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En el primer lugar que
desembarcamos pude
entender solo unas
cuantas palabras del
habla de la gente. Esto
me entristeció, puesto
que yo quería serle más
útil a Colón que
sirviéndole solo para
friccionarlo, vaciar su
bacinica y cuidar su
ropa. Se enojó tanto por
eso, como se había
enojado cuando los
cubanos no entendieron
el habla judía de Luis;
pero luego decidió
capturar a un hombre
amistoso, que se acercó
a la nave en una canoa,
y forzarlo a traducir.
Era muy de Colón hacer
esto sin pensar que,
como el hombre no
hablaba castellano, le
era menos útil que yo...
Cedric
Belfrage1
Si bien la traducción
escrita en el Nuevo
Continente es un hecho
histórico documentable
y, por ende, testimonial
por excelencia de
momentos diferentes de
la evolución del
fenómeno lingüístico
iberoamericano y de
nuestros contactos con
otras lenguas y
culturas, todas las
modalidades de esta
actividad comunicativa
partieron allí de la
cadena hablada.
La cita que encabeza
este trabajo nos
introduce en el mundo de
la comunicación que
vamos a llamar
traducción de
inmediación que se
manifiesta en el período
del Encuentro
(1492-1510).
El narrador Yayael,
personaje de ficción,
aunque bien pudo ser
real, es un aborigen de
Guanahani (Walting),
isla del archipiélago de
las Yucayas, hoy
Bahamas, que metido en
la piel de un
traductor-intérprete,
acompañó al Almirante en
sus peripecias por el
Caribe, ya que es
sobradamente conocido
que desde su primera
escala en tierra
americana utilizó a un
grupo de indígenas como
intérpretes. Uno de
ellos fue bautizado
posteriormente como
Diego Colomb y es el
mismo cuya identidad
pretende reivindicar
Belfrage en su Nota a
los colombinos y
después en el presunto
manuscrito de fray Diego
Lucero, fechado en
Córdoba en 1507, que
figuran en la citada
novela, aduciendo que
Yayael y Diego Colomb
son la misma persona. El
segundo personaje que se
menciona en la cita
alcanza para los cubanos
particular relevancia,
porque debe su
historicidad a haber
sido el primer
traductor-intérprete al
castellano que se
desempeñó en nuestra
Isla, en 1492. Se
llamaba Don Luis de
Torres y era un judío
converso que, además del
consabido latín, se daba
mañas en árabe, hebreo,
griego y arameo, lenguas
que tuvo que dejar a un
lado en las Antillas y
solo quedarse con las
mañas para tratar de
adiestrar a los nativos,
quienes, según cuenta la
historia, más pronto que
tarde tomaron su lugar y
la palabra.
En la traducción de
inmediación, destinada a
funcionar sobre todo en
situaciones de pura
comunicación, las
lenguas que traban
contacto tienen, por lo
regular, un nivel de
desarrollo escaso y
desigual. En este caso
particular, por un lado,
se trataba del aruaco
que, según el
antropólogo Daniel G.
Brinton, era el tronco
lingüístico más definido
en América del Sur y, en
aquella época, alcanzaba
hasta las Yucayas o
Bahamas, a poca
distancia de la región
septentrional del
continente. El propio
Colón, en el fragmento
de su carta anunciadora
del descubrimiento,
impresa en Barcelona por
Pedro Posa en 1493,
relata que: en todas
estas islas, non vide
mucha diversidad [...]
ni en la lengua, salvo
que todos se entienden,
que es cosa muy
singular. Era evidente,
empero, que los
incipientes léxicos
antillanos no podían
expresar una reflexión
que fuera más allá del
universo material
circundante y que
carecía de vocablos para
explicar una buena parte
de los conceptos
europeos. Pero, si bien
el español era más
evolucionado que el
aruaco, no hay que
olvidar que procedía de
un latín ya degenerado,
anterior a la gramática
de Nebrija. La
traducción de
inmediación era, pues,
la única forma posible
de establecer una
especie de puente capaz
de sortear la barrera
transcultural. Por
demás, el antecedente
directo de Don Luis de
Torres habría que
buscarlo con certeza en
la escuela de Toledo
(1125-1151), donde pese
a la escasa conciencia
del idioma propio,
traducían, al romance,
como podían, del árabe y
del judío, no sin antes
pasar por la censura de
los revisores de
castellano (Gerona, M.
Cualidades requeridas
de la traducción
documental. Nueva
York: Servicio de
Traducción de la
Organización de las
Naciones Unidas,
s/f:1-41.
[mimeografiada]), que
contribuyó en muy alta
medida, sin embargo, al
enriquecimiento de la
lengua.
Otro intérprete de la
época y, por cierto, el
primer traductor negro
conocido al español y
acaso el primer negro
brujo que hubo en
Cuba, fue Estevancio,
mencionado por Alejo
Carpentier2 y
por Fernando Ortiz3.
Llevado por Pánfilo de
Narváez a la Florida en
1527, permaneció en
suelo indio de la actual
Texas, en unión de
algunos supervivientes
de la fracasada
expedición, hasta 1539,
y murió a manos de los
indios zuniz, quienes
jamás habían visto un
negro, por utilizar una
calabaza de valor
ceremonial como
instrumento de música.
A medida que la
Conquista se
consolidaba, con la
conciencia católica
erigida en razón de ser
de España, en Cuba la
traducción de
inmediación fue dando
paso a la traducción de
prevalencia, que otros
autores llaman de
imperio. Podría decirse
que adquiere matices
según refleje una
situación de dominación,
como ocurre en la época
de la Factoría, cuando
la Isla era una simple
escala hacia las tierras
más ricas del
Continente, o una
situación de rebeldía,
en épocas posteriores de
la Colonia, cuando a la
par con nuestras letras,
fue naciendo también el
anhelo independentista.
De la primera etapa no
abundan los ejemplos. En
la precaria y dispersa
producción literaria de
la Isla, el proceso de
integración era lento y
la vida, en general, una
mera imitación formal de
la de la metrópoli. Así
las cosas y pese a que
la imprenta se introdujo
en Cuba desde principios
del siglo XVIII, y a que
el folleto más antiguo
que se conoce data de
1723, la primera
traducción de que
tenemos noticias fue la
realizada por el obispo
Pedro Agustín Morell de
Santa Cruz (1694-1768).
