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En mis aproximaciones a
la vida y a la obra del
narrador cubano Lino
Novás Calvo (1903-1983)
siempre ha quedado
girando en mis
pensamientos, cual si
fuera una incógnita para
mí imposible de aclarar
con suficientes
elementos, cómo fue
posible que en el año
1933 el autor de
Pedro Blanco, el negrero,
de nuevo en su España
natal —esta vez como
corresponsal del
semanario gráfico
Orbe— se dio a la
tarea de traducir al
español, por encargo de
la Editorial Espasa, de
reconocido prestigio,
una novela tan
complicada estructural e
idiomáticamente como
Santuario, del
norteamericano William
Faulkner, con quien
llegó a cruzar
correspondencia. Cuando
llegó a Cuba hacia el
año 1912
aproximadamente
—todavía no ha podido
precisarse el año exacto
de su arribo—, apenas
sabía las primeras
letras aprendidas con el
sacerdote de su aldea
natal, en las enriscadas
montañas de Galicia, y
en La Habana, y también
en otras provincias,
desempeñó los más
disímiles oficios:
abridor de ostras,
mandadero, ayudante de
cualquier cosa... En
1926 estuvo seis meses
en los EE.UU., donde
entró de manera furtiva,
y trabajó en los
muelles. A su regreso se
sabe que matriculó en
una escuela nocturna el
idioma inglés, pero no
hay constancia de que
hubiera concluido esos
estudios. Pero en
España, donde estuvo
hasta 1939 —en Madrid se
involucró en el
conflicto de la Guerra
Civil al lado de las
fuerzas republicanas—
por necesidades
económicas perentorias,
pues lo que pagaba
Orbe no eran más que
cinco dólares por
artículo, se dio de
lleno a la traducción, y
no fue solamente la
antes citada. Él mismo
le expresó en una carta
a su amigo José Antonio
Fernández de Castro,
fechada en la capital
española el 11 de mayo
de 1933: “He traducido
las Notas al
Manifiesto Comunista,
un largo libro sobre
maravillas antiguas que
no saldrá con mi nombre,
un libro sobre los
hugonotes, Viaje sin
vuelta, que está por
salir, Canguro,
de Lawrence,
Contrapunto, de
Huxley y ahora estoy en
Santuario de W.
Faulkner. Todo esto para
vivir mal y trabajar 16
horas diarias”. En carta
anterior al mismo
destinatario, le
comentaba: “Aquí me
tienes, trabajando 15
horas, para vivir. Estoy
traduciendo del cokney
australiano”, especie de
jerga del inglés hablado
en esa isla-continente.
¿Qué conclusión se puede
sacar al respecto si a
este dominio del inglés
se suma que en el propio
año 1933 tradujo al
español, también para la
citada editorial, Los
pequeños burgueses,
del francés Honorato de
Balzac? ¿Y cómo explicar
que en un breve viaje a
la Alemania de Hitler,
en 1935, a su regreso a
Madrid, comentó que
traía un alemán “casi
perfecto”, sin duda, una
exageración de su parte,
pero a la vez una
confirmación? ¿Cuál
confirmación? Me la doy
a mí misma de manera
sencilla: tenía perfecto
oído para los idiomas,
se le “pegaban” las
lenguas ajenas a la
materna, fuera de raíz
germana o romance.
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A su regreso a Cuba en
1939, tras trabajar como
periodista en el
periódico Noticias de
Hoy, Miguel Ángel
Quevedo, el zar del
periodismo cubano, le
dio trabajo en la
revista que dirigía,
Bohemia, donde ya
habían aparecido algunos
cuentos suyos. Su labor
allí consistía en
traducir al español cada
número de la revista
Times y colocar el
material en la mesa de
su jefe para que este
seleccionara lo que iba
a publicar en la citada
revista. Este trabajo,
según confesión propia,
lo agotó física y
mentalmente y, sin duda,
repercutió en su labor
creativa.
Pero su excelencia como
traductor del inglés al
español quedó revelada
en un hecho singular:
cuando la revista
Life, para su
edición en español, le
propuso a Ernest
Hemingway publicar su
novela El viejo y el
mar (1952), la única
condición que puso este
fue: tiene que
traducirla Lino Novás
Calvo. Por complicadas
razones con las que
tenía que ver la
Asociación de
Periodistas y Reporteros
de Cuba, se dilató el
trámite que permitiera
la traducción, por lo
cual Quevedo, sabiendo
que tenía un gancho en
la mano, logró que
Hemingway le diera la
primicia a Bohemia
con un pago por derecho
de autor tres veces
menor que el que ofrecía
Life. Según
testimonio de Herminia
del Portal, esposa de
Lino Novás Calvo,
ofrecido a Ciro Bianchi
Ros, Hemingway le dijo a
Lino: “Publícala
completa en Bohemia”.
