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El fenómeno de la
traducción dentro de la
escritura de José Martí
posee una delicada
complejidad en la medida
en que se nos da
enraizado en la entraña
misma de su poética. Su
obra, al mismo tiempo
que constituye la
producción de un gran
creador, de un maestro,
cargada de altos valores
estéticos, es también
una obra de servicio,
cuyo autor se ha
propuesto
programáticamente una
labor de mediación entre
culturas. No es el caso
del poeta que se
concentra en la
expresión de sí mismo y
de su relación con el
mundo, sajando en lo
personal, y reflejando
en sí el universo. En
Martí el hombre sale y
se desangra con
esplendor, pero como a
pesar suyo. Lo que él se
ha fijado en su
escritura, es un papel
de mediador que
participa y apuesta,
jamás un mediador
supuestamente imparcial.
De manera que la
traducción, entendida
como una operación que
decodifica y recodifica
signos, es una constante
de su poética, una
estrategia permanente de
producción de
significados, integrada
a ese trabajo de
interpretación crítica
de las realidades de su
época.
Martí, desterrado desde
sus 17 años, conocedor
de lenguas extranjeras,
observador acucioso del
acontecer internacional
y de los destinos
hispanoamericanos,
practica conscientemente
esa mediación desde sus
primeros escritos, en
los que trata de
establecer un legítimo
diálogo con la metrópoli
española. El presidio
político en Cuba
(l871) y La
revolución cubana ante
la república española
(l871) son filosas
requisitorias del cubano
a la España
colonizadora, pero
también apasionado
intento de diálogo y
explicación entre
culturas. Sus apuntes de
esta época sobre
Espronceda y Víctor
Hugo, sus estudios sobre
Goya, son a la vez
trabajo de ponderación y
selección o rechazo de
modelos internacionales,
con los que ampliar y
diversificar su
experiencia del mundo.
Dentro de esa escritura
de la mediación,
sobresale la labor
traduccional realizada
durante toda su vida. La
traducción y publicación
de un texto de Víctor
Hugo en 1875, ya en
México y luego de haber
pasado por París,
constituye un momento
crucial de su trabajo
por el resultado
producido y porque lo
acompaña un prólogo
precioso en el que
despliega un agudo
análisis sobre el acto
de traducir y su
significado.
En él trata propiamente
de los métodos que ha
seguido. De dicha
reflexión se deducen al
menos dos
consideraciones
fundamentales que
informan su método:
1.- La traducción supone
un proceso de
investigación.
2.- La traducción como
una operación de “transpensar”.
Este primer principio
(‘Traducir —nos dice— es
estudiar, analizar,
ahondar”)1 se
refiere al estudio de
los campos semánticos y
a la búsqueda detenida y
bien pensada de las
equivalencias entre un
idioma y otro; pero no
se limita a este aspecto
esencial, sino que lo
considera extensivo al
conocimiento del autor y
la simpatía por él.
Es necesario investigar
en cada caso concreto y
hallar el modo correcto.
Hay que proceder
casuísticamente. Martí,
frente a este texto,
opta por una traducción
en la cual ponga “en la
mayor cantidad de
castellano posible”, lo
que pensó Víctor Hugo.
Para ello traduce la
idea y la frase, recurre
a una traducción muy
cercana a su original,
trata de seguir la
prosodia huguiana, la
estructura y los
recursos del autor. El
parentesco de las dos
lenguas le permite
cierta literalidad. Sin
embargo, no podemos
pensar en ningún
facilismo; el texto está
traducido con
detenimiento y rigor,
párrafo por párrafo,
palabra por palabra. En
su artículo, Martí nos
permite participar en su
operación traduccional.
Después de las
consideraciones
teóricas, de la
argumentación de su
método, nos va poniendo
ejemplos de palabras
concretas que presentan
serias dificultades.
Para traducirlas, Martí
define el campo
semántico del vocablo en
una u otra lengua, sus
posibles equivalencias y
hace la elección final.
La lista es
significativa, nos
argumenta la traducción
de adoucissement,
esprit, illumination,
versement, écrasement,
décorer, jalousie y
dos frases completas que
presentan dificultades
de estilo para
traducirlas.
