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El proceso de
transformación
Siempre hemos afirmado
que el concepto de
calidad de vida, como la
categoría más compleja
para acercarnos a un
determinado nivel de
bienestar, debiera
servirnos como estímulo
para crecientes
investigaciones
interdisciplinarias que
nos permitan articular
el conocimiento, con el
objetivo de alcanzar una
mayor calidad en los
proyectos. La urgencia
de estos estudios está
dada en que si no se
esclarece su objetivo,
poco podremos orientar
los trabajos. Al
finalizar este ensayo
proponemos una
definición operativa,
pero antes trataremos de
demostrar que en
condiciones de cambio
climático se torna más
importante esta
definición, ya que los
márgenes de error se
reducen sustancialmente
y los caminos de
libertad por los que
podemos transitar son
cada vez más estrechos.
Ante tal situación, la
imaginación social tiene
que aumentar y la
solidaridad humana
hacerse más intensa.
Definimos la cuestión
ambiental como la
interrelación
sociedad-naturaleza en
la continua
transformación de los
ecosistemas y
tecnosistemas, en
función de elevar la
calidad de vida. En
nuestro sistema
económico y social esta
interrelación se
orienta, esencialmente,
según la racionalidad
económica y genera
contradicciones que son
parte del ámbito del
estudio entre esta
finalidad y el logro de
una mejor calidad de
vida. Esta categoría,
junto con el buen vivir,
debe ser definida
teniendo en cuenta estas
contradicciones y la
lucha permanente para
superarla. En
condiciones de cambio
climático la
participación
comunitaria debe
controlar y reorientar
los procesos por la
reducción referida de
los márgenes de error
tolerables.
La interrelación
sociedad-naturaleza
conforma un todo
integrado. En ambos
conceptos se dan los
principios de la unidad
y la diversidad. En
cierto sentido, todo es
naturaleza, con
diferentes grados de
evolución. Pero, en otro
sentido, todo es
sociedad, ya que la
comprensión de nuestra
realidad exterior
depende de nuestras
propias sapiencias e
ignorancias y, por
tanto, es un
conocimiento social,
histórico y cambiante.
Pero también existe la
diversidad dada por el
grado de complejidad de
evolución material. La
naturaleza está mediada
socialmente y las
relaciones sociales se
dan en una estructura
natural a la que
modifica y por la que
son modificadas. El
saber ambiental necesita
reformular los avances
que han realizado las
diferentes ciencias. Por
ello, cuando nos
referimos a la sociedad,
utilizamos la categoría
de estructura económica
y social; cuando nos
referimos a la
naturaleza, empleamos el
concepto de ecosistema,
agroecosistema y
tecnosistema; y cuando
nos referimos al proceso
de transformación,
analizamos el proceso de
producción, distribu-ción,
cambio y consumo, desde
un ángulo ecológico,
económico y social.
Finalmente, cuando nos
referimos a la población
utilizamos los avances
realizados por la
psicología social, por
la antropología, por la
economía, sobre calidad
de vida y la relación
sujeto-objeto-necesidad,
y el proceso de
satisfacción de estas,
donde interactúan todas
las categorías
anteriores (ecológicas,
económicas y sociales).
La mediación social de
la naturaleza tamiza el
conocimiento de ella y
más aún los cambios que
se experimentan debido a
los cambios climáticos.
En esta situación los
sectores y países de
altos ingresos pueden
prever sus acciones con
mayor facilidad,
minimizar los impactos
negativos y aprovechar
los positivos. Esto
constituye, sin duda, un
factor discriminatorio
que la cooperación
internacional en la
materia no logra, de
ninguna manera,
balancear.
El proceso de
transformación que una
estructura económica y
social genera en los
ecosistemas puede ser
visto como un conjunto
orgánico de seis
momentos. En definitiva
se trata de la forma en
que las personas,
integradas en
sociedades, utilizan la
naturaleza para
satisfacer sus
necesidades, empleando
un instrumental y una
plataforma física y
simbólica, en un momento
y lugar determinado y
con relaciones sociales
determinadas.2
En un único hecho
productivo operan
coincidentemente un
proceso de construcción
(o
producción)-destrucción
(o degradación, cuando
se rebasa la capacidad
de carga de los
ecosistemas),
aprovechamiento-desaprovechamiento,
y uso
integral-dilapidación.
La misma relación
dialéctica y de unidad y
diversidad se da entre
las categorías
producción,
distribución, cambio y
consumo, como luego
veremos.
Consideración
conjunta del proceso
producción-destrucción
Todo acto de producción
supone, en otro sentido,
un acto de destrucción.
Así:
a) En la producción de
materias primas
Para utilizar un árbol,
el hombre destruye al
extraerlo diferentes
plantas, daña a otros
árboles, al suelo y
obviamente al propio
árbol; lo mismo sucede
en la extracción de
fauna terrestre y
acuática. Según las
técnicas y formas de
aprovechamiento que se
utilicen, el proceso
será más o menos
cruento. Los procesos de
erosión y
desertificación son
otras muestras
evidentes. Esta
destrucción puede ser
absorbida por la
capacidad homeostática
del sistema natural o,
debido a su intensidad,
rebasar la capacidad que
tienen los sistemas
naturales de absorber
ciertos cambios sin
destruir las bases de su
sistema. Cuando ocurre
esto último, se cambia
de sistema. El problema
radica en que estos
cambios muchas veces no
son queridos y, por lo
general, son imprevistos
y reducen la
potencialidad global del
sistema. En una
referencia muy clara y
poco conocida sobre este
proceso, Federico Engels
dice:
“No debemos, sin
embargo, lisonjearnos
demasiado de nuestras
victorias humanas sobre
la naturaleza. Esta se
venga de nosotros por
cada una de las derrotas
que le inferimos. Es
cierto que todas ellas
se traducen
principalmente en los
resultados previstos y
calculados, pero
acarrean, además, otros
imprevistos, con los que
no contábamos y que, no
pocas veces,
contrarrestan los
primeros.”3
Sin duda, en esta década
las consecuencias del
cambio climático, que en
general no son previstas
por el sistema
económico, constituyen
los eventos que se
presentan y
“contrarrestan” los
efectos positivos
iniciales.
b) En la producción del
hábitat y de la
infraestructura
En forma directa o
indirecta, la
artificialización del
hábitat y la
infraestructura en
función de las
necesidades humanas
implica un típico
proceso de
destrucción-construcción.
En estos actos las
particularidades
específicas del
ecosistema
frecuentemente no son
consideradas en todos
sus aspectos, por lo que
se generan repercusiones
negativas, también
muchas veces no
previstas ni queridas,
pero presentes. Esto
trae como consecuencia
problemas en el costo
del posterior
mantenimiento, o en la
generación o
agravamiento de procesos
de degradación natural.
En la situación del
cambio climático esto
llega con frecuencia a
situaciones
catastróficas, para las
cuales se argumenta la
condición de
excepcionalidad por
falta de antecedentes.
