La Habana. Año X.
24 al 30 de MARZO
de 2012

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Ella no responde, de Matilde Serao,
traducido por Dulce María Loynaz

Primera Parte

“Che faró senza Euridice?”

 

Roma, noche de mayo.

No la conozco; no me conoce Vd. Nunca la he visto ni sé si la veré alguna vez. Vd. probablemente no ha de verme jamás. Y sin embargo, imprevistamente su alma se ha ligado a la mía en un nudo tanto más estrecho cuanto más obscuro se me hace y más misterioso… Siento que la amo con todas mis fuerzas, como si su rostro de mujer  — ¿Es Vd. joven? ¿Es bella? No sé, no la conozco… como si ese rostro escondido en la sombra me fuese dulcemente familiar desde hace meses y años; como si la fascinación de su alma influyese en mí, desde hace meses y años y me dominara y me venciera… 

¿Quién es la mujer que va a recibir esta carta? ¿Acaso puedo decir que la recibirá? La cubren velos impenetrables… Y ella es ya la criatura de mi amor. Y ante ese obstáculo singular que yo presiento y no sé superar, ante ese obstáculo que probablemente no superaré jamás, tiemblo por Vd. de admiración, de emoción, tiemblo por la sola cosa de Vd. que me es conocida: su voz. 

Ni el color de sus ojos que no he visto, ni la sonrisa amable o desdeñosa de sus labios, que no me ha sido dada, pudo hacerme languidecer de esperanza o de pena; pero yo he oído su voz, la más bella del mundo, y su voz ha quedado vibrando en mí, palpitando como una cosa viva, tangible… Y los fluidos de una emoción obscura suben de mi corazón a mi cerebro y se difunden inundando todo mi ser. Vd. cantaba anoche, hace dos o tres horas ¡Oh  Mujer! Y yo la oí cantar. Con una nitidez luminosa conservo en mi memoria, en esta noche de mayo, todos los signos mortales que han acompañado a su canto: Eran las diez de la noche, noche tibia y fragante de la primavera italiana yo inmóvil, fumando, miraba y no veía a mi criado recoger mis ropas en un gran baúl porque al día siguiente, como todos los años, yo debería partir a París y Londres; de los movimientos iguales y monótonos de mi sirviente, llegaba hasta mí una suave alegría por mi inminente viaje… Con un movimiento instintivo  —¿Acaso alguien me llamaba en mi vida interior? me levanté y salí al terrado de mi pequeña casa, de nuestra pequeña casa, donde las manos gentiles y el gusto gentil de mi hermana Lisa cultivan rosas y lilas. Recuerdo que miré por unos segundos hacia la larga calle Bencompagni por donde regresaban transeúntes retardados, por donde se alejaba  —en la noche fragante algún vestido blanco de mujer… Miré luego el cielo de primavera que se curvaba sobre Roma con un leve parpadeo de estrellas… De pronto Vd. cantó.

Toda la vida se detuvo en mí: Vd. cantaba, cantaba muy cerca, en el mismo plano de mi terraza, en la casa vecina, la gran villa circundada de jardines que confinan con mi pequeño jardín; su voz salía de un amplio balcón abierto pero invisible su interior para mí, por hallarse en la misma línea de la fachada.

Hasta mi terraza cercada de palmeras y envuelta en el aroma de los jardines cercanos, en medio del silencio de la noche llegaba su voz clarísima: ¡Qué voz! Grave, sonora, penetrante, a veces se elevaba en una limpidez cristalina y a veces languidecía velada, desflorada, casi imperceptible… Una voz un poco triste aunque juvenil por momentos; y después mucho más triste. Una voz que emergía como un grito de liberación, que se diluía como un susurro de irremediable melancolía; una voz evocadora, invocadora que bastó para que yo me sintiera enamorado de Vd.

Aquella voz cantaba la más noble, la más expresiva melodía que yo he oído: el aria de Orfeo que llora, que llama a su Eurídice y en la que Gluck ha puesto las purísimas lágrimas y la inconsolable tristeza de quien ha perdido su único amor. “¿Qué haré yo sin Eurídice?” Así, ansiosamente, en un ímpetu frenado por la dulzura, preguntaba su voz, más bien su corazón doliente: “¿A dónde iré sin mi bien?” Y preguntaba siempre con expresión de reprimido espasmo, preguntaba infinitamente con su voz vibrante del más alto ardor…

¡Oh Mujer! No la conozco, no sé de dónde viene ni a dónde va; no sé si está Vd. libre o prisionera; no sé nada de Vd. señora: Pero le pertenezco, oh Desconocida, soy suyo; yo, el Desconocido.

