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Cuenta Aldo Martínez
Malo, amigo de Dulce
María Loynaz, que fue
ella misma quien le
mencionara por primera
vez la traducción que
hizo durante aquel viaje
familiar a Italia, de
Ella no responde,
novela epistolar de
Matilde Serao.
Refiriéndose a sus
conversaciones con
Loynaz acerca de la
fecha de redacción de
Jardín, dice Aldo:
“Ella dice que comenzó
en 1928, pero en esa
época […] traducía del
italiano la novela
Ella no responde, de
Matilde Serao
(1858-1927), de 400
páginas”.1
Yo había leído hace
tiempo una mención a
Serao y apenas recordaba
nada acerca de dónde y
de cuál había sido la
relación de Loynaz con
su novela, pero tenía el
vago presentimiento de
que podría ser otra de
las claves de la
escritura de Jardín,
y comencé a buscarla sin
pausa.2
En
nuestras bibliotecas hay
apenas ejemplares de
libros de esta autora, a
pesar de que fue
bastante prolífica y muy
célebre.3
En la Biblioteca
Nacional José Martí,
encontré un ejemplar en
italiano de Después
del perdón, una de
sus novelas más
conocidas. Sin embargo,
le pedí a una joven
italiana a quien apenas
conocía que intentara
conseguirme la novela,
pues daba por perdida la
traducción hecha por
Loynaz, y había perdido
asimismo las esperanzas
de dar con ese libro de
Serao en Cuba,4
dada la ignorancia de su
obra que pude comprobar
en varios conocedores de
la literatura italiana
con quienes indagué
algún dato, cualquiera,
sobre su obra. Pero
muchas veces, para dar
tiempo a que una
investigación tome su
curso, hay que
olvidarla, esperar,
tener paciencia, y
ocuparse en otras cosas.
Así, yo olvidé a Serao y
Ella no responde
con el sueño secreto de
indagar algún día la
relación entre aquella
novela y Jardín.
Exploré otros espacios
de investigación, me
ocupé de otros temas, y
un día que todavía
agradezco, supe que el
Ministerio de Cultura de
Cuba iba a adquirir de
la familia de Martínez
Malo parte de la
papelería que Loynaz le
había ido entregando al
investigador pinareño
durante su larga
amistad. Me ofrecí, una
vez efectuada la compra,
a hacer una primera
descripción del fondo en
compañía del archivero
que lo custodiaría;5
quería saber bien qué
era lo contenido en el
alijo de viejos papeles
y fotografías. Hallé,
claro está, algunos
tesoros.
Uno, del que decidí
ocuparme primero, por
ser un sueño viejo,
demorado, fue la
traducción de Ella no
responde por Dulce
María Loynaz. Se trata
de un par de tomitos
mecanografiados, con
algunas correcciones
hechas a mano y varios
errores menores sin
corregir, (de
puntuación, por ejemplo:
por alguna razón se
ignoran las comas para
los vocativos). En la
cubierta de esa versión
al español, también
mecanografiada, puede
leerse: “Ella no
responde. Novela de
Dulce María Loynaz.
Comenzada a escribir en
Italia en 1938. I tomo”.
Llama la atención, en
primer lugar, la
declaración de falsa
autoría. No encuentro
explicación, a menos que
Dulce María considerara
que su trascripción era
bastante libre, pues,
según le cuenta a Aldo,
había puesto mucho de sí
en la traducción. Sin
embargo, la portada del
segundo tomo corrobora
nuestra sorpresa. Reza
así: “Ella no
responde. Novela
escrita por Dulce María
Loynaz. Comenzada en
Italia en 1938.