Pero lo que comúnmente
no se evalúa es que las
condiciones ya han
cambiado y es posible,
con cierto margen de
error, prever sus
efectos.
c) En la producción
industrial
Todo proceso productivo
de transformación de la
materia, destinado a que
esta adopte cualidades
adecuadas para
satisfacer necesidades
humanas, va unido al uso
del ambiente natural
—como condición de la
producción—, al que el
hombre puede contaminar
y del que utiliza
algunos elementos y
desecha otros.
Una acción ambiental
adecuada debe considerar
en forma conjunta dicho
proceso, tratando que lo
productivo se maximice y
que lo destructivo se
minimice. La no
consideración conjunta
ha dado lugar a diversos
perjuicios.
En primer lugar, el
error más generalizado y
evidente es asumir los
criterios productivos
sin analizar los
aspectos de destrucción
asociados a la
producción. Las
estadísticas manifiestan
este error.4
El producto bruto suma
todas las actividades de
producción, sin
descontar la destrucción
que ellas causan. Pero
es un error sistémico a
la forma que adopta la
reproducción económica.
La disposición de los
residuos es la
continuidad del proceso
productivo con el
agravante que una parte
importante de esa
disposición, en forma de
GEI, se difunde por el
mundo y afecta a la
población mundial y no
solo a los países que lo
generaron. Por tanto,
buena parte de la
producción del Norte es
una producción
inconclusa que la
finaliza el Sur, el cual
sufre los efectos del
rebasamiento de la
capacidad de carga.
En la producción
agrícola el error es más
patente. En ella se
considera la
productividad de la
tierra evaluada, en
general, en toneladas de
producto/hectárea sin
contrastar este
indicador con el de
pérdida de suelo por
erosión y/o el del
balance de nutrientes
(extracción/reposición),
o el del agua utilizada,
entre otros.
Lo mismo sucede con el
proceso que redunda en
la contaminación de
agua, suelo o aire, con
lo cual generan la
destrucción del hábitat
o de la infraestructura.
Esta simplificación de
considerar la producción
sin la destrucción que
generalmente conlleva
impide evaluar los
cambios adecuados y
necesarios para reducir
al máximo estas
consecuencias negativas.
Parte de esa destrucción
está dada por la
disposición de residuos,
y en el caso de residuos
gaseosos el radio de
destrucción
(contaminación) es
mayor, pues estos cruzan
los océanos.
Lamentablemente, muchas
veces se ha reaccionado,
y se reacciona aún,
cayendo en el otro
extremo: considerar el
proceso destructivo sin
evaluar la producción.
Esto ha caracterizado, y
caracteriza, parte de
los planteamientos
ambientales. Bajo este
criterio fueron creadas
varias administraciones
ambientales que tratan
aspectos destructivos
tales como la
contaminación, la
erosión, la destrucción
de bosques y el
hacinamiento, sin la
necesaria interrelación
con los sectores que
dieron y dan origen a
dichas destrucciones.
Como lamentó la Comisión
Mundial de Medio
Ambiente y Desarrollo,
los “efectos” (la
destrucción) han sido
considerados sin
relación con las
“causas” (la
producción).5
Una acción ambiental
adecuada debe considerar
en forma sistémica ambos
aspectos. Se opone a
esta visión sistémica la
persistencia de los
criterios desarrollistas
de corto plazo, que
impulsa una
administración
segmentada eficiente y
obedecedora de la
división del trabajo,
impidiendo una visión
integral y sistémica. La
lucha contra el cambio
climático exige esta
visión de interacciones.
De la misma forma están
ligados el proceso de
producción y el del
consumo. La producción
siempre es consumo de
los elementos que se
requieren para
generarla, y el consumo
es siempre producción de
los elementos referidos
(materia prima,
combustibles,
infraestructura) y
también de la fuerza de
trabajo que se produce
consumiendo los
elementos necesarios
para nuestra vida.
Consideración
conjunta del
aprovechamiento y
desaprovechamiento
El proceso de
transformación utiliza
elementos de la
naturaleza en forma
selectiva y desecha
otros. En la relación de
las personas con la
naturaleza se ha
desarrollado una
capacidad selectiva que
ha llevado a considerar
solo unos cuantos
elementos como recursos
naturales. En las
comunidades originarias
el conocimiento de los
elementos naturales y la
selección de los mismos
eran, y son en la
actualidad, procesos
esencialmente naturales,
pero a partir de la
división nacional e
internacional del
trabajo esta división
fue influida y
determinada por los
intereses de la
reproducción mundial en
cada etapa. Los avances
de la ecología van
demostrando que existen
grandes potencialidades
en los recursos llamados
“desapercibidos”, en
general, y en las
fuentes energéticas
alternativas, en
particular, los cuales
podrían ser utilizados
integralmente en función
de las necesidades de
los pueblos.
Los drásticos cambios en
el clima introducen
factores de riesgos y de
potencialidades. El
problema es que, en
general, los efectos
negativos que nos
afectan se producen,
mientras que los
positivos se
desperdician. La
variabilidad del régimen
de las cuencas
hidrográficas y la no
aplicabilidad de la
memoria campesina van
conformando una
situación de mayores
riesgos.
Asimismo, la generación
de residuos podría
proporcionar una materia
prima que hoy no se
utiliza integralmente.
Las acciones y proyectos
ambientales requieren
enfatizar en el
desaprovechamiento, pero
uniendo esta
consideración con la de
los demás elementos que
constituyen la dimensión
ambiental.
De igual forma, la
producción no siempre se
aprovecha. Una parte no
lo hace porque no es
funcional al proceso de
valorización, y otra por
la tecnología
prevaleciente que solo
utiliza aquellos
elementos que ganan
ventaja comparativa a
nivel nacional o
mundial, y no todos los
elementos que pueden
satisfacer necesidades
humanas. El manejo
integral de los recursos
naturales podría
procesar una riqueza
mucho mayor, pero no lo
hace en función de que
el aprovechamiento de la
diversidad muchas veces
no es funcional en el
corto plazo a la
valorización del
capital, como veremos en
el próximo punto.
Consideración
conjunta del uso
integral y la
dilapidación en el
cambio climático
Una vez que se extrae el
recurso natural, puede
utilizarse integralmente
o solo en cierta
proporción. En América
Latina se evidencia en
la práctica un uso muy
restringido y una gran
dilapidación; en los
árboles, en los peces,
en los frutos, en las
cosechas y en el uso de
la energía, se genera
una significativa
proporción de desechos.
Es una forma de
desaprovechamiento, pero
muchas veces media una
pretendida
inexorabilidad
tecnológica. Cuando
estudiamos los procesos,
encontramos muchas
alternativas menos
dilapidadoras.
Nuevamente las
poblaciones originarias
nos dan muestras de
ejemplos distintos. Las
condiciones de cambio
climático agudizan la
necesidad de una
consideración integral
del proceso de
transformación.
