La Habana. Año X.
24 al 30 de MARZO
de 2012

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Lino Novás Calvo
El oficio de la fidelidad
Cira Romero • La Habana
Ilustración: Karlos

En mis aproximaciones a la vida y a la obra del narrador cubano Lino Novás Calvo (1903-1983) siempre ha quedado girando en mis pensamientos, cual si fuera una incógnita para mí imposible de aclarar con suficientes elementos, cómo fue posible que en el año 1933 el autor de Pedro Blanco, el negrero, de nuevo en su España natal —esta vez como corresponsal del semanario gráfico Orbe— se dio a la tarea de traducir al español, por encargo de la Editorial Espasa, de reconocido prestigio, una novela tan complicada estructural e idiomáticamente como Santuario, del norteamericano William Faulkner, con quien llegó a cruzar correspondencia.  Cuando llegó a Cuba hacia el año 1912 aproximadamente  —todavía no ha podido precisarse el año exacto de su arribo—, apenas sabía las primeras letras aprendidas con el sacerdote de su aldea natal, en las enriscadas montañas de Galicia, y en La Habana, y también en otras provincias, desempeñó los más disímiles oficios: abridor de ostras, mandadero, ayudante de cualquier cosa... En 1926 estuvo seis meses en los EE.UU., donde entró de manera furtiva, y trabajó en los muelles. A su regreso se sabe que matriculó en una escuela nocturna el idioma inglés, pero no hay constancia de que hubiera concluido esos estudios. Pero en España, donde estuvo hasta 1939 —en Madrid se involucró en el conflicto de la Guerra Civil al lado de las fuerzas republicanas— por necesidades económicas perentorias, pues lo que pagaba Orbe no eran más que cinco dólares por artículo, se dio de lleno a la traducción, y no fue solamente la antes citada. Él mismo le expresó en una carta a su amigo José Antonio Fernández de Castro, fechada en la capital española el 11 de mayo de 1933: “He traducido las Notas al Manifiesto Comunista, un largo libro sobre maravillas antiguas que no saldrá con mi nombre, un libro sobre los hugonotes, Viaje sin vuelta, que está por salir, Canguro, de Lawrence, Contrapunto, de Huxley y ahora estoy en Santuario de W. Faulkner. Todo esto para vivir mal y trabajar 16 horas diarias”. En carta anterior al mismo destinatario, le comentaba: “Aquí me tienes, trabajando 15 horas, para vivir. Estoy traduciendo del cokney australiano”, especie de jerga del inglés hablado en esa isla-continente. ¿Qué conclusión se puede sacar al respecto si a este dominio del inglés se suma que en el propio año 1933 tradujo al español, también para la citada editorial, Los pequeños burgueses, del francés Honorato de Balzac? ¿Y cómo explicar que en un breve viaje a la Alemania de Hitler, en 1935, a su regreso a Madrid, comentó que traía un alemán “casi perfecto”, sin duda, una exageración de su parte, pero a la vez una confirmación? ¿Cuál confirmación? Me la doy a mí misma de manera sencilla: tenía perfecto oído para los idiomas, se le “pegaban” las lenguas ajenas a la materna, fuera de raíz germana o romance.  


A su regreso a Cuba en 1939, tras trabajar como periodista en el periódico Noticias de Hoy, Miguel Ángel Quevedo, el zar del periodismo cubano, le dio trabajo en la revista que dirigía, Bohemia, donde ya habían aparecido algunos cuentos suyos. Su labor allí consistía en traducir al español cada número de la revista Times y colocar el material en la mesa de su jefe para que este seleccionara lo que iba a publicar en la citada revista. Este trabajo, según confesión propia, lo agotó física y mentalmente y, sin duda, repercutió en su labor creativa.