Terminada en Cuba en
1941. II tomo”. La
precisión de las fechas,
la repetición de la
falsa atribución echan
por tierra la tesis de
una equivocación. Quién
sabe qué llevó a Dulce
María a atribuirse —si
es que fue ella quien lo
hizo— la novela de Serao,
una escritora bastante
conocida en su momento,
que había sido incluso
traducida por Valle
Inclán;6
puede ser también que
las portadas y la
mecanografía sean obra
de otra persona, que
tomó el libro por propio
de Loynaz. Sin embargo,
sería extraño, pues el
rigor cronológico —con
la constancia de las
fechas de inicio y fin
de la escritura— era uno
de sus hábitos más
arraigados. La
inexplicable falsa
atribución se hace
todavía más dudosa
cuando descubrimos que
no coinciden las fechas
ofrecidas por Aldo en su
noticia con las
estampadas en las sendas
portadas de los dos
tomos de la copia
mecanuscrita de la
novela: hay una década
de diferencia. Continúa
el enigma, incluso,
porque la traducción es
una traducción común,
que incluye hasta la
firma de Matilde Serao
en su nota “Al lector”,
con sus iniciales M. S.
y, por tanto, hace
imposible concluir que
Loynaz pretendiera
adjudicarse la autoría
de la novela. De todos
modos, basten estos
datos como curiosidad.
Hallazgos tales
justifican las horas que
gastamos en revolver
inútilmente papeles
viejos, llenos de polvo
y moho y muchas veces
tan gastados que se hace
imposible descifrarlos.
Pero entremos en
materia. ¿Quién fue
Matilde Serao? A pesar
de ser hoy una
desconocida entre
nosotros, Serao escribió
más de 50 novelas,
fundó, en compañía de su
esposo Edoardo
Scarfoglio, tres
periódicos: Il
Corriere di Roma,
Il Corriere di Napoli
y Mattino, tuvo
su propia revista La
Settimana y fundó y
dirigió, desde 1904
hasta su muerte, Il
Giorno di Napoli.
Había nacido el 7 de
marzo en Partazo,
Grecia, en 1856. Al par
de su carrera
periodística, primero en
Nápoles y luego en Roma,
fue creciendo su
amplísima obra
narrativa, elogiada por
Carducci, quien la
calificara como “la más
fuerte prosista
italiana”, su traductor
al francés era el mismo
que traducía a
D’Annunzio, quien le
dedicó una novela, y la
edición francesa de su
libro más celebrado,
Il paese di cuccagna
(1891), contó con un
prólogo de Paul Bourget.
En un ensayo de 1903,
Benedetto Croce le
reconocía “una fantasía
admirablemente límpida y
viva”. Aunque siempre se
la asocia con el mundo
refinado y cortés de las
clases altas, su
reportaje Il ventre
de Napoli (1894) la
descubrió como cronista
de la vida cotidiana de
los desposeídos. Su obra
más reconocida es la
noveleta Le virtù de
Checchina (1884).
Fue candidata italiana
al Nobel de Literatura,
pero no llegó a
obtenerlo. Murió en
Nápoles el 25 de julio
de 1927. Cincuenta años
después de su muerte, en
1977, se publicó
L’ebbrezza, il servaggio
e la morte, una
novela que había dejado
inconclusa.7
Como puede verse,
ninguna de las fuentes
consultadas se refiere a
Ella non rispose,
que es el título
original de la novela
traducida por Dulce
María Loynaz, y
ciertamente no debe
estar entre lo más
notable de la creación
de Serao, aunque el
modelo epistolar fue
bastante explotado por
ella:
Serao wrote several
short stories in the
epistolary form between
1889 and 1918. They
appeared in collections
such as Fior di
passione (1899),
Lettere d’amore
(1901), Novelle
sentimentali (1902),
Gli amanti
(1908), La vita è
cosi lunga (1918),
all centered, as can be
inferred from their
titles, on passion and
love intrigues. She also
published a novel
entirely written in the
letter form, Ella non
rispose (1914),
which, in thematic
content and narrative
strategy, does not
differ from her short
stories.8
Sin embargo, hay varios
indicios de por qué
Loynaz eligió esa
novela. Según escribió a
Aldo el 15 de julio de
1982:
“En lo que hace a la
novela de Matilde Serao,
le admito también que
mucho mío se filtró en
su traducción. ¿De otra
manera me hubiera tomado
el trabajo de
traducirla? Y fue un
trabajo lento,
empezado tal vez antes
que
Jardín,
interrumpido muchas
veces y terminado al fin
con hasta fatiga.
