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No es posible entrar al
tema de la diáspora
desconociendo que este
incluye, por una parte,
experiencias tales como
el desgarramiento, el
vacío y la nostalgia; y
por la otra, lo que para
nosotros mismos
significa lo que llamé
en otra ocasión un
“trauma recurrente”. Los
investigadores estudian
el ciclo de los
desplazamientos
geográficos, las
circunstancias políticas
o económicas de la
emigración, el aporte de
los desplazados a los
núcleos receptores… Pero
resulta que el fenómeno
tiene una “segunda
dimensión”—más mental
que física—
cuya importancia social
se olvida a menudo, y es
que toda separación pone
en juego una acción
recíproca. Los que se
quedan son la otra cara
de los que se van. Para
dar cuenta cabal del
fenómeno, por
consiguiente, habría que
estudiar en sus dos
dimensiones “los
factores subjetivos,
emocionales y
conceptuales de la
sensibilidad exílica”.
Naipaul describió
algunos de ellos, desde
la óptica del exiliado,
cuando sintió la
dramática e inaplazable
necesidad de concluir su
larga estancia en
Inglaterra para librarse
de sus obsesiones e
infortunios: el agobio
de la página en blanco,
“la sensibilidad a flor
de piel de mis nervios
de extranjero”, una
creciente fatiga
—
“la fatiga de mi
inseguridad social,
racial, económica”
—,
y, sobre todo, aquella
“distorsión de mi
personalidad que había
comenzado el mismo día
en que me marché de
casa”.
Aquí y allá, la
literatura y el cine han
mostrado también esa
“otra” cara del
fenómeno, pero nuestro
propósito aquí es
rastrear las huellas del
proceso diaspórico entre
sus protagonistas, lo
que intentaremos hacer
apelando a la
documentación que
proporcionan varios
textos narrativos.
Gracias a esa
tematización de la
diáspora pasaríamos del
análisis conceptual a la
experiencia concreta,
del discurso al drama,
del desarraigo tal como
ha sido registrado por
imaginativos
testimoniantes.
Construiré este retablo
con piezas tomadas de
cuatro libros de otros
tantos autores
residentes en los
EE.UU.: una haitiana (Edwidge
Danticat, autora del
volumen de cuentos ¿Kris?
¡Irak!); un cubano
(Emilio Bejel, autor de
la novela autobiográfica
El horizonte de mi
piel); una chicana
(Sandra Cisneros, autora
de un exitoso conjunto
de relatos breves, La
casa en Mango Street)
y un neorriqueño
o nuyorican
(Abraham Rodríguez, Jr.,
autor de The Boy
Without a Flag,
“cuentos del Sur del
Bronx”). Todos dan fe de
la experiencia del
exilio
—el
último, del exilio
“interior”— en su
dimensión más
entrañable. Aclaro que
son muestras tomadas al
azar
—otras
podían haberse sumado
para enriquecer el
panorama—, aunque, eso
sí, vistas como
historias de vida y
estructuradas como una
secuencia, atendiendo al
hecho de que representan
acciones o etapas
sucesivas: la Partida,
la Llegada, el Desajuste
y la Adaptación.
1- La partida
Es la de un dirigente
estudiantil haitiano que
huye de los Tonton-Macutes
en una embarcación llena
de emigrantes
clandestinos que se
dirigen a Miami. Ha
llevado consigo un
cuaderno y escribe sus
impresiones con la
esperanza de que su
novia, que ha quedado
atrás, pueda leerlas
algún día. Lo primero
que se le hace evidente
—y
disculpen la ironía—
es que no existe una Ley
de Ajuste Haitiano. Hoy,
anota, ha sido nuestro
primer día en el mar.
Todo el mundo vomitaba
con cada balanceo del
barco. Las caras que me
rodean tienen ya ese
color tostado por el
sol. “Ahora no nos
confundirán con los
cubanos”, dijo un
hombre. Pero algunos
cubanos también son
negros. El hombre dijo
que él estuvo una vez en
un barco con un grupo de
cubanos. Su barco se
había detenido para
recoger a los cubanos en
una isla cerca de las
Bahamas. Cuando el
guardacostas se topó con
ellos, llevaron a los
cubanos a Miami y a él
lo mandaron de vuelta a
Haití.
