La Habana. Año X.
11 al 17 de FEBRERO
de 2012

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Nota para huérfanos de carrozas

Laidi Fernández de Juan • La Habana

Un escenario, ocupado por actrices y actores rotundamente neurotizados por las circunstancias, caracteriza al magnífico grupo de relatos que, bajo el sugerente título de Carroza para actores, Ediciones UNIÓN regala esta vez al público.
 

Aunque su autora, Karla Suárez, utiliza con acierto diferentes voces narrativas, y los cuentos aparecen agrupados según el orden de una sinfonía clásica, el hilo que enlaza a los protagonistas está permeado por una cierta neurosis que, como ya apunté, parece deberse más al entorno que a un desequilibrio endógeno, propio de cada quien.

De la primera parte, `Allegro ma non troppo´, integrada por tres breves historias, quisiera destacar la  manera en que, cumpliendo el objetivo para el cual sirve una introducción, se nos presentan a los tres primeros miembros de este abanico de seres discretamente desequilibrados que nos acompañarán en las 190 páginas del libro. Señalo que ninguno de los personajes resulta violento, alarmante ni obviamente esquizoide, sino que todos han sido bautizados por una suerte de varita mágica social que los convierte en peculiares, siempre dentro del círculo de la desdicha. Una mujer que colecciona personas, otra que escucha blues tras las paredes y una tercera que vive en París junto a un imbécil añorando La Habana, constituyen botones de muestra de a qué debemos enfrentarnos a partir del `Adagio´.

Quizá los mejores cuentos de los 12 del libro se encuentran en esta segunda parte, aunque es justo reconocer que otros de las siguientes secciones de la sinfonía merecen comentarios aparte. Me refiero a La estrategia, del `Andante´, y a Las notas falsas, del `Andante Cantabile´.

En `Adagio´, me parece reconocer digno homenaje a dos grandes maestros: O. Henry y Cortázar. El fracaso del encuentro entre un hombre y una mujer (“Fin de siglo”) recuerda a otra malograda reunión que no ocurre (“La cita”, de O. Henry), aunque cada una de estas narraciones se inscribe en el contexto que les corresponde. En “La cita”, dos amigos deben encontrarse después de 20 años, y en “Fin de siglo” son dos personas de sexo opuesto, dependientes de ordenadores. En ambos casos, se logra la necesaria tensión que, aunque prepara al lector para el desenlace, este resulta sorpresivo por la intensidad alcanzada.

El cuento que da título al libro es realmente sobrecogedor. En la misma cuerda de antihéroes y de antiheroínas, aquí son dos desgraciados quienes nos llevan de la mano hasta el oscuro sótano de una iglesia, donde la aspirante a actriz se consagra al máximo, conocedora y hasta feliz de la suerte que le espera. Una narración muy cinematográfica, al estilo de Black Swan, donde el arte supera al aspecto pedestre de la existencia humana, y exige el sacrificio más sublime. El último de los cuentos del ‘Adagio’, “La baby sitter”, narrado con voz masculina, rinde tributo al gran Cortázar (“…quizás por este afán de encontrar asociaciones, me recordaba a la Maga…”), a la vez que a O. Henry otra vez, despertando en nosotros una ternura insospechada, una complicidad que no esperábamos.

“La estrategia”, del ‘Andante’, sobresale entre los cuentos siguientes debido a la atmósfera de cinismo que se alcanza entre tres personajes ambiguos. Un sicólogo, una joven promesa de la literatura y una pintora cuya afinidad sexual no es develada hasta el final, componen un trío que juguetea con la perversión. Sin llegar a constituir un ambiente opresivo, es ciertamente una narración que a propósito mueve los hilos del retorcimiento, muy en contraste con el tono entre patético y dulce que alcanza “Las notas falsas”, del ‘Andante cantabile’.  

Me parece excelente que sea este cuento el que se encargue de cerrar el libro, como un modo de suavizar las aristas fuertes que las desdichas de sus otros personajes han mostrado. Aquí, un hombre —parecía una mujer quien narraba, pero no— es responsable de barrer el teatro cuando ya todos se han ido, y centra su labor en el acto de recoger las notas falsas, una verdadera osadía. Sin mostrar fastidio por su destino, este personaje, tan importante para el teatro como el mejor actor o la mejor intérprete de ópera, expone sus teorías como quien habla de  física cuántica, con todo el poder de la convicción y del conocimiento adquirido después de muchos años de estudio y de observación. Es una delicia escucharle decir, por ejemplo “¿alguna vez se ha puesto a pensar en la tristeza que deben sentir un Mi o un Si?” porque, sin lugar a duda, es este el final y no otro el que merece un libro tan majestuoso como “Carroza para actores”. Con una sensibilidad desbordada, concluimos el deleite de la lectura sabiendo que sí, que a este celador del teatro, tan neurótico como el resto del elenco pero convencido de su utilidad —a diferencia de los demás—, le asiste la razón al invocar una gran última sinfonía de notas falsas, porque es con ellas y no siempre con las buenas con las que se construyen las obras maestras.
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.