“¿Que por qué lo
emprendí? Simplemente
porque al leerla me
impresionó la paciencia
de aquel hombre que para
más coincidencia se
llamaba igual (Pablo,
aclaro yo), escribiendo
cartas y cartas que
nunca eran contestadas.
Cuando al fin terminé,
yo estaba ya tan lejos
de esa pequeña tragedia,
que me había casado con
otro.”
9
Dulce María, pues, no
reconoce tampoco ningún
mérito propio a la
novela, sino ese lindar
con su propia
experiencia de tener un
amador no correspondido;
esa afirmación de que
“mucho mío se filtró en
su traducción” pareciera
explicar las
sorprendentes
acotaciones en la
portada de cada uno de
los tomos del
mecanuscrito de su
versión de la novela de
Serao. Tenía la
impresión de haber hecho
algo más original que
una traducción, más
propio que simplemente
verter la palabra de
otro a su propio idioma.
Nótese también su
insistencia en la
lentitud y hasta el
hastío del trabajo
realizado. La novela
resultó para ella, al
parecer, una práctica de
exorcismo. Lo mismo que
Pablo Álvarez de Cañas,
Pablo Ruffo escribía
incesantemente a una
mujer a quien adoraba
apenas sin conocerla. Y
la protagonista de
Ella no responde
también se casa con
otro, desdeñando a su
adorador epistolar a
quien, a su vez, y según
se revela en el trágico
final, ella adoró
siempre en secreto. No
es posible pensar que
alguien dedique tanto
tiempo a un trabajo tan
exigente como el de
traducir y luego olvide
casi cuál fue esa
fascinación primera, el
origen de ese esfuerzo.
Sorprende también que,
siendo Matilde Serao una
escritora muy reconocida
no solo en Italia, sino
en el mundo, Loynaz no
quisiera darla a conocer
en Cuba, disponiendo ya
de su traducción.
El hallazgo de la
traducción de Loynaz de
esta novela epistolar de
Matilde Serao trae
consigo nuevas sospechas
acerca de las fechas
declaradas por la autora
como las de la redacción
de Jardín, puesto
que hay algunas
coincidencias entre la
trama de la novela
italiana y el fragmento
de Jardín donde
se incluyen las cartas
de ese amado posesivo y
obsesionado, a veces
tirano y otras casi
servil, que encuentra
Bárbara en el pabellón
del jardín. Entre las
coincidencias más
notables: el amante se
dirige a la amada, cuya
voz no se escucha nunca,
son cartas de uno solo
(aunque en la novela
loynaciana el
corresponsal da cuenta
de haber recibido cartas
de Bárbara); hay, en
ambas historias, un
jardín: ya sabemos que
el de Bárbara es su
hábitat común, y Pablo
Ruffo espía a Diana
Sforza mientras pasea
por el jardín de Villa
Star, la casa donde se
hospeda, colindante con
la de Pablo. Hay, ya más
certeramente, escenas
similares: un poco
inexplicablemente, el
amante sin nombre
(recordemos que puede
llamarse Alberto,
Antonio… nunca se sabe,
solo resta en las cartas
la A inicial de su
firma) se queda preso en
el jardín de Bárbara
después de un baile dado
en la casa, y pasa la
noche en vela observando
sus ventanas. También
Pablo Ruffo pasará una
noche completa en vela,
esperando que Diana
Sforza acepte su
ofrecimiento de huida la
víspera de su inminente
casamiento con otro.
Pero quizá haya llegado
el momento de contar la
historia de Ella no
responde.
