Sara González -voz
imprescindible para la
Canción cubana y
latinoamericana-, "La
Gorda", como le
llamábamos todos, se
nos ha ido, ha muerto
este miércoles primero
de febrero, en La
Habana.
Para múltiples
generaciones de cubanos
el canto generoso de
Sara era sinónimo de
cubanía, de
celebraciones, de
victorias, de patria. El
26 de diciembre, quienes
volvimos a ver a Sara en
El Patio de la gorda, su
querido espacio de
descarga en la calle A
de El Vedado, pensamos
que estaría entre
nosotros aún por mucho
tiempo. Allí, sus
amigos, músicos,
escritores, pintores,
fotógrafos, gente del
pueblo, le hicieron
sentir el cariño de
quien ha sido parte
imprescindible de la
historia de la cultura
cubana.
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A principios de los
70, Sara González formó
parte del grupo Los
Dimos e hizo dúo con
Pedro Luis Ferrer.
Conoció por ese entonces
a Silvio Rodríguez y
Pablo Milanés, quienes
la animaron para que
musicalizara los Versos
Sencillos de José Martí.
De ese modo surgió su
relación con la Nueva
Trova y así grabó
también su primer disco.
En 1972 se incorporó al
Grupo de Experimentación
Sonora del ICAIC (GESI),
dirigido por el
reconocido guitarrista y
compositor Leo Brouwer.
A inicios de los 80
formó junto con Virulo,
Carlos Ruiz de la
Tejera, Jesús del Valle
y otros, en el Conjunto
Nacional de
Espectáculos, una
vertiente satírica del
teatro musical.
En 1984 estableció un
taller de
experimentación con
músicos sin formación
profesional a quienes
acogió como sus alumnos
y se convirtieron en el
grupo Guaicán.
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En diciembre de 2010,
La Jiribilla
acogió la
exposición
Formato Roto,
de la artista de la
plástica Diana Balboa,
su compañera por más de
20 años. Sara estuvo
pendiente de cada
detalle de aquella
exposición donde
instrumentos musicales
tornábanse, gracias a
las manos de Diana, en
obras de arte. Arte y
música, la exposición
era una conjunción de
sus vidas. Conversadora
y jocosa, Sara veló por
el montaje de las
piezas, y disfrutó,
jugando dominó entre
amigos, el día en de la
clausura.
Había que escucharle
hablar de Cuba, había
que mirarle a los ojos
cuando recordaba
anécdotas sobre Fidel.
Ella era ―y es― la
lealtad misma. Así, con
la risa amplia, el humor
a flor de labios y esa
consagración a esta
Isla, a su patria,
queremos recordarla
siempre, porque a Sara,
como a su propio canto,
como ella misma nos
dijera tantas veces, se
le debe recordar sin
llanto. |