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I
Para K.
Dos importantes figuras
del teatro cubano nos
dejaron recientemente,
demasiado en la sombra.
El 2012 teatral se abrió
con la triste noticia de
la muerte, en su
Santiago de Cuba, de
Ramiro Herrero Beatón,
justo cuando se abre un
año conmemorativo por el
centenario de Virgilio
Piñera, de quien él tomó
Dos viejos pánicos
y la devolvió lustrosa
como una formidable
puesta en escena, en la
cual brillaron Nancy
Campos y Dagoberto
Gaínza.
Ramiro desplegó una
intensa labor en varios
frentes, todos imantados
en torno al teatro.
Profesor dentro y fuera
de Cuba, escribió libros
y artículos para
distintas publicaciones
nacionales sobre la
historia del teatro en
Santiago. Tablas
lo tuvo entre sus
páginas y entre los
colaboradores
primordiales de nuestro
coloquio “Teatro de
relaciones, de ayer a
hoy”, que realizamos
hace algún tiempo en la
Casa de las Tradiciones,
en el Tivolí.
Su contribución esencial
fue, sin dudas,
participar del esplendor
del Cabildo Teatral
Santiago donde dirigió,
entre otras, De cómo
Santiago Apóstol puso
los pies en la tierra
y Cefi y la muerte,
ambas de Raúl Pomares,
las dos insoslayables en
la poética del teatro de
relaciones creado por
esta gran agrupación.
Años después dirigió la
polémica Asamblea de
mujeres y en la
“era” de los proyectos
fue cómplice de varios
de ellos y lideró Gestus,
agrupación con la que
realizó sus últimas
puestas en escena.
Valdrá la pena rescatar
y reunir sus textos de
creación y de
pensamiento, pues
resultarán
imprescindibles para
seguir la valiosa saga
del teatro santiaguero,
la que él mismo
contribuyó a escribir,
en un doble sentido,
como uno de sus
protagonistas.
II
Para
E.
El 25 de diciembre
pasado, en su natal San
Antonio de los Baños,
actual provincia de
Artemisa, falleció Félix
Dardo.
Pícaro como era,
cuentero natural, hombre
de un gran sentido del
humor, imprimió esas
marcas en lo que fue la
mayor realización de su
vida: el grupo Los
Cuenteros. Aunque no
estuvo en el debut del
colectivo, entró tan
pronto que se considera
igualmente fundador del
colectivo que luego
dirigió, lideró y
sostuvo por 40 años.
Desde La guarandinga
de Arroyo Blanco o
El extraño caso de la
zorra gallina
disfruté sus
espectáculos que traían
siempre el olor de la
campiña cubana en su
particular manera de
proyectarse mediante el
comportamiento y el
decir sabichoso de los
títeres, la natural y
desenfadada actuación y
la veta cómica, hasta
hilarante, de las
situaciones.
Como director, Félix
“Dardo” Santos,
conseguía ese estilo sea
cual fuere la
procedencia del texto.
No olvidaré sus
acostumbradas
introducciones, ataviado
con boina o sombrero,
antes de cada función de
sus montajes. Con ellas
dejaba listas las
coordenadas desde las
que el público, infantil
o adulto, debía asimilar
la representación.
Parece que su condición
de hijo de San Antonio
de los Baños lo había
flechado con el humor.
En los últimos años
eslabonó una cadena de
puestas en escena que
recogieron bien ganadas
distinciones, en
especial en el Festival
Nacional de Teatro de
Camagüey. Entre otras
Romelio y Juliana,
El barrio de la
Martina y Arroz
con maíz, de
distintos autores
cubanos, son ejemplo de
ello.
Pero hay un factor que
me admiró más al conocer
de cerca al grupo en
fecha reciente. Y es
cómo Dardo, junto con
los de más experiencia,
conseguía con
“facilidad” esa marca de
agua de Los Cuenteros en
los jóvenes actores
recién incorporados al
mismo y muchas veces sin
formación previa alguna;
signo de su talento y
dedicación.
También recordaré a
Félix Dardo haciendo
chistes, ese don tan
particular. Animando con
sus cuentos las noches
de cualquier evento en
provincia con su popular
estilete humorístico en
la punta de la lengua.
Su autenticidad no será
nunca vacío si Los
Cuenteros mantienen
—y
renuevan a su debido
tiempo—,
una estética que ellos
representan como nadie. |