La Habana. Año X.
24 al 30 de MARZO
de 2012

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Un diálogo que camina
Jesús David Curbelo • La Habana

“Los escritores hacen las literaturas nacionales; los traductores, la universal”, ha afirmado alguien con no poca razón, teniendo en cuenta las peculiaridades expresivas de cada lengua y la casi imposibilidad de verter esos matices a otros idiomas, contentivos de otras idiosincrasias, de otras culturas; faena que afrontan los traductores literarios con una temeridad digna de encomio debido a las fuertes críticas que, por principio, acompañan su siempre discutible labor.  

Si nos atenemos a la versión bíblica de la diferenciación de las lenguas, nos encontramos frente al primer pecado capital: la soberbia. Jehová, molesto por la pretensión con que los descendientes de Noé hablaban de alcanzar el cielo, decidió confundir sus lenguajes y hacer imposible que se entendieran y lograran concluir la torre que erigían en la llanura de Sinar. Este ejemplar castigo impulsó al género humano hacia una incomunicación que vetaba la contingencia futura de impugnar la autoridad divina, pues primero debían dedicarse al humilde ejercicio de encontrar un idioma común para llevar a buen término sus conspiraciones. Hasta hoy, ha sido un imposible solo paliado con el subterfugio de la traducción, esos retazos del todo que a veces hacen más ardua la búsqueda porque le añaden mayor oscuridad a un misterio ya bastante oscuro de por sí.

La soberbia, por su parte, es tal vez el motor impulsor del poeta ―esa necesidad de renombrar las cosas, de imponer o proponer a los otros un habla individual, irrepetible―, y encierra el mayor desafío posible a la divinidad, puesto que pretende suplantarla o, en el mejor de los casos, enmendarle la plana detrás de los embrollos convenientes a la adoración que se trueca en diálogo, en controversia. Sospecho que el tema Dios y sus variantes (mito-, teo-, onto-, y hasta sicológica) abarca un alto índice de la poesía universal, si acaso no su totalidad, en última instancia, ya que el agnosticismo y el ateísmo no son, a la postre, más que otras maneras de preocuparse por Dios. A causa de este doble acto de soberbia, el poeta debe pagar una cuota mayor de incomprensión, no limitada solo al hecho de que jamás alcance a ratificar sus profecías o sus jactancias, sino, además, sazonada con la agravante de que nunca tales auspicios o bravatas podrán ser comprendidos del todo por toda la humanidad, pues la aventura ego-reductora de tener que ser traducido para poder ser leído en otras lenguas coloca de antemano al poeta —y al traductor— en la perspectiva humana de la incomunicabilidad.

Así, más que una urgencia comunicadora, la traducción se convierte en una forma de saneamiento espiritual, tanto para el traductor como para el autor, e incluso para la comunidad que la recibe y se hace beneficiaria de una manera diferente de mirar el mundo. Si el traductor es también poeta, cosa harto frecuente, la purga se intensifica: se hace más agónico el conflicto y más dudoso el resultado (no desde el punto de vista literario, lo cual puede ser verificado en los planos cultural y lingüístico, sino desde el punto de vista ontológico, como emergencia de diálogo con lo divino para buscar y buscarse). Aunque también se torna más deleitoso el balbuceo inaugural que acompaña al poeta, que siempre habrá de ser —o creerse— una suerte de traductor, de elegido para exponer a la vista, al oído, al gusto de los otros, los mundos por él apenas entrevistos en el abismo de la caída. Doble ahora, el balbuceo, porque el poeta-traductor traduce (retraduce) lo que alguien (un poeta-traductor que le antecedió) intentara retraducir de otras retraducciones visibles en el largo camino de postas que es la literatura.

En el orden cultural, la traducción de poesía resulta imprescindible para oxigenar las diversas literaturas nacionales con el pensar y el hacer novedosos provenientes de otras lenguas. El poeta-traductor capta el aviso desde su especial sensibilidad y vierte a su lengua, a su cultura, a su idiosincrasia, las búsquedas y hallazgos del autor original, de algún modo fecundo para el devenir de la historia literaria en que se desenvuelve el poeta-traductor. Este proceso no se cumple tan solo con los autores contemporáneos y sus descubrimientos, sino también con los llamados clásicos, cuyas continuas traducciones recontextualizan su obra, a la par que traen a la posteridad esas lecciones que son, precisamente, la causa de las actuales reinterpretaciones. El poeta-traductor, al cabo, traduce a su lengua, incluso en ocasiones a su idiolecto, y facilita que los “clásicos” entronquen de manera natural con la tradición cultural donde están los lectores del traductor, para terminar universalizando al autor, haciéndolo asequible en cada nueva civilización a la cual sea vertido, y enriqueciéndolo con las nuevas resonancias poéticas que en ella —y desde ella— adquiera.

Es en el plano lingüístico donde se verifica por fin esta dicotomía. Resulta utópico pasar un texto de una lengua a otra y pretender conservar el equilibrio de sus componentes léxicos, morfológicos, fonéticos y sintácticos. El secreto estriba, al parecer, en sustituir la creación primigenia por una segunda construcción en la cual se modifican casi todos los valores, pues corresponden desde ese momento a los de la lengua meta, pero donde se ha trabajado con ferocidad por conservar el sentido del original. De ahí que al enfrentarnos a una traducción nos encontremos, en verdad, ante dos obras, que podrían y deberían ser estudiadas por separado, o de manera simultánea, mas sin crearnos la ilusión de que una es la otra. Por eso la dificultad de emprender un estudio literario real auxiliándose de traducciones, lo cual obliga, entre distintas cosas, a las ediciones bilingües, uno de los pocos sitios donde se reconoce la presencia de dos textos diferentes y paralelos que ensayan el lance de pasar por el mismo en una curiosa variante de otredad. Solo que la literatura no se hace —por fortuna— exclusivamente para críticos y estudiosos, sino para los lectores, y la traducción constituye una parte importante de la actividad literaria; en cierto modo, debido al interés de muchos escritores por traducir (es asimismo una suerte de aprendizaje, de turismo intelectual en las intimidades de otros autores), pero también porque aquello que sí conserva una versión vale la pena que sea divulgado por las múltiples razones que hemos venido esbozando1. Entonces se precisa, según algunos, un profundo conocimiento de ambas lenguas (la de partida y la de llegada) para arriesgarse a traducir poesía, y así poder resolver las incógnitas que habrán de presentarse a lo largo del trabajo; yo, que entiendo la literatura como un flujo de ideas impulsoras para el espíritu, en las cuales juega un papel fundamental el lenguaje, su belleza y novedad, me atrevo a sostener que lo en verdad imprescindible es aprehender el espíritu del texto original y, luego, con un exquisito dominio de la lengua meta, poner en este idioma aquel espíritu, si acaso se puede, con cuanta sutileza lingüística y cuanta belleza literaria sea el traductor capaz de reproducir en el poema de llegada, para hallar esa retroalimentación nutricia que encierra el concepto con que el gran poeta y traductor Paul Celan les definía el arte de traducir a sus alumnos de la Escuela Normal de París: “Un diálogo que camina…” 

Camagüey, Cuba, 1965 


Notas:

1- En este párrafo he parafraseado ideas de Felipe Garrido, célebre traductor mexicano, manejadas en su trabajo “Poesía y traducción”, presentado en el segundo Coloquio sobre los Problemas de la Traducción Literaria, en octubre de 1983.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.