|
Durante muchos años, los
latinoamericanos que
ansiábamos un destino
digno para nuestros
países, al menos uno que
no avergonzara a
nuestros próceres, a un
Simón Bolívar, a un José
Martí, vivíamos
avergonzados de lo que
era la Organización de
Estados Americanos.
La OEA, fundada después
de la Segunda Guerra
Mundial y a continuación
de las Naciones Unidas,
no podía ser otra cosa
que la suma de gobiernos
que la integraban.
Juan José Arévalo
hablaba del tiburón y
las sardinas, para
describir las
diferencias de poder y
las relaciones entre los
poderosos EE.UU. y las
repúblicas que, junto a
ellos, conformaban la
membresía del organismo
regional.
De este lado del mundo,
el gobierno
estadounidense y la
Agencia Central de
Inteligencia, habían
expulsado con absoluta
libertad a todos los
presidentes
latinoamericanos que
habían sido capaces de
molestar —así fuera en
lo más mínimo— a los
múltiples, diversos,
omnipresentes intereses
norteamericanos,
repartidos por todas las
esferas de la vida.
Liquidaron regímenes
nacionalistas como los
de Getulio Vargas en
Brasil, y Juan Domingo
Perón en la Argentina;
al democráticamente
electo Jacobo Árbenz lo
derrocaron por haber
hecho una reforma
agraria que afectaba a
la Mamita Yunai, la
dueña de todas las
tierras de Guatemala; a
Salvador Allende, el
Premio Nobel de la Paz
le organizó un golpe de
Estado regenteado por el
fascista Pinochet; a
República Dominicana la
invadieron —con el
pronto concurso de la
OEA— cuando los
constitucionalistas
quisieron reponer en la
presidencia al
libremente electo y
derrocado Juan Bosch. En
fin, la lista es
demasiado larga.
Pero la OEA cambió
porque cambió la mayoría
de los gobiernos
latinoamericanos, que ya
no son los alabarderos
que EE.UU. iba colocando
en el poder en nuestras
repúblicas.
América Latina ha creado
incluso la CELAC, una
unión de las repúblicas
latinoamericanas, sin
EE.UU. ni Canadá.
La que en estos tiempos
recuerda a la vieja OEA
es la Unión Europea,
integrada por gobiernos
de derecha o con algunos
regímenes
socialdemócratas que se
diferencian de los
conservadores en… nada.
Para calibrar cuál es la
Europa que existe hoy,
no hay más que leer la
página editorial del
ilustre diario español
El País.
En un reciente
editorial, el diario
español ve una agresión
a la causa de la
“dignidad” (le llama
“veto infame”) al veto
que en el Consejo de
Seguridad de la ONU han
dado Rusia y China a la
resolución que quería
convertir a Siria en el
próximo país invadido
por la OTAN. Para El
País, era una
resolución “moderada”.
Lo era también la que no
vetaron los dos países y
significó arrasar a
Libia con inacabables
bombardeos y linchar a
Muamar el Ghadafi. En
eso la convirtieron los
países de la OTAN, con
EE.UU. a la cabeza.
Ahora, el diario
madrileño ha descubierto
que “no es operativo” el
Consejo de Seguridad de
la ONU. No lo vio cuando
EE.UU. vetó por años el
ingreso de la República
Popular China en la ONU,
o cuando veta, en
solitario, cualquier
sanción contra Israel.
Menos mal que allí,
también con derecho a
veto, están Rusia y
China, para que los
EE.UU. no puedan hacer
lo que quieran con
cualquier gobierno que
no le satisfaga. Cuando
logra hacerlo, detrás
van los enanitos
europeos, acompañando a
su Snow White, que más
bien parece la reina
bruja. En fin, que ya
EE.UU. tiene una OEA de
repuesto. |