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Es difícil desarraigar
del saber cotidiano o
más exactamente del
no-saber cotidiano las
imágenes y nociones
estereotipadas del
traductor como un gris
reproductor, en el mejor
de los casos artesano o
técnico, para no hablar
del añejo
traductor-traidor, que
traslada simbólicamente
el supuesto déficit
creacional de nuestra
profesión al terreno
ético.
Estas valoraciones,
explícitas o tácitas,
repercuten en la
ubicación de nuestra
escritura en un lugar
subordinado junto con
las otras que
constituyen la
literatura, es decir, la
escritura autoral y la
escritura crítica, sin
reparar en su función
irreemplazable en la
comunicación
intercultural y en su
lugar privilegiado como
campo de indagación de
las relaciones entre
lenguaje, pensamiento y
mundo.
La subestimación del
traductor, que sigue
presente en estructuras
de decisión, léase
editoriales e
instituciones
culturales, repercute en
la jerarquía social de
la profesión y en las
modalidades y pautas de
remuneración, influye en
la autoestima de
nuestros colegas y en la
pérdida de talentos, que
buscan ocupaciones más
ventajosas y
reconocidas.
El traductor que
selecciona, niega esas
nociones degradantes y
subestimadoras.
Este traductor realiza
prácticamente una máxima
de Ezra Pound: traducir
es seleccionar, escoger,
que interpreto como la
acción de seleccionar
textos dignos de ser
recreados, seleccionar
partes de estos textos
cuando se usan
estrategias de
fragmentación y
seleccionar los aspectos
relevantes y
particularizadores de
cada texto para
privilegiarlos al
realizar el texto en la
nueva lengua. El
traductor que selecciona
es capaz de elaborar
proyectos, defenderlos y
realizarlos. No actúa
pasivamente ante la
industria y ciertas
instancias burocráticas,
ni se subordina a los
criterios de los
especialistas de la
lengua materna de los
textos con que trabaja.
Con sus decisiones,
independientes de las
selecciones hechas en el
país de origen,
representa el punto de
vista de los escritores
y lectores de otra
tradición literaria —en
nuestro caso, de dos
tradiciones, la
hispanoamericana y la
cubana— y de hecho lo
retroalimenta a la
cultura del original,
enriqueciéndola.
El traductor que
selecciona no es, pues,
un simple receptor y
ejecutor de lo que
ordenan dueños,
editores, comerciantes y
burócratas. Acepta el
riesgo en un sentido
doble. Se arriesga a
elaborar proyectos que
quizá no sean bien
acogidos por la
industria del libro, y
se arriesga
probablemente, como
creador traduccional, a
violar pautas que
pretenden imponerle
nociones estandarizadas
de equivalencia,
apegadas a un
ilusionismo banal.
Este traductor activo e
independiente se mueve
en la zona de contacto
entre la investigación,
el discurso crítico y el
traducir. El hecho de
que seleccione, prologue
y edite no lo hace
necesariamente “mejor”
en cuanto a la calidad
de sus textos, pero sí
incrementa su autoridad
y le permite destruir el
mito del traductor
invisible y neutral, que
pretende anularlo como
personalidad creadora.
Por supuesto, al
traductor que
selecciona, no le
resulta fácil la
materialización de sus
proyectos. Tiene que
pagar un precio por
liberarse de las cadenas
de producción y
distribución que
escenifican
presentaciones
mediáticas, y tratan de
imponer la
uniformidad y
globalización del gusto.
Ese precio consiste en
la dificultad para
encontrar
financiamiento, que lo
lleva a tratar con
mundos alternativos de
edición: las pequeñas
editoriales, las
revistas literarias y
los recursos de la red
de redes, con sus
páginas web y e-zines, e
incluso a trabajar sin
recibir una remuneración
inmediata.
Contra el concepto
uniformador de
equivalencia, que ha
dominado los enfoques
teóricos de base
lingüística y de hecho
domina la práctica
editorial, promotora de
traducciones rápidas y
baratas al servicio de
las presentaciones
escenificadas, de
Barcelona a Manila, en
las que una supuesta
naturalidad de estilo
tiende a allanar la
diferencia. El traductor
que selecciona debe
afirmar, enfatizar la
diferencia: diferencia
lingüística y cultural
respecto al original,
diferencia respecto a
otras traducciones y
enfoques de traducción,
diferencia de la
literatura innovadora
frente a las
manifestaciones
convencionales.
