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En la recién finalizada
Feria Internacional del
Libro 2012 hubo dos
espacios dedicados a los
traductores literarios,
uno en la versión
habanera, otro en la
santiaguera. Una
iniciativa digna de
aplauso desde cualquier
punto de vista, pues fue
la primera vez que esos
profesionales tuvieron
oportunidad de reunirse
en medio de un evento de
tal magnitud y de
exponer experiencias,
demandas, preocupaciones
y propuestas en favor de
la especialidad ante los
representantes del mundo
editorial.
El espacio habanero
consistió en un debate
de cuatro días dedicado
a la relación entre
traductores y editores,
relación que, como se
sabe (o se debería
saber), es similar a la
que se establece entre
editores y autores. Se
aprovechó la ocasión
para homenajear a los
dos cubanos que
recientemente ganaron un
premio de la Federación
Internacional de
Traductores a la obra de
toda una vida.
El encuentro
santiaguero, más
modesto, pues se limitó
a dos horas, consistió
en un panel de cinco
ponentes y un moderador,
reunidos bajo un lema
que era convite y
provocación: “El placer
de traducir”. Impensable
mejor título, porque de
la traducción se puede
decir mucho o poco, que
es arte y ciencia, por
ejemplo, como afirmamos
algunos, pero hay algo
inobjetable: Traducir es
una forma de recibir
placer. Un poco
masoquista tal vez, pero
placer al fin.
Tuve el honor de ser
invitado a participar en
ambos encuentros, y
también la satisfacción
de comprobar que, en la
actualidad, la profesión
de traductor ha ido
ganando respeto y justa
valoración entre quienes
se encuentran en los
distintos peldaños de
dirección del sistema
editorial en Cuba.
Ciertamente, como afirmé
en ambos encuentros, y
reitero aquí, en los
últimos años se ha
avanzado bastante en
cuanto al reconocimiento
público de nuestra
profesión, en particular
de la literaria, si bien
todavía son muchos los
que no la justiprecian,
a pesar de que, desde
cualquier punto de
vista, es imprescindible
para el progreso de la
humanidad.
Dos elementos que
muestran el avance
obtenido son: a) desde
hace algunos años, el
nombre del traductor
aparece en la portada de
la obra traducida, al
menos en los sellos
editoriales
correspondientes al
Instituto Cubano del
Libro y a la Casa de las
Américas; b) se reconoce
legalmente que el
traductor es un creador,
con todos los derechos
morales y patrimoniales
que el concepto entraña.
Lo anterior no responde
a dádiva generosa
alguna, ni es concesión
hecha a un grupo
profesional para
estimularlo. Se trata
del resultado de la
calidad demostrada por
muchos profesionales
durante más de 50 años,
y también de la labor
sostenida en pro del
enaltecimiento de la
profesión de traductor
por las dos
organizaciones hermanas
que los agrupan, la
Sección de Traductores
Literarios de la
Asociación de Escritores
de la UNEAC, y la
Asociación de
Traductores e
Intérpretes de Cuba (ACTI).
No hay que descuidar,
empero, el sinnúmero de
elementos subjetivos, o,
dicho más llanamente, el
sinfín de prejuicios que
aún imperan en las
mentes de algunas
personas del mundo
intelectual. Pudiera
parecer una exageración,
pero para cualquier
traductor profesional,
esto es, para quien
tiene la traducción como
su principal ocupación
laboral, es evidente
que, salvo que nos
dediquemos a cualquier
otra actividad
intelectual, los
traductores somos
“ciudadanos de segunda
clase” en la “república
de las letras”.
Encuentro la explicación
en que, en esencia,
muchos no saben a
derechas qué es un
traductor; de ahí tanta
frase hecha, tanta
expresión desafortunada
tomada como verdad
incontestable. En este
sentido, el panel de
Santiago, muy bien
organizado incluso en el
orden de las
participaciones, sirvió
para poner en evidencia
no solo cuánto falta
todavía en el
“reconocimiento” a la
labor del traductor,
sino también en cuanto
al simple “conocimiento”
de qué es la traducción,
sus especificidades y su
importancia.
La propia composición
del panel en Santiago
fue ilustrativa de lo
que sucede en la
realidad cotidiana: Los
cinco ponentes eran
traductores de
literatura artística; de
ellos, cuatro de poesía,
y solo uno ejerce la
traducción como
ocupación principal.
Otros tipos de
traducción quedaron sin
representación. Por
tanto, “el placer de
traducir” se referiría
solo, o en especial, al
goce de traducir arte,
en particular poesía.
Algo similar ocurrió en
el espacio habanero de
la Feria, por cierto. En
mi opinión, ello es
consecuencia de lo que
antes afirmé: Se
desconoce, en general,
el alcance de la
traducción. Más adelante
vuelvo sobre el tema.
