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Durante décadas, el
estudio y divulgación de
la cultura cubana de la
diáspora, fue en la Isla
un tema tabú. Entre las
contadas excepciones de
los artistas y
escritores que se fueron
después del 59 estuvo
Lecuona, y figuras que
habían emigrado antes,
como Vicentico Valdés o
Dámaso Pérez Prado, o
aquellos que nunca
dejaron de vincularse
físicamente al país,
como Agustín Cárdenas,
Wifredo Lam,
José Juan Arrom, Julio Girona o
Ninón Sevilla.
Con los textos de la
emigración —marginados
en Cuba de antologías,
diccionarios, etc., por
razones esencialmente
políticas— se inició a
finales de 1970, todavía
muy tímidamente, una
toma de conciencia
frecuente en la historia
de la cultura: de pronto
se convierten en objeto
de cátedras y eventos
cada vez más
generalizados.
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El ejemplo más
ilustrativo se produce a
mediados de 1990, con el
resurgir o la aparición
de un grupo
significativo de
revistas culturales y de
ciencias sociales que,
como consecuencia de la
crisis económica, habían
desaparecido del
panorama editorial
cubano, y que, junto con
las contadas que
sobrevivían de forma
intermitente, atestiguan
la voluntad de renovar
sus espacios. Como parte
de una determinada
diversidad y debate de
ideas que tiene lugar en
Cuba desde principios de
los 90, estas
publicaciones proponen,
de forma creciente y
sistemática, la
divulgación de una parte
más o menos
significativa de la
producción académica y
artístico-literaria que
generan los cubanos en
el exterior. Se trata de
Temas, Casa,
Unión,
Revolución y Cultura,
Vigía, Opus
Habana y otras, así
como de revistas
especializadas en
música, artes escénicas
y artes plásticas. Estos
esfuerzos expresan el
reconocimiento de la
existencia de una
cultura cubana por
encima de las fronteras
nacionales, y de hecho
contrastan con la
intolerancia del
mainstream miamense,
caracterizado, como se
conoce, en sus sectores
más extremos por
proyecciones públicas
maximalistas que se
oponen a cualquier
contacto cultural con
los escritores y
artistas de la Isla, en
el sobreentendido de que
son meros amanuenses o
instrumentos del
Gobierno.
Capítulo aparte
merece La Gaceta de
Cuba
Durante las últimas dos
décadas La Gaceta...,
fundada en 1962 como
publicación de la Unión
de Escritores y Artistas
de Cuba y que, por
tanto, utilizando un
término de Arturo
Azuela, podríamos
definir como “revista
institucional”,
sistematizó en sus
páginas una línea
editorial que ya se
venía anunciando a
finales de los 80: la
presencia de la cultura
cubana, sobre todo la
literatura, gestada
fuera de los límites
geográficos de la Isla.
En el complejo y
cambiante panorama
cubano de los 90, La
Gaceta... ha sido
reconocida como
publicación pionera y
principal en propiciar
ese intercambio dentro
de Cuba. Contando con
importantes antecedentes
en otros espacios, la
revista cataliza de
forma protagónica ese
anhelo larvado durante
décadas de silencio, de
reconocernos (cualquiera
sea nuestro lugar de
residencia) en el corpus
de la cultura nacional.
En el prólogo a
Memorias recobradas,
libro en el que da a
conocer una relación de
los dosieres sobre la
literatura de la
diáspora aparecidos en
la revista —compilación
que, a su vez constituye
la piedra angular de
este temario en la
publicación— Ambrosio
Fornet escribe:
“Desde que apareció el
primer
dossier de La
Gaceta... se hizo
evidente que estábamos
dando respuesta a una
necesidad profunda tanto
de información, como de
coherencia intelectual
[...], los dosieres
cumplían también una
función imprevista —una
doble función, de hecho:
sociocultural y
psicosocial— puesto que
a los autores les
permitía incorporarse a
su ámbito mayor, el
formado por los lectores
de la Isla, y a nosotros
nos permitía recobrar
esos fragmentos de
nuestra propia memoria
colectiva, escindida por
el trauma recurrente de
la diáspora. No hemos
hecho más que empezar,
pero de eso se trataba,
justamente, de dar el
primer paso.”
Aprovecho para subrayar
esta idea final, pues
como dice el proverbio
armenio, para caminar
mil millas primero hay
que dar un paso. Todo
esto dio lugar a un
proceso sostenido, que
aunque hoy sigue siendo
insuficiente, su
dinámica emergente ya es
ampliamente consensuada.
