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Virgilio Piñera fue un
incesante traductor. De
los oficios del
intelecto fue, sin duda,
su preferido, luego de
la propia labor de hacer
literatura.
Sería complicado reunir
o cuantificar todas las
traducciones de Piñera,
sobre todo, las
realizadas en Argentina.
Se conoce que ejerció
como traductor de
francés para la
Editorial Argos, y en su
correspondencia con José
Rodríguez Feo desde
Buenos Aires se
mencionan varios
proyectos de
traducciones en compañía
del también cubano
Humberto Rodríguez Tomeu,
que no sabemos con
exactitud si fueron
terminadas o publicadas.
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En este sentido sería
muy útil revisar en su
totalidad la
correspondencia de
Piñera con Rodríguez
Tomeu que se encuentra
en la biblioteca de la
Universidad de Princeton,
en EE.UU. Sin embargo,
de esta dupla de
escritores cubanos que
ejercieron el oficio de
traducción en
Sudamérica, sí conocemos
con certeza la
culminación en 1947 del
libro de Edmond Jaloux:
Edgar Poe y las mujeres,
un ensayo biográfico
hilvanado a través de
las amistades femeninas
del escritor, en las que
—según Jaloux— buscó
siempre el refugio y la
protección de que
careció en su temprana
infancia, a causa del
fallecimiento prematuro
de su madre.
La participación
protagónica de Piñera en
el comité de traducción
de la novela
Ferdydurke, del
escritor polaco Witold
Gombrowicz, realizada en
el Café Rex de Buenos
Aires, parece ser
uno de los ejercicios
intelectuales más
legendarios de su vida1.
El escritor Ricardo
Piglia nos comenta del
carácter sui generis
de aquella labor:
Gombrowicz y Piñera
estaban rodeados por una
serie móvil de
ayudantes, entre los que
se contaban, por
supuesto, los
parroquianos y los
jugadores de ajedrez y
de codillo que
frecuentaban la
confitería Rex y que
aportaban sus opiniones
lingüísticas cuando las
discusiones subían
demasiado de tono. Este
equipo no conocía el
polaco y los debates se
trasladaban a menudo al
francés, lengua a la que
Gombrowicz y Piñera se
cruzaban cuando el
español ya no admitía
nuevas torsiones (...)
Hay que comparar esta
versión argentina con
las traducciones en
inglés o en francés para
notar enseguida que se
trata de un texto único.
Conocemos hasta dónde
fue capaz de llegar
Joyce cuando tradujo al
italiano el fragmento de
"Anna Livia Plurabelle",
de Finnegan; conocemos
las versiones al inglés
de sus novelas que nos
ha dejado Beckett, pero
es difícil imaginar una
experiencia parecida a
la de Gombrowicz con
Ferdydurke, en
Buenos Aires, en los
altos del café Rex de la
calle Corrientes, a
mediados de los años 40
(...) El Ferdydurke
"argentino" de
Gombrowicz es uno de los
textos más singulares de
nuestra literatura
(...); el español está
forzado casi hasta la
ruptura: crispado y
artificial, parece una
lengua futura. Suena en
realidad como una
combinación (una cruza)
de los estilos de
Roberto Arlt y de
Macedonio Fernández."
(Ricardo Piglia, "La
traducción de
Ferdydurke", en
revista Espacios
No.6, Buenos Aires,
1987)
También de legendaria
resulta la traducción de
Piñera de las Flores
del mal, de Charles
Baudelaire, obsequiada a
Lezama Lima en la última
y definitiva
reconciliación de la
amistad entre ambos
escritores.
Lamentablemente el
manuscrito desapareció
de la papelería de
Lezama y se desconoce su
paradero. Sin embargo,
algo se conservó de
aquella empresa pues en
la revista Albur,
del Instituto Superior
de Arte de mayo de 1990,
aparece su versión del
poema “El balcón”,
perteneciente al famoso
libro de Baudelaire.