Consideración del
objetivo central: el
proceso de
transformación en la
lucha por una mejor
calidad de vida en
condiciones de cambio
climático
La situación del cambio
climático renueva la
discusión sobre el
concepto de calidad de
vida. Siempre han sido
las sociedades,
supuestamente, más
desarrolladas o que se
visualizaban como más
desarrolladas, quienes
mostraban el objetivo y
el camino que debían
transitar las
formaciones sociales en
las regiones,
supuestamente, menos
avanzadas. Sin embargo,
hace más de cuatro
décadas venimos
afirmando —los que
participamos del
pensamiento
latinoamericano sobre
medio ambiente— que en
la sociedad “convivial”
o sustentable a que
aspirábamos ello no
sería posible, no solo
por la no deseabilidad
social sino también por
los límites físicos
concretos que se
operaban. Si toda la
población de los países
del Tercer Mundo
quisiera imitar al
consumo de los países
desarrollados, en
especial a los Estados
Unidos, es imposible
pensar que dicha
población podría
disponer de una carga
energética por habitante
igual a la de ese país.
Sin embargo, los
drásticos cambios
sociales existentes, en
especial en China, han
precipitado hoy una
situación en la cual
tratar de lograr ese
consumo manteniendo el
consumo dilapidador en
todo el mundo
desarrollado, sin
cambios tecnológicos,
supera con amplitud
todos los mecanismos
reguladores del planeta
y nos lleva a cambios
imposibles de absorber
sin efectos negativos
nefastos.
Por tanto, la imitación
es imposible, pero,
incluso, avanzar hacia
ella nos puede llevar no
solo a conflictos, sino
también a graves efectos
en la biósfera, donde
los sectores y países de
más bajos ingresos son
los principales
perjudicados. Ello
renueva la necesidad de
plantearnos otro tipo de
calidad de vida y de
consumo, distinto al que
nos muestran los países
altamente dependientes
de gastos de energía.
Es necesario recordar
que el objetivo de
satisfacer las
necesidades esenciales
de la población y, más
modernamente, elevar la
calidad de vida como
categoría compleja e
integral está
explicitado desde el
inicio de las
postulaciones
ambientales. Pero la
calidad de vida no puede
definirse sin la activa
participación de la
población en la
resolución de sus
problemas ambientales.
Es un concepto histórico
y cambiante, integrado a
la cultura y a las
aspiraciones específicas
de cada grupo social.
Las condiciones de
cambio climático inciden
considerablemente por la
carga diferencial, en
especial cuando estas
diferencias se
manifiestan en el
hábitat.
Muchos autores han dado
definiciones del
concepto de calidad de
vida, pero no se ha
llegado a un consenso en
su definición; solo se
concuerda en un aspecto:
se trata de un
constructo
multidimensional. Sin
embargo, tampoco hay
acuerdo en cuáles son
las dimensiones a
considerar.
Esto resulta así porque
la calidad de vida no
puede ser definida
“objetivamente”. Queda
claro que el concepto se
refiere siempre a una
percepción subjetiva que
depende de la
interacción del
individuo y las
condiciones
sociomateriales de
existencia que conforman
su cultura. En los
últimos tiempos, ha
desempeñado un papel
significativo la forma
en que se integra un
hábitat específico a
estas condiciones.
El modo de conocer la
definición de “calidad
de vida” de un grupo
social específico es
realizar investigaciones
teóricas básicas, donde
se determinen ciertas
variables en juego, e
investigaciones
empíricas que nos
permitan identificar las
distintas dimensiones
del constructo para
dicho grupo. El modo en
que cada grupo social
define la calidad de
vida se sostiene en
percepciones y
evaluaciones de la
realidad, aspiraciones y
valores que son propios
de dicho grupo. Estas
categorías se evidencian
en las producciones
discursivas de los
grupos, dado que no
tenemos acceso directo a
las mentes de las
personas, sino solo a
sus discursos y a sus
prácticas. Actualmente
se privilegian los
métodos cualitativos de
investigación que nos
permiten un acceso al
discurso de los
individuos y grupos
sociales, como medio de
conocimiento de las
percepciones,
representaciones,
creencias y valores
sociales que sostienen y
que son, a su vez,
productoras y productos
de sus praxis. Estos
métodos nos permiten
acceder a los
significados que tienen
los objetos y
situaciones para las
personas en los marcos
de su vida cotidiana.
Sin embargo, es
necesaria una postura
crítica en el momento de
indagar las concepciones
respecto a la calidad de
vida de los grupos. Es
frecuente que las
personas vinculen la
noción de calidad de
vida al concepto de
“nivel de vida” o
“estándar de vida”,
definido, en especial,
por la capacidad de
consumir bienes y
servicios. Incluso, es
común observar que, en
grupos socialmente
vulnerables, se prioriza
la posesión de bienes
materiales superfluos
sobre la satisfacción de
necesidades más básicas.
Esta percepción de las
necesidades y los
valores no puede ser
comprendida al margen
del análisis de las
ideologías, en tanto
representaciones
cargadas de poder que
explican la hegemonía de
ciertas ideas que
mantienen determinadas
relaciones sociales, de
acuerdo con ciertos
intereses dominantes en
la sociedad. Asimismo,
el concepto de necesidad
básica se presta a
múltiples
interpretaciones. Para
un trabajador rural
argentino comer carne de
vaca es una necesidad
básica; no hacerlo es
una necesidad, más que
básica, esencial, para
el trabajador hindú.
Los medios de
comunicación social, por
ejemplo, presentan
estilos de vida, objetos
y relaciones (foráneos,
nacidos en los países
centrales) superfluas,
como deseables para
todos los grupos
sociales y estos pasan a
ser deseados por quienes
están expuestos a su
influencia.
En este punto adquiere
relevancia la corriente
denominada “análisis
crítico del discurso”,
en tanto instrumento
útil para lograr
entender mejor los
mecanismos complejos a
través de los cuales se
transmite y reproduce la
ideología de quienes
tienen el poder. El
núcleo central del
análisis crítico del
discurso es conocer cómo
el discurso contribuye a
la reproducción de la
desigualdad y la
injusticia social. Nos
basta decir aquí que los
discursos (socialmente
circulantes) influyen
sobre las
representaciones
(valores, actitudes,
creencias, percepciones,
ideologías) de los
grupos y, a través de
estas, sobre sus
comportamientos.
Lo mismo ocurre con la
concepción de los
problemas ambientales y
del cambio climático.
Los países desarrollados
tienen un énfasis
especial en remediar
algunos aspectos de la
degradación, mientras
que el pensamiento
latinoamericano de medio
ambiente se basa más en
formas alternativas de
desarrollo.
Nuestros sintéticos
indicadores del
desarrollo no
incorporaron los efectos
sobre la estructura
social de este. Los
indicadores del
desarrollo humano6
iniciaron una fructífera
incursión en un camino
que esperaba su
profundización, que aún
no llega.
Las contradicciones que
se generan para lograr
un proceso de
transformación que
maximice el uso integral
y la producción, y
minimice la degradación,
el desaprovechamiento y
la dilapidación en
función de elevar la
calidad de vida de la
población, constituyen
en gran parte el objeto
de estudio de la
cuestión ambiental, que
se expresa tanto en los
conceptos como en las
metodologías de acción.