Pero su excelencia como traductor del inglés al español quedó revelada en un hecho singular: cuando la revista Life, para su edición en español, le propuso a Ernest Hemingway publicar su novela El viejo y el mar (1952), la única condición que puso este fue: tiene que traducirla Lino Novás Calvo. Por complicadas razones con las que tenía que ver la Asociación de Periodistas y Reporteros de Cuba, se dilató el trámite que permitiera la traducción, por lo cual Quevedo, sabiendo que tenía un gancho en la mano, logró que Hemingway le diera la primicia a Bohemia con un pago por derecho de autor tres veces menor que el que ofrecía Life. Según testimonio de Herminia del Portal, esposa de Lino Novás Calvo, ofrecido  a Ciro Bianchi Ros, Hemingway le dijo a Lino: “Publícala completa en Bohemia”. Así, comenzó Lino, ahora en firme, la traducción propuesta inicialmente para Life. Contó con el apoyo del propio autor —necesito, le dice Lino, me ayude “sobre los puntos que encuentre oscuros”— y de un capitán de cabotaje, de origen vasco. Concluida la traducción, fue publicada en una especie de separata, con portada independiente, en el número de Bohemia correspondiente al 15 de marzo de 1953. Desde días antes la propia revista, con verdadero entusiasmo mediático, comenzó a publicitar lo que, sin duda, constituía un suceso: 

“¡Sensacional! ¡Exclusivo! Bohemia publicará El viejo y el mar, una obra maestra de la literatura americana que podrá usted apreciar por primera vez en español como si la leyera en inglés. ¡Y ES UNA NOVELA CUBANA! por Ernest Hemingway. El más original, el más vigoroso, el más humano de los novelistas americanos de nuestro siglo. Traducción de Lino Novás Calvo, revisada y autorizada por el autor. Una originalísima traducción que jamás usted podrá olvidar. La novela completa en la edición correspondiente al 13 de marzo [—en realidad apareció el 15—] y sin alterar el precio de 15 c.” 

El 30 de marzo, sin que el nombre de Novás Calvo figurara como su traductor, apareció en la edición de Life. Hemingway donó sus derechos de autor pagados por Bohemia al hospital de leprosos de El Rincón, destinados a adquirir televisores para la sala de niños. Por su parte, Lino se compró un auto Ford de segunda mano.  

Pero la vida siempre se le complicó a Lino con los idiomas. Antes que sucediera lo antes narrado, él se desempeñaba como profesor de francés en la Escuela Normal de Maestros de La Habana, cátedra que había ganado en limpia oposición y en la que tuvo entre sus alumnos a Eduardo Heras León. Al ocupar Aureliano Sánchez Arango la cartera de Educación, en el año 1949 ordenó que los profesores que no estuvieran titulados quedaran cesantes. El hecho prácticamente lo aniquiló en el orden moral. En carta a su gran amigo José Antonio Portuondo, del 23 de febrero de 1949, escribe: “Yo había sido nombrado como la inmensa mayoría, con título de Berlitz, —se refiere a un método de estudio creado por el filólogo alemán Maximiliano Berlitz, mediante el cual la enseñanza de idiomas se basaba exclusivamente en el empleo de la lengua que se deseaba aprender— según exige el reglamento. Tenía planes. Estaba preparando un texto (no existe un solo texto de francés adaptable a la segunda enseñanza); me llevaba bien con el titular; había vencido ya las primeras dificultades técnicas de comportamiento frente a los alumnos; estaba dando clases a ochenta y pico. [...] Por primera vez tenía algo que armonizaba con mis otras ocupaciones: pocas horas de trabajo, seguridad (eso creía yo) y —no menos importante— esa fortaleza interior que da el estar haciendo algo, y también el tener una modesta responsabilidad de mando o dirección. Todo esto estaba empezando a hacer de mí una nueva persona; me sentía renacer; o mejor, nacer a un nuevo tipo de vida. Y de golpe, para afuera. Y el más absoluto vacío e indiferencia a mi alrededor”. No bastaron gestiones de amigos cercanos al político: Lino se vio obligado a matricular en el Instituto de Idiomas anexo a la Universidad de La Habana, del cual, finalmente, se graduó en 1955 como profesor de idioma francés, 32 años después de haber traducido de manera impecable, de la lengua de Balzac, una de sus más conocidas novelas. Fue restituido en su cargo.  