Es de señalar
especialmente, el caso
del vocablo esprit:
Martí lo llama con razón
“encarnación del ser
francés”. Al considerar
el contexto, Martí ha
analizado diferentes
equivalentes en español,
ha traducido esprit
como “juicio claro”,
“juicio”,
“inteligencia”,
“ardimiento” y
"espíritu”; en este
procedimiento salta a la
vista la sutileza con
que el joven traductor
discierne los problemas
del sentido y los
resuelve.
Esta presencia de las
palabras intraducibles,
que bloquean el trabajo
del traductor, provocan
la reflexión de Martí en
cuanto a la otredad de
la lengua de partida, a
las zonas que marcan
agudamente la diferencia
con la lengua de
llegada, con lo que
manifiesta su voluntad
de que el lector
participe en su propia
manipulación textual.
El segundo criterio
martiano describe la
tarea de traducir en un
plano complejo; ha dicho
primero que “traducir es
transcribir de un idioma
a otro”, pero enseguida
se corrige y expresa:
“Yo creo más, yo creo
que traducir es
transpensar”2.
Eleva así la mecánica de
la simple transcripción
a un proceso intelectual
delicado en que se
transpone el
pensamiento, “se lleva a
otro lado", “más allá
de”, como sugiere el
prefijo -trans. En el
caso de Víctor Hugo,
Martí nos dice que las
dificultades son más
graves porque en el
autor la idea es una
idea, pero la forma es
otra idea y hay que
traducir ambas. Martí
está distinguiendo las
dificultades de esa
traducción entre otras y
lo que acaba de
descubrir, según puede
interpretarse en este
texto, es el nexo
indisoluble entre forma
y contenido en los
textos verdaderamente
artísticos. Si
exploramos la vigencia
de esta relación en la
poética martiana a
través de sus textos
críticos, comprobamos
que es una constante
estética que maneja en
sus ejercicios
valorativos. Esta es una
de las primeras
formulaciones en que nos
plantea el fenómeno del
estilo literario como
una unidad inseparable
entre forma y contenido;
dice por ello que Víctor
Hugo no escribe en
francés, sino en Víctor
Hugo. Escribe Martí:
“Su forma es una parte
de su obra, y un
verdadero pensamiento:
puesto que él crea allí
o la traducción no sería
una verdad, o en ella es
preciso crear también:
—Yo no lo he traducido,
lo he copiado—, y creo
que si no lo hubiera
copiado no lo hubiera
traducido bien. He
copiado sus escisiones,
sus estructuras, sus
repeticiones, su
presunción, su
ortografía —y si me he
atrevido a variar la
construcción de alguna
frase es que esta vez he
creído que Víctor Hugo
no puso en ella
pensamiento especial, y
el lenguaje nada añadía
esta vez a la idea.—Y en
todo, de él traduje
frases e ideas.”3
En términos
lingüísticos, Martí
formula aquí conceptos
de mucha actualidad que
abordan los problemas
del sentido y del
lenguaje, donde la
significación es un
proceso en que
intervienen significado
y significante; sobre
todo en el texto
artístico, en el que el
lenguaje adquiere un
protagonismo semiótico
de primer orden. Pudiera
parecer paradójico el
uso de los términos
“crear” y “copiar”, pero
la lectura detenida de
todo el texto nos aclara
que de lo que se trata
es de copiar la forma,
es decir, a la hora de
trasvasar el sentido de
la otra lengua, crear en
ella procedimientos que
copien lo más fielmente
posible ese
engarzamiento entre
lengua e ideas del
original que se
traduce.
La traducción supone
para Martí el
pormenorizado estudio
lingüístico-semántico
del texto original y el
ahondamiento escrupuloso
en la personalidad del
autor y en su estilo,
así como la
responsabilidad frente
al lector, a quien debe
trasladarse la palabra
del otro. Su texto
introductorio termina
describiendo ese
comercio espiritual que
la traducción establece
entre su mundo interior
y el de Hugo: “(...) Él
irradia; caliento de él
mi espíritu; digo yo lo
suyo; pudiera yo decirlo
también como la
universalidad de esa
alma alta, amada y
venerada y vivida en mí”4.