El proceso de
transformación se
realiza según la
racionalidad dominante
en América Latina de la
formación económica y
social, basada en la
máxima ganancia, y ello
conlleva una tendencia
que no solo no logra un
incremento de la calidad
de vida, sino que, por
el contrario, conduce a
un deterioro de esta y a
una degradación de la
naturaleza. Por lo
tanto, la valuación
adecuada de la
naturaleza debe adoptar
elementos que planteen
la necesidad de la
reproducción económica y
social, y destaquen
coherentemente todos los
elementos que puede
ofrecer en forma
sustentable e integral a
las sociedades.
Estos procesos afectan a
la población directa e
indirectamente al
generar problemas
ambientales. Dichos
problemas llegan a la
población, la cual los
descodifica en forma
diferencial,
conformándose una
percepción ambiental
determinada. Según la
historia social de los
diferentes sectores
sociales afectados,
estos reaccionan en
cierta proporción y
generan movimientos
sociales y teóricos que
intentan interpretar los
nuevos fenómenos. En
otros casos, y durante
mucho tiempo, estos
problemas eran
“naturalizados” en el
contexto social y no
había ningún tipo de
reacción. Aún hoy,
muchos grupos tienen una
concepción de los
problemas ambientales,
significándolos como
problemas “naturales” y
desconociendo los
procesos sociales que
les dieron origen y los
mantienen. Esta
desnaturalización de las
afectaciones sobre las
personas —que promueve
cambios importantes— se
produce en el mismo
momento en que se
dinamiza también lo
esperable del
comportamiento natural
ante los cambios que
estamos viviendo.
Cuando existe una
creciente demanda por
parte de la población, y
en base a los sectores
sociales expresados en
el Estado, se pueden
adoptar ciertas
políticas que, según el
tipo de problema, ayudan
a mejorar la situación.
El éxito dependerá del
tipo de problema, de la
composición del Estado y
de los intereses
afectados. De esta forma
se originan las
políticas ambientales.
La generación de los
problemas ambientales ha
sido permitida por una
estructura económica
social y legal
institucional que
posibilitó que ciertas
actividades productivas
y formas de ocupación
del espacio produjeran
efectos perniciosos
sobre la población. Los
cambios climáticos
también se vieron
acelerados por la
presión humana cuya
actividad productiva
rebasó la capacidad de
carga de los
ecosistemas. La
recomposición de estos,
su corrección, está en
directa relación con la
demanda de los sectores
involucrados y con la
importancia que los
sectores políticos,
desde una sincera
posición o ejerciendo la
demagogia, le van dando
a la solución de estos
problemas. Dicho de otro
modo, el incremento de
la conciencia social
respecto a la
problemática ambiental
—con las consiguientes
transformaciones en los
comportamientos
ambientales y en las
organizaciones sociales—
es la vía para la
solución de la cuestión
ambiental, hacia donde
deben confluir los
estudios de las nuevas
condiciones y un nuevo
concepto de valorización
mucho más integral que
ayude a la
sustentabilidad.
De la transformación de
la naturaleza a los
problemas ambientales y
de estos a las demandas
sociales y políticas,
las relaciones entre
estos procesos van
conformando la cuestión
ambiental. Las
postulaciones de otra
forma de desarrollo y de
vida surgen de sus
entrañas en una nueva
situación por el cambio
climático.
La necesidad de la
conceptualización de
Estocolmo a Río y de Río
hasta nuestros días
Iniciándose en la
finitud de los recursos
y la contaminación de
las grandes ciudades,
pero llegando a la
problemática de un
desarrollo más integral
y a la conceptualización
del ecodesarrollo,
pareciera que la
Conferencia de Estocolmo
(1972) coronó de éxito
la posición de los
países en desarrollo. En
efecto, la limitación
temática impuesta por el
particular interés de
los países desarrollados
logró superarse para
incluir una parte
importante de las
postulaciones que en ese
momento sostenían los
países del Tercer Mundo.
Aunque no se canalizaron
todas las demandas de
los movimientos sociales
que dieron origen a la
cuestión ambiental en
las proposiciones del
ecodesarrollo surgidas
en la Conferencia,
ambiente y desarrollo se
trataron de armonizar
creativamente al impulso
de las proposiciones de
los países en
desarrollo. Asimismo, se
logró celebrar la
Conferencia de Comercio
y Desarrollo de Argelia,
en l974, donde se
declaró el Nuevo Orden
Económico Internacional,
el cual no consiguió
establecerse. Como
siempre ocurre, luego
del esplendor literario
de las grandes
conferencias, donde
todos parecen honestos
predicadores de una
misma causa, el rumbo
concreto fue determinado
por la orientación de
los recursos
financieros, los grandes
intereses en pugna que
empezaron a disputar las
reales prioridades de
los países centrales o,
mejor dicho, de los
intereses económicos
prevalecientes.
Los temas globales de
ecodesarrollo, de estilo
de desarrollo y medio
ambiente, si bien
continuaban presentes en
el programa de acción
del naciente PNUMA,
fueron ocupando los
últimos espacios en las
prioridades temáticas y,
obviamente, en el
financiamiento.
Los movimientos sociales
que conformaron el
movimiento ambiental
continuaron, sin
embargo, con su prédica
y la temática se fue
difundiendo en todos los
niveles a la par que
gran parte de las
contradicciones
destacadas anteriormente
se agravaron. La
degradación y el
desaprovechamiento
corrían con ventaja
respecto a las tímidas
medidas adoptadas para
la preservación del
ambiente, mientras que
el destino social del
aumento de la producción
no mejoraba la calidad
de vida de los pueblos.
Los niveles de
concentración se
mantenían e incluso se
acentuaban. Los aportes
de las poblaciones
originarias comenzaban a
aparecer como más
evidentes y su
postergación y olvido
dejaron de
naturalizarse. En 1995
elaboramos para la FAO,
junto con el ingeniero
Gallo Mendoza, un
documento de trabajo
para los gobiernos donde
—utilizando la
metodología de las
cuentas patrimoniales
(que había elaborado en
coordinación un grupo de
compañeros, en 1988)—
estimamos para un caso
demostrativo como la
producción de papa en
los andenes incaicos, la
deuda ambiental generada
por el papel de las
poblaciones originarias
en la domesticación de
las especies a partir de
los costos de manejo.
Partimos de la base de
que esta domesticación
no se incluía en el
precio del pago del
producto. Las
poblaciones comían el
tubérculo, pero el
producto de su
coevolución que
posibilitó producir papa
a nivel del mar y su
domesticación no fue
pagado y sí muy
utilizado. El resultado
de ese cálculo nos
mostró que una real
compensación para las
poblaciones originarias
suponía una proporción
muy alta de los ingresos
actuales por este
tubérculo.