La novela —cuya trama la
autora propone casi como
una historia real en la
nota dirigida al lector,
a quien le pide dejarse
llevar por la compasión
y no hacer resistencia
ni burla a las
peripecias de ese amor
desgraciado recogidas en
las cartas de Pablo
Ruffo— tiene una
anécdota bastante
simple: Pablo, de unos
30 años, escucha cantar
a Diana Sforza un aria
de Gluck (de Orfeo)
y queda prendado de esa
voz y de su dueña (a
quien ni siquiera ha
visto todavía) para
siempre. Luego la verá
en el jardín, y su
repentino amor crece a
la vista de la belleza y
la distinción de Diana
Sforza, esa desconocida
a quien empieza a
escribirle enseguida. Le
envía flores, le pide
que se ponga un chal
para demostrar si leyó
alguna carta… en fin,
ese tipo de señales
comunes en las novelas
románticas que parecen
ignorar la realidad: los
jóvenes viven en casas
vecinas, lo más fácil
hubiera sido presentarse
o tropezar
distraídamente en la
calle alguna vez; pero
las buenas maneras de la
nobleza italiana (a la
cual, aunque arruinada,
pertenece la familia de
ella) y los usos comunes
de todas las novelas
sentimentales, impiden
que las cosas
transcurran con la
vulgaridad del sentido
común. Así, Pablo
comienza y mantendrá
durante casi un año esa
correspondencia nunca
recíproca. Diana está en
Villa Star en casa de su
benefactora inglesa,
Lady Melville, quien ha
arreglado su matrimonio
con Sir Montagu, un
diplomático inglés mucho
mayor que Diana. Pablo,
desesperado, al saber
del matrimonio
inminente, le propone la
huida; pero el deber de
Diana la impulsa a
casarse con aquel que
puede sacarla —y a su
extensa familia— de la
pobreza. La pareja sale
en viaje de bodas, y
Pablo los sigue por toda
Europa: París, Ostende,
Londres, Montecarlo,
Niza… hasta los Alpes
los persigue ese hombre
loco de pasión que verá
a su amada siempre de
lejos, siempre
acompañada —e incluso
cortejada— por otros. Al
drama del amor no
correspondido se suma la
extrañeza de ese hombre,
extranjero en todas
partes, necesitado de
ocultarse de conocidos y
desconocidos para no
hacerse sospechoso
nunca, incluso cuando
llega a hospedarse en
una hostería cercana al
castillo de los Montagu,
en Sherborne, donde el
clima, la soledad y la
desesperación terminan
por enfermarlo
gravemente. (Aquí vale
notar la calidad casi
física de las emociones,
típica del
romanticismo). Luego de
un largo periplo y
descorazonado porque,
finalmente se ha hecho
presentar a Lady Diana
—ahora Lady Montagu— sin
que ella le dirija la
palabra, Pablo decide
marcharse lejos,
acompañado por su
hermana Lisa y salir
para siempre de la vida
de Diana Sforza. Pero
ocurre, como suele
suceder en esta clase de
relatos de amores
imposibles, que Diana
queda viuda, es decir,
libre; libre para
corresponder a ese amor
impedido hasta entonces
por su virtud y por el
miedo a convertirse en
pecadora. Hace anunciar
su viudez en todas
partes, pero Pablo no
aparece. Entonces, muy
à la mode, Diana
muere de consunción o,
como sabemos aunque no
se diga en la novela, se
deja morir de amor.
Constituida casi
únicamente, excepto la
nota inicial “al lector”
y el “epílogo”, por las
cartas de Pablo Ruffo,
esta novela tiene
algunos otros puntos de
contacto con las cartas
de Jardín aunque,
hay que decirlo también,
las cartas fraguadas por
Loynaz no son solo más
metafóricas y plenas de
referencias, sino
también están mucho
mejor escritas, con más
elegancia. Pero las
semejanzas anecdóticas y
en las variaciones en el
tono de las cartas del
amante despechado
acercan, sin duda, la
historia de Pablo Ruffo
a la del amante
desconocido de la otra
Bárbara y parecen probar
que Ella no responde
alimentó de algún modo
sutil la escritura de
Jardín. Como en toda
historia de amor, hay
disputas y
reconciliaciones, pero
el tono obsesionado, a
veces desmedido, de las
cartas de Pablo Ruffo
parece haberse filtrado
—para usar el mismo
verbo que gustaba a
Loynaz— en las del
amante antiguo de
Jardín. “Carta
obscura” y “Las cartas
de la enfermedad”,
capítulos VII y VIII de
la Tercera Parte de
Jardín, asemejan
—incluso con la
“enfermedad de amor” del
pretendiente— un momento
de Ella no responde.