Roma, 4 de mayo

De anoche a esta noche, una doble vida se agita en mí y combate fieramente en mí, que hasta ayer vivía mis días pacíficos y semejantes en las pequeñas alegrías y las pequeñas tristezas cotidianas.

Desde hace veinticuatro años salto de las más agudas voluptuosidades sentimentales a las más frías arideces de la razón. De anoche a esta noche, he vivido la jornada de un demente, de un loco enamorado que tiembla y se consume por un fantasma. Porque yo no estoy seguro de que Vd. exista, ¡Oh, Mujer de mi amor!

Si aquella que se ha apoderado de mi alma y de mis sentidos con solo elevar su voz en una noche de primavera, si aquella que me ha llamado con su voz, ha recogido de los senderos del jardín mi carta de ayer, si ella, la Desconocida, ha leído mi primera carta y sabe que la amo, que la amaré hasta que mis ojos murientes contemplen el último sol, si ella  —la más dulce, la más fina ha recibido mi primera palabra de amor, es preciso que ella sepa todavía, lo que ha sido esta jornada de locura, esta inicial jornada de pasión.

Pero quizás sea Vd. un fantasma y nada sabrá de lo que es una palpitante realidad amorosa…

¿Sabe Vd. lo que hice anoche, cuando terminé de escribirle, convulsamente, presa de una gran alucinación, aquella carta? La leí en voz alta, la leí en un ímpetu de entusiasmo sintiendo que ante mis propias palabras se exaltaba toda mi esencia moral; la volví a leer, queriendo repetir la exquisita emoción y entonces sentí que alguien reía en mí, se reía de mis locas palabras, de mis gestos de loco. Arrojada sobre la mesa, la carta quedó por poco tiempo; de pronto vencí la burla interior, tomé la carta, salí de mi casa donde dormía plácidamente mi dulce hermana Lisa, donde reposaban mis criados: Eran las tres de la madrugada y no había ni un alma en la calle, ni un paso, ni un rumor.

Cautamente dos veces di la vuelta en derredor de la amplia verja que ciñe el amplio jardín donde entre los árboles se oculta al fondo la noble casa donde Vd. cantaba: Sobre una pilastra de la portada, en una placa luciente alcancé a leer estas palabras: Villa Star. Giré de nuevo y en la estrecha calleja adyacente encontré una puerta más pequeña, quizás la de servicio y el nombre repetido Star. La estrella, la estrella… Ni una brillaba en el cielo; en aquella hora nocturna, todo parecía cerrado, mudo, recogido sobre la tierra. 

Por un segundo vacilé; pero inmediatamente después introduje la mano y el brazo por entre dos hierros de la cancela y lancé hacia adentro, con fuerte impulso, mi carta. No cayó muy lejos: La vi blanquear al pie de un árbol.

Recuerdo que puerilmente me asaltó el inmenso deseo de recuperarla y llegué hasta a sacudir la cerradura de la reja como un chiquillo, como un ladrón… Entonces hui, hui a la carrera por la calle, volví a mi casa y a través de su silencio y de sus sombras me arrojé angustiadísimo en mi lecho, sofocando en las almohadas ya no sé qué tumulto moral y físico… No me calmé sino muy lentamente, mucho más tarde, hacia el alba. Luego he dormido y he soñado con Vd. ¡Oh Mujer, oh Fantasma! Y para que el suave y cruel enigma me persiguiera todavía, la he visto aparecer en el sueño, unas veces borrosa, lejanísima, otras muy cerca, casi al alcance de mi mano pero con el rostro vuelto hacia el lado opuesto… La he visto también con un rostro velado, o con un rostro que no podría recordar, como si fuera Vd. un íncubo… Y en el sueño la llamaba sin nombre y gemía sin lágrimas. 

A las primeras horas matinales, ya estaba en mi terraza, en el lado extremo, el más cercano a Villa Star  —¡Qué nombre cintilante!... La estrella… e inclinándome mucho por la baranda, vi mi carta blanquear todavía al pie del árbol. Naturalmente nadie la había recogido aún a aquellas horas, pero me cayó como una gran desilusión, como si sintiera en el pecho el golpe de un enemigo invisible; pensé que aquella carta permanecía allí, mojándose bajo el rocío, volviéndose borrosa por el sol, deshaciéndose en la tierra húmeda, o que acaso el rastrillo de un plebeyo jardinero la arrastraría de allí juntamente con hojas caídas. 

Cerré con brusquedad los vidrios de mi terraza, indignado contra mi destino, contra mi sueño, contra mí mismo, y quise olvidarlo todo, volver a adoptar de inmediato mi proyecto de partida; de acuerdo con estos pensamientos fui a despertar a mi hermana y di órdenes precisas a mi criado para los últimos preparativos de la marcha.  

