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Dr. Gustavo Cobreiro
Suárez, rector de la
Universidad de La
Habana.
Dr. Ignacio Ramonet
Compañero Ricardo
Alarcón, presidente de
la Asamblea Nacional del
Poder Popular y miembro
del Buró Político de
nuestro Partido.
Compañero Abel Prieto,
ministro de Cultura.
Estimadas y estimados
invitados y miembros de
la comunidad
universitaria:
Honrar honra, sentenció
José Martí en dos
ocasiones durante su
fecundo peregrinar
por tierras de nuestra
América: la primera en
1876 en un artículo
publicado en la
Revista Universal,
de México, y la segunda
en el primer número de
la Revista Venezolana,
fundada por él en 1881,
en Caracas.
En solo dos palabras
nuestro Héroe Nacional
sintetizó uno de los
principios esenciales de
su inconmensurable
eticidad, al destacar la
importancia que tiene
para el mejoramiento
humano reconocer la obra
de quienes por su
contribución a una causa
noble son acreedores de
respeto, admiración y
afecto.
Consciente de que al
honrar a quien lo merece
se honra a sí misma, la
Universidad de La Habana
recibe hoy en su Aula
Magna a una figura de
relevante prestigio
internacional por sus
aportes al conocimiento
de los complejos
procesos en la
producción de
comunicación.
Reconocemos en el
profesor Ignacio Ramonet
no solo al investigador,
de mente lúcida y visión
de futuro, sino también
a un luchador
infatigable por ese
mundo mejor y necesario
con el cual ha estado
comprometido desde su
juventud.
Hace apenas dos meses
nos visitó para
compartir con nosotros
sus más recientes
reflexiones sobre el
impacto de Internet en
la elaboración,
distribución y consumo
de productos
comunicativos, recogidas
en su libro La
explosión del
Periodismo. De los
medios de masa a la masa
de los medios cuya
edición cubana será
presentada el próximo
domingo 12 de febrero en
la Feria Internacional
del Libro de La Habana.
Para Ramonet, uno de los
rasgos esenciales del
contexto comunicacional
actual es la capacidad
del individuo para
autoinformarse y
convertirse en emisor
gracias a las
posibilidades de la red
de redes.
Internet —nos dijo—
está permitiendo que
cada ciudadano tenga
acceso a una información
sin absolutamente
depender de los grandes
medios centrales de
antes
y, por otra parte,
el nuevo dispositivo
tecnológico hace que
cada ciudadano no sea
únicamente receptor de
la información,
que fue la norma
durante mucho tiempo
desde que existen los
medios de comunicación
de masas. Sobre esto y
mucho más nos invita a
reflexionar Ramonet en “La
explosión del Periodismo...
Antes de continuar les
ruego me permitan hacer
algunos comentarios
sobre el acto que nos
convoca hoy.
Desde hace cuatro años,
la Universidad de La
Habana decidió otorgar
el título de Doctor
Honoris Causa al
profesor Ignacio
Ramonet, quien por
múltiples razones no
pudo venir a recibirlo.
Otros fueron los actores
de nuestra Facultad de
Comunicación quienes
promovieron el
otorgamiento de tan alta
distinción. Entre ellos,
el entonces decano de
nuestra Facultad, el
querido colega, amigo y
compañero Dr.
Julio García Luis, cuya
inesperada desaparición
física hace solo unas
semanas nos conmovió a
todos.
Con su proverbial
dominio del lenguaje
escrito para exponer las
ideas, desde las más
simples hasta las más
complejas, Julito, como
cariñosamente lo
recordaremos siempre,
escribió en febrero de
2008 un proyecto de
elogio para esta ocasión
el cual les ruego me
permitan leer ahora como
tributo a su memoria.
