La Habana. Año X.
24 al 30 de MARZO
de 2012

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Espacios para la traducción
en la Feria del Libro 2012
Rodolfo Alpízar Castillo • La Habana

En la recién finalizada Feria Internacional del Libro 2012 hubo dos espacios dedicados a los traductores literarios, uno en la versión habanera, otro en la santiaguera. Una iniciativa digna de aplauso desde cualquier punto de vista, pues fue la primera vez que esos profesionales tuvieron oportunidad de reunirse en medio de un evento de tal magnitud y de exponer experiencias, demandas, preocupaciones y propuestas en favor de la especialidad ante los representantes del mundo editorial.

El espacio habanero consistió en un debate de cuatro días dedicado a la relación entre traductores y editores, relación que, como se sabe (o se debería saber), es similar a la que se establece entre editores y autores. Se aprovechó la ocasión para homenajear a los dos cubanos que recientemente ganaron un premio de la Federación Internacional de Traductores a la obra de toda una vida.

El encuentro santiaguero, más modesto, pues se limitó a dos horas, consistió en un panel de cinco ponentes y un moderador, reunidos bajo un lema que era convite y provocación: “El placer de traducir”. Impensable mejor título, porque de la traducción se puede decir mucho o poco, que es arte y ciencia, por ejemplo, como afirmamos algunos, pero hay algo inobjetable: Traducir es una forma de recibir placer. Un poco masoquista tal vez, pero placer al fin.

Tuve el honor de ser invitado a participar en ambos encuentros, y también la satisfacción de comprobar que, en la actualidad, la profesión de traductor ha ido ganando respeto y justa valoración entre quienes se encuentran en los distintos peldaños de dirección del sistema editorial en Cuba.

Ciertamente, como afirmé en ambos encuentros, y reitero aquí, en los últimos años se ha avanzado bastante en cuanto al reconocimiento público de nuestra profesión, en particular de la literaria, si bien todavía son muchos los que no la justiprecian, a pesar de que, desde cualquier punto de vista, es imprescindible para el progreso de la humanidad.

Dos elementos que muestran el avance obtenido son: a) desde hace algunos años, el nombre del traductor aparece en la portada de la obra traducida, al menos en los sellos editoriales correspondientes al Instituto Cubano del Libro y a la Casa de las Américas; b) se reconoce legalmente que el traductor es un creador, con todos los derechos morales y patrimoniales que el concepto entraña.

Lo anterior no responde a dádiva generosa alguna, ni es concesión hecha a un grupo profesional para estimularlo. Se trata del resultado de la calidad demostrada por muchos profesionales durante más de 50 años, y también de la labor sostenida en pro del enaltecimiento de la profesión de traductor por las dos organizaciones hermanas que los agrupan, la Sección de Traductores Literarios de la Asociación de Escritores de la UNEAC, y la Asociación de Traductores e Intérpretes de Cuba (ACTI).

No hay que descuidar, empero, el sinnúmero de elementos subjetivos, o, dicho más llanamente, el sinfín de prejuicios que aún imperan en las mentes de algunas personas del mundo intelectual. Pudiera parecer una exageración, pero para cualquier traductor profesional, esto es, para quien tiene la traducción como su principal ocupación laboral, es evidente que, salvo que nos dediquemos a cualquier otra actividad intelectual, los traductores somos “ciudadanos de segunda clase” en la “república de las letras”.

Encuentro la explicación en que, en esencia, muchos no saben a derechas qué es un traductor; de ahí tanta frase hecha, tanta expresión desafortunada tomada como verdad incontestable. En este sentido, el panel de Santiago, muy bien organizado incluso en el orden de las participaciones, sirvió para poner en evidencia no solo cuánto falta todavía en el “reconocimiento” a la labor del traductor, sino también en cuanto al simple “conocimiento” de qué es la traducción, sus especificidades y su importancia.

La propia composición del panel en Santiago fue ilustrativa de lo que sucede en la realidad cotidiana: Los cinco ponentes eran traductores de literatura artística; de ellos, cuatro de poesía, y solo uno ejerce la traducción como ocupación principal. Otros tipos de traducción quedaron sin representación. Por tanto, “el placer de traducir” se referiría solo, o en especial, al goce de traducir arte, en particular poesía. Algo similar ocurrió en el espacio habanero de la Feria, por cierto. En mi opinión, ello es consecuencia de lo que antes afirmé: Se desconoce, en general, el alcance de la traducción. Más adelante vuelvo sobre el tema.

