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Primera Parte
“Che faró senza Euridice?”
Roma, noche de mayo.
No la conozco; no me
conoce Vd. Nunca la he
visto ni sé si la veré
alguna vez. Vd.
probablemente no ha de
verme jamás. Y sin
embargo, imprevistamente
su alma se ha ligado a
la mía en un nudo tanto
más estrecho cuanto más
obscuro se me hace y más
misterioso… Siento que
la amo con todas mis
fuerzas, como si su
rostro de mujer
—
¿Es Vd. joven? ¿Es
bella? No sé, no la
conozco…
—
como si ese rostro
escondido en la sombra
me fuese dulcemente
familiar desde hace
meses y años; como si la
fascinación de su alma
influyese en mí, desde
hace meses y años y me
dominara y me venciera…
¿Quién es la mujer que
va a recibir esta carta?
¿Acaso puedo decir que
la recibirá? La cubren
velos impenetrables… Y
ella es ya la criatura
de mi amor. Y ante ese
obstáculo singular que
yo presiento y no sé
superar, ante ese
obstáculo que
probablemente no
superaré jamás, tiemblo
por Vd. de admiración,
de emoción, tiemblo por
la sola cosa de Vd. que
me es conocida: su voz.
Ni el color de sus ojos
que no he visto, ni la
sonrisa amable o
desdeñosa de sus labios,
que no me ha sido dada,
pudo hacerme languidecer
de esperanza o de pena;
pero yo he oído su voz,
la más bella del mundo,
y su voz ha quedado
vibrando en mí,
palpitando como una cosa
viva, tangible… Y los
fluidos de una emoción
obscura suben de mi
corazón a mi cerebro y
se difunden inundando
todo mi ser. Vd. cantaba
anoche, hace dos o tres
horas ¡Oh Mujer! Y yo
la oí cantar. Con una
nitidez luminosa
conservo en mi memoria,
en esta noche de mayo,
todos los signos
mortales que han
acompañado a su canto:
Eran las diez de la
noche,
—noche
tibia y fragante de la
primavera italiana
—
yo inmóvil, fumando,
miraba y no veía a mi
criado recoger mis ropas
en un gran baúl porque
al día siguiente, como
todos los años, yo
debería partir a París y
Londres; de los
movimientos iguales y
monótonos de mi
sirviente, llegaba hasta
mí una suave alegría por
mi inminente viaje… Con
un movimiento instintivo
—¿Acaso
alguien me
llamaba en mi vida
interior?
—
me levanté y salí al
terrado de mi pequeña
casa, de nuestra pequeña
casa, donde las manos
gentiles y el gusto
gentil de mi hermana
Lisa cultivan rosas y
lilas. Recuerdo que miré
por unos segundos hacia
la larga calle
Bencompagni por donde
regresaban transeúntes
retardados, por donde se
alejaba
—en
la noche fragante
—
algún vestido blanco de
mujer… Miré luego el
cielo de primavera que
se curvaba sobre Roma
con un leve parpadeo de
estrellas… De pronto Vd.
cantó.
Toda la vida se detuvo
en mí: Vd. cantaba,
cantaba muy cerca, en el
mismo plano de mi
terraza, en la casa
vecina, la gran villa
circundada de jardines
que confinan con mi
pequeño jardín; su voz
salía de un amplio
balcón abierto pero
invisible su interior
para mí, por hallarse en
la misma línea de la
fachada.
Hasta mi terraza cercada
de palmeras y envuelta
en el aroma de los
jardines cercanos, en
medio del silencio de la
noche llegaba su voz
clarísima: ¡Qué voz!
Grave, sonora,
penetrante, a veces se
elevaba en una limpidez
cristalina y a veces
languidecía velada,
desflorada, casi
imperceptible… Una voz
un poco triste aunque
juvenil por momentos; y
después mucho más
triste. Una voz que
emergía como un grito de
liberación, que se
diluía como un susurro
de irremediable
melancolía; una voz
evocadora, invocadora
que bastó para que yo me
sintiera enamorado de
Vd.
Aquella voz cantaba la
más noble, la más
expresiva melodía que yo
he oído: el aria de
Orfeo que llora, que
llama a su Eurídice y en
la que Gluck ha puesto
las purísimas lágrimas y
la inconsolable tristeza
de quien ha perdido su
único amor. “¿Qué haré
yo sin Eurídice?” Así,
ansiosamente, en un
ímpetu frenado por la
dulzura, preguntaba su
voz, más bien su corazón
doliente: “¿A dónde iré
sin mi bien?” Y
preguntaba siempre con
expresión de reprimido
espasmo, preguntaba
infinitamente con su voz
vibrante del más alto
ardor…
¡Oh Mujer! No la
conozco, no sé de dónde
viene ni a dónde va; no
sé si está Vd. libre o
prisionera; no sé nada
de Vd. señora: Pero le
pertenezco, oh
Desconocida, soy suyo;
yo, el Desconocido.
Roma, 4 de mayo
De anoche a esta noche,
una doble vida se agita
en mí y combate
fieramente en mí, que
hasta ayer vivía mis
días pacíficos y
semejantes en las
pequeñas alegrías y las
pequeñas tristezas
cotidianas.