Doctor Ignacio Ramonet;
Distinguidas
personalidades que nos
acompañan;
Invitados, profesores,
estudiantes:
Años antes de que
comenzara en Cuba eso
que pudiéramos llamar el
boom Ramonet
—fácilmente ubicable en
su conferencia de hace
un lustro “Un delicioso
despotismo”, en el
abarrotado teatro Karl
Marx—, ya él sostenía
sólidos nexos con los
creadores cubanos del
cine y otros campos de
la cultura, y ya nuestra
todavía pequeña pero
siempre inquieta
comunidad de estudiosos
de la comunicación,
andaba con sus trabajos
debajo del brazo, sus
textos pasaban de mano
en mano, o se colocaban
en fotocopias en las
bibliotecas para que
estudiantes y docentes
tuvieran acceso a
ellos. Ramonet tenía ya
un sitio entre los
iconos de un selecto
altar, al lado de Armand
y Michèle Mattelart,
Manuel Martín Serrano,
Pierre Bourdieu, Jesús
Martín Barbero y otros,
en los que buscábamos
las respuestas para
muchas acuciantes
preguntas que plantea la
comunicación en este
mundo y en este país.
Es decir, no lo vamos a
incorporar a nuestro
claustro de honor con
este Doctorado. Él es un
profesor que ha estado
presente, de hecho, en
la formación de las
últimas generaciones de
periodistas y
comunicadores sociales
cubanos, con una obra
sólidamente arraigada en
la universidad y el
pueblo. Solo
confirmamos con este
acto ese fenómeno
singular y le hacemos
justicia.
Si debiéramos invocar en
este momento lo que
consideramos su mérito
mayor, podríamos decir:
Ramonet no ha hecho de
sus estudios de la
comunicación un mundo
cerrado; antes bien, se
ha adentrado en el mundo
de la comunicación para
ayudarnos a entender, y
más aún, a tratar de
transformar, las
relaciones de poder, las
hegemonías políticas,
económicas y culturales
de este mundo tan
contradictorio, en el
que una nueva era de
esperanza pudiera
renacer, o que pudiera
convertirse, por el
contrario, en la última
estación de la
civilización humana.
A él le debemos un
cuadro actualizado y
vivo de cómo la
concentración mediática
sin precedentes, el
cambio tecnológico, la
experiencia acumulada de
dominación capitalista,
la fuerza del dinero,
convergen en las últimas
décadas para crear un
modelo de poder y de
pensamiento mundial
únicos, correspondientes
a un proyecto de
globalización perverso y
excluyente, en el que
los medios ocupan cada
vez una posición más y
más central.
“Goma de mascar para los
ojos”, “La comunicación,
víctima de los
mercaderes”, “Cómo nos
venden la moto”, “Nuevos
poderes, nuevos amos del
mundo”, “Geopolítica del
caos”, “Internet, el
mundo que llega” son
algunos de los textos
publicados por Ramonet
durante los años 80 y
90, en los que él ya
avizoraba con
preocupación la
configuración de un
sistema mundial en el
que la información,
considerada ante todo
como mercancía, dejaría
cada vez más de lado la
misión fundamental de
los medios de esclarecer
y enriquecer el debate
democrático.
El colapso de la Unión
Soviética y de la
llamada comunidad
socialista europea
desencadenaría en esa
etapa el cambio
estratégico,
multiplicaría todos los
desequilibrios e
inequidades, y crearía
condiciones para que esa
nueva geopolítica del
terror, con su dictadura
simbólica y sus cañones
desenfundados, diera
paso a las atroces
realidades de nuestros
días.
Propagandas silenciosas,
escrito en las vísperas
del nuevo siglo,
atraería la atención
sobre el fenómeno
omnipresente de la
publicidad comercial
capitalista.
La conjunción de los
grandes conglomerados
mediáticos con las
tecnologías de
telecomunicaciones, las
redes digitales, el
despliegue en progresión
geométrica de Internet y
el rumbo, ya real, para
integrar todos los
soportes y lenguajes en
un solo medio,
marcharían de la mano
con la conversión de lo
publicitario en un
discurso universal,
válido para timonear la
política, decidir las
campañas electorales,
aplastar las culturas
más débiles, forjar
consensos de todo tipo,
barrer con lo que
pudiera quedar de
periodismo y prensa de
verdadero servicio
público y erigir en su
lugar una especie de
dulce tiranía en la que
los seres humanos del
Primer Mundo, y los de
algunas capas
privilegiadas del resto
del planeta, supuestos
vencedores, pagarían ese
dudoso triunfo con el
sometimiento absoluto al
dios del mercado y la
enajenación
embrutecedora.
