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Berta:
El 27 de febrero del
2007, empezó el
aparecido a
atormentarme. La primera
vez que lo vi, sentado
en la entrada de la
cuartería miraba hacia
delante muy concentrado,
como si esperara algo.
Supe que estaba muerto
porque tenía los ojos en
blanco y estaba desnudo.
Eran casi las seis de la
tarde, hora en la cual
los muchachos juegan
futbol y la calle está
llena de adultos que
regresan del trabajo o
van a sus negocios.
Nadie se daba cuenta.
Solo yo lo percibí, muy
fuerte de cuerpo, tenía
tatuado un escorpión en
el hombro derecho y una
serpiente alrededor del
ombligo, era alto y
hubiera sido bonito si
una herida de bordes
abiertos no le cruzara
el cuello de un lado a
otro. Se señaló la
herida con el índice de
la mano derecha y los
ojos llenos de lágrimas.
Yo eché a correr.
Ese día no comí.
—Se me apareció un
muerto en cueros —le
dije a mi madre.
—Tú siempre con tus
bromas —dijo ella—
deberías meterte a
humorista.
—En serio.
—Pues tráelo para que
cocine, tú no sabes
hacer nada y yo ya estoy
cansada de la peste a
manteca.
No corras,
me llamo Aramís y
soy de Cabaiguán,
me dijo la segunda vez
que lo vi, un martes de
mucho calor. Yo estaba
en la escuela y le había
pedido permiso al
profesor de Química para
ir al baño, no había
hecho más que sentarme
en la taza cuando se
aparece él y me dice
eso. Yo solo atiné a
mirarlo y a decirle,
tú no existes, luego
cerré los ojos y al
abrirlos ya no estaba,
cuando regresé al aula
estaba tan pálida que
parecía Michel Jackson.
—Ya te iba a mandar a
buscar —dijo el
profesor— pensé que te
habías ido por la taza
del baño.
—Me siento mal, vi un
muerto.
—Se nota —dijo él
con una sonrisa, pero
luego me autorizó a que
me fuera.
Fui para mi casa,
aproveché que mi mamá no
estaba, cogí dos
pastillas de diazepam,
me las tomé, me senté en
uno de los sillones de
la sala y me balanceé
hasta que las pastillas
empezaron a hacerme
efecto, entonces cuando
ya los ojos se me
cerraban, fui a
acostarme y allí en la
cama estaba el muerto.
—Me llamo Aramís y soy
de Cabaiguán, vine a
Cienfuegos buscando una
moto porque quería darle
la sorpresa a Araceli,
que me viera en moto
quería, pero ya vez, me
mataron y no encuentro
la forma de regresar a
mi pueblo y decirle que
estoy muerto, llego a la
terminal, pero no puedo
montarme en la guagua,
cuando pongo el pie en
la escalerilla la guagua
se hace humo y me vuelvo
a ver en esa casa donde
me hicieron esto.
El muerto se llevó la
mano al cuello y luego
pidió:
—Ayúdame.
Fragmento de la novela
La catedral de los
negros, de Marcial
Gala, Premio Alejo
Carpentier
de Novela 2012.
Marcial Gala.
Narrador
y poeta.
Es autor de los libros
de cuento Enemigo de
los ángeles (1991);
El juego que no cesa
(1993); Dios y los
locos (1995) y Es
muy temprano
(Editorial Letras
Cubanas, 2010), así como
de la
trilogía
Cienfuegos, capital del
mundo,
de la cual forman parte
además
Sentada en su verde
limón
y
Monasterio.
Es miembro de la
UNEAC. Su texto
La catedral de los
negros recibió el
Premio Alejo Carpentier
2012 en la categoría
Novela. |