Hacer una escala más
larga en las Bahamas,
esperando un momento
favorable, hubiera sido
inútil: “En las Bahamas
tratan a los haitianos
como a los perros, dice
una mujer. Para ellos,
no somos humanos. A
pesar de que su música
suena como la nuestra.
De que se parecen a
nosotros. A pesar de que
nuestros padres son los
mismos africanos que
cruzaron juntos este
mismo mar”. Muy pronto
queda claro que la
embarcación es un
pequeño microcosmos
donde pudiera acabar
imponiéndose el lado más
sombrío de la naturaleza
humana. En las tablas
del fondo se han ido
abriendo pequeños
agujeros que deben ser
rápidamente tapados con
brea. Pero la brea de
que disponen no es
mucha. La embarcación
empieza a hacer agua. El
joven anota: “Siento
miedo al pensar qué
ocurriría si tuviéramos
que elegir entre
nosotros quién se
quedaría en el barco y
quién moriría. Si
llegara ese punto, todos
nos comportaríamos como
buitres.” No sabremos
qué ocurre por fin, pero
todo parece indicar que
la embarcación naufraga
cerca de las costas de
Bahamas.
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2- La llegada
Es la de un estudiante
cubano de 18 años
—manzanillero,
por más señas— que llega
por avión a Miami en
1962, convencido, como
militante católico que
es, de que a los ateos
hay que combatirlos como
a una plaga. Su máxima
aspiración —aún no bien
definida—
es llegar a ser Ph.D.,
tener un título
universitario.
En Miami no tarda en
descubrir dos cosas:
primero, que es un
privilegiado (como
“refugiado de un país
comunista”, el gobierno
le asegura un estipendio
de 60 dólares mensuales)
y segundo, que con 60
dólares mensuales no hay
quien viva en Miami
(“había que pagar la
renta, la comida, la
transportación y la
escuela, para los que ya
estaban asistiendo a
alguna”). Ambos
descubrimientos podrían
resumirse en uno solo:
el que no trabaja no
come. Se consigue una
bicicleta y obtiene un
puesto de mensajero en
la Western Union
—cierto
día descubre, entre los
mensajes, uno procedente
de Manzanillo donde se
le notifica la muerte de
su madre— y poco después
recibirá una beca de los
jesuitas para terminar
el bachillerato en el
Colegio Belén de Miami.
Pero entre tanto
necesitaba una ocupación
mejor remunerada y se
une a un grupo de
“jóvenes
tercermundistas” para ir
a recoger tomates en el
sur de la Florida. Ocho
horas diarias sobre el
surco, por 65, primero,
y luego por 75 centavos
la hora, y la precaución
de mirar bien dónde
pisaba, porque en los
surcos anegados se
escondían serpientes
venenosas. De regreso a
casa
—un
pequeño apartamento que
comparte con varios
amigos y donde se
entretienen escuchando
la radio, porque no
pueden darse el lujo de
comprar un televisor—,
se baña, come y asiste a
las clases de inglés que
el gobierno les
proporcionaba
gratuitamente. Después
sería botones y
ascensorista de un
hotel, auxiliar de una
tienda y cajero de un
supermercado. En el
verano de 1964, ya
graduado de College,
logra ingresar a la
Universidad y asegurar
un puesto de asistente
en la biblioteca de la
misma. Había empezado la
última etapa de su
peregrinaje.
3- El desajuste
El esposo trabajó como
una bestia en dos
lugares, ahorró todo lo
que pudo y un buen día
logró traerla, junto con
el niñito. Se instalaron
en un tercer piso. Ella
era muy gorda y no salía
nunca. Alguien insinuó
que eso se debía a la
incomodidad de la
escalera,
“pero yo creo
—dice
la narradora— que ella
no sale porque tiene
miedo de hablar inglés,
sí, puede ser eso,
porque solo conoce ocho
palabras: sabe decir
He not here cuando
llega el propietario,
No speak English
cuando llega cualquier
otro, y Holy smokes.
No sé dónde aprendió
eso, pero una vez oí que
lo dijo y me
sorprendió”.