Antes de proseguir debo señalar que, salvo una, a la cual aludo a continuación, las intervenciones fueron valiosas, y en ellas se mostraron ejemplos prácticos de las dificultades que a diario enfrenta el traductor, con propuestas de solución en ocasiones magistrales. Añádase que el más joven integrante del panel santiaguero leyó un texto que, a la vez que revelaba amor por la profesión como el que los más viejos sentimos, desplegaba un rigor teórico indicativo de que las nuevas generaciones vienen bien preparadas y prestan atención a aspectos que algunos de los mayores acaso hemos descuidado un tanto. No se trata de un caso aislado, pues algo similar se observó en noviembre, durante las sesiones del más reciente Simposio de Traducción Literaria, celebrado en La Habana.

La única intervención que no estuvo al nivel del encuentro fue, sin embargo, conveniente, pues abrió el camino para la polémica, tan beneficiosa (cuando es bien encaminada) para el progreso de las ideas, y proporcionó la oportunidad de esclarecer algunos conceptos equivocados. Por ejemplo, el de que cualquiera puede traducir.

Es tan cierto que cualquiera puede traducir como que cualquiera puede conducir un avión. Se pueden encontrar malos traductores, es verdad. Pero también hay malos poetas, narradores, carpinteros, barredores de calle o gobernantes. Sin embargo, solo los que traducen cargan con el sambenito general de “traidores”, sin importar si son profesionales excelentes o unos incapaces.

El problema radica, se afirma (y se repitió en estos encuentros), en que no es posible traducir, en particular poesía, porque gran parte de lo que está en el original se pierde en el camino. Muchas páginas se han escrito al respecto. Siendo así, el remedio sería que todo el mundo fuera capaz de leer (u oír) en todas las lenguas en que se escriba poesía, lo cual es un absurdo (salvo para quienes por literatura conciben solo la de las grandes lenguas europeas). Cierto es que hay poemas prácticamente intraducibles (¡y prosas!), pero no es menos cierto que esos mismos poemas resultan difíciles de abarcar en su complejidad para los propios hablantes de la lengua en que se escribieron. Y si es así, ¿qué hacer?, ¿no intentar su traducción?, ¿dejar que permanezcan para siempre desconocidos por quienes no conozcan el idioma?

La traducción convierte en universal lo que era local, como nos recuerda Saramago, miembro de nuestro gremio por mucho tiempo; en ese proceso de universalización, es verdad, a veces no se transmite la totalidad de matices y complejidades que el autor logró en la obra original, y elementos de su sensibilidad pudieran no llegar a reproducirse en la obra traducida, porque las características de ambas lenguas lo impide. La consecuencia es que al traductor, porque ha intentado convertir en posible lo imposible, lo llaman traidor. Se ven las manchas del sol, no la luz, diría Martí.

Cabría aquí una pregunta: ¿llamaremos también traidores a quienes, a través de la historia, se empeñaron en alcanzar imposibles, como ese reino de utopía donde todos seremos hermanos? La respuesta es obvia; sin embargo, para esos perseguidores de “lo imposible” llamados traductores está acuñada una frase: tradutore traditore.

Concedido que no todo se puede traducir, porque es cierto, es bueno no olvidar que lo contrario también lo es: No siempre es imposible traducir, y además hacerlo muy bien. La práctica, criterio de la verdad, lo demuestra cada día. Si no fuera así no tendríamos comunicación intercultural.

La frase tradutore traditore, en definitiva, no es más que eso, una frase; aunque tonta, ha tenido suerte y ha pegado, y de tan repetida ha llegado a ser asumida como verdad incontrovertible, tanto que se mencionó más de una vez en Santiago y en La Habana, si bien casi siempre para rechazarla. Pero también alguna vez para darla como buena, lamentablemente.

Como si no fuera suficiente con la tan llevada y traída frase tonta, un ponente echó mano de otra, atribuida a Lezama Lima, según la cual basta un poco de picardía para traducir. Citar frases fuera de contexto es costumbre muy añeja; nadie sabe la circunstancia en que se enunciaron, ni siquiera si en verdad se dijeron, pero funcionan. En el caso presente, tal vez fue una simple humorada, sin ninguna intención doctrinal, pero se citó de modo que validaba (fuera o no la intención del ponente) la afirmación de que cualquiera puede ser traductor.