Decidir convertirse en
el traductor que
selecciona significa
para un traductor
abrirse un nuevo campo
en el cual solo puede
progresar si desarrolla
sus habilidades como
recreador de textos e
investigador, con
ganancias inestimables
para su experiencia y
autoestima.
Por supuesto, la novela
contemporánea de éxito,
territorio domesticado
por la industria de la
edición, está fuera del
alcance del traductor
que selecciona. Su
terreno será el de los
géneros breves, la
poesía y el relato
corto, contemporáneos o
no, y también podrá
probar sus fuerzas con
novelas y otros textos
extensos de autores cuya
obra haya quedado libre,
o con la de escritores
marginales o más
exactamente marginados.
Antología, muestra,
dossier
El acto seleccionador
del traductor representa
tomas de posición ante
la literatura original y
ante sus autores.
Valoraciones expresas en
el prólogo o
introducción y
valoraciones implícitas
en la inclusión o
exclusión de los autores
y en su representación
numérica. Es preciso
situarse ante las
operaciones de
canonización de la
crítica de la literatura
original, y decidirse
entre una posición
acatadora y conservadora
y una posición activa,
que haga valer criterios
derivados de la
literatura de la lengua
de llegada, en nuestro
caso las literaturas
hispanoamericana y
cubana. Esto quiere
decir que en todo
momento hay que manejar
los criterios de
afinidad y diferencia.
En otras palabras,
podemos privilegiar lo
que confirma las
corrientes y hábitos
expresivos de nuestra
literatura, y afirma sus
valores en una escala
internacional, o aquello
que nos resulta extraño,
lo que tiene un
potencial de renovación
y ruptura y abre nuevas
perspectivas a nuestros
autores y lectores.
Y como tercer criterio
el de calidad efectiva.
Puede que textos de gran
fuerza en el original no
se dejen recrear
satisfactoriamente, ya
sea por dificultades
intrínsecas o por
limitaciones específicas
del traductor. En ese
caso habrá que decidir
si se mantiene la
presencia de esos textos
en versiones menos
logradas, que se limiten
a traspasar su
semántica, y aunque no
alcancen la categoría de
recreaciones, sí lleguen
a la de útiles ayudas de
lectura.
Los cánones y listas
donde se propone lo que
debe leerse no son la
salida de una maquinaria
axiológicamente neutral
ni el resultado de la
reflexión de sabios
aislados del mundo, sino
que reflejan
características
interesadas de
autorrepresentación y
legitimización de grupos
o sociedades, y podemos
y debemos relativizarlos
desde nuestra posición
de representantes de
otras culturas. Otras
circunstancias que
debilitan las
pretensiones canónicas
son la difusión de la
cultura y el aumento del
tiempo libre en las
sociedades
desarrolladas, que
motivan la proliferación
de obras aceptables y
considerables,
reduciendo el desnivel
de calidad a favor de
las “cumbres”, y el
debilitamiento o
inexistencia de escuelas
y corrientes dominantes,
sumado al aumento de la
vida media, lo que da
lugar a una pluralidad
de tendencias y estilos
nunca vista antes de
nuestra época (en el
caso de la literatura
alemana, ver los
sobrevivientes de la
generación de los 50 y
los 60 aún
productivos).
El concepto de antología
denota estabilidad,
autoridad e inmovilidad,
y podemos contraponerle
el de muestra,
sustancialmente más
dinámico. Propongo
considerarlos como
núcleos de dos campos
semánticos. Uno que se
agrupa en torno a
antología, (del griego
anthos, flor) que se
asoció en el pasado con
términos que suenan hoy
ridículos, como
florilegio, tesoro,
tesoro dorado, y en la
mentalidad contemporánea
se vincula con canon,
con selección legitimada
por potentes
instituciones,
profesores y críticos,
que imponen sus
opiniones sobre “lo que
se debe leer”, y en
entornos culturales
sofisticados y
especializados actúan
mediante la prensa
plana, la red y la
televisión. En cambio,
muestra, que asociamos a
selección, instalación o
museo, como en el
decisivo libro de
Enzensberger Museo de
la poesía moderna,
trae connotaciones de
cierto azar, de
distancia, y a la vez de
acto personal, no
esconde al sujeto
seleccionador,
relativiza el
autoritarismo de la
crítica. Dentro de la
literatura alemana hay
ejemplos excelentes de
prácticas
seleccionadoras
subversivas, como la
Antiantología, de
Heissenbüttel y Monn,
que organiza los poemas
atendiendo al número de
versos, y
Sprachspeicher
(Almacén de lenguaje),
de Thomas Kling, que se
vale de la polisemia de
la palabra “Speicher”,
la cual se aplica tanto
a almacén, como a la
memoria de las
computadoras.