El proceso de
descontaminación que se
aceleró tomó
esencialmente los países
desarrollados y los
mares que les eran
importantes, es decir,
el Mediterráneo.
Los nuevos procesos
El desarrollo y la
sustentabilidad
Sobre estas tendencias y
las nuevas
contradicciones que
genera la revolución
científica y técnica se
desarrollaron algunos
procesos vinculados al
concepto de desarrollo
sustentable. Brevemente,
quisiéramos mencionar
aquí algunas de las
principales
características de este
proceso.
Lo ambiental se despojó
de la marginalidad con
que había sido relegado
por muchos años, pero su
nueva ubicación en la
atención central de
muchos de sus subtemas
requiere, para
mantenerse, pagar
algunos costos. De
hecho, se está operando
un intento de
vaciamiento de sus
potencialidades
renovadoras. De esta
potencialidad renovadora
pasa, en ocasiones, a
constituir un buen
argumento para vender
productos supuestamente
mejores desde el punto
de vista ambiental. Sin
rechazar cualquier
camino, es indudable que
necesitamos avanzar con
más urgencia hacia una
profundización
conceptual, en especial
en su relación con la
economía y las ciencias
sociales.
La prioridad que
plantearon los países
desarrollados para la
celebración de otra
Conferencia Mundial (la
de Río de Janeiro) se
centró en la necesidad
de atender a los efectos
más perniciosos que
atentan contra la
estabilidad global de la
biósfera. El
calentamiento global, el
cambio climático, la
reducción de la capa de
ozono y la pérdida de la
biodiversidad, son los
nuevos temas
privilegiados veinte
años después.
Algunos hechos
significativos habían
ocurrido para justificar
tal actitud. Los
profundos cambios
tecnológicos
reestructuraron los
sectores y la demanda de
recursos naturales. No
solo resultó diferente
en cuanto a la calidad
por la aparición de
nuevos materiales, sino
con tendencias
contradictorias en
cuanto a la cantidad.
Por un lado, los nuevos
materiales exigían
relativamente menos
recursos naturales. Por
otro lado, se requería
cada vez mayor derroche
de recursos por las
estrategias seguidas
para mantener un nivel
de producción. Cada vez
los productos son más
símbolos y desechos,
para las mismas unidades
de satisfactores.
La crisis estructural
que atravesaban los
recursos naturales se
vio agravada aún más y
determinó el mayor
interés de los países
desarrollados por las
funciones ecosistémicas
de nuestros recursos,
buscando bacias de un
“desarrollo
sustentable”, es decir,
el contrario al que
ellos siguieron y
siguen, y que ahora,
para la “salvación de la
humanidad”, no solo no
debemos imitar, sino
también contribuir a
balancear sus tendencias
degradantes a nivel
global. Lo contrario,
según sus argumentos,
significaría la
destrucción del mundo.
Al mismo tiempo, deciden
reestimular el éxodo de
empresas contaminantes
del Norte hacia el Sur,
en un estímulo mayor que
comenzó hace muchos
años, pero que no había
tenido el impulso del
Norte para su expulsión
del hábitat de los
países desarrollados.
Por su parte, análisis
económicos justificaban
este corrimiento en base
al costo comparativo de
lo que “vale la
contaminación en uno y
otro hemisferio”. En
realidad, es el mismo
argumento por el cual se
muestra que sale mucho
más económico captar
carbono en nuestro
continente que captarlo
en los países
desarrollados. Por
supuesto, sale mucho más
barato que reducir las
emisiones industriales,
lo cual resulta, a fin
de cuentas, la única
salida válida en forma
permanente.
La discusión sobre la
sustentabilidad del
desarrollo ha permitido
incorporar la
confluencia de un
espectro mayor de
demandas que hace veinte
años, y se puede afirmar
que no ha quedado
excluida ninguna
expresión de la ciencia,
el arte y la técnica. Se
trata de una
profundización de las
mismas postulaciones,
pero que ha logrado
demostrar la crisis de
nuestra civilización y
la necesidad de
emprender un camino
diferente y, lo que es
más importante, ha
logrado plasmar
proposiciones de cambio
en base a los acuerdos
de las Organizaciones No
Gubernamentales. Al
mismo tiempo, a expensas
de la revolución
científica y técnica,
las ventajas
comparativas basadas en
la especificidad de
nuestros ecosistemas
están en plena crisis
—en base, especialmente,
a los avances de la
biotecnología y la
difusión de la
automatización y
robotización— y están
agudizando
sustancialmente el
carácter marginador de
nuestro estilo de
desarrollo. La búsqueda
de un nuevo estilo de
desarrollo no es ya
patrimonio de la
búsqueda voluntaria de
los renovadores
sociales, sino condición
de existencia de las
grandes masas de
población. La condición
del cambio climático
aporta elementos
fundamentales para
mostrar la gravedad de
la actual situación.
Los gobiernos han
incorporado organismos
responsables de lo
ambiental a sus
estructuras
institucionales y han
firmado la llamada
“Agenda 21”, donde se
incluyen compromisos en
temas de significación y
se adoptan acuerdos
respecto a los plazos de
los cambios necesarios.
Pero nuevamente las
prioridades vienen
fijadas según el interés
de los países donantes.
Aún así los diferentes
temas poseen también
para los países en
desarrollo singular
importancia.
La acción ambiental
reconoce múltiples
ámbitos y plazos. Pero
requiere una
profundización de los
conceptos que oriente la
acción cotidiana en los
múltiples planos en que
se bifurca la relación
sociedad-naturaleza.
La definición de estos
conceptos nos aleja de
quienes postulan la
conservación de la
naturaleza sin
profundizar en las
relaciones sociales
(nacionales e
imperiales) que inciden,
tanto en su degradación,
como en la postergación
y consecuente pobreza de
los sectores
mayoritarios de la
población. También
estableceremos
diferencias y diálogos
con quienes postulan
cambios progresivos en
la distribución del
ingreso y del poder,
pero se encuentran
obnubilados por los
avances de la tecnología
moderna, no teniendo en
cuenta las repercusiones
negativas de ello en la
sociedad. Podríamos
incluir a varios
gobiernos
latinoamericanos en esta
tendencia donde la mayor
participación popular,
la distribución
progresiva del ingreso
es destacable, pero
mantiene un
desarrollismo
frecuentemente incapaz
de utilizar las reales
potencialidades de
nuestra naturaleza y
hábitat, y difunde e
instala los avances
tecnológicos generados
por la voracidad del
capital, al cual dicen,
o creen, controlar.
La nueva visión de la
relación
sociedad-naturaleza
El esfuerzo del
ambientalismo debe ser
integral, analizando las
múltiples interacciones
entre la sociedad y la
naturaleza y superando
la estéril antinomia
entre la teoría y la
práctica. No podemos
adherirnos a quienes
postulan la
innecesaridad del debate
y su sustitución total
por acciones directas
que demuestren
resultados inmediatos.
