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“Los escritores hacen
las literaturas
nacionales; los
traductores, la
universal”, ha afirmado
alguien con no poca
razón, teniendo en
cuenta las
peculiaridades
expresivas de cada
lengua y la casi
imposibilidad de verter
esos matices a otros
idiomas, contentivos de
otras idiosincrasias, de
otras culturas; faena
que afrontan los
traductores literarios
con una temeridad digna
de encomio debido a las
fuertes críticas que,
por principio, acompañan
su siempre discutible
labor.
Si nos atenemos a la
versión bíblica de la
diferenciación de las
lenguas, nos encontramos
frente al primer pecado
capital: la soberbia.
Jehová, molesto por la
pretensión con que los
descendientes de Noé
hablaban de alcanzar el
cielo, decidió confundir
sus lenguajes y hacer
imposible que se
entendieran y lograran
concluir la torre que
erigían en la llanura de
Sinar. Este ejemplar
castigo impulsó al
género humano hacia una
incomunicación que
vetaba la contingencia
futura de impugnar la
autoridad divina, pues
primero debían dedicarse
al humilde ejercicio de
encontrar un idioma
común para llevar a buen
término sus
conspiraciones. Hasta
hoy, ha sido un
imposible solo paliado
con el subterfugio de la
traducción, esos retazos
del todo que a veces
hacen más ardua la
búsqueda porque le
añaden mayor oscuridad a
un misterio ya bastante
oscuro de por sí.
La soberbia, por su
parte, es tal vez el
motor impulsor del poeta
―esa necesidad de
renombrar las cosas, de
imponer o proponer a los
otros un habla
individual,
irrepetible―, y encierra
el mayor desafío posible
a la divinidad, puesto
que pretende suplantarla
o, en el mejor de los
casos, enmendarle la
plana detrás de los
embrollos convenientes a
la adoración que se
trueca en diálogo, en
controversia. Sospecho
que el tema Dios y sus
variantes (mito-, teo-,
onto-, y hasta
sicológica) abarca un
alto índice de la poesía
universal, si acaso no
su totalidad, en última
instancia, ya que el
agnosticismo y el
ateísmo no son, a la
postre, más que otras
maneras de
preocuparse por Dios. A
causa de este doble acto
de soberbia, el poeta
debe pagar una cuota
mayor de incomprensión,
no limitada solo al
hecho de que jamás
alcance a ratificar sus
profecías o sus
jactancias, sino,
además, sazonada con la
agravante de que nunca
tales auspicios o
bravatas podrán ser
comprendidos del todo
por toda la
humanidad, pues la
aventura ego-reductora
de tener que ser
traducido para poder ser
leído en otras lenguas
coloca de antemano al
poeta —y al traductor—
en la perspectiva humana
de la incomunicabilidad.
Así, más que una
urgencia comunicadora,
la traducción se
convierte en una forma
de saneamiento
espiritual, tanto para
el traductor como para
el autor, e incluso para
la comunidad que la
recibe y se hace
beneficiaria de una
manera diferente de
mirar el mundo. Si el
traductor es también
poeta, cosa harto
frecuente, la purga se
intensifica: se hace más
agónico el conflicto y
más dudoso el resultado
(no desde el punto de
vista literario, lo cual
puede ser verificado en
los planos cultural y
lingüístico, sino desde
el punto de vista
ontológico, como
emergencia de diálogo
con lo divino para
buscar y buscarse).
Aunque también se torna
más deleitoso el
balbuceo inaugural que
acompaña al poeta, que
siempre habrá de ser —o
creerse— una suerte de
traductor, de elegido
para exponer a la vista,
al oído, al gusto de los
otros, los mundos por él
apenas entrevistos en el
abismo de la caída.
Doble ahora, el
balbuceo, porque el
poeta-traductor traduce
(retraduce) lo que
alguien (un
poeta-traductor que le
antecedió) intentara
retraducir de otras
retraducciones visibles
en el largo camino de
postas que es la
literatura.
