Jorgelina, en un país
como El Salvador aún no
hemos empezado.
El reto a pensarnos el
ámbito de la creación
literaria como un
espacio dinámico y
diverso resulta además
un reto para el propio
Premio. Lo invita a
desconfiar de los
trazados de la Gran
Historia o de las
cartografías culturales
que se nos proponen como
ciertas. Como hace
Galeano en sus
Espejos,
justamente. En sus
palabras de inauguración
y en los
momentos que compartió
por esos días en la
Casa de las Américas, el
escritor uruguayo
insistía en que esta, su
Casa, se mantiene como
aquel centro misterioso
al que un día le deseara
un Premio Nobel de
Física, por su capacidad
de hacer que cohabiten
en su mismo espacio
físico todos los hijos
de América. Y hacer que
cohabiten en la
diferencia, ¿qué premio
representaría?
|
 |
Como en la exposición
que nos regalara la
artista cubana
María Magdalena
Campos-Pons, su
primera en la Isla desde
que se radicara en
EE.UU, en 1989, frente
al mar todo ha sido
posible. Con su propio
cuerpo, Magdalena ha
trazado cada una de las
mil 478 millas que
separan a Matanzas, su
ciudad natal, de Boston,
donde ahora reside. La
memoria y la apropiación
desde el arte del
fenómeno de la migración
como un proceso
cultural, irrepetible
como es la experiencia
de cada sujeto que la
corporiza, hicieron de
esta propuesta de
Campos-Pons un eje
de articulación entre
dos de las convocatorias
de este Premio: los
estudios sobre latinos
en los EE.UU., y los
dedicados a indagar por
la presencia negra en
las Américas y el Caribe
contemporáneos. Pensados
y asumidos, usualmente,
como procesos
independientes, aun
cuando se crucen en
algún sitio de sus
caminos, ambos fenómenos
encontraron en esta
edición un correlato
artístico que les
emparenta desde la
emoción. Quizá haya sido
la mejor respuesta a la
pregunta que uno de los
paneles formulaba:
un Año Internacional de
los Afrodescendientes,
¿y después qué?
|
 |
Los premios fueron
anunciados en la última
noche, como es habitual.
Los Especiales y
aquellos galardonados en
cada categoría: nueve
libros que podremos ver
impresos dentro de un
año y saborear con la
certeza de que leemos
desde el presente
nuestro propio entorno
en construcción.
|