No solo pensamos que “no
hay nada más práctico
que una buena teoría”,
sino que además la
aparente rudeza de los
niveles de la llamada
práctica, ante el menor
análisis, no puede dejar
de reflejar aspectos
teóricos. Obviamente, el
desarrollo de la
práctica orienta,
reformula y enriquece la
teoría. No es posible
postular algo nuevo sin
ruptura, tanto de método
como de paradigma. Y las
rupturas no siempre son
armónicamente
asimilables. Por ello,
los ambientalistas, en
general, no debemos
recluirnos en un nuevo
sector para tranquilidad
de los restantes. El
saber ambiental
reformula no solo los
objetivos e instrumentos
del desarrollo, sino
también la metodología
de la denominada
“planificación del
desarrollo”, hasta
llegar a preguntarse
sobre la licitud del
desarrollo a la par que
inicia una revisión
epistémica de cada campo
del saber.
Las nuevas
estrategias y los
cambios climáticos y
globales
Nos disponemos a
avanzar, ahora, en la
definición de algunos
conceptos que
contribuyan en la
formalización de las
categorías básicas
ambientales y sus
múltiples relaciones con
la ciencia económica.
Nuestro actual estilo de
desarrollo, basado
esencialmente en el
paradigma tecnológico
petróleo dependiente y
en el gigantismo, generó
un sector informal que
en varios países llega a
absorber el 50 % de la
población. El nuevo
paradigma tecnológico
surgido de la revolución
informática y la
automatización de los
procesos promete ahondar
mucho más esta
marginación. Si este
sector informal llega a
constituir la mayoría de
la población, los
objetivos democráticos
no podrán cumplirse.
Por ende, el desarrollo
social y ambientalmente
sostenible solo podrá
contribuir con el
bienestar de nuestros
pueblos si, conscientes
de las actuales
tendencias, se plantease
un camino diferente.
Para ello deberán
superarse en principio
los conceptos
predominantes sobre el
desarrollo, que se “han
comportado” como mitos y
que aún en la actualidad
“se revelan” como
verdades indiscutibles.
Coherentemente, también
han coexistido criterios
predominantes de
planificación del
desarrollo. La crítica a
los “mitos” y a los
criterios de
planificación conformará
una nueva estrategia y
visión, que será
herramienta fundamental
del desarrollo
sustentable.
Definiremos,
instrumentalmente, lo
que consideramos
desarrollo sustentable
para orientar nuestra
delimitación de
diferentes estrategias,
profundizando la forma
en que las nuevas
estrategias deben
superar los viejos
prejuicios del
desarrollo y la
planificación.
La definición de
desarrollo sustentable
adoptada por la Comisión
Mundial de Medio
Ambiente y Desarrollo lo
considera una modalidad
que posibilita la
satisfacción de las
necesidades de esta
generación sin
menoscabar las
posibilidades de las
futuras generaciones, y
enfatiza en el
mantenimiento de los
recursos, proponiendo
una serie de temas que
deben discutirse y
negociarse para mejorar
la situación.
Cuando se elaboró
Nuestro futuro común,
que fuera la base de la
reunión de Río,
organizamos Nuestra
Propia Agenda, donde
introdujimos varios
temas que Nuestro
futuro común no
había considerado. A los
efectos de este
documento, tomaremos la
definición antes
mencionada. Teniendo en
cuenta nuestra propia
experiencia y nuestro
pensamiento sobre el
desarrollo, podemos
enriquecer la definición
mencionada del
desarrollo sustentable,
volviendo más explícitos
algunos problemas
sociales.
El objetivo esencial es
elevar la calidad de
vida mediante la
maximización a largo
plazo del potencial
productivo de los
ecosistemas, a través de
tecnologías adecuadas a
estos fines y también
mediante la activa
participación de la
población en las
decisiones fundamentales
del desarrollo. En esta
definición tenemos
delineados los elementos
fundamentales que
conforman la base de la
estrategia global. La
calidad de vida como
objetivo central y, como
instrumentos, la
utilización racional de
recursos naturales, las
tecnologías adecuadas y
la democratización del
proceso de desarrollo.
Esta visión enfatiza en
la sustentabilidad del
modelo propuesto, para
que ello sea posible,
este concepto debe
referirse, tanto a lo
ecológico como a lo
económico y social. La
sustentabilidad
ecológica nos impulsa a
adoptar sistemas de
manejo de recursos y sus
tecnologías
correspondientes
—compatibles a los
procesos regenerativos—,
mediante
transformaciones
deseables a las
características del
hábitat, que logre
también el uso integral
de los recursos. La
sustentabilidad
económica determinará la
consideración de todos
los costos (incluyendo
los derivados de la
reproducción de la
naturaleza) y todos los
beneficios (incluyendo
los generados por el uso
integral). La
sustentabilidad social
dependerá de que las
condiciones y calidad de
vida de nuestra
población se eleven
sustancialmente y ello
motive el interés de su
activa participación en
las distintas instancias
del proceso, generando
al mismo tiempo cambios
en el patrón tecnológico
y en el patrón de
consumo. Todo ello solo
podrá afirmarse, y no
será reversible, en la
medida que se generan y
establecen nuevas
relaciones sociales
solidarias.
La estrategia
La imagen objetivo que
perseguimos ya la hemos
definido, en forma
general, en la
explicitación del
concepto de desarrollo
sustentable. La
característica del mismo
está delineando también
la estrategia a seguir.
Si bien existe un
objetivo central, el
mismo se expresa en
múltiples formas de
acuerdo a la diversidad
cultural de nuestro
continente, a sus
diferentes recursos,
accesos tecnológicos y
formas de representación
política. Y esta es una
tarea no resuelta, que
no puede resolverse sin
el activo protagonismo
de nuestros pueblos. Al
mismo tiempo, el
principal objetivo quizá
esté en los instrumentos
para lograrlo, ya que en
estos instrumentos se
incluye la lucha
solidaria de la
población en la
transformación de su
realidad y en el
desarrollo integral de
las personas. En
realidad, este es el
objetivo: lograr este
desarrollo integral
mientras perseguimos una
calidad de vida cada más
esquiva que tendrá que
demostrar su
factibilidad luchando
por ella. De tal manera,
no estamos seguros en
conseguirla pero la
lucha por ella nos
inscriben en la aventura
deseable y factible que
reivindica las mejores
potencialidades de
nuestros pueblos.
La base general de
nuestra estrategia es
aquella que logre un
manejo de nuestros
ecosistemas a través de
una transformación
perdurable de los
mismos, que potencie su
capacidad generadora de
bienes, utilizando
tecnologías adecuadas.
Entendemos por
tecnología adecuada la
que mejor articule el
logro de estos fines, y
que puede expresarse en
un amplio espectro de
niveles —desde las más
“avanzadas” hasta las
más simples—, tratando
de utilizar los
conocimientos
científicos y la
capacidad productiva de
nuestros pueblos.
Al mismo tiempo, la
elaboración de las
cuentas del patrimonio
natural a través de los
costos de manejo podrá
hacernos conocer y
defender nuestros
recursos naturales,
vistos en forma
sistémica que es la
única manera en que
podemos llegar a un
manejo integral y
sustentable.
