La Habana. Año X.
24 al 30 de MARZO
de 2012

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Sobre Martí y sus estrategias de traducción
Carmen Suárez León • La Habana

El fenómeno de la traducción dentro de la escritura de José Martí posee una delicada complejidad en la medida en que se nos da enraizado en la entraña misma de su poética. Su obra, al mismo tiempo que constituye la producción de un gran creador, de un maestro, cargada de altos valores estéticos, es también una obra de servicio, cuyo autor se ha propuesto programáticamente una labor de mediación entre culturas. No es el caso del poeta que se concentra en la expresión de sí mismo y de su relación con el mundo, sajando en lo personal, y reflejando en sí el universo. En Martí el hombre sale y se desangra con esplendor, pero como a pesar suyo. Lo que él se ha fijado en su escritura, es un papel de mediador que participa y apuesta, jamás un mediador supuestamente imparcial. De manera que la traducción, entendida como una operación que decodifica y recodifica signos, es una constante de su poética, una estrategia permanente de producción de significados, integrada a ese trabajo de interpretación crítica de las realidades de su época.  

Martí, desterrado desde sus 17 años, conocedor de lenguas extranjeras, observador acucioso del acontecer internacional y de los destinos hispanoamericanos, practica conscientemente esa mediación desde sus primeros escritos, en los que trata de establecer un legítimo diálogo con la metrópoli española. El presidio político en Cuba (l871) y La revolución cubana ante la república española (l871) son filosas requisitorias del cubano a la España colonizadora, pero también apasionado intento de diálogo y  explicación entre culturas. Sus apuntes de esta época sobre Espronceda y Víctor Hugo, sus estudios sobre Goya, son a la vez trabajo de ponderación y selección o rechazo de modelos internacionales, con los que ampliar y diversificar su experiencia del mundo.  

Dentro de esa escritura de la mediación, sobresale la labor traduccional realizada durante toda su vida. La traducción y publicación de un texto de Víctor Hugo en 1875, ya en México y luego de haber pasado por París, constituye un momento crucial de su trabajo por el resultado producido y porque  lo acompaña  un prólogo precioso en el que despliega un agudo análisis sobre el acto de traducir y su significado. En él trata propiamente de los métodos que ha seguido. De dicha reflexión se deducen al menos dos consideraciones fundamentales que informan su método:

1.- La traducción supone un proceso de investigación.

2.- La traducción como una operación de “transpensar”.

Este primer principio (‘Traducir —nos dice— es estudiar, analizar, ahondar”)1 se refiere al estudio de los campos semánticos y a la búsqueda detenida y bien pensada de las equivalencias entre un idioma y otro; pero no se limita a este aspecto esencial, sino que lo considera extensivo al conocimiento del autor y la simpatía por él. 

Es necesario investigar en cada caso concreto y hallar el modo correcto. Hay que proceder casuísticamente. Martí, frente a este texto, opta por una traducción en la cual ponga “en la mayor cantidad de castellano posible”, lo que pensó Víctor Hugo. Para ello traduce la idea y la frase, recurre a una traducción muy cercana a su original, trata de seguir la prosodia huguiana, la estructura y los recursos del autor. El parentesco de las dos lenguas le permite cierta literalidad. Sin embargo, no podemos pensar en ningún facilismo; el texto está traducido con detenimiento y rigor, párrafo por párrafo, palabra por palabra. En su artículo, Martí nos permite participar en su operación traduccional. Después de las consideraciones teóricas, de la argumentación de su método, nos va poniendo ejemplos de palabras concretas que presentan serias dificultades. Para traducirlas, Martí define el campo semántico del vocablo en una u otra lengua, sus posibles equivalencias y hace la elección final. La lista es significativa, nos argumenta la traducción de adoucissement, esprit, illumination, versement, écrasement, décorer, jalousie y dos frases completas que presentan dificultades de estilo para traducirlas. 

Es de señalar especialmente, el caso del vocablo esprit: Martí lo llama con razón “encarnación del ser francés”. Al considerar el contexto, Martí ha analizado diferentes equivalentes en español, ha traducido esprit como “juicio claro”, “juicio”, “inteligencia”, “ardimiento” y "espíritu”; en este procedimiento salta a la vista la sutileza con que el joven traductor discierne los problemas del sentido y los resuelve. 