Esa especie de pesadilla
orwelliana, ese mundo
patas arriba del que ha
hablado Galeano, esa
incapacidad para ver la
realidad, al lado de esa
capacidad fáustica para
crear realidades
virtuales, se parecen
demasiado a las fórmulas
que nos deparan hoy los
inefables W., Condoleeza
y otros de su misma
especie, sin excluir a
algunos políticos
obedientes de la culta
Europa.
Ya en La tiranía de
la comunicación
—1999—, Ramonet había
advertido que el impacto
de los fenómenos en
curso, en cuanto a la
información, se
expresaría cada día más
en hechos como el
mimetismo mediático, la
espectacularización de
la noticia y la
sobreposición de lo
emocional por encima de
lo racional.
Uno de los fenómenos que
él cita en su libro lo
habíamos vivido muy bien
los cubanos, en enero de
1998, cuando nuestro
pueblo acogía con
respeto la visita de una
gran personalidad
mundial, el papa Juan
Pablo II.
Más de mil periodistas,
todas las grandes
cadenas de televisión
del mundo, entre ellas
las principales de
EE.UU. y sus conductores
estrella, seguían desde
La Habana aquel
acontecimiento, al que
le habían conferido con
toda intención un matiz
político y una
espectacularidad
apocalíptica que poco
tenían que ver, por
cierto, con el carácter
pastoral que le atribuía
el Vaticano. Bastó, sin
embargo, que en
Washington estallara una
nueva ronda del
affaire Clinton-Lewinsky,
para que los cubanos,
atónitos, viéramos volar
de regreso a su país, en
cuestión de horas, a
todas las luminarias de
la televisión
norteamericana, llamadas
de urgencia por sus
cadenas para hacerse
cargo del nuevo show
mediático. Abandonaron
un verdadero
acontecimiento de
relieve histórico y
partieron en busca de
carroña… sí, sabemos muy
bien de lo que habla
Ramonet.
Una de las más notables
elaboraciones teóricas
de Ramonet ha consistido
en caracterizar el
contenido, también
hegemónico, de las
relaciones que se
establecen actualmente
al interior de los
sistemas de medios de
cada país, y de los
sistemas de medios
considerados a escala
regional y mundial.
Este no es un vínculo
equitativo. No es un
diálogo entre iguales.
No es un nexo de mutua
influencia y
complementariedad, en el
que las fortalezas y
debilidades propias de
cada medio encontrarían
su lógico ajuste. Es
también una relación de
poder.
La televisión, en tanto
medio dominante —como
previsiblemente lo
podría también hacer
Internet, llegado el
momento, en su
vertiginoso desarrollo
hacia el futuro—, impone
al resto de los medios
su lógica, su discurso,
su agenda y hasta su
forma de hacer. La
posibilidad tecnológica
de transmitir imágenes
directas, en tiempo
real, induce la ilusión
de que ver es
comprender. Los
acontecimientos que
posean riqueza visual,
aunque sean triviales,
pueden aspirar a un
espacio en la pantalla.
Lo que no sea capaz de
proporcionar imágenes
interesantes, en el
sentido que se cataloga
aquello que sea capaz de
cautivar y vender, por
más que resulte
intrínsecamente
importante para la
gente, no podrá aspirar
a entrar en la agenda de
la televisión y, por
tanto, no podrá
existir.
Hasta naciones con
culturas milenarias y
arraigadas tradiciones
de racionalismo,
profundidad informativa
y reflexión pública
sucumben sin antídoto
posible ante este
tsunami que tiene su
epicentro en el abismo
oceánico de la
globalización
neoliberal.