La forma de operar de
este principio para
lograr una mejor calidad
de vida, puede ser muy
diferente según los
países, las regiones y
los ecosistemas. Por
ello, se requiere un
estímulo regional para
que los mecanismos de
participación real de
los pueblos se
perfeccionen y puedan
protagonizar la
definición de los
caminos y los nexos de
cooperación y
solidaridad que ello
supone.
Es decir, no hay un solo
camino, sino muchos
hacia un objetivo
central: la calidad de
vida de toda la
población
latinoamericana con
diferentes expresiones
que hacen a la
heterogeneidad cultural,
pero, sobre todo, sin
marginados. Debemos,
entonces, permitir el
desarrollo de la
imaginación de nuestros
pueblos en las búsquedas
de sus propios caminos.
Respetar y estimular sus
formas de organización y
cultura, así “como
colaborar en el
mejoramiento de sus
tecnologías
tradicionales a la luz
del conocimiento
científico mundial”,
como forma de lograr
mejorar de manera
directa su condición
social. La articulación
con el mercado mundial
debe comportarse como un
medio para este fin.
Esta es quizá la gran
estrategia. Sobre estas
bases deberá plantearse
la forma de vencer a las
importantes trabas
estructurales,
económicas, políticas y
sociales que impiden el
desarrollo sustentable.
No resultan obvios estos
puntos, en especial si
se adquiere un
compromiso concreto con
ellos en cada una de las
acciones del desarrollo
y no se les condena a la
soledad de los
postulados. En realidad
están replanteando las
bases mismas del
desarrollo tradicional o
del desarrollo que
concibieron los medios
dominantes de occidente.
El objetivo ya no
consiste en cerrar la
brecha que nos separa de
los países desarrollados,
sino en recorrer un
nuevo camino con sus
propias metas.
Si postulamos un camino
similar, que nos
posibilite cerrar la
famosa «brecha»,
privaremos a la mayor
parte de nuestra
población de los
beneficios del
desarrollo o se
generarán tensiones
mundiales insostenibles
por el acceso a bienes
escasos y finitos, así
como modificaciones que
generarán un hábitat
incompatible con la
consecución de la vida
del hombre. Como
acertadamente lo afirma
el Informe Nacional a la
UNCED (1992) de Brasil,
cada uno de los
integrantes del 20 % de
la población mundial de
mayores ingresos, ejerce
una presión sobre
nuestros recursos
veinticinco veces
superior que el promedio
del 80 % de la población
de menores ingresos.7
La aplicación de un
principio de equidad
exigiría elevar en esa
proporción su consumo,
con las repercusiones
previsibles sobre los
ecosistemas.
Pero si, en especial,
nuestro objetivo es
mejorar sustancialmente
la calidad de vida de
nuestra población, con
el concepto que hemos
definido, es imposible
lograrlo con la
estructura de un consumo
imitativo. Ese consumo
está relacionado con la
disponibilidad de
recursos naturales que
arbitran los países
centrales, con su
tecnología y su propia
cultura.
Ello no significa
rechazar las nuevas
tecnologías, menos aún
hoy que vivimos en un
sistema mundial cada vez
más interrelacionado. Lo
que sí significa, es
poner en el centro de
nuestro propio interés
el bienestar de nuestros
pueblos, satisfacer
nuestras necesidades —en
lo posible— con nuestros
propios recursos
naturales y financieros,
y la adaptación
necesaria de los cambios
de nuestra capacidad
tecnológica en función
de nuestros objetivos.
Por su parte, en los
propios países centrales
existen fuerzas sociales
que se plantean un
cambio en el estilo del
desarrollo. En realidad,
será difícil que tengan
solución los problemas
globales del medio
ambiente, si ellos no
cambian su estilo
degradador. Esto debería
ser un elemento de
negociación, pero
mientras no lo hagan,
deberían hacerse cargo
de la parte que les
corresponde en la
degradación mundial.
En nuestra región,
debemos generar cambios
en la estructura de
consumo para adecuarla a
otro estilo de vida que
deben definir nuestras
poblaciones, seguramente
más adecuado a su salud
física y mental. Esto
supone importantes
cambios en la
tecnología, el patrón de
producción y, por
supuesto, la demanda de
recursos naturales.
Los recursos naturales
no deben jugar un papel
pasivo —como siempre lo
hicieron— en función de
nuestras demandas, sino
que, en base a un mejor
conocimiento de los
mismos, deberían generar
alternativas de uso
sostenible, integral y
de consumo diferente
para satisfacer
necesidades.
El balance entre los
requerimientos del
consumo de un estilo de
vida distinto y las
nuevas oportunidades que
brinda una movilización
más integral de nuestros
recursos, con los
manejos y tecnologías
adecuadas, conforman
alternativas por las
cuales la participación
de nuestra población
debe optar. En esto
debería consistir el
ejercicio del desarrollo
sustentable. Supone la
revisión de gran parte
de los principios que
hasta ahora fueron
guiando los conceptos
tradicionales a una
parte de la población y
la interacción con
otras, así como con las
metodologías de
implementación. Para el
análisis de la calidad
de vida, propiciamos
analizar la relación
entre el sujeto (que
posee necesidades), el
objeto (que es capaz de
satisfacerlas) y el
proceso de satisfacción
de necesidades (que
sería nuestro aparente
objetivo del
desarrollo).
La relación
sujeto-objeto-satisfacción
de necesidades
El proceso de
satisfacción de
necesidades fue expuesto
tradicionalmente en
forma clara por las
diferentes ciencias; más
aún, la Organización
Mundial de la Salud
también colaboró para
que la apariencia
tratara de afincar los
lazos con la realidad y
la reemplazara.
Existen los sujetos que
poseen necesidades.
Estas necesidades solo
son cierto desequilibrio
entre las fuerzas
psíquicas y físicas del
individuo con su
entorno, y el proceso de
satisfacción de esas
necesidades se logra
cuando el sujeto se
apropia del objeto. Está
claro entonces que
tenemos un sujeto, que
es quien tiene la
necesidad, un objeto con
el cual se enfrenta y
que es quien le promete
satisfacer esas
necesidades en base a
las características
físicas que él mismo
tiene, y la absorción
del objeto por parte del
sujeto que logra
terminar el proceso
acercándose a cierto
bienestar que el nuevo
equilibrio ha
restablecido. Al mismo
tiempo, el desarrollo de
estas necesidades está
ya inscripto. Lo
anunciaron las
sociedades más
desarrolladas, lo prevé
teóricamente Rostow y lo
denuncian muchos, entre
los cuales, por su
trascendencia, se
destaca Raúl Prebisch
con el “Capitalismo
Inmitativo Periférico”
en las dos primeras
Revista de la CEPAL.