Ahora bien, si aquí
Martí teoriza sobre el
proceso de traducción
literaria y establece
algunos presupuestos que
conforman su pensamiento
sobre el tema, es cierto
también que aquí
describe su estrategia
particular para traducir
a Víctor Hugo, cuyo
texto privilegia, pero
cuando traduzca del
inglés, por ejemplo, la
novela Ramona, de
Helen Hunt Jackson,
utilizará una diferente,
porque sus objetivos
como editor son otros y
en este caso prioriza la
recepción de un libro
dirigido al lector
mexicano, así que
introduce cambios en la
escritura misma, o
cuando hace versiones de
cuentos clásicos para
niños en su revista
La Edad de Oro,
tendrá otra manera para
realizar el traspaso.
Y más allá de sus
traducciones de libros,
de obras concretas para
ganarse el pan o para
realizar sus proyectos
editoriales, la lectura
en diversas lenguas
constituye también un
proceso de
decodificación continua
que lleva a cabo Martí,
y que se puede comprobar
en sus cuadernos de
apuntes, donde cita en
la lengua del libro que
lee, lo comenta en
español, intercala
traducciones suyas o
listas de palabras que
le parecen interesantes
para convertirlas en
neologismos o que tienen
algún interés
lingüístico para él.
Pero donde encontramos
un trabajo constante de
traducción implícita a
lo largo de toda su vida
de periodista, es en la
Escenas
norteamericanas,
para las cuales Martí
lee en inglés todo los
periódicos
norteamericanos, los
interpreta críticamente
y produce sus crónicas,
muchas de ellas con una
típica forma de mosaicos
donde recoge todo el
acontecer nacional de
EE.UU. Escribe acerca de
los periódicos que
inspiran sus escenas
(1883): “Ante mí están,
en largos hilos de letra
menuda que extiendo y
revuelvo los sucesos del
mes buscando forma.”5
Y, luego de ensartar una
serie de hechos
verdaderamente disímiles
pero milagrosamente
presos en la red
unitaria de su estilo,
dos o tres párrafos más
adelante a manera de
fragmento de enlace con
otros segmentos o de
estribillo
poético-reflexivo,
vuelve a anotar:
“Miríadas cuentan estas
columnas de papel, que
como alas de la memoria,
ahora revuelvo”6.
Son las infinitas
columnas de los
periódicos
norteamericanos que
Martí lee y extracta con
variadas técnicas para
traducir mucho más que
un texto, debe traducir
e interpretar un mundo,
todos los mundos de la
complejísima modernidad
norteamericana. Esa
búsqueda de “forma” lo
separa drásticamente de
los corresponsales
comunes que vierten
continuamente a otros
idiomas y sitios lo que
leen o escuchan en los
medios extranjeros sin
más preocupación que la
de comunicar noticias.
Esto lo coloca en el más
selecto grupo de
cronistas modernistas,
los recreadores de los
mundos de la modernidad.
Así que una de sus
técnicas favoritas será:
“Nosotros recogeremos,
como quien tala en mies
rica, todo lo que en
estos periódicos, a
medida que leamos,
vayamos hallando de
curioso o de notable. Y
lo agruparemos en la
misma confusión
pintoresca con que
viene a nuestras manos”
(1881)7.
Muchas de sus
escenas… se
escriben así, a manera
de mosaicos, donde la
fragmentada, diversa y
caótica vida de la
modernidad
norteamericana encuentra
una de sus formas
periodísticas más
expresivas. La
traducción será
intercalada a través de
citas y largos
parlamentos, además de
ser el punto constante
de partida. Y no faltará
la reflexión filológica
acerca de problemas
traduccionales, que se
añaden como recurso para
expresar un mundo otro
que no encuentra formas
de expresión en español.
Martí no solo se había
propuesto la fundación
de una escritura sino la
fundación de una nueva
cultura de la modernidad
y de un aparato de
ideas, creencias y
representaciones para
poblar la conciencia del
hombre moderno de
Hispanoamérica. La
traducción era una
estrategia comunicativa
y poética imprescindible
para esa construcción
inédita, donde la
interpretación de mundos
ajenos y en conflicto,
la mediación
intercultural con la
otredad resultaba una
necesidad inaplazable.
Esos desplazamientos
interpretativos que
parten siempre de la
traducción de otra
lengua-cultura son
esfuerzos incesantes de
Martí por
reconstextualizar y
refuncionalizar mundos
ajenos que debían ser
incorporados creativa y
críticamente.
Notas:
2-
Martí, José.
Ibídem.
3-
Martí, José.
Ibídem.
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