Esta presencia de las palabras intraducibles, que bloquean el trabajo del traductor, provocan la reflexión de Martí en cuanto a la otredad de la lengua de partida, a las zonas que marcan agudamente la diferencia con la lengua de llegada, con lo que manifiesta su voluntad de que el lector participe en su propia manipulación textual.

El segundo criterio martiano describe la tarea de traducir en un plano complejo; ha dicho primero que “traducir es transcribir de un idioma a otro”, pero enseguida se corrige y expresa: “Yo creo más, yo creo que traducir es transpensar”2. Eleva así la mecánica de la simple transcripción a un proceso intelectual delicado en que se transpone el pensamiento, “se lleva a otro lado", “más allá de”, como sugiere el prefijo -trans. En el caso de Víctor Hugo, Martí nos dice que las dificultades son más graves porque en el autor la idea es una idea, pero la forma es otra idea y hay que traducir ambas. Martí está distinguiendo las dificultades de esa traducción entre otras y lo que acaba de descubrir, según puede interpretarse en este texto, es el nexo indisoluble entre forma y contenido en los textos verdaderamente artísticos. Si exploramos la vigencia de esta relación en la poética martiana a través de sus textos críticos, comprobamos que es una constante estética que maneja en sus ejercicios valorativos. Esta es una de las primeras formulaciones en que nos plantea el fenómeno del estilo literario como una unidad inseparable entre forma y contenido; dice por ello que Víctor Hugo no escribe en francés, sino en Víctor Hugo.  Escribe Martí:

“Su forma es una parte de su obra, y un verdadero pensamiento: puesto que él crea allí o la traducción no sería una verdad, o en ella es preciso crear también: —Yo no lo he traducido, lo he copiado—, y creo que si no lo hubiera copiado no lo hubiera traducido bien. He copiado sus escisiones, sus estructuras, sus repeticiones, su presunción, su ortografía —y si me he atrevido a variar la construcción de alguna frase es que esta vez he creído que Víctor Hugo no puso en ella pensamiento especial, y el lenguaje nada añadía esta vez a la idea.—Y en todo, de él traduje frases e ideas.”3

En términos lingüísticos, Martí formula aquí conceptos de mucha actualidad que abordan los problemas del sentido y del lenguaje, donde la significación es un proceso en que intervienen significado y significante; sobre todo en el texto artístico, en el que el lenguaje adquiere un protagonismo semiótico de primer orden. Pudiera parecer paradójico el uso de los términos “crear” y “copiar”, pero la lectura detenida de todo el texto nos aclara que de lo que se trata es de copiar la forma, es decir, a la hora de trasvasar el sentido de la otra lengua, crear en ella procedimientos que copien lo más fielmente posible ese engarzamiento entre lengua e ideas del original que se traduce. 

La traducción supone para Martí el pormenorizado estudio lingüístico-semántico del texto original y el ahondamiento escrupuloso en la personalidad del autor y en su estilo, así como la responsabilidad frente al lector, a quien debe trasladarse la palabra del otro. Su texto introductorio termina describiendo ese comercio espiritual que la traducción establece entre su mundo interior y el de Hugo: “(...) Él irradia; caliento de él mi espíritu; digo yo lo suyo; pudiera yo decirlo también como la universalidad de esa alma alta, amada y venerada y vivida en mí”4.  

Ahora bien, si aquí Martí teoriza sobre el proceso de traducción literaria y establece algunos presupuestos que conforman su pensamiento sobre el tema, es cierto también que aquí describe su estrategia particular para traducir a Víctor Hugo, cuyo texto privilegia, pero cuando traduzca del inglés, por ejemplo, la novela Ramona, de Helen Hunt Jackson, utilizará una diferente, porque sus objetivos como editor son otros y en este caso prioriza la recepción de un libro dirigido al lector mexicano, así que introduce cambios en la escritura misma, o cuando hace versiones de cuentos clásicos para niños en su revista La Edad de Oro, tendrá otra manera para realizar el traspaso. 

Y más allá de sus traducciones de libros, de obras concretas para ganarse el pan o para realizar sus proyectos editoriales, la lectura en diversas lenguas constituye también un proceso de decodificación continua que lleva a cabo Martí, y que se puede comprobar en sus cuadernos de apuntes, donde cita en la lengua del libro que lee, lo comenta en español, intercala traducciones suyas o listas de palabras que le parecen interesantes para convertirlas en neologismos o que tienen algún interés lingüístico para él.  