Lo cierto es que ella se
muere de nostalgia y el
marido se ve obligado a
gritarle una y otra vez
que “esa”, la casa donde
están, es “su” casa.
“Estamos en ‘casa’
—grita—.
‘Esta’ es la casa. Aquí
estoy y aquí me quedo.
¡Habla inglés!, ¡speak
English, por Dios!”
Y ella deja salir de vez
en cuando un grito
histérico, como si él
hubiera roto el hilo que
podría conducirla de
vuelta a su país. Y
entonces, para complicar
aún más las cosas, el
niño, “que ha comenzado
a hablar, empieza a
cantar el comercial de
la Pepsi” que oyó en la
televisión. “No speak
English”, le dice
ella, al oírlo cantar en
aquel idioma que suena a
hojalata.
“'No speak English,
no speak English.
No, no, no.´ Y rompe a
llorar.”
4- La adaptación
Va a comenzar la
ceremonia del juramento
de la bandera. O de las
banderas, porque al lado
de la americana
—aunque
un poco encogida—
está la puertorriqueña.
La maestra pide al aula
que se ponga de pie.
Todo el mundo lo hace…
menos el narrador. No se
ha movido, recordando la
conversación que tuvo la
víspera con su padre,
antiyanqui de hueso
colorado, que le había
dado a leer un libro
sobre Albizu Campos.
“Después de lo que le
hicieron
—comenta—,
¿podrías sentarte ahí,
como si fueras uno de
esos yanquis que andan
siempre agitando
banderitas?” El narrador
admira tanto a su padre
que de inmediato adopta
su punto de vista. De
ahí que ahora, en el
aula, permanezca clavado
a su asiento. El señor
Ríos Sepúlveda, director
de la escuela, le
pregunta el porqué de su
actitud, y él se limita
a responder: “Porque soy
puertorriqueño. No soy
americano. No ando por
ahí agitando
banderitas.” El señor
Ríos hace acopio de
paciencia. “Pero tú
naciste aquí”…
—dice.
“A mí nadie me preguntó
dónde quería nacer”,
replica el muchacho,
desafiante.
De manera que al
director no le queda más
remedio que citar al
padre a su oficina, para
hablar con él en
presencia del hijo.
“Señor Sepúlveda
—balbucea
el padre, en inglés—
nunca pensé que podía
pasar una cosa como
esta. Mi esposa y yo
hemos tratado siempre de
hacerlo un hombre de
bien (…). Esto es un
shock…” Y
volviéndose al hijo:
“Tienes que obedecer el
reglamento. No puedes
hacer eso. No es
correcto.” El director
aprovecha la pausa.
“¿Ves?
—le
dice al muchacho—.
Si vuelves a hacer eso,
le harás daño a tu padre
y te lo harás a ti
mismo.” Al salir de la
oficina el padre,
airado, hablando ahora
en español, le reprocha
que los haya puesto en
ridículo. “¿Cómo puedes
estar llamando la
atención de esa manera?
—grita—.
Nos haces quedar a todos
como estúpidos.” Él baja
la cabeza. Se siente
avergonzado. No de sí
mismo, sino de su padre.
Una profesora se le
acerca y le dice que el
padre actuó así por su
bien. “Por si te sirve
de consuelo, déjame
decirte que estoy de
parte tuya”, comenta.
“Vuelve a tu casa, anda,
y pon un disco de los
Beatles”.
La sinopsis podría
terminar aquí, pero me
siento obligado a añadir
que el muchacho, al
cabo, admite para sus
adentros que el padre
tenía razón: debieron
ser muchos los
encontronazos que tuvo
en su vida y quiso
ahorrárselos a él. En
fin, había que aceptar
esa bandera y había que
aceptar al padre así,
porque no iba a dejar de
quererlo “aunque a
veces, para su mente
juvenil e inmadura,
pareciera ser un poco
imperfecto”.
*Fragmento del ensayo
“Nicolás Guillén y el
laberinto de la diáspora
antillana”. Incluido en
A.F.: Narrar la
nación. Editorial
Letras Cubanas, 2009.
(Se reproduce en
Editorial Cuadernos
Papiro, Holguín, 2012.) |