Aunque el manuscrito de
su obra inacabada (Historia
de la Isla y Catedral de
Cuba) no fue dado a
la estampa hasta 1929
por la Academia de
Historia de Cuba, se
sabe que, para el
primero de los dos
volúmenes en que dividió
su obra, Morell tradujo
del francés y resumió
los capítulos
principales referentes
al descubrimiento de
Colón y a las primeras
etapas de la Conquista,
de los cuatro primeros
tomos de L'Histoire
de l'Isle Espagnole de
Saint-Domingue del
padre Pierre François
Xavier de Charlevoix,
publicada en París en
1730. Como en las partes
de la obra de Morell que
se conservan no se
aclara que había
realizado dicha
traducción para
aprovechar los datos que
la obra contenía, fue
acusado de plagio por
Abigaíl Mejía, cuyos
padre, Juan Ejía y
Cotes, tradujo y también
publicó la obra de
Charlevoix en varias
separatas en la revista
dominicana Letras y
Ciencias
(1892-1898), que dirigía
Federico Henríquez y
Carvajal. Henríquez
Ureña opina que esta
acusación fue
probablemente injusta,
toda vez que Charlevoix
era demasiado conocido
en la época para que
Morell intentase
impunemente el plagio4.
José Juan Arrom refiere
que otro
traductor-arreglista de
la época fue el habanero
Santiago Pita, quien se
inspiró en una versión
del italiano que él
mismo realizó, de la
obra escénica en prosa
de Giacinto Andrea
Cicognini titulada Il
Principe Giardiniero,
para escribir una obra
que con idéntico título
fue publicada en 1730 en
Sevilla. Cabe destacar
por estos años la labor
traductoral del más
antiguo clérigo de su
Majestad en las iglesias
auxiliares y
parroquiales de La
Habana y cura rector de
su Parroquial Mayor:
Juan Bautista Barea
(1744-1789), reconocido
como el mejor orador
sagrado de su tiempo. No
solo tradujo a los
Padres de la Iglesia
(San Agustín, San
Ambrosio y San
Bernardo), sino también
discursos de Cicerón,
obras de Tertuliano y
Floro, odas de Horacio y
las historias griega y
romana del abate Millet.
La toma de La Habana por
los ingleses (1762)
marca un hito en la
historia económica y
cultural de la Isla: el
nacimiento de la
Colonia. Ciertamente que
en Cuba, desde los
primeros tiempos, pero
con más razón aún en el
período colonial en el
que nuestra dependencia
de España extendía las
relaciones de la
Metrópoli y, por
consiguiente, las
nuestras, a otros países
de Europa, debieron
traducirse otros
materiales, y que el
traductor oficial o
administrativo tuvo
necesariamente un
espacio para
desempeñarse sobre todo
con la presencia de los
ingleses durante un año
en La Habana. Sin
embargo, la historia no
suele hacer justicia a
este trabajador anónimo.
Su obra, totalmente
despersonalizada, carece
de huellas.
A finales del siglo
XVIII y por iniciativa
de Don Luis de las
Casas, se fundó El
Papel Periódico de La
Havana (1790), y en
sus páginas aparece una
traducción del inglés,
sin referencia al autor,
de la Oda a la
soledado de Pope. A
esta época pertenece la
producción de tres
figuras: José Agustín
Caballero (1762-1835),
quien se desempeñaba
fundamentalmente como
traductor de textos
históricos y
científicos: De
Sepúlveda acomete la
traducción de La
Historia del Nuevo Mundo
y en especial de México
(del latín) y la
correspondencia de ese
autor con Melchor Cano
(del francés); las
Lecciones preliminares
del curso de estudios
del abate Condillac y
Philosophia electiva,
transcripción del
original del siglo XVIII
y versión castellana,
(edición bilingüe
latín-español) con
introducción y notas de
Jenaro Artiles; y la
novela Cartas de
Milady Julieta Castelvi
a su amiga Milady
Henriqueta Compley
(del inglés); José María
Callejas y Anaya
(1772-1833), quien al
morir, víctima de una
epidemia de cólera,
trabajaba en un
Diccionario
enciclopédico militar;
y Ventura Pascual Ferrer
(1772-1851), quien tiene
a su haber versiones del
latín, francés e
italiano.
Si bien en un trabajo
que aborda un tema tan
específico no cabría
extenderse en análisis
de otra magnitud, sería
impensable soslayar la
importancia y el peso
que la Colonia tuvo en
todos los órdenes para
la Isla, aunque solo
fuera para subrayar que
justamente en aquellos
años se gestó la
nacionalidad cubana y se
sentaron las bases de su
cultura.
Desde dos siglos atrás,
la Isla venía siendo un
crisol donde como
[incubada] en un
ambiente familiar, del
trato de las familias se
forjaba la simiente, sin
asistencia a
instituciones sino
brotada de sus propias
exigencias autodidactas5.
El siglo XIX, que da
paso a una época que ve
su estructura social y
cultural conmovida en
sus cimientos por la
industrialización y por
el triunfo cultural de
la burguesía es, en
todas partes, un período
clave para la
traducción. En Occidente
se traduce todo y de
todos los idiomas. Cuba
no es ajena a ese
movimiento. De manera
que en el siglo XIX, la
traducción en la Isla
alcanza uno de sus
momentos más activos
como vehículo de
acercamiento a otras
culturas. No exagero al
decir, al comprobar cuán
pródiga fue esta época
en traductores de
relieve intelectual, que
aquellos cultivadores
del género consideraron
la traducción como una
actividad asociada al
prestigio cultural de
quien la ejercía y no
solo un modus vivendi.
Los creadores del XIX,
exponentes elocuentes de
ese quehacer
generacional de
formación y búsqueda de
raíces y de identidad
que no podía sino
asomarse, exhibieron
todavía una producción
desigual, no exenta de
limitaciones estéticas.