Para muestra, véase una
de las cartas de Pablo:
Cap Martin 3 de marzo
Hace dos días que he
llegado a pedir a este
gran bosque, lo que me
falta: Sí, a este gran
bosque obscuro y
fragante que desciende
en declive sobre el mar
y casi clava sus raíces
entre los escollos
salpicados de espuma. He
venido a pedir a este
bosque un poco de su
frescura para mi sangre
que arde y se revuelve
en mi cuerpo; he venido
a pedir silencio para
mis nervios exasperados
por la cólera, y paz,
sombra para mi corazón
sofocado por un amor que
no puede vivir ni morir…
Y creo que ya me han
hablado los árboles
añosos y las tranquilas
aguas; creo que me han
hablado las pequeñas
criaturas de la
floresta, el pájaro que
canta al amanecer, la
araña que prende en una
rama su hilo irisado…
Todo me habló y todo lo
entendí: Sé lo que me
dijo el aire y lo que no
acabó de decirme la
soledad. Y sé también,
señora, que si me
hubiera quedado en Niza
algo hubiera sucedido
allí, de todos modos. Me
fui, sépalo Vd., para no
matar a alguien, no sé a
quién, a cualquiera…
Pero no tema Vd.,
señora, no piense que su
serena vida va a ser
turbada: Ya la locura
pasó; eso creo al menos
entre estos árboles
seculares, entre estas
rocas móviles.
Perdóneme Diana; es
necesario que Vd.
comprenda la ira brutal
de un enamorado no
correspondido, un
enamorado burlado, esa
es la palabra, burlado…
Es necesario que Vd.
entienda también, que
entienda por qué tienen
que ser estas cosas,
estos vuelcos obscuros
de la razón, esta cólera
de soñador a quien
despiertan bruscamente
de su sueño.
Es necesario, Diana, que
Vd. se vuelva, que Vd.
se incline sobre este
desamparo amargo,
amarguísimo de el que no
tiene derecho… De el que
no quiso Dios que lo
tuviera; sea Vd., Diana,
la que comprenda a su
vez, la que alivie algo
si algo puede ser
aliviado… Sea Vd.,
Diana, ya que Dios no
quiere, no puede ser…
He dicho cosas estúpidas
en estos días: He
criticado sus
costumbres, sus
amistades y hasta su
manera de vestir; he
pretendido dominar su
vida, dominar una vida
donde no soy nada, donde
no puedo ni siquiera
entrar; he querido sin
que nada me autorice,
dirigir su vida desde
lejos sin más derecho
que el de amarla… Todo
esto es absurdo, lo sé;
sé que nada suyo me
pertenece, ni un soplo
de su aliento, ni un
latido de su corazón… ¡Y
es Vd., la que no me
pertenece, la única que
puede salvarme… Es Vd.
nada más, Diana!...
Solo eso podría
contestar si alguien me
preguntara por qué razón
me interpongo en su
existencia, por qué la
invado, por qué quiero
imponerle mi voluntad…
Solo eso: Ya ve Vd. qué
razón tan simple y tan
misteriosa, tan breve y
tan larga, tan ingenua y
tan trágica… Ya ve Vd.
qué razón tengo, Diana.
Y Vd., Vd…. Vd. que no
pregunta nada, que no
dice nada… ¿Cómo ha
podido permitir todo
esto, cómo ha podido
soportarlo, consentirlo
aunque sea de lejos,
aunque sea vagamente?...
¿Cómo no ha sacudido de
una vez esta extraña
invasión sentimental,
Vd. que no ama, que no
me responde?...