Así, comenzó Lino, ahora
en firme, la traducción
propuesta inicialmente
para Life. Contó
con el apoyo del propio
autor —necesito, le dice
Lino, me ayude “sobre
los puntos que encuentre
oscuros”— y de un
capitán de cabotaje, de
origen vasco. Concluida
la traducción, fue
publicada en una especie
de separata, con portada
independiente, en el
número de Bohemia
correspondiente al 15 de
marzo de 1953. Desde
días antes la propia
revista, con verdadero
entusiasmo mediático,
comenzó a publicitar lo
que, sin duda,
constituía un suceso:
“¡Sensacional!
¡Exclusivo! Bohemia
publicará El viejo y
el mar, una obra
maestra de la literatura
americana que podrá
usted apreciar por
primera vez en español
como si la leyera en
inglés. ¡Y ES UNA NOVELA
CUBANA! por Ernest
Hemingway. El más
original, el más
vigoroso, el más humano
de los novelistas
americanos de nuestro
siglo. Traducción de
Lino Novás Calvo,
revisada y autorizada
por el autor. Una
originalísima traducción
que jamás usted podrá
olvidar. La novela
completa en la edición
correspondiente al 13 de
marzo [—en realidad
apareció el 15—] y sin
alterar el precio de 15
c.”
El 30 de marzo, sin que
el nombre de Novás Calvo
figurara como su
traductor, apareció en
la edición de Life.
Hemingway donó sus
derechos de autor
pagados por Bohemia
al hospital de leprosos
de El Rincón, destinados
a adquirir televisores
para la sala de niños.
Por su parte, Lino se
compró un auto Ford de
segunda mano.
Pero la vida siempre se
le complicó a Lino con
los idiomas. Antes que
sucediera lo antes
narrado, él se
desempeñaba como
profesor de francés en
la Escuela Normal de
Maestros de La Habana,
cátedra que había ganado
en limpia oposición y en
la que tuvo entre sus
alumnos a Eduardo Heras
León. Al ocupar
Aureliano Sánchez Arango
la cartera de Educación,
en el año 1949 ordenó
que los profesores que
no estuvieran titulados
quedaran cesantes. El
hecho prácticamente lo
aniquiló en el orden
moral. En carta a su
gran amigo José Antonio
Portuondo, del 23 de
febrero de 1949,
escribe: “Yo había sido
nombrado como la inmensa
mayoría, con título de
Berlitz, —se refiere a
un método de estudio
creado por el filólogo
alemán Maximiliano
Berlitz, mediante el
cual la enseñanza de
idiomas se basaba
exclusivamente en el
empleo de la lengua que
se deseaba aprender—
según exige el
reglamento. Tenía
planes. Estaba
preparando un texto (no
existe un solo texto de
francés adaptable a la
segunda enseñanza); me
llevaba bien con el
titular; había vencido
ya las primeras
dificultades técnicas de
comportamiento frente a
los alumnos; estaba
dando clases a ochenta y
pico. [...] Por primera
vez tenía algo que
armonizaba con mis otras
ocupaciones: pocas horas
de trabajo, seguridad
(eso creía yo) y —no
menos importante— esa
fortaleza interior que
da el estar haciendo
algo, y también el tener
una modesta
responsabilidad de mando
o dirección. Todo esto
estaba empezando a hacer
de mí una nueva persona;
me sentía renacer; o
mejor, nacer a un nuevo
tipo de vida. Y de
golpe, para afuera. Y el
más absoluto vacío e
indiferencia a mi
alrededor”. No bastaron
gestiones de amigos
cercanos al político:
Lino se vio obligado a
matricular en el
Instituto de Idiomas
anexo a la Universidad
de La Habana, del cual,
finalmente, se graduó en
1955 como profesor de
idioma francés, 32 años
después de haber
traducido de manera
impecable, de la lengua
de Balzac, una de sus
más conocidas novelas.
Fue restituido en su
cargo.