Como término y fenómeno
afín a muestra se ha
popularizado el dossier,
que dialoga en una
publicación periódica
con otras formas de
organización textual,
que no desdeña ser
incompleto,
fragmentario,
improvisado,
asistemático… Que puede
cubrir diez páginas y
también 90, que puede
incluir ágiles
entrevistas, artículos y
ambiciosos ensayos.
Experiencias
Pasando a mis
experiencias personales,
quisiera referirme
brevemente primero al
dossier 15 poemas de
William Carlos Williams,
publicado en Opción,
y al libro Enfant
perdu y otros
poemas, de Heinrich
Heine, que inauguró la
colección de
traducciones de Azoteas.
Sobre el dossier de
William Carlos, mucho
tengo que agradecer a
las palabras y gestos de
aliento de Juan Nicolás
Padrón, que me animó a
seleccionar y traducir a
un poeta que, junto con
Gastón Baquero, me
acompaña cada día, pues
no solo me enseña una
fecunda relación con el
lenguaje, sino también y
sobre todo, una singular
manera de ver el mundo,
los cuerpos, los
movimientos y el mundo
intermedio de los
productos humanos en su
camino de vuelta a la
naturaleza.
Mi relación con Heine es
mucho menos personal que
la que tengo con W.C. W.
Concebí una edición
amplia de la poesía y la
prosa de Heine en una
edición de clásicos, que
las necesidades
redujeron a un tomo de
poesía. Debí conciliar
mis criterios con los de
quien promovió
inicialmente la
publicación, pero aún
así logré trasladar
algunos poemas
desconocidos o poco
conocidos en español,
que se cuentan entre los
más perdurables del
poeta de Dusseldorf, y
desarrollar una muestra
de las diferentes líneas
de ese polifacético
autor. Mucho me ayudó en
tiempos difíciles la
entrada al universo
poético heineano, y le
agradezco textos como
Mi destino, cordera
y El campo de batalla,
de Hastings. Esta
traducción permaneció
engavetada siete años, y
solo el entusiasmo de
Reina María Rodríguez y
el apoyo de la Editorial
Letras cubanas
permitieron su
publicación.
Le dedicaré más atención
aquí a dos proyectos,
uno individual y otro
colectivo, uno a punto
de aparecer y otro
publicado en 2004: la
antología de la poesía
del austríaco Ernst
Jandl, Para hacer un
poema y la selección
Poesía alemana
contemporánea. Poetas
alemanes y austríacos.
La elección de un poeta
experimental como Jandl
implica la superación de
dos obstáculos: uno de
ellos es la dificultad
intrínseca de traducir
una poesía muy ligada al
lado fónico de la lengua
original; segundo, la
diferencia posicional
entre la poesía
experimental en alemán y
la poesía experimental
en español. Tanto la
producción autoral de
los poetas
experimentales
posteriores a la Segunda
Guerra Mundial como su
pensamiento metapoético
ocupan una posición
mucho más central en la
literatura alemana, más
marginal en la
hispanoamericana, lo
cual dificulta su
aceptación editorial.
A Jandl lo traduje por
primera vez en 1997; fue
un breve grupo de poemas
seleccionados por el
propio autor. Después
preparé dos dosieres, y
ampliando la suma
inicial a lo largo de
diez años ha surgido una
selección que terminó
llamándose Para hacer
un poema, y está a
punto de publicarse en
la Colección Azoteas. He
tratado de lograr una
presentación modélica de
sus textos, es decir,
una selección que
represente las
principales líneas de su
escritura poética,
desarrollada entre dos
polos: un
experimentalismo sonoro
y gráfico que lo ha
hecho famoso y popular
en el mundo
germanoparlante y una
vertiente existencial de
cruda desnudez que nos
enfrenta con la
decadencia física del
anciano, las crisis de
productividad en la
escritura y esa temible
y subestimada enfermedad
contemporánea, la
depresión. En las
páginas de Jandl uno
puede encontrar desde
esqueletos barrocos
hasta desenfrenados
juegos infantiles.