Los rasgos imitativos y
poco selectivos de
algunas de sus
manifestaciones, y la
traducción era una de
ellas, se calcaron de
las modas y tendencias
eurocéntricas y
norteamericanas
devenidas en autoridad.
Por eso la crítica no
les suele conceder
visado de perennidad. No
tanto por su factura,
sino por ausencia de
originalidad. Pero, a
medida que corría el
siglo, permeados primero
de un neoclasicismo
decadente y más tarde,
desde las filas de un
romanticismo declarado o
abrazando un modernismo
incipiente, los
traductores mayores y
menores, creadores en sí
mismos, cultos y
populares, en la patria
o el destierro, fueron
transitando por las
corrientes literarias de
su siglo, sin
proponerse, sin embargo,
la europeización de
nuestro continente y
dejaron una impronta que
empezaba a ser
criolla en nuestra
joven literatura.
Los autores/traductores
eran gente formada e
informada que en su
mayoría tuvo la
oportunidad de viajar y
muchas veces de
establecerse por cierto
tiempo en el extranjero,
fundamentalmente en
Europa y los EE.UU.,
casi siempre movidos por
afanes separatistas y
emancipadores, de suerte
que, por estudio o por
vivencia, conocieron
varias lenguas y se
relacionaron con otras
culturas. El periodismo
tampoco les fue ajeno. Y
en un ambiente de
tertulia, aglutinados en
torno a determinadas
figuras señeras,
aquellos hombres y
mujeres de su tiempo -en
La Habana y en
provincias-
compartieron, como
testigos y actores,
ideas reformistas
primero, separatistas
más tarde, e
independentistas por
fin, amén de reflexiones
y creaciones con lo
mejor de su generación.
De suerte que cualquier
estudio sobre lo que se
tradujo, cómo se tradujo
y quién lo tradujo en el
siglo XIX en la Mayor de
las Antillas o en el
extranjero sobre todo
tema que interesara a
los cubanos de la época
y particularmente a
aquellos que vivieron y
participaron de una vida
cultural y sociopolítica
intensa en el período
que abarca desde la
fundación de El
Papel Periódico
hasta las primeras
crónicas salidas de la
pluma de nuestro José
Martí, a finales del
siglo, no puede soslayar
el papel desempeñado en
la Isla por las
tertulias literarias que
animaron primero Domingo
del Monte y Aponte y
José de la Luz y
Caballero más tarde6.
No sería exagerado decir
que para esta hornada de
humanistas, que fueron
intelectuales del primer
mundo nacidos en el
subdesarrollo, la
traducción fue una
necesidad, a juzgar por
la frecuencia del
quehacer y la talla de
los hacedores. Huelga
señalar que se trataba
de una traducción de
prevalencia, donde, como
su nombre lo indica,
priman el genio y las
estructuras de la lengua
de partida, subordinada
a los patrones de la
época; que el diapasón
de autores no era muy
amplio, más bien
repetitivo, ni variada
la temática, y que las
principales motivaciones
se vinculaban a la
docencia, al teatro y a
la divulgación
literaria. Pero este no
era solo un fenómeno
cubano, fue
característico de la
traducción del siglo
XIX. Las fuentes más
importantes para
investigar ese
movimiento traduccional
cubano del siglo XIX en
su conjunto, son, a
nuestro juicio, las
revistas que se editaban
por suscripción, donde
tenían cabida muchas de
estas producciones; el
Centón epistolario
de Domingo del Monte, y
las crónicas
periodísticas, cuadernos
de apuntes y
correspondencia de José
Martí, compilada en sus
Obras completas.
Encabeza este período
que llega hasta los
albores del siglo XX, o
sea, hasta la República
semicolonial, la figura
del santiaguero José
María Heredia y Heredia
(1803-1839), una de las
personalidades más
sobresalientes de la
poesía romántica
americana, quien vivió
largo tiempo en México,
donde escribió buena
parte de su obra. Además
de gran poeta, Heredia
fue un polígloto
notable; antes de los
nueve años ya componía
estrofas y, en el seno
de una familia de
relevancia intelectual,
se inició, muy joven
aún, en el conocimiento
de los clásicos y en los
estudios humanísticos.
Desarrolló de tal suerte
esa afición que, antes
de los diez años, leía,
comentaba y traducía a
Horacio y a otros poetas
latinos. En un
cuadernito de versos
dedicado a su tío
Domingo -padre del autor
de Los Trofeos-
titulado Ensayos
poéticos, aparecía
la traducción de algunas
fábulas de Florián.
Entre ellas se destaca
por su calidad, sobre
todo por tratarse de un
traductor tan joven y
precoz, la del filósofo
y el búho.
Heredia realizó una
copiosa faena como
traductor. Amén de haber
trabajado numerosos
poemas del latín,
francés, italiano e
inglés, lo hizo también
con las novelas
Waverly o Ahora
sesenta años de
Walter Scott (México:
Impr. de Galván, 1833; 3
vols.); El epicúreo
de Thomas Moore, del
inglés, y varias obras
de teatro del francés,
algunas publicadas y
llevadas a escena en
vida de Heredia y otras
después de su muerte.
Son estas: Sila,
tragedia en cinco actos
de V.J.E. Jouy, (México:
Imp. de Alejandro
Valdés, 1825),
representada con gran
éxito en la función
onomástica dedicada al
presidente mexicano
Guadalupe Victoria;
Tiberio, de J.M.B.
Chenier, tragedia en
cinco actos, (México:
Imp. del Supremo
Gobierno, en Palacio,
1829) y Cayo Graco,
del mismo autor;
Pirro y Atreo,
ambas de Jolgot de
Crebillon, esta última
estrenada en 1822 en el
teatro de Matanzas;
Abufar o la familia
árabe, de Ducis;
Saúl, de Alfieri;
El fanatismo, de
Voltaire y,
presuntamente, Los
últimos romanos.