En medio de los avatares
de su cesantía, Lino,
quizá sacando fuerzas de
su espíritu a veces muy
amilanado por los golpes
de la vida, escribió
para el Mensuario de
literatura, historia y
crítica (número 10,
septiembre de 1950, pp.
y 24), que dirigía Raúl
Roa, un ensayo de
matices teóricos, pero
pulsado desde su propia
experiencia, que tituló
“Nota sobre traducción”,
que, hasta donde sé,
solo se ha reproducido
en la Órbita de Lino
Novas Calvo
(Ediciones Unión, 2008),
que tuve la oportunidad
de preparar. Cito
algunos fragmentos:
“Mucho se ha escrito
sobre la traducción y,
sin embargo, como sobre
gustos, nada hay escrito
sobre ella. Abundan,
desde luego, los ensayos
y las teorías. Falta
realmente un know
how, un cómo
hacer fielmente la
traducción. Y digo
fielmente porque es la
fidelidad lo que se
hecha de menos hasta en
muchas versiones que
pasan por excelentes.
“La fidelidad en la
traducción puede tener
dos movimientos
contrapuestos. Uno, para
acercar al lector de la
traducción al autor del
original; otro,
viceversa. Ortega y
Gasset planteó ya la
disyuntiva: o el
traductor trae la
montaña al lector, o
bien lleva el lector a
la montaña. En otros
términos: o el traductor
violenta, por así decir,
su propio idioma, para
acercar el lector al
modo de decir del autor,
o por el contrario
violenta el original
para acercarlo al modo
ordinario de entender
del lector.
[...]
“En la traducción, ese
objetivo de intimidad
con el lector no se
logra sino a riesgo de
ser mal comprendido. La
impresión que
vulgarmente se tiene del
traductor es la que
ahora dan esos
intérpretes de las
conferencias
internacionales. Un
señor se pone unos
aparatos en los oídos y
dispara,
automáticamente, por un
conducto y en un idioma,
lo que automáticamente
recibe por otro conducto
y de otro idioma. Desde
luego, existen
lenguajes, muy
limitados, como los de
las ciencias exactas y
el de la diplomacia, en
que la labor del
traductor se aproxima
bastante a la del hombre
de los audífonos. Pero
ese es un lenguaje
artificial, de fichas
convencionales, que
tiene poco de común con
el idioma vivo y cálido
con que comunicamos
nuestros variados,
complejos y sutiles
movimientos del alma.
[...]
“Ocurre que la gente
suele dar por buena
cualquier traducción
cuando fluye bien en su
propio idioma; es decir,
cuando está mejor
adaptada a los clichés,
las abstracciones, los
lugares comunes del
lenguaje ‘correcto’.
Así, pues, cuando halla
que —pongamos por
ejemplo— los libros de
un Huxley o de un Gide
se leen sin tropiezo, la
versión española le
parece buena ignorando
que en su propio idioma
se leen igualmente ‘sin
tropiezo’. En cambio,
cuando se encuentra con
las asperezas,
caprichos,
retorcimientos y
peculiaridades de un
Faulkner o de un Céline,
por grande que haya sido
el esfuerzo del
traductor, la traducción
suele parecer mala, y
culpa automáticamente al
traductor.
Si embargo, esto no
puede ni debe apartar al
traductor de su línea
constante: la de
reproducir con la máxima
fidelidad posible en su
idioma, el idioma del
autor que traduce,
hasta el punto, si
posible fuere, en que la
línea divisoria entre el
pensamiento del original
y el de la traducción se
borre por completo.
[...]
“Y con esto, no estará
sino a medio camino. A
continuación tendrá que
buscar o crear en su
propio idioma, las
formas y combinaciones
capaces de producir
notas similares en los
lectores para los cuales
traduce.”
Y culmina sus
meditaciones afirmando:
“... cada nuevo autor
que se presenta a
traducir trae consigo
nuevas dificultades a
vencer y nuevas
lecciones que aprender.”
Aún desconocemos de
manera exacta cuántos
libros tradujo Lino
Novás Calvo del inglés
al español, y también,
aunque en menor medida,
del francés, pues como
él mismo afirmara,
muchas de sus
traducciones aparecían
sin firmar. Repasando su
correspondencia vemos
que tradujo también a
Mao-Tse-Tung
—“interrumpo una
traducción sobre Mao-Tse-Tung
para escribirte en el
mismo papel”, le dice a
José Antonio Portuondo
en carta del 23 de
diciembre de 1948, y a
muchos otros que nunca
podremos saber.
Maestro de la narrativa,
Lino Novás Calvo fue
también maestro de la
traducción y a él se
deben obras vertidas al
español que, como
Santuario y El
viejo y el mar, aún
continúan gozando de la
preferencia de numerosas
editoriales hispanas. |