No sé si será bueno o no tener “picardía” para traducir. Acaso sí, quién sabe. Nunca había oído la frase lezamiana (por la reacción de los asistentes, parece que ellos tampoco), y confieso que dudo de la veracidad de la cita. Me cuesta aceptar que Lezama haya querido expresar desprecio por la profesión de traductor. No creo que él desconociera las horas de investigación que se esconden detrás de cualquier buena traducción. Por muy preparado que esté un traductor, por mucho que domine las lenguas de partida y de llegada, y por muchos años de experiencia que tenga en su haber, cuando se enfrenta a un nuevo autor, o a una nueva obra de un autor que ya conoce, algo tendrá que investigar para alcanzar un resultado válido.

En cualquier caso, la “picardía” del traductor consistiría en haber aprendido los mejores métodos para enfrentar los retos que cada nueva obra le ofrezca. Ahí sí me cabría la frase lezamiana, de ser cierta.

Hasta aquí me he referido a la traducción literaria en particular, porque alrededor de ella giraron los dos encuentros en que participé, aunque antes mencioné que otros tipos quedaron fuera de la composición de los paneles. Tanto por los ponentes, como por los temas discutidos, pareciera que hablar de esta profesión es hablar de “traducción artística”, en especial “de poesía”. Pero la traducción de literatura artística no es la única que existe, ni la más común. Sin embargo, aunque los llamados “traductores literarios” hemos logrado algún reconocimiento social, nuestros colegas “no literarios”, que son la mayoría, están lejos de llegar a la cota alcanzada por nosotros. A los traductores de obras científicas, técnicas y sociopolíticas rara vez se les reconocen derechos morales y patrimoniales. No los invitan a congresos. Y, sin embargo, su labor es imprescindible para el progreso de la humanidad. Acaso más que la nuestra…

Otros olvidados, habría que agregar, son los traductores del área legal (contratos, documentos legales en general, actos jurídicos...). Verdad es que en Cuba se habla poco del tema, pero en otros países los traductores dedicados a estos asuntos tienen una importancia extraordinaria, al punto de que sus asociaciones profesionales (colegios) se cuentan entre las más poderosas.

Siendo así, es evidente que quienes piensan en la problemática de la traducción solo a partir de la artístico-literaria están muy lejos de abarcar la real complejidad de la profesión.

Con toda intención he dejado para el final una precisión que, metodológicamente, debí hacer al inicio: Con independencia del área de especialidad de que se trate, la traducción puede ser oral o escrita. Resulta obvio, pero quizá no lo suficiente para algunos, habida cuenta de la afirmación que un colega hizo sobre la traducción oral.

No hay un solo tipo de traducción oral, como no la hay de la escrita; sin profundizar en ello, baste recordar que no es lo mismo traducir directamente al oído de una persona (traducción susurrada), que hacerlo en la cabina de una conferencia internacional o ante un tribunal. Son diferentes situaciones a que se enfrenta el profesional, con diferente grado de complejidad y de exigencia, pero todas le imponen una enorme responsabilidad.

La traducción oral es tan compleja, que algunos que contamos varios miles de páginas traducidas, y muchos años de trabajo, no nos atrevemos a enfrentarla durante una hora. No es sin motivo. La realidad es que no todos nos sentimos capaces de cumplir las exigencias de la traducción oral (o interpretación). Para llegar a ser un buen traductor oral, además del dominio de las lenguas y mucho tiempo de experiencia, hay que desarrollar un conjunto de cualidades que no todos alcanzan: inmensa cultura, resistencia física, capacidad de improvisación, agilidad mental, agudeza auditiva, pronunciación adecuada, modulación de la voz…

Saber esto me lleva a sentir respeto y admiración por mis colegas dedicados a esa especialidad. Por ello, fueron grandes mi asombro y mi disgusto (aunque al final lo agradecí, pues me dio pie para expresar algunas ideas que de otro modo acaso me hubiera guardado), cuando un colega de panel, después de hablar de la condición de traidores que arrastramos los traductores, de mencionar la supuesta frase de Lezama y de dejar más o menos en claro que la única traducción que vale la pena es la de poesía, definió la traducción oral diciendo que consiste en “eso que vemos haciendo por la calle a los jineteros”.

No merece la pena comentar tal afirmación; en todo caso, cabría repetir lo que diría cualquier hijo de vecino al escucharla: El colega perdió una buena oportunidad de permanecer callado.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.