Desde hace veinticuatro
años salto de las más
agudas voluptuosidades
sentimentales a las más
frías arideces de la
razón. De anoche a esta
noche, he vivido la
jornada de un demente,
de un loco enamorado que
tiembla y se consume por
un fantasma. Porque yo
no estoy seguro de que
Vd. exista, ¡Oh, Mujer
de mi amor!
Si aquella que se ha
apoderado de mi alma y
de mis sentidos con solo
elevar su voz en una
noche de primavera, si
aquella que me ha
llamado con su voz, ha
recogido de los senderos
del jardín mi carta de
ayer, si ella, la
Desconocida, ha leído mi
primera carta y sabe que
la amo, que la amaré
hasta que mis ojos
murientes contemplen el
último sol, si ella
—la
más dulce, la más fina
—
ha recibido mi primera
palabra de amor, es
preciso que ella sepa
todavía, lo que ha sido
esta jornada de locura,
esta inicial jornada de
pasión.
Pero quizás sea Vd. un
fantasma y nada sabrá de
lo que es una palpitante
realidad amorosa…
¿Sabe Vd. lo que hice
anoche, cuando terminé
de escribirle,
convulsamente, presa de
una gran alucinación,
aquella carta? La leí en
voz alta, la leí en un
ímpetu de entusiasmo
sintiendo que ante mis
propias palabras se
exaltaba toda mi esencia
moral; la volví a leer,
queriendo repetir la
exquisita emoción y
entonces sentí que
alguien reía en mí,
se reía de mis locas
palabras, de mis gestos
de loco. Arrojada sobre
la mesa, la carta quedó
por poco tiempo; de
pronto vencí la burla
interior, tomé la carta,
salí de mi casa donde
dormía plácidamente mi
dulce hermana Lisa,
donde reposaban mis
criados: Eran las tres
de la madrugada y no
había ni un alma en la
calle, ni un paso, ni un
rumor.
Cautamente dos veces di
la vuelta en derredor de
la amplia verja que ciñe
el amplio jardín donde
entre los árboles se
oculta al fondo la noble
casa donde Vd. cantaba:
Sobre una pilastra de la
portada, en una placa
luciente alcancé a leer
estas palabras: Villa
Star. Giré de nuevo y en
la estrecha calleja
adyacente encontré una
puerta más pequeña,
quizás la de servicio y
el nombre repetido Star.
La estrella, la
estrella… Ni una
brillaba en el cielo; en
aquella hora nocturna,
todo parecía cerrado,
mudo, recogido sobre la
tierra.
Por un segundo vacilé;
pero inmediatamente
después introduje la
mano y el brazo por
entre dos hierros de la
cancela y lancé hacia
adentro, con fuerte
impulso, mi carta. No
cayó muy lejos: La vi
blanquear al pie de un
árbol.
Recuerdo que puerilmente
me asaltó el inmenso
deseo de recuperarla y
llegué hasta a sacudir
la cerradura de la reja
como un chiquillo, como
un ladrón… Entonces hui,
hui a la carrera por la
calle, volví a mi casa y
a través de su silencio
y de sus sombras me
arrojé angustiadísimo en
mi lecho, sofocando en
las almohadas ya no sé
qué tumulto moral y
físico… No me calmé sino
muy lentamente, mucho
más tarde, hacia el
alba. Luego he dormido y
he soñado con Vd. ¡Oh
Mujer, oh Fantasma! Y
para que el suave y
cruel enigma me
persiguiera todavía, la
he visto aparecer en el
sueño, unas veces
borrosa, lejanísima,
otras muy cerca, casi al
alcance de mi mano pero
con el rostro vuelto
hacia el lado opuesto…
La he visto también con
un rostro velado, o con
un rostro que no podría
recordar, como si fuera
Vd. un íncubo… Y en el
sueño la llamaba sin
nombre y gemía sin
lágrimas.
A las primeras horas
matinales, ya estaba en
mi terraza, en el lado
extremo, el más cercano
a Villa Star
—¡Qué
nombre cintilante!... La
estrella…
—
e inclinándome mucho por
la baranda, vi mi carta
blanquear todavía al pie
del árbol. Naturalmente
nadie la había recogido
aún a aquellas horas,
pero me cayó como una
gran desilusión, como si
sintiera en el pecho el
golpe de un enemigo
invisible; pensé que
aquella carta permanecía
allí, mojándose bajo el
rocío, volviéndose
borrosa por el sol,
deshaciéndose en la
tierra húmeda, o que
acaso el rastrillo de un
plebeyo jardinero la
arrastraría de allí
juntamente con hojas
caídas.
Cerré con brusquedad los
vidrios de mi terraza,
indignado contra mi
destino, contra mi
sueño, contra mí mismo,
y quise olvidarlo todo,
volver a adoptar de
inmediato mi proyecto de
partida; de acuerdo con
estos pensamientos fui a
despertar a mi hermana y
di órdenes precisas a mi
criado para los últimos
preparativos de la
marcha.