A diferencia de mi
trabajo inicial con
William Carlos Williams,
para el cual escaseaban
las fuentes, he contado
con toda la información
y el apoyo necesarios
para adentrarme en la
obra de Jandl, gracias a
la Sociedad Austriaca de
Literatura. He leído una
y otra vez sus textos,
alternando la lectura
natural, espontánea, con
la lectura crítica,
indagadora, la entrega a
la empatía y el análisis
frío, la identificación
y la toma de distancia.
También he frecuentado
la rica literatura
secundaria sobre Jandl,
y su ensayismo, en el
cual desarrolla una
poética muy personal,
basada en la
materialidad del poema y
la incorporación de un
tratamiento lúdico del
lenguaje, que continúa
la línea dadaísta. Uno
de sus ensayos lo
publiqué en dos
prestigiosas revistas
literarias. He buscado
además el consejo y
asesoramiento de
teóricos y poetas que lo
conocieron. Por
supuesto, me familiaricé
con las versiones de
traductores anteriores,
siempre que me lo
permiten mis
conocimientos de
lenguas, pues hay libros
de traducciones de Jandl
en turco y coreano. Y
sometí repetidamente las
traducciones que hacía a
la prueba de la
oralidad, decisiva, ya
que Jandl creó y
practicó brillantemente
la escritura de lo que
llamó poemas para ser
dichos en voz alta, una
variante muy semantizada
de la poesía sonora que
adquiere su pleno
significado al ser
pronunciada. Recuerdo,
especialmente, la
primera vez que leí mis
recreaciones de dos de
los poemas
experimentales,
supuestamente
intraducibles: la de
tranchgrbnn en
Viena, en 1999, la de
Otto y su buldog Totto
en Alamar, en 2002.
Precisamente la más
difícil de estas
lecturas tuve que
hacerla ante un público
de niños y adolescentes
bilingües en Madrid,
como parte de mi trabajo
como “actor” y asesor en
la filmación de un
documental sobre la
posibilidad de traducir
al poeta austriaco, al
que muchos tienen por
intraducible. Eso me
permitió dialogar con
tres importantes colegas
europeos, Jean Claude
Lefevere, de la Ecole
Normal Superieure de
París, discípulo de Paul
Celan, Jesús Munárriz,
poeta y editor español,
y Luigi Reitani,
traductor, ensayista y
profesor de Udine, este
último conocedor exacto
y apasionado de la obra
de Jandl, sobre quien ha
escrito páginas
imprescindibles.
Ha sido y sigue siendo
una larga aventura
traduccional, a veces
ardua pero siempre
gratificante, un work
in progress que está
muy lejos de terminar,
pues me propongo
presentar una selección
de la poética jandliana
e incursionar en el
teatro del autor vienés.
En cambio, Poesía
alemana contemporánea,
poetas alemanes y
austríacos, nació
como una empresa
coyuntural que debía
materializarse en un
tiempo fijo y breve,
para ser publicada en la
Feria del Libro de La
Habana en 2004. Esto
solo era posible
incorporando a varios
traductores y
renunciando a incluir
solamente recreaciones
poéticas: era inevitable
incluir también algunos
textos en español que
pertenecen a la especie
de lo que he llamado
“ayudas de lectura”,
traducciones que
reproducen dignamente el
campo referencial del
texto sin que puedan ser
leídas como genuinos
poemas.
En mi selección, decidí
respetar los criterios
de mis antecesores, con
cuyas selecciones
trabajé, y a la vez
desmarcarme de ellos,
dar cabida a lo
imprescindible y
presentar cosas nuevas,
una lectura diferente de
poemas conocidos y el
descubrimiento de poemas
y poetas no divulgados o
poco divulgados. Tomar
conocimiento del canon,
en la medida en que se
puede hablar de este
cuando uno se ocupa de
producciones
contemporáneas, y a la
vez criticarlo y
subvertirlo desde
nuestras posiciones.