Antes de proseguir debo
señalar que, salvo una,
a la cual aludo a
continuación, las
intervenciones fueron
valiosas, y en ellas se
mostraron ejemplos
prácticos de las
dificultades que a
diario enfrenta el
traductor, con
propuestas de solución
en ocasiones
magistrales. Añádase que
el más joven integrante
del panel santiaguero
leyó un texto que, a la
vez que revelaba amor
por la profesión como el
que los más viejos
sentimos, desplegaba un
rigor teórico indicativo
de que las nuevas
generaciones vienen bien
preparadas y prestan
atención a aspectos que
algunos de los mayores
acaso hemos descuidado
un tanto. No se trata de
un caso aislado, pues
algo similar se observó
en noviembre, durante
las sesiones del más
reciente Simposio de
Traducción Literaria,
celebrado en La Habana.
La única intervención
que no estuvo al nivel
del encuentro fue, sin
embargo, conveniente,
pues abrió el camino
para la polémica, tan
beneficiosa (cuando es
bien encaminada) para el
progreso de las ideas, y
proporcionó la
oportunidad de
esclarecer algunos
conceptos equivocados.
Por ejemplo, el de que
cualquiera puede
traducir.
Es tan cierto que
cualquiera puede
traducir como que
cualquiera puede
conducir un avión. Se
pueden encontrar malos
traductores, es verdad.
Pero también hay malos
poetas, narradores,
carpinteros, barredores
de calle o gobernantes.
Sin embargo, solo los
que traducen cargan con
el sambenito general de
“traidores”, sin
importar si son
profesionales excelentes
o unos incapaces.
El problema radica, se
afirma (y se repitió en
estos encuentros), en
que no es posible
traducir, en particular
poesía, porque gran
parte de lo que está en
el original se pierde en
el camino. Muchas
páginas se han escrito
al respecto. Siendo así,
el remedio sería que
todo el mundo fuera
capaz de leer (u oír) en
todas las lenguas en que
se escriba poesía, lo
cual es un absurdo
(salvo para quienes por
literatura conciben solo
la de las grandes
lenguas europeas).
Cierto es que hay poemas
prácticamente
intraducibles (¡y
prosas!), pero no es
menos cierto que esos
mismos poemas resultan
difíciles de abarcar en
su complejidad para los
propios hablantes de la
lengua en que se
escribieron. Y si es
así, ¿qué hacer?, ¿no
intentar su traducción?,
¿dejar que permanezcan
para siempre
desconocidos por quienes
no conozcan el idioma?
La traducción convierte
en universal lo que era
local, como nos recuerda
Saramago, miembro de
nuestro gremio por mucho
tiempo; en ese proceso
de universalización, es
verdad, a veces no se
transmite la totalidad
de matices y
complejidades que el
autor logró en la obra
original, y elementos de
su sensibilidad pudieran
no llegar a reproducirse
en la obra traducida,
porque las
características de ambas
lenguas lo impide. La
consecuencia es que al
traductor, porque ha
intentado convertir en
posible lo imposible, lo
llaman traidor. Se ven
las manchas del sol, no
la luz, diría Martí.
Cabría aquí una
pregunta: ¿llamaremos
también traidores a
quienes, a través de la
historia, se empeñaron
en alcanzar imposibles,
como ese reino de utopía
donde todos seremos
hermanos? La respuesta
es obvia; sin embargo,
para esos perseguidores
de “lo imposible”
llamados traductores
está acuñada una frase:
tradutore traditore.
Concedido que no todo se
puede traducir, porque
es cierto, es bueno no
olvidar que lo contrario
también lo es: No
siempre es imposible
traducir, y además
hacerlo muy bien. La
práctica, criterio de la
verdad, lo demuestra
cada día. Si no fuera
así no tendríamos
comunicación
intercultural.
La frase
tradutore traditore,
en definitiva, no es más
que eso, una frase;
aunque tonta, ha tenido
suerte y ha pegado, y de
tan repetida ha llegado
a ser asumida como
verdad incontrovertible,
tanto que se mencionó
más de una vez en
Santiago y en La Habana,
si bien casi siempre
para rechazarla. Pero
también alguna vez para
darla como buena,
lamentablemente.
Como si no fuera
suficiente con la tan
llevada y traída frase
tonta, un ponente echó
mano de otra, atribuida
a Lezama Lima, según la
cual basta un poco de
picardía para traducir.
Citar frases fuera de
contexto es costumbre
muy añeja; nadie sabe la
circunstancia en que se
enunciaron, ni siquiera
si en verdad se dijeron,
pero funcionan. En el
caso presente, tal vez
fue una simple humorada,
sin ninguna intención
doctrinal, pero se citó
de modo que validaba
(fuera o no la intención
del ponente) la
afirmación de que
cualquiera puede ser
traductor.
