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Múltiples son los
títulos que regresan
sobre pasajes
estremecedores de la
Guerra Civil Española, y
se insertan en lo
terrible de la fractura
de un país donde se
retratan la muerte y el
sufrimiento atravesado
por la nación española
en esa etapa. La casa
en un morral. Voces de
los niños de la Guerra
Civil Española, de
Raúl Hernández Ortega,
nuevo libro a cargo de
Ediciones La Memoria del
Centro Cultural Pablo de
la Torriente Brau, viene
a descubrirnos —desde el
testimonio de cinco
hermanos que fueron
niños durante el
conflicto bélico, que
vivieron la crudeza del
exilio, la ruptura del
hogar, la separación de
la familia y la terrible
incertidumbre por el
porvenir— aquellos años
de dolor, noticias
imprecisas, comidas
frugales, caminos
infinitos, y cartas,
muchas cartas, que el
autor ha incluido en
este texto y, sin duda,
ayudan a dibujar y
rescatar, atmósferas,
paisajes, escenarios.
Pero ¿cómo llega Raúl
Hernández Ortega a esta
historia? La relación
entre el escritor de San
Antonio de los Baños y
los Posada Medio supera
desde sus mismos
comienzos —en tiempo y
afectos— la que
habitualmente puede
observarse entre un
investigador y su objeto
de estudio.
En realidad no soy
historiador ni
investigador, me acerqué
al tema de la Guerra
Civil Española por un
problema sentimental. Yo
tendría unos diez años e
iba a la escuela con
algunas de las hijas de
la familia asturiana. Un
día, no recuerdo cuál de
ellas me comenta que su
papá es español, y los
cubanos siempre tenemos
—tal vez por esa
circunstancia del agua
por todas partes, como
decía Virgilio— una
curiosidad peculiar por
esas cosas, en el aula
todos éramos cubanos.
Otro día una me dijo:
“Un tío mío cuando la
guerra se perdió”, y
aquello me llamó la
atención, me sonó a
novela.
Decías que es el primer
libro que pensaste
escribir.
Siempre fui muy curioso
y esta familia, como es
lógico, conserva
tradiciones asturianas,
en la manera de comer,
por ejemplo. En la casa
lo mismo te encontrabas
un automóvil viejo o un
libro interesantísimo,
que una lámpara art
nouveau, una
escultura o un sombrero
que parecía de Napoleón.
Aquello estaba lleno de
historias. Y este libro
es de esas cosas que uno
quiere hacer y va
aplazando, pero cuando
vi las cartas que los
hermanos habían escrito
durante su infancia, me
dije que tenía que hacer
el libro de los Posada
Medio. Me gusta escribir
desde los afectos, desde
las percepciones y
sensaciones, disfruto la
poesía, aunque en este
caso fui muy respetuoso
y no metí la mano en
nada: ahí todo lo que se
cuenta fue lo que
dijeron ellos y de la
manera en que lo
dijeron.
¿Cómo está organizado
este volumen?
Mi interés no era
exactamente la Guerra
Civil Española, sino
estos seres humanos que
tuvieron que vivir la
penuria de la guerra.
Por eso, el libro está
hecho desde la
perspectiva de la
infancia. También cuenta
con un prólogo de la
Dra. Áurea Matilde
Fernández, toda una
autoridad en el tema, en
primer lugar porque ella
misma fue una niña de la
guerra y es asturiana,
como los Posada Medio;
además, ha dedicado toda
su vida al estudio de la
historia. Después de
estas palabras
introductorias escribí
Había una vez…,
donde hago el cuento
del surgimiento de este
texto, dividido en tres
capítulos: “La casa”,
“El morral” y “Cuba”.
En “La casa” estos cinco
hermanos evocan los
recuerdos que tienen de
Villaviciosa, en
Asturias: la casa como
espacio de olores,
colores, sabores,
juegos, afectos, sueños,
pasiones… todo lo que
formaba parte del mundo
tangible e intangible de
esa primera infancia, y
cómo se ve interrumpido
de manera tajante, a tal
punto que tienen que
arrancar las cortinas de
la casa, hacer unos
jolongos, echar ahí unas
cuantas cosas y
marcharse.
“El morral” cuenta los
tres años que vivieron
en Francia, luego en
Cataluña, después
nuevamente en Francia,
hasta que llegan a Cuba.