La obra 21 poetas
alemanes, de Felipe
Bosso, publicada en
1981, me dio a conocer a
muchos de los poetas más
significativos del
período posterior a
1945. El antologador y
traductor español Felipe
Boso es una figura
importante de la poesía
visual europea. Boso,
excelente conocedor de
la lengua y la cultura
alemanas, ofrece
muestras representativas
de cada poeta, y dedica
abundante espacio a la
poesía concreta y
experimental, línea que
suele descuidarse por
otros antologistas.
Mediante su selección,
su prólogo y las
introducciones a los
poetas logra una
introducción amena y
sistemática a la poesía
escrita en alemán de
1945 a 1980, que
clasifica en los
apartados naturismo,
poesía hermética, poesía
concreta,
experimentalismo y
poesía civil.
La selección de
Elisabeth Siefer debe su
hermoso título, El
sueño tiene su pared,
a una imagen surgida en
un poema de misteriosa
transparencia, Lübars
de Ulrich Schacht, un
autor casi desconocido.
La selección de esta
alemana radicada en
México descansa más en
el azar y el puro gusto
de las lecturas que la
de Felipe Boso, lo cual
es una verdadera fortuna
para sus lectores y
sucesores, pues un libro
complemente al otro.
Siefer emplea una
estructura temática
cercana a la del
admirable Museo de la
poesía moderna, de
Hans Magnus Enzensberger.
En los apartados
Escribir, Alemanias,
Parejas, Paisajes,
Donaire, Retratos,
Utopías y Meditaciones
desarrolla una imagen de
la poesía de lengua
alemana que incluye
principalmente poemas
escritos en las décadas
de los 60, 70 y 80. Su
selección puede leerse
como un documento de las
preocupaciones
existenciales y
políticas de la
generación del 68. En
ella el grupo de
clásicos contemporáneos
que se imponen entre
1945 y 1960 cede espacio
a autores más recientes,
algunos de los cuales,
como Sarah Kirsch y
Nicolas Born, podían
haber figurado por
derecho propio en 21
poetas…
A diferencia de El
sueño y 21
poetas, nuestro
trabajo se hizo contra
una fecha tope y por un
grupo de traductores. A
saber el austríaco Udo
Kawasser, el argentino
Ricardo Ibarlucía y los
cubanos Aníbal Campos,
Olga Sánchez Guevara,
Jorge Yglesias y Orestes
Sandoval, además del que
esto escribe. La
editorial Visor me
permitió reproducir una
traducción del
mencionado Felipe Boso.
Fue realmente una
materialización de la
posibilidad de trabajar
en una red modesta pero
efectiva de colaboración
internacional, y en este
sentido hay que destacar
el apoyo multifacético
del Instituto Goethe,
que estuvo a nuestro
lado en la búsqueda de
información y la gestión
de derecho de autor y
nos estimuló en todo
momento, así como el
eficaz trabajo de la
Editorial Arte y
Literatura, que estaba
envuelta al mismo tiempo
en numerosos proyectos.
Pudimos aprovechar
algunas traducciones
existentes desde hacía
varios años,
parcialmente publicadas
o engavetadas en espera
de mejores tiempos.
Otra parte se hizo
expresamente para el
libro. No se estableció
ningún tipo de pauta
para la elaboración de
las versiones;
atendiendo al principio
de que cada poema
determina una estrategia
de traducción única e
irrepetible los
traductores recibían una
propuesta de
preselección
relativamente extensa,
(principio de selección
abierta) podían devolver
poemas que se les
resistieran
especialmente y sugerir
la inclusión de otros.
Poesía alemana
contemporánea
se propone abarcar todo
el período de 1945 a
nuestros días, es decir,
repite algunos poemas
de colecciones
anteriores, que nos
parecen imprescindibles,
e introduce a autores de
generaciones más
recientes, que han
alcanzado notoriedad
después de 1980. Es así
que están Nelly Sachs y
Günther Eich, autores de
textos emblemáticos
escritos en los
difíciles años de la
posguerra , los clásicos
modernos de los 50 como
Celan, Jandl, Bachmann,
Enzensberger, Meister;
Rolf Dieter Brinckmann y
Nicolas Born, muy
determinantes en los 60
y los 70, Volker Braun,
uno de los más
representativos autores
de la RDA, y los que han
surgido las últimas
décadas, como Thomas
Kling, prematuramente
fallecido, poderoso y
original, Uwe Kolbe,
Durs Grünbein, el más
reconocido de todos,
Raoul Schrott, polémico
traductor también, y el
más joven, Christian
Lehnert, nacido en
1969.