Abordó, asimismo, la
traducción de textos no
literarios: Bosquejo
de los viajes aéreos de
Eugenia Roberston en
Europa, los Estados
Unidos y las Antillas,
de E. Roch (del francés)
(México: Imp. Galván,
1835). En 1826, acomete
la traducción de los
Elementos de Historia
de Tytler, y que tituló
Historia universal
(Toluca: Imp. del
Estado, 1831-1832; 4 t,
2 vol.), de la que se
hizo otra edición
posteriormente, dirigida
por José A. Rodríguez
García (La Habana: Cuba
Intelectual, 1915). Por
demás, esa traducción a
la que Heredia hace
aportes originales,
sirvió de referencia
para el texto que
escribió el profesor
José María de la Torre
para su Cátedra de
Historia en la
Universidad de La
Habana.
Notable es la
personalidad de Antonio
Bachiller y Morales
(1812-1889), traductor,
por demás. En los
EE.UU., país donde
reside durante diez años
como refugiado político,
funda The Magazine of
the American History
y The Scientific
American, entre
otras publicaciones, y
se desempeña tanto en la
traducción literaria
como en la
científico-técnica.
Entre las primeras se
cuentan El campamento
de las cruzadas,
drama de Adolphe Dumas;
Los celos deseados,
de Luis Stella
(comedia); y entre las
segundas, Fisiología
e higiene de los hombres
dedicados a trabajos
literarios, de
Reveillé Parisse, y
Rudimentos de lengua
latina, de T.
Rudinos.
Gertrudis Gómez de
Avellaneda (1814-1873),
otra grande de las
letras cubanas, fue una
excelente traductora de
Victor Hugo, Byron,
Lamartine, Parny y del
poeta portugués Augusto
de Lima. Según acota
Lezama, no traduce la
Avellaneda apegándose al
texto con precisión
rigurosa, son como ella
llama, imitaciones,
varía los metros, mejora
muchas veces el
original, les comunica
alegría y valoro.9
En sus versiones, aunque
se manifieste la
primacía de la lengua de
partida, hay rechazo a
la copia servil del
modelo.
Al grupo femenino del 19
habría que incorporar a
Aurelia Castillo de
González (1842-1920) y a
Mercedes Matamoros
(1851-1906). A la
primera se debe la
versión fiel y ajustada
de La hija de Iorio,
de D'Annunzio, y algunas
composiciones de
Vittoria
Agancor-Pompili, Ada
Negri, Carducci,
Lamartine, François
Coppé, Fernand Gregh y
Byron.
Los primeros trabajos
que dio a conocer la
Matamoros, en 1878,
fueron traducciones de
Byron, Chenier y
Longfellow. Henríquez
Ureña señala que sus
traducciones de las 23
melodías hebreas de
Byron y las de los 31
Cantos y baladas de
Thomas Moore fueron muy
apreciadas. También
tradujo (en dos
versiones) La joven
cautiva, de Chenier,
El águila y la paloma,
de Goethe y Pegaso
bajo el yugo, de
Schiller.
Antonio y Eusebio
Guiteras Font realizaron
una notable labor
pedagógica que les
incentivó a traducir
obras didácticas y les
conquistó un lugar
aventajado en la
relación de traductores
cubanos del XIX. Eusebio
(1823-1893) tradujo el
Catecismo de la misa
(1863) y un Método
práctico para aprender
la lengua francesa
expresamente (sic)
adaptado a la capacidad
de los niños (1869).
También corrigió una
antigua versión española
de la Biblia y de
Enni Sacri, de
Manzoni.
Por su parte, su hermano
Antonio (1819-1901) fue
traductor en versos
libres de los cuatro
primeros libros de La
Eneida de Virgilio
(Barcelona: Jaime Jesús,
1885), como también
hizo, por demás, entre
otras traducciones del
francés (El cervecero
del Rey de D'Arlincour
y Las dos Dianas,
de Alejandro Dumas),
Carlos Manuel de
Céspedes (1819-1874).
Algunos años atrás, ya
habían aparecido
fragmentos de ese
trabajo sobre el clásico
latino en un periódico
de Madrid por gestiones
de Domingo del Monte.
Otros trozos se
publicaron también en el
Aguinaldo de Luisa
Molina, El Liceo
de Matanzas,
Revista de Cuba,
El Ramillete y la
Ilustración Cubana
(Barcelona). La
traducción de Guiteras
concitó posteriormente
elogios de la crítica
cubana y extranjera:
Giuseppe Favole Girande
le dedica un artículo
titulado "La Eneida"
traducida por un cubano,
que vio la luz en la
Revista Cubana, La
Habana, 1935;1:60-90, y
(Heredia, ¿Nicolás?),
otro, con el título de
"La Eneida de Virgilio".
Traducción en verso
castellano por el señor
Don Antonio Guiteras
[...]o, dado a la
estampa en El
Tipógrafo, Matanzas,
13 de octubre, 1901;
1(36):10.
Cabe hacer un aparte
para otras dos parejas
de hermanos traductores
en el período. Fueron
estos José (1834-1900) y
Juan Ignacio (1842-1889)
de Armas y Céspedes, y
Francisco (1836-1907) y
Antonio Sellén (1838-
-1889).
Los de Armas se anotaron
los trabajos siguientes:
José, tradujo del
francés: Las
orientales, de
Víctor Hugo, y cultivó
la traducción inversa al
inglés de obras de
teatro de Calderón. Por
su parte, las dotes de
Juan Ignacio se ponen a
prueba con una obra
jurídica: Derecho
federal, de John C.
Calhoun, aparecida en
Caracas en 1879.
Max Henríquez Ureña
considera a los Sellén:
traductores escrupulosos
de poetas de diferentes
idiomas, y José Martí
les dedica varias
crónicas en 1889 y 1890,
respectivamente. El más
prolífero fue Antonio
(1838-1889), que en 1877
publicó cuatro poemas de
Lord Byron: Parisina,
El prisionero de
Chillón, Los
lamentos del Tasso y
La novia de Abydos.
Posteriormente, trajo al
español al escritor
sueco Isaías Tégner, y
al polaco Adam
Mickiewicz, de quien dio
a conocer en La
Revista Cubana su
poema en seis cantos
Conrado Wallenrod.
Sellén tradujo asimismo
a autores franceses. En
Ecos del Sena se
publicó, en 1883, un
florilegio de los
románticos más en boga,
y en La Revista
Cubana apareció su
versión de La
esperanza de Dios,
de Musset. Del inglés
Edward Lytton Bulwer
tradujo Amor y
orgullo en 1886.
