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Me alegra poder decir
que, en el tema de la
traducción literaria,
Cuba ha sido una
verdadera potencia. Me
arriesgaría incluso con
la hipótesis de que la
fuerza fundacional de la
literatura cubana
durante el
xix y la primera
mitad del
xx dentro de la
literatura
hispanoamericana, mucho
le
debe a la sagacidad y
pericia de sus
traductores, enfrascados
en la dura lucha de
traer a nuestra lengua
lo mejor y más novedoso
de la literatura clásica
y contemporánea, y al
efecto que esta savia
ejerció en el árbol de
las letras cubanas.
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Si añadimos el rasgo de
que nuestros mayores
traductores han
coincidido de modo
general con los autores
notables, constataremos
que no hubo casualidad,
sino la voluntad de
formación e información
imprescindible para el
cultivo espiritual de un
pueblo. Es importante no
perder de vista la
relevancia de las
tertulias literarias
encabezadas por Domingo
del Monte y José de la
Luz y Caballero
(traductores ellos
mismos), dos figuras
cuyo conocimiento, afán
divulgativo y vocación
de servicio al
enriquecimiento
intelectual del país,
les llevó a nuclear
alrededor suyo a lo
mejor del panorama
nacional y vincularse
con pensadores y
artistas de Europa y
EE.UU. A esta labor
quizá fortuita, mas
ininterrumpida, se
sumaron los principales
diarios y revistas
literarias, en su papel
de vehículos para la
expresión de la
inteligencia literaria
nacional1,asentando una tradición
que, con altibajos y
deslindes necesarios, se
ha mantenido hasta la
fecha.
Baste recordar, de
manera muy breve, que
nuestro primer gran
poeta, José María
Heredia, fue también
nuestro primer traductor
sobresaliente. Por esa
línea continuaron muchos
otros escritores del
siglo (la Avellaneda,
Zenea, los hermanos
Sellén, Diego Vicente
Tejera, Fornaris,
Mendive y Mercedes
Matamoros), hasta que
casi en las postrimerías
del XIX, se destacan las
versiones hechas por
Julián del Casal y, por
supuesto, la figura
mayor de nuestra
literatura, José Martí,
quien fuera un curioso y
primordial traductor.
Durante el siglo
xx continuó el
vínculo de los poetas
con la traducción.
Poveda, Zéndegui,
Varona, Ballagas,
Florit, Brull y otros,
asumieron la traslación
y difusión de autores
extranjeros,
destacándose en esto
revistas como Cuba
contemporánea,
Avance y el
suplemento literario del
Diario de la Marina,
sobre todo en la etapa
en que fue dirigido por
José Antonio Fernández
de Castro, cuando
difundió a los
escritores del
incipiente estado
soviético (Blok, Babel,
Fedin, Maiakovski,
Pilniak), si bien es
cierto que no
directamente del ruso,
pero sí entre los
primeros países de habla
española.
Luego vino el grupo
Orígenes, y las
traducciones libérrimas
de Lezama, o las
cuidadosas de Diego,
Rodríguez Feo y Vitier.
La revista Orígenes
propagó en Cuba lo
mejor del pensamiento y
la cultura
contemporáneos, pasando
la antorcha a Ciclón,
el proyecto disidente
que terminaría
convirtiéndose en otra
importante publicación
difusora de elevada
literatura, por lo
general, en la cuerda
absurdo-violento-escandaloso-revolucionaria
que fascinaba a Virgilio
Piñera.
Después de 1959,
Lunes de Revolución
mantuvo esta línea de
traducir y extender el
conocimiento de
escritores no
hispanohablantes. Y la
prosiguió Unión,
al dedicar a las
literaturas soviética,
búlgara, polaca y rumana
números especiales que
luego se erigieron en
libros, traducidos (ya
fuera de modo directo o
“poetizando”
traslaciones literales),
entre otros, por Ángel
Augier, Pedro y
Francisco de Oraá, David
Chericián, Fayad Jamís,
Eliseo Diego, Nancy
Morejón, Luis Marré y
Desiderio Navarro2.
En esta etapa, no
obstante, sobresalen dos
poetas-traductores:
Heberto Padilla y Samuel
Feijóo, con múltiples
acercamientos a grandes
voces de la literatura
mundial, algunas por vez
primera puestas a
disposición del lector
cubano.
La usanza de traducir,
por fortuna, no se ha
extinguido entre los
escritores nacionales.
Ahí están para probarlo
las versiones de Rogelio
Martínez Furé, Víctor
Casaus, Viera Piñón,
Víctor Rodríguez Núñez,
Alberto Acosta Pérez,
Alex Fleites, Omar
Pérez, Juan Luis
Hernández Milián, Sonia
Bravo, Felipe Cunill,
Teresa Ortega, Jorge
Yglesias, Orestes
Sandoval, Francisco Díaz
Solar, Olga Sánchez
Guevara, Ramiro Fuentes,
Víctor Fowler, Jorge
Miralles, Ricardo
Alberto Pérez, Osmany
Oduardo, Noemí Díaz,
Marcia Gazca, Aida Bahr,
Manuel García Verdecia,
Edelmis Anoceto, Susana
Haug, José Adrián
Vitier, Lourdes
Arencibia y Rodolfo
Alpízar, entre muchos
otros que han vertido a
nuestra lengua las más
disímiles culturas y
estéticas de los cinco
continentes.
Insuficiente siempre,
pero sin duda meritoria,
ha sido la acogida que
ha tenido el arte de
traducir en las más
antiguas publicaciones
periódicas como La
Gaceta de Cuba,
Revolución y Cultura,
Casa de las Américas
y Unión, lo mismo
que en las más recientes
La Isla Infinita, La
Letra del Escriba, La
Jiribilla,
Cubaliteraria, Amnios,
Antenas, Matanzas, La
Noria y otras, que
junto a la Editorial
Arte y Literatura, al
Fondo Editorial Casa de
las Américas, a las
editoriales Nuevo
Milenio y José Martí, y
a varios sellos de
carácter territorial
(Matanzas, Ácana, Vigía,
Sed de Belleza, Holguín
y Santiago,
fundamentalmente), han
intentado conservar y
enriquecer el diálogo
del lector y del autor
cubanos con el resto del
mundo para que puedan
creadores y receptores
sentir que de veras
ayudan a reunir los
fragmentos de ese imán
que se quebrara en la
lejana Sinar cuando
Jehová se disgustó por
la soberbia del hombre y
quiso negarle el cielo
condenándolo a hablar
lenguas distintas. Hasta
hoy, ha sido un
imposible: los
escritores, los
traductores y los
lectores de todo el
mundo se confabulan para
seguir subiendo hasta el
infinito con sus eternas
preguntas.
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