El pensamiento oficial
fue muy influenciado por
R. Rostow, 8
al cual no le
dedicaríamos varios
párrafos si no fuera por
la profunda huella
ideológica que dejó en
la mayor parte de los
técnicos, casi sin
diferenciación. Elaboró
una metodología que
posibilitaba analizar
procesos en cualquier
tiempo y espacio, y para
ello conceptualizó
etapas por las que todas
las sociedades habían
pasado y pasarían. En
este tránsito marcaba
cinco estadios: el de la
sociedad tradicional; el
de preparación para el
“despegue”; el de la
sociedad signada por el
llamado “take off”, es
decir, el gran impulso
por el cual la sociedad
iniciaba la ruptura de
las trabas que le
imponía el atraso; el de
la marcha hacia el
progreso, es decir, de
desarrollo de las
fuerzas productivas y
crecimiento sostenido, y
aquel en el cual se
llega finalmente al
objetivo de alto
consumo, característico
de las sociedades de los
países centrales.
Lamentablemente, esta es
la idea central del
desarrollismo de la cual
hasta hoy no hemos
podido liberarnos.
En resumen, este tipo de
análisis supone que el
camino hacia el
desarrollo pasa por una
modernización y que,
independientemente de
las sociedades y las
relaciones sociales,
deben existir “los
empresarios dinámicos”,
que con su esfuerzo
desarrollan y difunden
las tecnologías
necesarias.
En síntesis, una
meta, un inicio y un
camino.
Rostow logró casi lo
imposible: elaborar un
modelo de crecimiento
mundial que a la vez es
diagnóstico y
pronóstico; elevarse
sobre las
particularidades de las
culturas, los intereses,
los ecosistemas y los
sistemas políticos, para
destacar constantes que
se han dado y se darán.
Naturalmente, estas
constantes no son otras
que las particulares
realidades que vivieron
los países que hoy
llaman desarrollados.
Las etapas son en
realidad una
abstracción. En las
ciencias, tanto
naturales como sociales,
se elaboran con
frecuencia abstracciones
útiles. Esta,
lamentablemente, no
parece ser una de ellas.
Tampoco debemos ser
injustos con Rostow. Su
teoría estaría a punto
de comprobarse con el
rompimiento del campo
llamado socialismo real,
la incorporación de la
casi totalidad de los
países al Fondo
Monetario Internacional
y de China e India al
consumo masivo, y el
desplazamiento de China
como líder mundial de la
emisión de carbono. Pero
permítasenos mantener
nuestra disidencia y
recordar que las
postulaciones
ambientales en esos años
criticaban fuertemente
estas posturas.
La calidad de vida y
la lucha contra el
cambio climático
Con los elementos que
hemos mencionado en este
artículo, podríamos
definir la calidad de
vida a partir del
vínculo dinámico entre
el individuo y su
ambiente —no es, por
tanto, un concepto que
fijamos desde el
individuo, sino desde la
relación dialéctica ente
el individuo y su
ambiente—, y donde la
satisfacción de
necesidades implica la
participación continua y
creativa del sujeto en
la transformación de la
realidad —si no existe
este intento de
transformación y si esa
transformación no es
continua, tampoco tiene
mucho sentido establecer
el concepto—. Esto
significa un proceso en
el que el conflicto
dinamiza e impulsa el
desarrollo, tanto
individual como social
(no hay equilibrio sino
casualmente, de alguna
manera tendemos a él
desde constantes
desequilibrios y ello
nos hace accionar
permanentemente).
Significa también
situaciones, siempre
cambiantes, en las que
existe un proyecto de
futuro; este proyecto
nos hace actuar, es el
desencadenante
permanente. El sujeto
individual o colectivo
percibe sus necesidades
y satisfactores, y
evalúa la calidad de
vida desde su propio
pensamiento (e
ideología) que está
determinado por el lugar
que ocupa este sujeto en
la estructura social, en
un momento determinado y
en una sociedad
determinada —el
individuo no surge de la
nada ni está “libre”,
sino que está inmerso en
relaciones sociales
determinadas en una
sociedad determinada.
Esta definición de
calidad de vida ha sido
elaborada en
colaboración con Leticia
Cufre, psicóloga en la
Ciudad de México, en
l982. Pero dicha
definición debe
articularse con los
objetivos que debemos
trazar en función de las
contradicciones de la
lucha contra el cambio
climático. También aquí
existen los que postulan
algunos cambios
importantes, pero no
incorporan la dimensión
que deben tener estos
cambios. No cabe duda
que las tareas de
mitigación y disminución
de nuestra
vulnerabilidad deben
incorporarse como acción
prioritaria para mejorar
la situación y prevenir
los grandes embates,
pero no debe, en ningún
momento, afectar a
nuestro principal
objetivo: lograr un
cambio sustancial de la
tecnología de los países
desarrollados que son
los principales
responsables de la
generación de emisiones
de todo tipo que afectan
nuestro planeta.
Luchar por los
principios de la calidad
de vida, sin transigir
pero afirmando posibles
avances parciales que
permitan acumular
fuerzas para cambios más
profundos, parece una
quimera siempre
planteada y difícilmente
cumplida. En la mayor
parte de los casos,
muchos movimientos
invalidan esos avances
por lo limitados que
son, e incluso desechan
ciertos logros, y otros,
por afirmar estas
reformas parciales, no
desean planteamientos
más profundos. Los
tiempos, los niveles de
profundidad de los
cambios y los
instrumentos que nos
pueden ayudar, deberán
ser utilizados
plenamente. No debemos
dejar ningún espacio sin
disputar las ideas, para
conformar un estilo
diferente de convivencia
con la naturaleza y con
nuestros pueblos.
Notas:
1- Varios de los
conceptos que parecen en
este ensayo fueron
elaborados para un
capítulo del libro (a
cargo de Luciano
Vasapollo e Ivonne
Farah) PACHAMAMA.
L’educazione universale
al Vivir Bien, NATURA
AVVENTURA Ediciones,
Italia. En este caso se
enfatiza la lucha contra
el cambio climático.
2- También el concepto de
desarrollo de las
fuerzas productivas
denota esta categoría.
3- Federico Engels:
Dialéctica de la
Naturaleza, Editorial
Juan Grijalbo, México,
1962.
4- Hector Sejenovich:
Crítica a la economía
política no sustentable
(en edición).
5- Comisión Mundial de
Medio Ambiente y
Desarrollo (Gro Harlem
Brundtland, presidenta
de la Comisión): Nuestro
Futuro Común, Naciones
Unidas (varias
ediciones).
6- Mahbub ul Haq
(coordinador general):
Desarrollo Humano.
Informe 1991, Programa
de las Naciones Unidas
para el Desarrollo,
Tercer Mundo Editores,
Bogotá, Colombia, mayo
de 1991.
7- Relatoría de Brasil
para la Conferencia de
las Naciones Unidas
sobre Medio Ambiente y
Desarrollo (UNCED),
1992.
8- R. Rostow: Las etapas
del crecimiento
económico. Un Manifiesto
no comunista, Fondo de
Cultura Económica,
México, 1970.
Texto publicado en el
Cuaderno RUTH No.
5/2011, pp. 60-86
|