En medio de los avatares de su cesantía, Lino, quizá sacando fuerzas de su espíritu a veces muy amilanado por los golpes de la vida, escribió para el Mensuario de literatura, historia y crítica (número 10, septiembre de 1950, pp. y 24), que dirigía Raúl Roa, un ensayo de matices teóricos, pero pulsado desde su propia experiencia, que tituló “Nota sobre traducción”, que, hasta donde sé, solo se ha reproducido en la Órbita de Lino Novas Calvo (Ediciones Unión, 2008), que tuve la oportunidad de preparar. Cito algunos fragmentos: 

“Mucho se ha escrito sobre la traducción y, sin embargo, como sobre gustos, nada hay escrito sobre ella. Abundan, desde luego, los ensayos y las teorías. Falta realmente un know how, un cómo hacer fielmente la traducción. Y digo fielmente porque es la fidelidad lo que se hecha de menos hasta en muchas versiones que pasan por excelentes.

“La fidelidad en la traducción puede tener dos movimientos contrapuestos. Uno, para acercar al lector de la traducción al autor del original; otro, viceversa. Ortega y Gasset planteó ya la disyuntiva: o el traductor trae la montaña al lector, o bien lleva el lector a la montaña. En otros términos: o el traductor violenta, por así decir, su propio idioma, para acercar el lector al modo de decir del autor, o por el contrario violenta el original para acercarlo al modo ordinario de entender del lector.

[...]

“En la traducción, ese objetivo de intimidad con el lector no se logra sino a riesgo de ser mal comprendido. La impresión que vulgarmente se tiene del traductor es la que ahora dan esos intérpretes de las conferencias internacionales. Un señor se pone unos aparatos en los oídos y dispara, automáticamente, por un conducto y en un idioma, lo que automáticamente recibe por otro conducto y de otro idioma. Desde luego, existen lenguajes, muy limitados, como los de las ciencias exactas y el de la diplomacia, en que la labor del traductor se aproxima bastante a la del hombre de los audífonos. Pero ese es un lenguaje artificial, de fichas convencionales, que tiene poco de común con el idioma vivo y cálido con que comunicamos nuestros variados, complejos y sutiles movimientos del alma.

[...]

“Ocurre que la gente suele dar por buena cualquier traducción cuando fluye bien en su propio idioma; es decir, cuando está mejor adaptada a los clichés, las abstracciones, los lugares comunes del lenguaje ‘correcto’. Así, pues, cuando halla que —pongamos por ejemplo— los libros de un Huxley o de un Gide se leen sin tropiezo, la versión española le parece buena ignorando que en su propio idioma se leen igualmente ‘sin tropiezo’. En cambio, cuando se encuentra con las asperezas, caprichos, retorcimientos y peculiaridades de un Faulkner o de un Céline, por grande que haya sido el esfuerzo del traductor, la traducción suele parecer mala, y culpa automáticamente al traductor.

Si embargo, esto no puede ni debe apartar al traductor de su línea constante: la de reproducir con la máxima fidelidad posible en su idioma, el idioma del autor que traduce, hasta el punto, si posible fuere, en que la línea divisoria entre el pensamiento del original y el de la traducción se borre por completo.

[...]

“Y con esto, no estará sino a medio camino. A continuación tendrá que buscar o crear en su propio idioma, las formas y combinaciones capaces de producir notas similares en los lectores para los cuales traduce.”  

Y culmina sus meditaciones afirmando:

“... cada nuevo autor que se presenta a traducir trae consigo nuevas dificultades a vencer y nuevas lecciones que aprender.” 

Aún desconocemos de manera exacta cuántos libros tradujo Lino Novás Calvo del inglés al español, y también, aunque en menor medida, del francés, pues como él mismo afirmara, muchas de sus traducciones aparecían sin firmar. Repasando su correspondencia vemos que tradujo también a Mao-Tse-Tung —“interrumpo una traducción sobre Mao-Tse-Tung para escribirte en el mismo papel”, le dice a José Antonio Portuondo en carta del 23 de diciembre de 1948, y a muchos otros que nunca podremos saber. 

Maestro de la narrativa, Lino Novás Calvo fue también maestro de la traducción y a él se deben obras vertidas al español que, como Santuario y El viejo y el mar, aún continúan gozando de la preferencia de numerosas editoriales hispanas.
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.