No sé si será bueno o no
tener “picardía” para
traducir. Acaso sí,
quién sabe. Nunca había
oído la frase lezamiana
(por la reacción de los
asistentes, parece que
ellos tampoco), y
confieso que dudo de la
veracidad de la cita. Me
cuesta aceptar que
Lezama haya querido
expresar desprecio por
la profesión de
traductor. No creo que
él desconociera las
horas de investigación
que se esconden detrás
de cualquier buena
traducción. Por muy
preparado que esté un
traductor, por mucho que
domine las lenguas de
partida y de llegada, y
por muchos años de
experiencia que tenga en
su haber, cuando se
enfrenta a un nuevo
autor, o a una nueva
obra de un autor que ya
conoce, algo tendrá que
investigar para alcanzar
un resultado válido.
En cualquier caso, la
“picardía” del traductor
consistiría en haber
aprendido los mejores
métodos para enfrentar
los retos que cada nueva
obra le ofrezca. Ahí sí
me cabría la frase
lezamiana, de ser
cierta.
Hasta aquí me he
referido a la traducción
literaria en particular,
porque alrededor de ella
giraron los dos
encuentros en que
participé, aunque antes
mencioné que otros tipos
quedaron fuera de la
composición de los
paneles. Tanto por los
ponentes, como por los
temas discutidos,
pareciera que hablar de
esta profesión es hablar
de “traducción
artística”, en especial
“de poesía”. Pero la
traducción de literatura
artística no es la única
que existe, ni la más
común. Sin embargo,
aunque los llamados
“traductores literarios”
hemos logrado algún
reconocimiento social,
nuestros colegas “no
literarios”, que son la
mayoría, están lejos de
llegar a la cota
alcanzada por nosotros.
A los traductores de
obras científicas,
técnicas y
sociopolíticas rara vez
se les reconocen
derechos morales y
patrimoniales. No los
invitan a congresos. Y,
sin embargo, su labor es
imprescindible para el
progreso de la
humanidad. Acaso más que
la nuestra…
Otros olvidados, habría
que agregar, son los
traductores del área
legal (contratos,
documentos legales en
general, actos
jurídicos...). Verdad es
que en Cuba se habla
poco del tema, pero en
otros países los
traductores dedicados a
estos asuntos tienen una
importancia
extraordinaria, al punto
de que sus asociaciones
profesionales (colegios)
se cuentan entre las más
poderosas.
Siendo así, es evidente
que quienes piensan en
la problemática de la
traducción solo a partir
de la
artístico-literaria
están muy lejos de
abarcar la real
complejidad de la
profesión.
Con toda intención he
dejado para el final una
precisión que,
metodológicamente, debí
hacer al inicio: Con
independencia del área
de especialidad de que
se trate, la traducción
puede ser oral o
escrita. Resulta obvio,
pero quizá no lo
suficiente para algunos,
habida cuenta de la
afirmación que un colega
hizo sobre la traducción
oral.
No hay un solo tipo de
traducción oral, como no
la hay de la escrita;
sin profundizar en ello,
baste recordar que no es
lo mismo traducir
directamente al oído de
una persona (traducción
susurrada), que hacerlo
en la cabina de una
conferencia
internacional o ante un
tribunal. Son diferentes
situaciones a que se
enfrenta el profesional,
con diferente grado de
complejidad y de
exigencia, pero todas le
imponen una enorme
responsabilidad.
La traducción oral es
tan compleja, que
algunos que contamos
varios miles de páginas
traducidas, y muchos
años de trabajo, no nos
atrevemos a enfrentarla
durante una hora. No es
sin motivo. La realidad
es que no todos nos
sentimos capaces de
cumplir las exigencias
de la traducción oral (o
interpretación). Para
llegar a ser un buen
traductor oral, además
del dominio de las
lenguas y mucho tiempo
de experiencia, hay que
desarrollar un conjunto
de cualidades que no
todos alcanzan: inmensa
cultura, resistencia
física, capacidad de
improvisación, agilidad
mental, agudeza
auditiva, pronunciación
adecuada, modulación de
la voz…
Saber esto me lleva a
sentir respeto y
admiración por mis
colegas dedicados a esa
especialidad. Por ello,
fueron grandes mi
asombro y mi disgusto
(aunque al final lo
agradecí, pues me dio
pie para expresar
algunas ideas que de
otro modo acaso me
hubiera guardado),
cuando un colega de
panel, después de hablar
de la condición de
traidores que
arrastramos los
traductores, de
mencionar la supuesta
frase de Lezama y de
dejar más o menos en
claro que la única
traducción que vale la
pena es la de poesía,
definió la traducción
oral diciendo que
consiste en “eso que
vemos haciendo por la
calle a los jineteros”.
No merece la pena
comentar tal afirmación;
en todo caso, cabría
repetir lo que diría
cualquier hijo de vecino
al escucharla: El colega
perdió una buena
oportunidad de
permanecer callado. |