En el orden cultural, la
traducción de poesía
resulta imprescindible
para oxigenar las
diversas literaturas
nacionales con el pensar
y el hacer novedosos
provenientes de otras
lenguas. El
poeta-traductor capta el
aviso desde su especial
sensibilidad y vierte a
su lengua, a su cultura,
a su idiosincrasia, las
búsquedas y hallazgos
del autor original, de
algún modo fecundo para
el devenir de la
historia literaria en
que se desenvuelve el
poeta-traductor. Este
proceso no se cumple tan
solo con los autores
contemporáneos y sus
descubrimientos, sino
también con los llamados
clásicos, cuyas
continuas traducciones
recontextualizan su
obra, a la par que traen
a la posteridad esas
lecciones que son,
precisamente, la causa
de las actuales
reinterpretaciones. El
poeta-traductor, al
cabo, traduce a su
lengua, incluso en
ocasiones a su
idiolecto, y facilita
que los “clásicos”
entronquen de manera
natural con la tradición
cultural donde están los
lectores del traductor,
para terminar
universalizando al
autor, haciéndolo
asequible en cada nueva
civilización a la cual
sea vertido, y
enriqueciéndolo con las
nuevas resonancias
poéticas que en ella —y
desde ella— adquiera.
Es en el plano
lingüístico donde se
verifica por fin esta
dicotomía. Resulta
utópico pasar un texto
de una lengua a otra y
pretender conservar el
equilibrio de sus
componentes léxicos,
morfológicos, fonéticos
y sintácticos. El
secreto estriba, al
parecer, en sustituir la
creación primigenia por
una segunda construcción
en la cual se modifican
casi todos los valores,
pues corresponden desde
ese momento a los de la
lengua meta, pero donde
se ha trabajado con
ferocidad por conservar
el sentido del
original. De ahí que al
enfrentarnos a una
traducción nos
encontremos, en verdad,
ante dos obras, que
podrían y deberían ser
estudiadas por separado,
o de manera simultánea,
mas sin crearnos la
ilusión de que una es
la otra. Por eso la
dificultad de emprender
un estudio literario
real auxiliándose de
traducciones, lo cual
obliga, entre distintas
cosas, a las ediciones
bilingües, uno de los
pocos sitios donde se
reconoce la presencia de
dos textos diferentes y
paralelos que ensayan el
lance de pasar por el
mismo en una curiosa
variante de otredad.
Solo que la literatura
no se hace —por fortuna—
exclusivamente para
críticos y estudiosos,
sino para los lectores,
y la traducción
constituye una parte
importante de la
actividad literaria; en
cierto modo, debido al
interés de muchos
escritores por traducir
(es asimismo una suerte
de aprendizaje, de
turismo intelectual en
las intimidades de otros
autores), pero también
porque aquello que sí
conserva una versión
vale la pena que sea
divulgado por las
múltiples razones que
hemos venido esbozando1.
Entonces se precisa,
según algunos, un
profundo conocimiento de
ambas lenguas (la de
partida y la de llegada)
para arriesgarse a
traducir poesía, y así
poder resolver las
incógnitas que habrán de
presentarse a lo largo
del trabajo; yo, que
entiendo la literatura
como un flujo de ideas
impulsoras para el
espíritu, en las cuales
juega un papel
fundamental el lenguaje,
su belleza y novedad, me
atrevo a sostener que lo
en verdad imprescindible
es aprehender el
espíritu del texto
original y, luego, con
un exquisito dominio de
la lengua meta, poner en
este idioma aquel
espíritu, si acaso se
puede, con cuanta
sutileza lingüística y
cuanta belleza literaria
sea el traductor capaz
de reproducir en el
poema de llegada, para
hallar esa
retroalimentación
nutricia que encierra el
concepto con que el gran
poeta y traductor Paul
Celan les definía el
arte de traducir a sus
alumnos de la Escuela
Normal de París: “Un
diálogo que camina…”
Camagüey, Cuba, 1965
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