La Gaceta..., que
había dejado de salir en
agosto de 1990 como
consecuencia de la aguda
crisis económica que
colapsó el mundo
editorial cubano,
reaparece en 1992 con
nuevo formato,
periodicidad y ajustes
en su perfil, acentuando
o madurando propuestas
que se apuntaban a
finales de los 80. Una
de las señales que ya se
perfilan claramente en
el primer número de su
reaparición
(enero-febrero de 1992),
es la presencia de la
cultura cubana de la
emigración o el exilio,
incluyendo desde nombres
que habían sido
excluidos radicalmente
como Celia Cruz o
Reinaldo Arenas, hasta
figuras que
posteriormente adoptaron
una definición política
contraria al proceso
revolucionario cubano,
como Jesús Díaz o
Norberto Fuentes. De los
trabajos publicados en
ese primer número,
merecen señalarse un
largo artículo —a
propósito de la
publicación en Puerto
Rico, un año antes, del
libro de entrevistas a
autores cubanos
Escribir en Cuba, de
Emilio Bejel, ensayista
manzanillero y profesor
de la Universidad de
Boulder, Colorado; y un
inédito de
Severo Sarduy,
escrito especialmente
para la edición habanera
de la Órbita de la
revista Ciclón, a
la que el autor valora
como “la que de modo más
hondo interrogó sobre la
esencia de lo cubano,
sobre el fundamento de
la nacionalidad”. Todo
inmerso en ese proceso
que el insigne propulsor
de lo carnavalesco y lo
barroco define como “un
gran río inmaterial e
irreversible”, que
“arrastra al adepto
desde su iniciación”.
La breve nota editorial
que anuncia la
reaparición de la
revista, con el título
de la conocida frase de
Fray Luis —“Decíamos
ayer...”—, subraya la
intención de “ser
expresión plena y
consciente del quehacer
actual de la cultura
nacional”. Ahora, ¿qué
se entendía desde allí
por cultura nacional?
Este compromiso inicial
y la interrogante serían
clave para que la
revista se fuera
encontrando en los años
siguientes, en “una sola
cultura nutrida de
identidad y
diferencias”.
Es significativo el
número de textos y la
representatividad de la
mayoría de los
publicados en La
Gaceta de Cuba,
durante ya cuatro
lustros (1992–2011).
Desde su reaparición
hasta el pasado año
(noviembre-diciembre de
2011), La Gaceta...
ha publicado 655 textos
que abordan, directa o
indirectamente, la
cultura de la diáspora
cubana (o exilio o
emigración, como se le
prefiera llamar), sobre
todo su literatura. De
ellos, 276 son de
bibliografía activa, 174
de pasiva y 205 que la
engloban en otros
estudios generales.
Hablando de 120 números
de La Gaceta...,
ello significa un
promedio de casi
33 trabajos al año, y
5,5 por número, al punto
de que solo en el número
3 del 99 no aparece una
referencia de peso.
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Todo esto, que puede
hablar de coherencia y
responsabilidad, ha
motivado elogios y
análisis diversos en
aras de un mejor
conocimiento y
entendimiento, pero
también ha provocado
suspicacias y críticas,
algunas realmente
tendenciosas. En el
primer dossier sobre
literatura cubana en
EE.UU., la nota
editorial de la revista
establece coordenadas,
para subrayar su
responsabilidad e
intenciones: “Frente al
fanatismo hemos asumido
la serenidad y la
madurez para acercarnos
a formas particulares de
reencontrar la identidad
a través de una
multiplicidad de
posiciones y búsquedas”.
Para cualquier lector
medianamente entendido,
está claro que al
referirse a las
intolerancias de
determinada parte del
exilio, con el uso
retórico de “fanatismo”
se está dirigiendo
igualmente a los
intolerantes o
“extremistas” de dentro.
Ahora, en mi opinión, a
las razones naturales
que provocan las
reacciones de los
extremos, dentro y fuera
de la Isla, y que tienen
comunes denominadores
(sobre todo la ruptura
familiar y la
confrontación política),
se suma el hecho de que
en el exilio algunas de
estas críticas tomaron
cuerpo en programas de
radio, artículos y
eventos. Todo ello
parece responder a una
intención declarada de
manipular políticamente
lo que sin ser
“químicamente puro”,
revela la voluntad de la
gran mayoría de los
intelectuales y cubanos
en general: lograr —con
el entendimiento
cultural, a falta de
otros en determinado
momento— la base común
generada por la
necesidad impostergable
del diálogo, más allá
del espacio propio de la
política.
Porque,
indiscutiblemente, “ir
recuperando sin traumas
los ajustes a la idea de
la nación dondequiera
que se produzcan”, como
reza la nota antes
citada, nos lleva al
borgeano aleph, como
punto imaginario
multiplicado en
cualquier sitio con la
impronta de alguien que
se sienta cubano (más
allá incluso de barreras
idiomáticas), donde se
ve todo replicado al
mismo tiempo con y en el
aire y el polvo de la
Isla.
Con el desafío,
parodiando al ilustre
ciego, de que se puede
decir que el cubano de
la Isla y el cubano “de
otras orillas” son tan
diferentes que
cualquiera podría
confundirlos. O tan
iguales que parecen
distintos. |