En los proyectos de
revista o publicación
periódica donde Piñera
estuvo más involucrado
no faltó el ejercicio de
traducir. Dentro de su
revista Poeta,
de apenas dos
números de vida entre
finales de 1942 y
principios de 1943,
tradujo el ensayo de
Paul Valery “El amateur
de poemas”, así como el
poema de Aimé Cesaire
“Conquista del alba”.
Tuvo Piñera el mérito,
junto con Lydia Cabrera,
de haber volcado al
español por vez primera
en Cuba la poesía de
Cesaire, aunque,
paradójicamente, eso le
valió que en 1943 cuando
publicara su insuperable
poema “La isla en peso”
algunos intelectuales
cubanos como Gastón
Baquero llegaran a
insinuar que Piñera
estaba falseando la
realidad cubana por la
del caribe francés a
causa de su
contaminación con la
poesía de Cesaire. Idea
esta que fue totalmente
refutada, muchos años
después, por Enrique
Saínz en su libro La
poesía de Virgilio
Piñera: ensayo de
aproximación.
Igualmente en la revista
Ciclón, existen
importantes traducciones
suyas como la del ensayo
“Encuentro con Salvador
Dalí”, del escritor
Armand Lanoux; mientras
que en el magazine
Lunes de Revolución
aparece un grupo amplio
y disímil de
traducciones piñerianas
que van desde el cuento
“La visitación”, de
Bruno Schulz hasta la
historia del teatro
vietnamita.
Desde finales de la
década de 1960 y en todo
el decenio gris hasta su
muerte, sí se estableció
Piñera como traductor de
francés del Instituto
Cubano del Libro. En
este período, a pesar
del volumen de trabajo
por encargo, no siempre
de su agrado, realizó
traducciones
interesantes como
Tintorero el secuestrado
de Venecia, de Jean
Paul Sartre o La
tragedia del hombre,
de Imre Mádach a partir
de la versión en francés
de Russelot. En el libro
Virgilio Piñera en
persona, de Carlos
Espinosa, encontramos un
excelente complemento de
lo que significó esta
traducción para Piñera
en voz de la filóloga
húngara Eva Toth.
En los años finales de
su vida como traductor
del Instituto del Libro,
Piñera trabajó en textos
totalmente diversos y
complejos. Tradujo
novelas y cuentos de
escritores africanos y
vietnamitas totalmente
ajenos a su personalidad
de escritor, pero a su
vez, se enfrentó a
libros extensos y
teóricos como:
Los primeros tiempos de
Grecia: la edad del
bronce y la época
arcaica,
de Moses I Finley;
Sociología de la
literatura, de
Robert Escarpit y La
personalidad del
escritor y la evolución
de la literatura, de
Mijaíl Jrapchenko, de
más de 500 páginas y
capítulos finales
dedicados a la obra de
Turguéniev y Máximo
Gorki.
Una de sus postreras
traducciones más
memorables fue la poesía
de Arthur Rimbaud,
específicamente los
poemas “Ofelias” y “El
barco ebrio” que se
publicarían diez años
después de su muerte en
el libro Poesía de
Rimbaud con prólogo
de Cintio Vitier.
La labor de traductor de
Virgilio Piñera es vasta
y apenas imaginable en
un simple trabajo
aproximativo. Una faceta
más donde mostró su
entereza y dedicación
literaria, unido a sus
méritos como dramaturgo,
poeta y narrador. Su
labor como traductor es
reflejo de inteligencia,
capacidad de trabajo,
frescura de palabra y
sacrificio cuasi
religioso en pos de la
obra terminada.
1-
De su amigo
polaco Witold
Gombrowicz
también tradujo
Piñera
posteriormente
el cuento “El
banquete” y el
texto dramático
“Opereta”
publicado en
Albur 3
(Número
especial):
45-83; mayo
1990:
Reproducción
facsimilar del
mecanuscrito
original.
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