Pero donde encontramos un trabajo constante de traducción implícita a lo largo de toda su vida de periodista, es en la Escenas norteamericanas, para las cuales Martí lee en inglés todo los periódicos norteamericanos, los interpreta críticamente y produce sus crónicas, muchas de ellas con una típica forma de mosaicos donde recoge todo el acontecer nacional de EE.UU. Escribe acerca de los periódicos que inspiran sus escenas (1883): “Ante mí están, en largos hilos de letra menuda que extiendo y revuelvo los sucesos del mes buscando forma.”5 Y, luego de ensartar una serie de hechos verdaderamente disímiles pero milagrosamente presos en la red unitaria de su estilo, dos o tres párrafos más adelante a manera de fragmento de enlace con otros segmentos o de estribillo poético-reflexivo, vuelve a anotar: “Miríadas cuentan estas columnas de papel, que como alas de la memoria, ahora revuelvo”6. Son las infinitas columnas de los periódicos norteamericanos que Martí lee y extracta con variadas técnicas para traducir mucho más que un texto, debe traducir e interpretar un mundo, todos los mundos de la complejísima modernidad norteamericana. Esa búsqueda de “forma” lo separa drásticamente de los corresponsales comunes que vierten continuamente a otros idiomas y sitios lo que leen o escuchan en los medios extranjeros sin más preocupación que la de comunicar noticias. Esto lo coloca en el más selecto grupo de cronistas modernistas, los recreadores de los mundos de la modernidad. Así que una de sus técnicas favoritas será: “Nosotros recogeremos, como quien tala en mies rica, todo lo que en estos periódicos, a medida que leamos, vayamos hallando de curioso o de notable. Y lo agruparemos en la misma confusión pintoresca con que viene a nuestras manos” (1881)7. Muchas de sus escenas… se escriben así, a manera de mosaicos, donde la fragmentada, diversa y caótica vida de la modernidad norteamericana encuentra una de sus formas periodísticas más expresivas. La traducción será intercalada a través de citas y largos parlamentos, además de ser el punto constante de partida. Y no faltará la reflexión filológica acerca de problemas traduccionales, que se añaden como recurso para expresar un mundo otro que no encuentra formas de expresión en español. 

Martí no solo se había propuesto la fundación de una escritura sino la fundación de una nueva cultura de la modernidad y de un aparato de ideas, creencias y representaciones para poblar la conciencia del hombre moderno de Hispanoamérica. La traducción era una estrategia comunicativa y poética imprescindible para esa construcción inédita, donde la interpretación de mundos ajenos y en conflicto, la mediación intercultural con la otredad resultaba una necesidad inaplazable. Esos desplazamientos interpretativos que parten siempre de la traducción de otra lengua-cultura son esfuerzos incesantes de Martí por reconstextualizar y refuncionalizar mundos ajenos que debían ser incorporados creativa y críticamente.  
 

Notas:

1- Martí, José. “Traducir Mes fils”. Obras completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana.,  24, pág.16. (En lo adelante se cita como O.C.)

2- Martí, José. Ibídem.

3- Martí, José. Ibídem.

4- Ídem,  pág. 18.

 

5- José Martí: “Cartas de Martí. La nueva Liga Irlandesa”, O.C., t. 9, pág. 413. Por lo demás, esta crónica es un ejemplo espléndido de esta técnica que Martí llamará “de confusión pintoresca”, y que es un mosaico de noticias engarzadas por un estilo firme de clara intencionalidad totalizadora para la expresión de una enorme diversidad. Su título es ya la expresión de una forma: “La nueva Liga Irlandesa.—Primavera.—Partida de actores.—Los chinos y el opio.—El morfinismo de las elegantes.—Los policías voluntarios y los periodistas.—Irlandeses contra chinos.—La vida yanqui.—Sucesos del mes.—Rápida enumeración.—La nueva Ley de Empleos.—El puente de Brooklyn.

 

6- Ibídem.
 

7- José Martí. “Carta de Nueva York. Hechos, juicios, tributos y noticias varias a propósito de Garfield”, O.C., t. 9, pág. 53. La cursiva es de CSL. 

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.