No menos prolija es la
actividad traduccional
de Francisco
(1836-1907), a quien se
deben versiones de
Intermezzo lírico,
de Heine, y del poema de
Byron El Giaour. Por
encargo de la editora
Appleton -la misma donde
Martí se desempeñó como
traductor en Nueva York-
puso en español las
novelas Su cara mitad,
de F. Barret (1889),
La vida de un perillán,
de Wilkie Collins
(1892), La letra
escarlata, de N.
Hawthorne (1895), y
Plagiado de R.L.
Stevenson (1896). Los
Sellén compilaron en un
tomo titulado Ecos
del Rhin, 163
versiones de 38 poetas
germanos. También
incursionaron en el
género teatral, sobre
todo Francisco, quien
tradujo del alemán el
drama en un acto de Z.
Werner, El 24 de
febrero (1864) y
El amor pintor,
comedia en un acto y en
prosa de Moliére (1856).
Señalemos de paso, que
la única obra teatral
original de Francisco
Sellén que fue llevada a
las tablas se representó
en inglés, en el
Berckely Lyceum, en
abril de 1893. Se
titulaba Las apuestas
de Zuleica,
inspirada en una idea
que desarrolló Balzac en
su Fisiología del
matrimonio.
Merecido espacio para
los cultivadores de la
traducción científica o
didáctica merecen
Esteban Borrero
Echevarría (1849-1906),
médico, farmacéutico y
profesor, quien tradujo
Las instituciones
antropológicas, de
Broca, y el Tratado
de aritmética de
Wentworth. Manuel
González del Valle
(1802-1884), junto con
una puesta en verso
castellano de la ópera
El barbero de Sevilla,
de Rossini, acomete la
Breve historia del
proceso en lo criminal,
de Pagano y las
Relaciones del Derecho y
de la Legislación en la
Economía, de F.
Rivet, publicada en
París en 1864. Emilio
Blanchet (1829-1915),
pedagogo destacado y
estudioso de las lenguas
compiló, en su obra
Trozos de literatura
francesa, con resúmenes
de historia literaria,
notas, vocabularios de
las palabras contenidas
en el texto (sic) y
únicamente de las
acepciones que allá
tienen y un apéndice
mercantil,
Barcelona, Imp. de S.
Marrero, 1875, textos
que demuestran que
enfocaba esta actividad
con profesionalismo y
rigor. Asimismo, dejó
inédito un libro de
epigramas e idiotismos
franceses. José del
Perojo (1853-1908) se
anota el mérito de haber
sido el primero que
vertió al español,
directamente del alemán,
el texto completo de la
Crítica de la razón
pura, de Kant, y una
Historia de los
orígenes de la filosofía
crítica de Kuno
Fischer —su amigo y
maestro—, también del
alemán. Otro germanista
destacado, el traductor
Antonio Angulo y Heredia
(1837-1875), sobrino de
José María, tiene en su
haber La campana,
de Schiller, y París
en América, del
francés E. de Laboulaye.
Miguel Teurbe Tolón
(1820-1870), a quien
además de haber puesto
en español El sentido
común de Thomas
Payne y un Compendio
de la Historia de los
Estados Unidos, de
Enma Willard (New York,
1854), también le
debemos una obra
didáctica sobre la
traducción aparecida en
Nueva York en 1852,
titulada The
Elementary Spanish
Reader and Translator.
Un espacio en este
recuento merece también,
aunque no haya sido
propiamente un
traductor, Nestor Ponce
de León, por la
descollante obra de
divulgación de las
letras iberoamericanas
que desarrolló desde el
exilio político en Nueva
York en su casa
editorial Monitor, una
de las más importantes
imprentas y librerías de
obras en castellano que
existiera en el siglo
XIX en esa urbe
estadounidense. Pero,
además, a Néstor Ponce
de León se debe el
Diccionario tecnológico
inglés-español y
español-inglés,
publicado en Nueva York
en 1884, que Martí
califica de obra
indispensable en la
biblioteca de todo
hombre moderno y
herramienta de trabajo
de valor para los
traductores. Otro autor
importantísimo de obras
de referencia y
traductor por añadidura,
sobre todo de piezas de
teatro, es Francisco
Calcagno (1827-1903),
autor del célebre
Diccionario biográfico
cubano. A su factura
se deben Adriana
Lecouvreur,
Angelo, tirano de Padua,
de E. Scribe, por
encargo de la casa
editorial Baker y Godwin
de Nueva York; y
Torquemada, de
Víctor Hugo, que tuvo
dos ediciones: en México
y en Barcelona. Ensayó
también la traducción
inversa y llevó al
francés un proverbio
dramático de C.
Navarrete, en 1887.
Juan Clemente Zenea
(1832-1871) es otra
figura destacada de las
letras y de la
traducción. Con él
presentamos una
selección de traductores
de valía cuyo desempeño
pretendemos ilustrar con
algunos trozos de su
factura y cerrar el
período que dará paso al
de la República
semicolonial, con el que
concluye también nuestro
estudio.
En Zenea/poeta, hay una
huella muy fuerte de
Musset. De este tradujo,
y publicó íntegramente
en La Revista
Habanera (1862), su
drama Andrea del
Sarto y dos poemas:
Nadieo (1839),
que apareció en
Poesías de Cuba
(1855), y que también
tradujo, por cierto,
José Antonio Cortina (Revista
de Cuba, t 1, 1877)
sin que ni el uno ni el
otro le hicieran al
original mucho favor, si
bien la versión de
Cortina es mejor que la
de Zenea; y la elegía
Lucieo, que el
cubano incluyó en el
segundo tomo de sus
Noches literarias en
casa de Nicolás Azcárate
(1866) que, al decir del
notable crítico de la
época Enrique Piñeiro,
es de excelente factura,
pues el traductor supo
reproducir de modo
sorprendente, el ritmo
deliciosamente
melancólico del original
de Alfredo Musseto. Por
la comparación de las
dos estrofas que
copiamos a renglón
seguido, la primera de
Musset y la segunda de
Zenea, podrán apreciarse
las cualidades del
traductor:
Paix profonde à ton âme,
enfant, à ta mémoire
Adieu ta blanche main
sur le clavier d'ivoire,
durant les nuits d'été
ne voltigera pas...