Este panorama —nos
enseña Ramonet— coloca
en manos de los
opresores posibilidades
inéditas y hasta casi
ilimitadas de
manipulación.
De la vieja idea de la
censura, que no ha
desaparecido, entendida
como control, como
restricción, como cierre
del acceso a las fuentes
o prohibición de
publicar, se puede pasar
a un nuevo tipo de
censura basada en el
aparente exceso de
información, en el
aturdimiento del ser
humano con una falsa
pluralidad, con una
avalancha de imágenes
desarticuladas de su
contexto, en la que se
mezclan distintos tipos
de basura, y a partir de
las cuales el individuo,
supuestamente
sobreinformado, debiera
ser capaz de construir
por sí solo una
comprensión de complejos
problemas, que sin
embargo solo podría
surgir de un empeño
serio de información y
uso de la inteligencia.
La búsqueda de
veracidad, conquista
ética de casi tres
siglos de accidentado
ejercicio del
periodismo, es orillada
y reemplazada por el
interés ganado a
cualquier costo y la
capacidad de entretener.
La repetición mimética
sustituye a la
demostración
argumentada. Internet
agrava aún más esta
tendencia al difuminar
la responsabilidad y
permitir que cualquier
rumor escale la
categoría de noticia.
Todas estas, y muchas
otras ideas
desarrolladas por
Ramonet constituyen
armas de lucha
fundamentales de los
pueblos y los
movimientos progresistas
y revolucionarios; una
batalla que se da y se
dará, cada día más, en
los campos de la cultura
y de la comunicación,
donde más poderosa es la
industria y mayor la
experiencia de nuestros
contrincantes; una
batalla que no se podría
imaginar siquiera, en
estos inicios del siglo
XXI, como un ejercicio
de arqueología de
modelos y formas ya
trascendidos, sino como
una defensa en la que
avanzamos sobre el
enemigo, nos apoderamos
de sus armas y le
presentamos porfía en su
propio terreno.
Ramonet, por otro lado,
no se ha sentado en su
poltrona académica a ver
qué ocurre.
Al lado de la cátedra de
Teorías de la
Comunicación en la
Universidad Paris VII
Denis-Diderot, está su
labor como director del
mensuario Le Monde
Diplomatique y de la
publicación bimestral
Manière de voir, que
son importantes tribunas
de pensamiento político
y teórico.
Ramonet es un
especialista en
geopolítica y estrategia
internacional. Es
experto consultante de
Naciones Unidas en este
campo y conferencista en
instituciones francesas
de alto rango. Es
fundador de varias
organizaciones no
gubernamentales, entre
ellas el Observatorio
Internacional de Medios
—Media
Watch Global—,
del cual es Presidente.
Es miembro fundador del
Grupo TANGER: Teorías y
Nuevos Análisis sobre
Globalización Económica
y Resistencias.
Pero por encima de todo,
Ramonet es un activista
político. Su vínculo con
los movimientos
populares, emancipadores
e integracionistas de
nuestra región ha sido
prolongado y constante.
Un libro dejó testimonio
de sus contactos con la
máxima dirigencia
zapatista, en Chiapas.
Sus relaciones con la
Revolución Bolivariana y
con su indiscutible
líder, el presidente
Hugo Chávez, son
estrechas. Es miembro
del Consejo Asesor de
TELESUR, un proyecto
alternativo y
profesional de nuestra
región a las grandes
cadenas imperiales de
información
—y
desinformación—
continuas. La
participación
intelectual y política
de Ramonet en la
reconstrucción, desde la
base, del movimiento de
liberación y de
izquierda —desorientado,
confundido y debilitado
después del derrumbe de
la Unión Soviética—,
merecería por sí sola un
análisis detallado y un
reconocimiento. Fue
fundador y ha sido
animador permanente del
Foro Social Mundial de
Porto Alegre, que nos ha
dado esa consigna
abarcadora, antisectaria,
que tanto se necesita en
esta hora: “Un mundo
mejor es posible”.