Monótonamente,
conteniendo por un tenaz
esfuerzo de la voluntad
todo cuanto había de
ardiente y desolado en
mí, he sido capaz en
estos momentos de
ejecutar una serie de
actos razonables,
corrientes en cualquier
hombre pacífico que se
dispone a partir con
toda tranquilidad a
París o a Londres, que
consulta
concienzudamente sus
mapas, que escribe
tarjetas de despedida,
que habla por teléfono
con la agencia de Wagon
Lits, que envía
telegramas y que decide
en fin ir a almorzar con
una buena y antigua
amiga, como ha venido
haciendo todos los años
en vísperas de viaje,
por un sentimiento de
gentil gratitud a un
amor apagado mucho
tiempo atrás.
Todo eso hice, y de
pronto, cuando ya era
pasado el mediodía y
salí de nuevo a mi
terraza y mis ojos acaso
ya distraídamente se
detuvieron en la Villa
Star, vi que mi carta ya
no estaba bajo el árbol:
Alguien la había
recogido y se la había
llevado, alguien a un
paseo matinal… Alguien…
Usted, usted misma,
Señora mía, usted, solo
usted; he estado seguro
de ello,
fulminantemente, seguro
como de mi muerte. Mi
carta está en sus manos;
mis claras y profundas
palabras están bajo sus
ojos; el mensaje
vibrante de mi altísimo
amor ha llegado a su
alma.
¡Oh, criatura querida,
infinitamente querida,
como persiste sin morir,
en mi alma, la voz suya
que implora por Eurídice!
…………………………………………………………………………………………….¿Dónde
está Vd. a esta hora de
la noche, en esta hora
de la inesperada
revelación?
En esta noche de mayo,
bella como la otra, yo
me estremezco anhelando
oírla; presto oídos
desde hace tres horas
como un condenado a
muerte, al menor rumor,
al más leve murmullo en
que pueda identificar
una esperanza. La invoco
desde lo más hondo de mi
deseo y Vd. no me
responde. Quisiera
llorar, gritar porque
Vd. no contesta a mi
llamada amorosa, porque
su divina voz de mujer
no se deja sentir
animando esta noche de
primavera.
Villa Star tiene sus
balcones abiertos e
iluminados; pero
permanece muda y parece
vacía y su luz en tanto
silencio, me infunde un
vago miedo.
He indagado y averiguado
mucho esta tarde; ya sé
que Villa Star pertenece
a una muy anciana dama
inglesa que la compró y
la habita hace tres
años; se llama Lady
Roseline Melville, tiene
setenta y cinco años y
es viuda desde hace
mucho tiempo del
Embajador Melville, que
estuvo acreditado en
Roma por un largo
período. Sus hijos e
hijas son personas
maduras que viven en
Inglaterra, en la India,
en Bélgica; ella no
tiene nietos o por lo
menos aquí se ignora que
los tenga y ninguno ha
venido a visitarla; vive
con una dama de compañía
que frisa los cincuenta
años, recibe únicamente
en las últimas horas de
la tarde y únicamente a
sus antiguas amigas de
la sociedad romana;
jamás sale de noche.
Y tú… ¿Dónde estás
corazón mío? ¿Por qué no
me respondes? ¿Por qué
no cantas? ¿Por qué me
dejas solo en esta, la
segunda noche de mi
amor? Solo, sin ti, sin
tu voz…
¿Debo pues morir sin
haberte visto, sin
volverte a oír? Porque
me muero, me muero sin
ti… ¿Y tú me dejarás
morir? Aquel que te ha
amado sin conocerte, sin
verte, que te ama con un
amor que no habrás
encontrado en la tierra,
ni encontrarás nunca en
ella, este desconocido
que tiene una vida, esta
vida suya, este sueño
suyo, ¿todo esto debe
perecer así,
miserablemente,
vanamente?...
¡Oh, Desconocida! En
nombre de ese Dios que
Vd. quizás venere, y al
cual me dirijo en esta
noche de inútil, de
estéril, de oprimente
espera, en esta noche de
largo y desgarrador
desaliento, en nombre de
cuanto Vd. tenga de más
querido en su alma, ¡Oh,
Desconocida! Aparezca,
aparezca ante mí, mañana
después de haber oído
este grito de angustia…
Mañana, por piedad, por
humanidad, hágalo Vd.
para que un hombre
joven, fuerte, en la
plenitud de sus energías
y en el mayor ímpetu de
su amor, no aborrezca la
vida, no se sienta como
un hombre muerto en la
vida por Vd.
Por su Dios que acaso es
el mío, si no es Vd. una
sombra fugitiva, si no
es Vd. un ser creado por
mi fantasía, si es Vd.
un ser real, si es una
mujer, si tiene un alma
de bondad y un corazón
de ternura, si ha
recogido Vd. mi primera
carta y sabe de mí y de
mi delirio, si en el
mismo lugar, mañana
recogiera Vd. esta
segunda carta, en nombre
de Dios, en nombre de la
piedad que Él quiso para
todos los hombres,
aparezca, aparezca ante
el Desconocido, para que
él no muera sin haberla
visto, para que él no
muera sin morir…. |