(Musset)
¡Duerme por fin en paz!
¡Duerme, ángel mío!
¡Paz profunda a tu alma!
¡Adiós! Tu mano
Ya no más en las noches
del estío
Podrá vagar sobre el
marfil del piano...
(Zenea)
Zenea se ocupó, además,
con otros autores. De
Lamartine tradujo un
trozo de Jocelyn
y dos poemitas: "El
iriso" y "En un álbum";
de Leopardi, las
composiciones "Desengaño
e infinito"; de
Tennyson, el fragmento
XVI del poema "In
memoriam"; de William
Cullen Bryant, "La
muerte de las flores";
de Longfellow, "La
ventana abierta"; del
alemán Gustav Pfizer,
"Los dos rizos", que
Logfellow había también
traducido al inglés
cambiándole el título;
de Heine, algunas
estrofas del
Intermezzo que no
poseen gran calidad y de
Nicolás-Bermain Léonard,
poeta originario de la
isla de Guadalupe, la
composición Las
Antillas.
Jose Agustín Quintero
(1829-1885) pertenece a
la generación de
traductores de la
evasión. La evasión de
los poetas se realiza de
múltiples formas, y una
de ellas puede ser a
través del acercamiento
o la imitación a figuras
de otras culturas. Así
se manifiesta en ellos
la producción que hemos
llamado traducción de
prevalencia con
tendencia a la evasión.
Desde niño, Quintero
aprendió el inglés,
lengua que llegó a
dominar como la suya
propia, incluso para
escribir en ella algunas
de sus composiciones.
Cultivó la amistad
personal de poetas de
habla inglesa, entre
ellos, Longfellow y
Tennyson, y realizó
igualmente versiones del
alemán. Entre estas se
destaca uno de los
sonetos llamados
Geharnischte Sonette,
que el alemán Friedrich
Ruckert publicó en 1814
en su primera colección
de versos titulada
Deutsche Gedichte.
El soneto del alemán, en
forma de preguntas y
respuestas comienza así:
Was schmiedst du,
Schmied? ¡Wir schmieden
Ketten, Ketten!
Ach, in die Ketten seid
ihr selbst geschlagen...
Traducido textualmente
todo el soneto, dice:
—¿Qué estás fundiendo,
herrero? ¡Forjamos
cadenas, cadenas!
—¡Ay! Prisioneros en
esas cadenas vivís
atormentados.
—¿Qué cultivas,
labrador? La tierra que
ha de brindarme sus
frutos.
—Si, para nuestros
enemigos será el trigo;
para vosotros, los
labradores, los cardos.
—¿A quién enderezas tus
tiros, cazador? Quiero
dar muerte al más gordo
de los ciervos.
—Igual que al ciervo y
al corzo, a vosotros os
cazan y persiguen.
—¿Qué tejes, pescador?
Redes para los peces
temerosos.
—¿Y de la red mortal en
que sucumbes, quién
podrá arrancarte?
—¿Qué meces tú, madre
insomne? Mis niños.
—Sí, para que crezcan al
servicio de los
enemigos, ofendan y
maltraten su propia
patria.
—¿Qué escribes tú,
poeta? En letras de
sangre inscribo mi
vergüenza y la de mi
pueblo, que no puede
atreverse siquiera a
pensar en su libertad.
A su vez, la paráfrasis
de Quintero recoge en
cuatro estrofas de cinco
versos algunas de las
preguntas de Ruckert,
adaptándolas a la
situación de Cuba, y
dándoles parecida
respuesta:
—¿Qué trabajas, herrero?
Una cadena.
—¿Cadena que tal vez
lleve un hermano?
—¿Dónde vas, pescador?
La mar serena mi red de
hermosos peces verá
llena...
—Ve, tráelos al banquete
del tirano.
—¿Qué aras, labrador? La
tierra dura donde
florecen el café y la
caña.
—¿Vana es tu industria;
tu afán locura? Para ti
la fatiga y la amargura.
¡El oro y las cosechas
son de España!
—¿Qué corta, leñador, tu
hacha pesada?
—¿Árboles de vigor y
pompa llenos?
—¿Detente, que la patria
está enlutada: a cada
golpe de tu mano osada,
hay un cadalso más y un
árbol menos.
—Di, ¿qué meces, mujer,
en esa cuna?
—¡Un niño! En él mis
ojos siempre clavo.
—Pese, oh madre infeliz,
a tu fortuna, desvelada
te encuentran sol y
luna,
y al fin le das al
déspota otro esclavo.
Diego Vicente Tejera
(1829-1885) estaba
particularmente dotado
para la traducción.
Colaboró en forma
anónima con la que hizo
el venezolano Juan
Antonio Pérez Bonalde,
de Das Buch der
Lieder (El libro
de los cantares) de
Heine que, hasta el
presente, no tiene
parangón en lengua
castellana e integró un
singular equipo de
trabajo con el propio
Bonalde y con José
Martí, durante los años
que residieron los tres
en Nueva York, para
traducir del inglés al
español Lalla Rookh
de Thomas Moore, cuyo
texto nunca se ha
hallado. También tradujo
magníficamente a
Leopardi y dio a conocer
en español La romanza
de Mignon de Goethe;
La hoja de Arnaulto
y El amanecer, de
Longfellow. No obstante,
su mejor traducción es
la de los 17 Cantos
magiares de Petöfi
y, de ellos, la de "Mi
voto", de la que
reproducimos las dos
últimas estrofas. Con
ella Tejera quiso
alentar el sentimiento
de libertad de los
cubanos de la época y
por eso la dedica a
Cuba:
¡La muerte, sable en
mano, magnífica,
tremenda, cuando el
clarín vibrante
reemplace el ruiseñor!
¡Que el alma mía,
entonces, el libre vuelo
emprenda!
¡Que brote de mi pecho
sangrienta y ancha flor!
Y así que el corcel mío
me lance entre el ramaje
acude y besa al punto
mis labios por piedad.