Cien horas con Fidel,
al fin. Todo cuanto
hemos señalado hasta
aquí se pudiera resumir
en una idea: este
entrevistado y este
entrevistador viajaron
toda la vida para
encontrarse en el punto
preciso en que podía y
debía surgir ese libro.
Antes, tal vez, no
habría sido posible.
Fidel llegó a la cita
con más de medio siglo
de lucha, experiencia y
reflexión
revolucionarias. Ramonet
acudió con una
perspectiva intelectual
racionalista, humanista,
muy vinculada a la
comunicación, al
periodismo, a las
preocupaciones
universales por el mundo
y por los pueblos
desfavorecidos. Es
cierto que Ramonet
pregunta y que Fidel
responde. Pero esta
relación no es tan
sencilla ni tan
esquemática. Hay mucho
de pregunta en las
respuestas. Hay mucho de
respuesta en las
preguntas. El texto es
de Fidel, mas se trata
aun así de una obra
construida en el
diálogo, en el parto
socrático del
conocimiento. Sin una
química del
entendimiento, sin un
nivel de reciprocidad
cultural, de respeto
mutuo, no tendríamos
este libro. Aunque sea
sabido, los periodistas
debemos volver a tomar
nota en este instante de
que no hay obra con
mayúsculas sin plena
libertad intelectual,
como tampoco sin pleno
compromiso.
Ramonet nos ofrece aquí
un ejemplo de honestidad
y ética profesional. Él
no vino a este encuentro
a deponer puntos de
vista. Vino también, por
el contrario, y eso se
lee en sus preguntas,
con absoluta sinceridad,
a expresar lo que le
preocupa, o lo que puede
preocupar a otros, en
relación con nuestro
proceso. Vino a
contrastar esos
criterios con la visión
y la perspectiva de
Fidel. Sin ese fondo,
sin ese juego de
papeles, la misión
social y cívica del
periodista habría
naufragado en las aguas
tranquilas de la
propaganda. No
tendríamos este torrente
poderoso y conmovedor de
ideas, que respira
autenticidad por todos
los poros.
Este libro es un
monumento. Sobrevivirá a
sus autores, nos
sobrevivirá a todos. No
es solo el retrato de un
hombre, de una
personalidad
irrepetible, sino el
paisaje de una época, el
resumen más acabado,
quizá, del pensamiento
político cubano. Fidel
nos habla por sí mismo y
habla por todos los que
forjaron la nación, la
independencia y la sed
de justicia de los
habitantes de estas
islas. Habla por Cuba,
por su difícil destino,
y expresa a la vez la
vocación universal de un
pueblo que mira hacia la
humanidad y se juega por
ella su propia suerte.
Ese libro tiene ahora
existencia autónoma.
Caminará con aliento
propio por los siglos:
ya emprendió el viaje.
Nos queda solo
despedirlo en el muelle
y desear, como estamos
seguros, que en su ruta
sacuda conciencias,
alumbre verdades y se
convierta cada día más
en esa fuerza material
transformadora que
necesita el mundo.
Sería ya mucho,
compañeros, si no
hubiéramos recibido,
además, del propio
Fidel, el testimonio
estremecedor de que, en
su hora más crítica,
cuando no sabía si
podría tener más tiempo
de la vida, se aferró a
terminar la revisión de
este libro y a
convertirlo en lo que
pudo ser, y por fortuna
no fue, su última
trinchera. Eso
convierte a esta obra en
un legado.
Doctor Ramonet: con
estas razones, y con la
certeza que nos viene de
Martí, de que “honrar,
honra”, la Universidad
de La Habana se
enorgullece esta mañana
al entregarle el título
de Doctor Honoris Causa.
Muchas gracias.
Intervención en la
ceremonia de
otorgamiento del título
de Doctor Honoris Causa
en Ciencias de la
Comunicación de la
Universidad de La Habana
al profesor Ignacio
Ramonet. La Habana, 10
de febrero de 2012.
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