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La investigadora cubana
Zuleica Romay piensa, escribe y
siente el continente
desde la mirada de los
más desfavorecidos. No
solo porque haya ganado
el Premio Extraordinario
de Estudios sobre la
presencia negra en
América y el Caribe
contemporáneos en la
edición 53 del Premio
Casa de las Américas,
que ya es un indicio
considerable, sino
también y,
especialmente, porque
reflexiona sobre la
reproducción de
prejuicios raciales que
con frecuencia subyacen
encubiertos en
los procesos
socioculturales.
En su investigación
Elogio de la altea o las
paradojas de la
racialidad, la
ensayista intentó
comprender los motivos
por los cuales, incluso
en el contexto de un proceso de
transformación social
como la Revolución
Cubana, aún perviven
estereotipos inferiorizantes.
Propósito que le tomó
cuatro años de su vida y
manosear numerosos
volúmenes sobre Historia
de Cuba, los clásicos
del pensamiento social
cubano y, sobre todo, la
obra de Fernando Ortiz.
Se sirvió, además, de
reflexiones de otros
ámbitos del continente:
Brasil, Colombia, Perú,
México, etc.; así como
de los informes de
organismos
internacionales.
Aunque no es un libro
autobiográfico, emplea
anécdotas personales
para argumentar su
tesis, pues aseguró que
en temas como el
presente, en los cuales
la sociedad busca
respuestas a sus
problemáticas más
complejas, el
intercambio resulta de
vital utilidad.
Esto evidentemente
impresionó al jurado.
Pues decidió otorgarle
el máximo reconocimiento
en la categoría “Por la
coherencia temática y
unidad del proyecto, por
tratarse de una
narrativa histórica en
que la autora se coloca
plenamente como sujeto
de una experiencia
histórica de la que
habla con conocimiento y
fundamento documental,
así como una
investigación propia, en
la que sobresale una
prosa de excelente
estilo”.
En declaraciones a la
prensa, la autora develó
el origen del título. La
altea
—una
especie de confitura
revestida de chocolate,
con crema blanca por
dentro—
era
un dulce muy popular en
Cuba en los 80.
“Mis compañeros en la
beca (instituto preuniversitario)
me llamaban altea
porque, decían, yo era
negra por fuera y blanca
por dentro: algo que al
principio me daba risa,
pero después no tanto”.
Y agregó: “En la
adultez, y con los
estudios, me di cuenta
de que aquel sobrenombre
cariñoso reflejaba la
existencia y
reproducción en la
sociedad de un
prejuicio.” |