¡Oh tú, que siempre
fuiste mi amor rudo y
salvaje!
¡Oh casta hija del
cielo, sublime Libertad!
José Martí (1853-1895).
La talla universal de
este gigante de las
letras y el pensamiento
americano y la autoridad
y el prestigio de las
plumas que a su obra le
han dedicado cientos de
miles de páginas de
homenaje y reflexión en
todos los continentes,
hacen ociosa una
presentación que siempre
habría quedado a la zaga
del empeño. Su actividad
como traductor a varios
idiomas es en cambio no
tan conocida, pese a que
su vastísima cultura y
sus excepcionales dotes
le permitieron abordar
con ventaja géneros,
autores y asuntos muy
variados.
TRADUCCIÓN
LITERARIA*
Poesía
(traducciones y
versiones)
A Mistery,
de Lord Byron
I-E.
No se conserva.
Canción,
de Auguste
Vacquerie. F-E.
No se conserva.
La rima,
de Augusto de
Armas. F-E.
"Los dos
príncipes", de
Helen Hunt
Jackson.
I-E.
Adiós, de
Ralph Waldo
Emerson. I-E.
Annabel Lee,
de Edgar Allan
Poe. I-E.
El cuervo,
de Edgar Allan
Poe. I-E.
Inconclusa.
No siempre es
mayo, de
Henry W.
Longfellow. I-E.
La canción de
Hiawatha, de
Henry W.
Longfellow. I-E.
Inconclusa.
Lalla Rookh,
de Thomas Moore.
I-E. No se
conserva.
Oda a Delio,
de Horacio. L-E.
Dos versiones.
A su lira,
de Anacreonte.
G-E. Leyenda:
A las mujeres,
de Anacreonte.
G-E.I-E:
Al amor,
de Anacreonte.
G-E.F-E:
A la paloma,
de Anacreonte.
G-E.L-E;
A sí mismo,
de Anacreonte.
G-E.L-E:
Al vivir mi
envidia, de
Anacreonte. G-E.
A una
muchacha, de
Anacreonte. G-E.
A los amores
de sí mismo,
de Anacreonte.
G-E.
A la cigarra,
de Anacreonte.
G-E.
Leyenda: I-E:
inglés a
español; F-E:
francés a
español; L-E:
latín a español;
G-E: griego a
español.
Prosa
(traducciones y
versiones)
Mis hijos,
de Victor Hugo.
F-E.
Meñique,
de Edouard de
Laboulaye. F-E.
El camarón
encantado
(Cuento eslavo.
No está
verificada la
lengua/fuente.)
Los dos
ruiseñores,
de Hans
Christian
Andersen. (No
está registrada
la len- gua/fuente.)
La montaña y
la ardilla,
de Ralph Waldo
Emerson. I-E.
Un idilio de
Pascua, de
André Théuriet.
F-E. No se
conserva.
Los trabajos y
los días,
de Hesíodo. (En
prosa poética).
G-E.
Ramona,
de Helen Hunt
Jackson. I-E.
Misterio,
de Hugh Conway.
I-E.
Atrocidades en
Cuba,
de Lila Warig de
Luaces. I-E.
TRADUCCIONES DE
TEXTOS NO
LITERARIOS
Antigüedades
griegas,
de J.H. Mahaffy.
I-E.
Antigüedades
romanas,
de A.S. Wilkins.
I-E.
Nociones de
lógica,
de W. Stanley
Jevons.
REFLEXIONES
TEÓRICAS SOBRE
LA TRADUCCIÓN
Prólogo a Mis
hijos
(1875).
Prólogo a
Misterio
(1885).
Comentarios
sobre las
traducciones de
Los Luisíadas,
de Luis de
Camoens (1882)
Crítica sobre la
traducción de G.
de Zéndegui de
H. Hjorth
Boyensen (1887).
Carta a María
Mantilla de 9 de
abril de 1895.
|
Cualquier estudioso
puede hallar sin
dificultad estas
traducciones en los
tomos que especialmente
las compilan de las
varias ediciones que se
han hecho de sus
Obras completas,
amén de algunos ensayos
que figuran en su
bibliografía pasiva y
atañen al tema. Creemos
más interesante destacar
sus opiniones sobre cómo
debía realizarse
cabalmente una actividad
que abordaba
personalmente con
absoluto
profesionalismo; que
respetaba, como todo lo
que hacía; y cuyo saber
además podía transmitir
con autoridad de
lingüista, vocación de
Maestro y ejemplaridad
de Apóstol. Para ello,
nos referiremos a la
carta que Martí escribe
a María Mantilla, desde
Cabo Haitiano, el 9 de
abril de 1895, semanas
antes de morir.
Es
difícil para un
traductor, al retomar
esta carta, no
relacionarla con la nota
introductoria que pone
Martí a la traducción
que hace de Mes fils
de Víctor Hugo,
publicada en la
Revista Universal,
de México, el 17 de
marzo de 1875 y que
titula Traducir Mes
fils. Y más difícil
aún, no establecer un
paralelo entre los
comentarios que hace
Hugo en la citada obra
sobre François Víctor,
uno de sus hijos,
traductor de
Shakespeare, y los
consejos que Martí da en
la carta de referencia a
su querida niña.
A este paralelo, donde
Hugo y Martí hablan de
la traducción a través
de sus hijos,
quisiéramos dedicar
nuestra reflexión final.
Dice Martí a María
Mantilla:
Yo quiero que tu
traduzcas en invierno o
en verano, una página
por día; pero traducida
de modo que la entiendas
y que la puedan entender
los demás, porque mi
deseo es que este libro
de historia quede puesto
por ti en buen español
[...] a la vez que te
sirva [...] a ti, para
entender, entero y
corto, el movimiento del
mundo y poderlo enseñar
[...].
Comenta Hugo de su hijo:
[...] traduce a
Shakespeare, lo
interpreta, lo comenta,
lo hace accesible a
todos [...]. Introducir
a Shakespeare en Francia
(qué deber tan vasto) Y
este deber él lo acepta,
a él se obliga, en él se
encierra.