La traducción es
interpretación y
recreación, y no calco.
Reescritura, y no
caligrafismo.
Actualización dinámica,
y no pasatismo congelado
que permite se esfumen
las tensiones
históricas. Por eso veo
un punto fuerte, muy
fuerte de Poesía
alemana contemporánea
en las páginas dedicadas
a Paul Celan, que
tradujo el filósofo,
poeta y traductor
Ricardo Ibarlucía. Nadie
discute la posición de
Celan como el principal
poeta de la segunda
mitad del siglo y uno de
los mayores de la
literatura escrita en
alemán, así como las
dificultades que plantea
su traducción. Su
proverbial oscuridad
funciona paradójicamente
como un elemento que
atrae a los traductores,
pero muchos de ellos
confunden el hermetismo
del poeta de Czernowitz,
(a quien por cierto no
agradaba esa filiación
de hermético), con una
escritura basada en
asociaciones libres,
arbitrarias, que
permitiría traducirlo
por pura resonancia.
Nada más lejos que el
concepto que de su
poesía tuvo el propio
Celan, para quien
siempre había referentes
concretos tras sus
enigmáticas imágenes,
referentes que deben ser
perseguidos por el
lector (y aún más
atentamente por el
traductor) a través de
una lectura apasionada y
reiterativa.
La singularidad de la
traducción de Ibarlucía
resalta en el
tratamiento que da a la
Fuga de la muerte,
calificada una y otra
vez como poema del siglo
en la literatura
alemana. Ibarlucía
sortea el evidente y
tentador peligro de ver
en la Fuga una
estetización del
holocausto y por
extensión del
tratamiento inhumano a
los prisioneros.
Ibarlucía actualiza el
poema celaniano
reduciendo la melodía de
los versículos, los hace
más cortantes rompiendo
las aparentes caricias
de la cadencia, se
decide por expresiones
fuertes y coloquiales;
se aparta de una versión
mecánicamente
reproductora, atendiendo
a una realidad histórica
y cultural: para los
lectores a quienes se
dirigía Celan, cercanos
a la situación evocada,
la sugestión musical de
la fuga contribuiría a
una intensificación de
la experiencia, y no a
una estetización
escapista. Sin embargo,
se ha falseado y se
viene falseando el
sentido de verdad de
este poema celaniano, y
la lectura dura que
propone Ibarlucía
vincula ejemplarmente al
lector hispanoamericano
con el mundo celaniano
auténtico, devuelve a la
literatura alemana un
mundo celaniano
auténtico).
Cuando estudiaba alemán
en los años 60, una de
mis profesoras contó
cómo había quedado
encerrada en un sótano
durante un bombardeo.
Sus palabras volvieron a
mi memoria cuando
descubrí los
conmovedores poemas
Bajo escombros, de
Inge Müller, sobre todo
el lacónico número III,
con ese inquietante
mundo compuesto por la
protagonista lírica, la
casa y el perro. La
coincidencia de mis
recuerdos y la lectura
de una selección de
poesía de la extinta
RDA, Die eigene
Stimme, además de
mi predilección por los
textos brevísimos, me
hizo preferir a la
malograda Inge Müller,
que traduciría Olga
Sánchez Guevara, sobre
más de una celebridad de
ayer y hoy. No lo
disimulo, y pienso que
afirmar el hallazgo
subjetivo por encima de
las imposiciones
canónicas, es otra de
las ventajas riesgosas
que obtiene el traductor
que selecciona.
Pasados unos cuantos
años, con más
información y después de
nuevas experiencias de
lectura, deploro, además
de la ausencia general
de poetas suizos, el
haber omitido a varios
autores o autoras
relevantes. Si se me
diera la oportunidad de
publicar una versión
ampliada, nunca omitiría
a Marie Louise Kaschnitz,
a Christoph Meckel, a
Michael Gutenbrunner y a
Michael Donnhauser. Pero
tampoco abandonaría a la
humilde Inge Müller. |