Monótonamente, conteniendo por un tenaz esfuerzo de la voluntad todo cuanto había de ardiente y desolado en mí, he sido capaz en estos momentos de ejecutar una serie de actos razonables, corrientes en cualquier hombre pacífico que se dispone a partir con toda tranquilidad a París o a Londres, que consulta concienzudamente sus mapas, que escribe tarjetas de despedida, que habla por teléfono con la agencia de Wagon Lits, que envía telegramas y que decide en fin ir a almorzar con una buena y antigua amiga, como ha venido haciendo todos los años en vísperas de viaje, por un sentimiento de gentil gratitud a un amor apagado mucho tiempo atrás. 

Todo eso hice, y de pronto, cuando ya era pasado el mediodía y salí de nuevo a mi terraza y mis ojos acaso ya distraídamente se detuvieron en la Villa Star, vi que mi carta ya no estaba bajo el árbol: Alguien la había recogido y se la había llevado, alguien a un paseo matinal… Alguien… Usted, usted misma, Señora mía, usted, solo usted; he estado seguro de ello, fulminantemente, seguro como de mi muerte. Mi carta está en sus manos; mis claras y profundas palabras están bajo sus ojos; el mensaje vibrante de mi altísimo amor ha llegado a su alma. 

¡Oh, criatura querida, infinitamente querida, como persiste sin morir, en mi alma, la voz suya que implora por Eurídice!

…………………………………………………………………………………………….¿Dónde está Vd. a esta hora de la noche, en esta hora de la inesperada revelación?

En esta noche de mayo, bella como la otra, yo me estremezco anhelando oírla; presto oídos desde hace tres horas como un condenado a muerte, al menor rumor, al más leve murmullo en que pueda identificar una esperanza. La invoco desde lo más hondo de mi deseo y Vd. no me responde. Quisiera llorar, gritar porque Vd. no contesta a mi llamada amorosa, porque su divina voz de mujer no se deja sentir animando esta noche de primavera. 

Villa Star tiene sus balcones abiertos e iluminados; pero permanece muda y parece vacía y su luz en tanto silencio, me infunde un vago miedo. 

He indagado y averiguado mucho esta tarde; ya sé que Villa Star pertenece a una muy anciana dama inglesa que la compró y la habita hace tres años; se llama Lady Roseline Melville, tiene setenta y cinco años y es viuda desde hace mucho tiempo del Embajador Melville, que estuvo acreditado en Roma por un largo período. Sus hijos e hijas son personas maduras que viven en Inglaterra, en la India, en Bélgica; ella no tiene nietos o por lo menos aquí se ignora que los tenga y ninguno ha venido a visitarla; vive con una dama de compañía que frisa los cincuenta años, recibe únicamente en las últimas horas de la tarde y únicamente a sus antiguas amigas de la sociedad romana; jamás sale de noche. 

Y tú… ¿Dónde estás corazón mío? ¿Por qué no me respondes? ¿Por qué no cantas? ¿Por qué me dejas solo en esta, la segunda noche de mi amor? Solo, sin ti, sin tu voz… 

¿Debo pues morir sin haberte visto, sin volverte a oír? Porque me muero, me muero sin ti… ¿Y tú me dejarás morir? Aquel que te ha amado sin conocerte, sin verte, que te ama con un amor que no habrás encontrado en la tierra, ni encontrarás nunca en ella, este desconocido que tiene una vida, esta vida suya, este sueño suyo, ¿todo esto debe perecer así, miserablemente, vanamente?... 

¡Oh, Desconocida! En nombre de ese Dios que Vd. quizás venere, y al cual me dirijo en esta noche de inútil, de estéril, de oprimente espera, en esta noche de largo y desgarrador desaliento, en nombre de cuanto Vd. tenga de más querido en su alma, ¡Oh, Desconocida! Aparezca, aparezca ante mí, mañana después de haber oído este grito de angustia… Mañana, por piedad, por humanidad, hágalo Vd. para que un hombre joven, fuerte, en la plenitud de sus energías y en el mayor ímpetu de su amor, no aborrezca la vida, no se sienta como un hombre muerto en la vida por Vd.

Por su Dios que acaso es el mío, si no es Vd. una sombra fugitiva, si no es Vd. un ser creado por mi fantasía, si es Vd. un ser real, si es una mujer, si tiene un alma de bondad y un corazón de ternura, si ha recogido Vd. mi primera carta y sabe de mí y de mi delirio, si en el mismo lugar, mañana recogiera Vd. esta segunda carta, en nombre de Dios, en nombre de la piedad que Él quiso para todos los hombres, aparezca, aparezca ante el Desconocido, para que él no muera sin haberla visto, para que él no muera sin morir….

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.