Prosigue Martí:
En francés hay muchas
palabras que no son
necesarias en español
[...]. Es bueno que al
mismo tiempo que
traduzcas [...] leas un
libro escrito en
castellano útil y
sencillo, para que
tengas en el oído y en
el pensamiento la lengua
en que escribas [...]
Ve, pues, el cuidado con
que hay que traducir
[...] para que el libro
no quede como tantos
libros traducidos, en la
misma lengua extraña en
que estaba [...]
Y Hugo:
El inglés de Shakespeare
no es el inglés de hoy:
ha sido necesario
superponer a este inglés
del siglo dieciséis el
francés del siglo
diecinueve, especie de
combate, de combate
cuerpo a cuerpo de los
dos idiomas: la aventura
más terrible que pudiera
acometer un traductor
[...]
Añade el cubano:
La traducción ha de ser
natural, para que
parezca como si el libro
hubiese sido escrito en
la lengua a que lo
traduces, que en eso se
conocen las buenas
traducciones [...].
Y observa el francés:
Ha puesto sobre
Shakespeare la lengua
francesa, y ha hecho
pasar a través de este
calado inextricable de
dos idiomas aplicados
uno sobre otro, todo el
brillo, toda la
irradiación de este
genio [...].
Por demás, la
coincidencia de
criterios en cuanto a la
manera de abordar la
labor de restitución es
absoluta. En los
párrafos que presentamos
a continuación, ambos
autores van de referirse
al enfoque traduccional
que hemos calificado de
traducción de
dependencia, pero lo
hacen partiendo del
único análisis en que la
relación entre el
original y la
restitución es válido y
concebible para un
profesional de la
mediación. No obstante,
Hugo se acerca más, a
nuestro entender, a lo
que ya en pleno siglo XX
se ha denominado
traducción de
referencia. Analicemos
lo que expresan al
respecto ambos
escritores:
Traducir es transcribir
de un idioma a otro. Yo
creo más, yo creo que
traducir es transpensar
[...] traducir es pensar
como él, impensar,
pensar en él. El deber
del traductor es
conservar su propio
idioma, y aquí es
imposible [...] Víctor
Hugo no escribe en
francés: no puede
traducírsele en español.
Víctor Hugo escribe en
Víctor Hugo: (qué cosa
tan difícil traducirlo(
[...]. De otros,
traducir es pensar en
español lo que en su
idioma ellos pensaron.
De él, traducir es
pensar en la mayor
cantidad de castellano
posible lo que él pensó,
de la manera y en la
forma que lo pensó él,
porque en Víctor Hugo la
idea es una idea y la
forma otra. Su forma es
parte de su obra, y un
verdadero pensamiento:
puesto que él crea allí,
o la traducción no sería
una verdad, o en ella es
preciso crear también.
Yo no lo he traducido,
lo he copiado, y creo
que si no lo hubiera
copiado, no lo hubiera
traducido bien. He
copiado sus escisiones,
sus estructuras, sus
repeticiones, su
presunción, su
ortografía [...]. ¡Y en
todo, de él traduje
frases e ideas! Traducir
es estudiar, analizar,
ahondar. Cavé en cuanto
pude [...].
He ahí, en efecto, a
Shakespeare traducido.
[...] Importa no perder
nada de esta obra enorme
[...] Para esto ha
debido prodigar en cada
frase, en cada verso,
casi en cada palabra,
una inagotable invención
de estilo. Para obra
tal, es preciso que el
traductor sea creador
[...]. Él es el escritor
que era preciso[...]
Escritor extraño y raro,
un escritor que prueba
su originalidad con una
traducción. No le basta
traducir [...] Es
lingüista, artista,
gramático, erudito. Es
docto y avisado. Siempre
sabio, jamás pedante.
Asimila y coordina las
diferencias, las notas,
los prefacios, las
explicaciones. [...] No
tiene esta caverna
inmensa un antro en que
no penetre él. Hace
excavaciones en este
genio [...]. (Víctor
Hugo. Mes fils.)
Cerramos con esta
reflexión el período que
llega hasta la República
seudocolonial y nuestro
estudio. En el de la
República que corre
hasta nuestros días,
observamos una actividad
menor de la traducción
literaria cuyos
cultivadores prefieren
dedicarse a la creación
original en un proceso
de asentamiento y
consolidación de la
literatura nacional, en
provecho de la
traducción de textos
pragmáticos o
utilitarios que alcanza,
en cambio, un auge sin
precedentes. Si bien la
individualidad del
traductor general se
pierde en una faceta
menos creadora del
oficio, en el proceso de
institucionalización de
esa profesión, como
señalamos al principio.
Empieza a darse entonces
con frecuencia mayor, un
movimiento en sentido
inverso: muchos autores
cubanos son traducidos a
otras lenguas No
obstante, la obra
traducida de los autores
cubanos puede y debe
desempeñar en las
culturas de destino el
papel de traducción de
referencia. A las
puertas de un nuevo
milenio, la letra
mediada puede y debe,
transmitir ya resultados
de auténtico sello
americano para que
alcance esta potencia
singular de enriquecer a
un pueblo sin empobrecer
al otro, de no extraviar
lo que toman, y dar un
genio a una nación sin
quitarlo a su patria
(Víctor Hugo, traducido
por José Martí).
REFERENCIAS
BIBLIOGRÁFICAS:
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Colón. La Habana:
Editorial Arte y
Literatura, 1988:359.
2- Carpentier A. La
música en Cuba. México,
D.F.: Fondo de Cultura
Económica, 1946:33.
3- Ortíz F. Los negros
esclavos. La Habana:
Editorial de Ciencias
Sociales, 1975:92.
4- Henríquez Ureña M.
Panorama histórico de la
literatura cubana. La
Habana, 1967;t 1:58.
(Edición Revolucionaria)
5- Lezama Lima J.
Antología de la poesía
cubana. La Habana:
Editora del Consejo
Nacional de Cultura,
1965;t 1:72.
6- Arencibia Rodríguez
L. La traducción en las
tertulias literarias del
siglo xix en Cuba.
Revolución y Cultura (En
prensa).
Tomado de: http://bvs.sld.cu/revistas/aci/vol6_1_98/aci05198.htm |