Usted de quien solo
tengo señales obscuras,
datos confusos que me
esfuerzo en recoger, en
interpretar, en dotar de
sentido… ¡Y que acaso
nada digan ni hayan
querido decir!...
En qué sombra me debato,
Diana… Creo entender su
voz pero no es una voz:
Creo entender la voz del
viento, de los árboles,
del mar… Pero nada han
hablado quizás. ¿Dónde
están las voces
entonces? Acaso dentro
de mí… Acaso es solo el
eco de mi propia voz que
se contesta a sí misma.
Acaso todo esto no ha
sido más que una gran
equivocación… ¡Y qué
mayor equivocación que
haberla amado, Diana,
que haber creído que
podía vencer su alma, su
destino!
Sopla un poco de brisa
entre los árboles; allá
abajo el mar se agita
entre las rocas… Ahora
me parece que dicen:
¿Por qué creíste eso?
También es el amor una
cosa vana…
Pablo Ruffo10
Creo que basta para
comprobar la pertenencia
de esas cartas
imaginarias a un mismo
linaje, el del
romanticismo,
perviviente todavía en
esa sensibilidad fin
de siècle que no era
en ningún modo ajena a
Loynaz y que asoma a
menudo en Jardín,
lo mismo que en algunos
de sus poemas. Luego que
se conoce del amor
secreto de Diana Sforza
por Pablo Ruffo, bien
podrían aplicársele a su
relación estas
reflexiones del narrador
de Jardín:
“Además, él ha pedido
perdón, aunque bien se
ve que el perdón ha sido
para él lo de menos… No
es lo que más necesita,
ya lo dice; y entonces
lo debe de haber pedido
por pedir algo más. Pero
a él, aunque ha pedido
perdón, no le preocupa
el obtenerlo, o al menos
piensa que lo ha
obtenido ya, lo da por
obtenido, y sigue
adelante hablando de su
amor, de su hambre, de
su enfermedad, pidiendo
nuevas cosas para
terminar obscuro,
colérico, más que por
irse, por dejarla a ella
con su alma tibia, con
su cuerpo blanco…
“Todo está bien. No solo
que se le perdone, sino
que se le ame. Y no se
sabe por qué ha de
amársele si no es por lo
mismo que antes hay que
perdonarle.
“Y pide perdón de un
modo ligero, breve, como
quien lo pide por haber
tropezado con alguien en
la calle… Pide perdón
por una carta y tenía
que pedirlo por una
vida. Simple error el de
haber confundido una
vida rota con un papel
que también puede
romperse. Y es
inconsciente, real y
sinceramente
inconsciente de todo lo
que hay que perdonarle…
“Y así se lo perdona
ella, apta para todos
los perdones, dispuesta
y predispuesta a todos
los sacrificios; así se
lo perdona, sin que él
alcance a comprender
siquiera la magnitud de
ese perdón, sin que él
lo sepa casi, ni se dé
cuenta de que está
perdonado, santamente
perdonado, absorto
siempre en su idea fija,
inconsciente de su
enorme, de su obscuro
pecado…
Estoy muy enfermo. Hoy
sí creo que voy a morir…
No me dejes solo. Ven,
Bárbara; Bárbara, me
amas, ¿verdad?”11
Las exigencias del
amante son parejas, la
invisibilidad de la
amada, casi idéntica,
aunque muchas veces la
narración de Jardín
adopta la perspectiva de
Bárbara, algo que de
ningún modo ocurre —no
podría ocurrir, puesto
que la novela es solo el
sucederse de las cartas
de Pablo Ruffo— en la de
Serao. Las coincidencias
son visibles,
compárense, por ejemplo,
estos fragmentos:
“Bárbara: Te escribo con
el corazón lleno de
cólera una carta odiosa,
la cual, quizás cuando
recibas, me habré
arrepentido de haber
enviado”12,
dice el amante obscuro
de Jardín, en un
arranque digno del
protagonista de Ella
no responde, quien
luego de injuriar,
llevado por los celos, a
su amada, le hace llegar
esta nota: “Un
desesperado le pide
perdón. Pablo Ruffo”.13
Ese amor obscuro,
maldito, que solo
termina en desgracia,
está también en
Jardín, en esas
cartas encontradas como
al azar por Bárbara en
el pabellón del jardín,
un amor tan fuerte y
poderoso que asfixia,
que posee, que deja
vivir apenas. Pero si la
anécdota de Ella no