En este acápite se
encuentran cartas llenas
de sentimiento, de
inmediatez: ahí relatan
si en el momento de
escribir estaban cazando
grillos o buscando coles
para comer; son cartas
escritas desde la
inocencia, pero donde
también se cuenta del
frío, del hambre, de lo
que están sufriendo.
“Cuba” narra cómo fueron
acogidos en San Antonio
de los Baños, pueblo
cubano en el que los
Posada Medio se
establecieron desde su
llegada a nuestro país
en 1940. En este
capítulo, los hermanos
explican cómo
descubrieron el color y
el sabor de estas
tierras, cómo se sienten
cubanos. Ellos llegaron
luego de tres años
difíciles: pasaron por
campos de refugiados,
cruzaron Los Pirineos a
pie, en medio de esos
avatares nace el más
pequeño de los hermanos.
Es una historia bien
interesante y sobre todo
hay dos personajes que
merecen especial
atención: Doña Teresa y
Herminia (La chata),
madre y tía de estos
cinco muchachos, pilares
de esta odisea.
Para mí no es un libro
sobre la guerra, es un
libro sobre la familia,
sobre la supervivencia,
es un libro del amor.
La casa en un morral
privilegia una secuencia
cronológica…
Me pareció que como
teníamos cinco
testimoniantes, de mover
demasiado los planos
temporales el lector
pasaría mucho trabajo
tratando de enterarse de
lo que estaba
sucediendo. “La
casa” y “Cuba” están
compuestos por
testimonios puros, se
intercalan uno u otro
hermano porque a veces
resulta interesante ver
la opinión que tiene
cada uno de un mismo
hecho que compartieron;
mientras, en “El
morral”, que es el
capítulo más intenso y
quizá más interesante,
se van intercalando los
testimonios de los
sucesos con lo que
escribían ellos en las
cartas a su padre.
¿Cuáles fueron los
procesos de selección
del material y las
entrevistas?
Hace mucho tiempo estoy
cerca de la familia, y
justamente en el 2009,
preparando un evento por
los 80 años de Pepe
Posada —caricaturista y
primer artista que
conocí— descubro que
existían todas estas
cartas. Me quedo
fascinado cuando veo que
hay tantas, algunas con
dibujos. A partir de ese
momento hice un diseño,
lo presenté como
proyecto al Centro
Pablo, y obtuve el
Premio Memoria. Un año
después dispongo de
tiempo para hacer las
entrevistas, ya había
transcrito todas las
cartas, había
confeccionado mapas de
las rutas que habían
seguido, había mirado
decenas de fotos y hecho
una selección de las que
serían incluidas en el
libro. Luego transcribí
todas las entrevistas y
seleccioné los
materiales que iba a
utilizar. Las cartas las
escogimos siguiendo un
criterio cronológico, de
presencia de los cinco
hermanos y de la madre.
El título, La casa en
un morral, es una
idea recurrente dentro
de los testimonios
recogidos.
En Cuba estamos muy
acostumbrados a la
palabra exilio, y hay
muchos exilios. En
primer lugar fuimos
territorio español de
ultramar, muchísimos
españoles vinieron, y
luego chinos, judíos y
muchísimas personas de
distintos lugares del
mundo. Y hasta el día de
hoy de aquí se está
yendo gente a cualquier
rincón del planeta. Pero
en realidad soy bastante
conservador: hace más de
50 años nací en San
Antonio y aunque me he
ido a estudiar y
trabajar fuera de este
pueblo, siempre he
regresado; me cuesta
pensar que mis nietos no
van a crecer en el mismo
ambiente que yo. Por
otro lado, para mí las
casas son espacios
sagrados: en la casa
tienes el rincón donde
te sientas a pensar, a
tomar el fresco, donde
pones tus libros, donde
tienes un pajarito que
te canta. Tengo mi casa
en mi cabeza, y eso de
arrancar e irte a no sé
dónde es un poco andar
como el caracol, con la
casa a cuestas, con la
casa en un morral: es
meterlo todo en un saco,
irte, sin saber a dónde
o por cuanto tiempo,
empezar a sacar cosas y
armar lo que dejaste.
Claro, algunas cosas
caben en un morral, y
otras, evidentemente,
no.
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