responde es literal,
en Jardín la
dimensión simbólica de
ese amor obscuro, que
todo lo traspasa, que
todo lo domina, es tan
ancha y múltiple como la
idea de esa posesión
eterna, a través del
tiempo y el espacio, que
alienta en las palabras
del amante desconocido,
que parece venir —y
volver— de la eternidad,
del pasado, desde la
muerte. El calado
metafórico, inspirador
de tantas lecturas y
desvíos, de que hace
gala la novela de
Loynaz, sobrecoge a
veces en las palabras de
ese amor deseado, pero
impuesto y obligado,
amor quizás realizado
carnalmente —a
diferencia del de Diana
y Pablo— del que Bárbara
no alcanza a escapar:
Tu habilidad está en
huir, en esquivarme, en
haber logrado no
enfrentarte nunca
conmigo. Pero yo cuento
con un medio obscuro, un
medio extraño y lento
—no te asustes…—; es el
mismo de la araña o de
la lagartija: te
atraigo.
Te atraigo y no perdono,
como tampoco perdonan
los animales que se me
asemejan.
Ellos no saben de
perdón, no entienden tu
filosofía cristiana.
Ellos cumplen con su
naturaleza y con su ley,
que les manda vivir por
la presa. Mi naturaleza
eres tú, mi ley eres tú
y también mi presa.
Cumplo con mi destino y
no tengo
responsabilidades. Tú,
mientras puedas huirme,
húyeme.
Y ten presente que soy
ciego, más que la araña
o la lagartija. Como el
alfiler que clava las
mariposas impulsado por
una mano que no conoce.
Quizás constituya
especulación novedosa y
útil, digna de tu
mentalidad ya liberada,
el investigar qué mano
me mueve, qué mano me
impulsa —segura— hacia
tu corazón.
Para mí ya nada es nuevo
ni viejo, y no tengo que
hacer investigaciones.
Me limito a clavar…
Bárbara lo vio venir y
cerró los ojos.
(…)
Él estaba allí, había
estado siempre.
Y ella había creído en
su muerte; él mismo
había dicho que iba a
morir, la había fatigado
hablándole de su muerte,
pero no se había muerto
nunca, no moriría jamás;
mientras creía en su
muerte, lo había estado
reanimando con su propia
vida, nutriéndolo con su
propia sangre, cebándolo
con la dulzura
esquilmada de su
corazón.
(…)
Era él siempre, él
eternamente; él,
invencible; él
obstinado, terco,
odioso.
Bárbara sacudió las
manos y abrió los ojos.14
Las coincidencias entre
estas cartas y la novela
de Matilde Serao
—traducida por Loynaz,
según reza en su
portada, entre 1938 y
1941— inducen a pensar
en que el ejercicio de
traducción podría haber
resultado una
provocación para la
escritura de tales
episodios de Jardín,
los dominados por la voz
amenazante y lúgubre del
amado de la desconocida
antecesora con la que
Bárbara comparte nombre
y quién sabe si también
destino. Esta es la más
importante de las
huellas que dejó en la
escritura de su única
novela conocida la
traducción de Ella no
responde, la huella
más visible. Sin
embargo, hay otras
confluencias. Es
frecuente, al punto de
considerarse una marca
de estilo, que la
escritura de Loynaz se
fragmente, se suspenda,
literalmente, con la
introducción frecuente
—tanto que a quienes no
estén familiarizados con
su voz podría parecerle
excesiva— de puntos
suspensivos. Ese recurso
gramatical para crear
una atmósfera nebulosa,
hesitante, sirve a
Loynaz demasiado a
menudo… y lo mismo a la
Serao de Ella no
responde. Los
períodos cortos,
párrafos de una sola
oración que son bastante
frecuentes en su novela,
lo mismo también en la
novela epistolar de
Matilde Serao. Tal
opción gramatical no es
de lo que puso de sí en
la novela traducida del
italiano, sino parte de
lo que aquella novela
—cuya traducción puede
que comenzara para matar
el tiempo durante su
estancia en Italia— dejó
en ella. O, para decirlo
mejor, algo que encontró
en la obra de Serao
aunque ya lo llevaba
consigo. Ese tipo de
confluencias de interés
y gusto que suelen
acercarnos más a un
autor que a otro.
Curiosamente, ninguna de
Matilde Serao aparece
entre las novelas que
lee —más bien devora—
Bárbara durante su
estancia en la casona
familiar; ahí solo se
menciona a los clásicos.
Pero el vértigo mundano
al que debe asistir ese
amante que no le pierde
pie ni pisada a Diana
Sforza, su perseguidor
amoroso, se parece
bastante al que
encuentra Bárbara
cuando, del brazo del
Marino, deja el jardín y
penetra en el Mundo. El
confort, los casinos
donde se juega con
dinero que parece
comprar hasta la virtud,
los bailes, toda esa
vida galante, está en
Ella no responde y
es posible que la
atmósfera recreada allí
por Serao le haya
servido a Dulce María
para armar el escenario
exterior al jardín en el
que su protagonista
parecía consumirse en
días iguales, sujeta
como estaba a una
tradición de la que
parece huir —y de la
que, en efecto, huye—
solo para volver más
tarde a morir junto a, o
mejor, bajo los muros de
la casa de su niñez. Esa
casa misteriosa y
obscura donde había sido
amenazada de muerte
desde el pasado, desde
las cartas de aquel
amante malvado que
podría estar
representado en esa
lagartija que sobrevive
a Bárbara. La
protagonista de Ella
no responde,
habiéndose negado por
voluntad propia, o sea,
por virtud, a publicar
su amor por Pablo Ruffo,
muere también, y los
lectores de esa fallida
historia de amor echan
de menos el encuentro
final, si no con el
amado, con aquel espacio
familiar donde nació y
creció ese amor
condenado: el jardín de
los primeros
descubrimientos, de la
complicidad: es posible
que Dulce María, luego
de traducir la novela de
Serao, decidiera
regresar a Bárbara a su
primer amor, a aquel
destino obscuro de
muerte inevitable, pero
habiéndose ya abandonado
a la entrega, dejándose
ir, como en un
sacrificio, en aquel
lugar de iniciación.
Quién puede saber si ese
destino final de
Bárbara, tan esquivo
siempre a las teorías
más disímiles de los
exegetas de Jardín,
no estaba, en el fondo,
devolviendo a Bárbara al
lugar donde pertenecía,
al lugar donde había
nacido su amor, al lugar
de la incertidumbre y de
la felicidad, cumpliendo
unos años más tarde, el
destino que le estuvo
vedado a Diana Sforza.
Notas:
1-
Aldo Martínez
Malo, “¿Cómo se
escribió
Jardín?”,
disponible en el
sitio web de la
Biblioteca
Virtual Miguel
de Cervantes:
www.cervantesvirtual.com
2-
En la
compilación de
la
correspondencia
de Loynaz se
incluye una nota
sobre Serao que
reza así:
“Matilde Serao:
Escritora
italiana. Autora
de la novela
Ella no responde,
traducida por
Dulce María
Loynaz. Esta
obra permanece
inédita en
Cuba”. Véase
Dulce María
Loynaz,
Cartas que no se
extraviaron.
Fundación Jorge
Guillén/Fundación
Hermanos Loynaz,
Valladolid/Pinar
del Río, 1997,
pág. 196, nota
28. No se alude
a la
conservación de
la versión
mecanuscrita de
la traducción
hecha por
Loynaz.
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