|
La sala está desierta,
terminó la función y el
público se ha ido. Los
actores, apagados,
regresan a su sitio.
Estos tal vez sean los
más genuinos de todos
los actores, porque
viven únicamente para la
escena. Su existencia,
sojuzgada y efímera,
solo dura lo que las
luces. Después: el
silencio, la
inmovilidad, el baúl.
Así de consagrada es la
vida del títere.
Dios, el creador, quien
mueve los hilos, guarda
a cada uno
cuidadosamente dentro de
un maletín azul. Allí,
en esa especie de
camerino con ruedas, los
coloca en un orden
preestablecido, de forma
tal que ninguno invada
el espacio del otro.
Luego desmonta el
teatrino, el mundo hecho
de palos, sábanas y
bombillas que ha
construido
específicamente para
ellos. Un escenario a
escala que acaba, al
menos en su mayor parte,
en el interior de un
baúl negro, también con
ruedas.
El titiritero español
Luis Zornoza Boy —o
simplemente Luis, como
le llaman todos aquí en
La Habana— ha concluido
la última representación
de El traje del
emperador en la
Primera Bacanal de
Teatro de Títeres para
Adultos, y se dispone,
con sus muñecos a
cuestas, a regresar al
camino, justo como lo
hicieran sus
antecesores.
El suyo, es un arte de
siglos, casi los mismos
que tiene el hombre.
Pues se cree, nadie lo
sabe con seguridad, que
la primera
representación de
títeres fue hecha en una
cueva, con las sombras
que proyectaba la
hoguera sobre las
paredes.
Los griegos, que todo lo
inventaron, ya
manipulaban marionetas
durante el período
clásico; así como los
egipcios, un poco antes;
y los chinos. En Java
existían títeres de
varillas y en Japón
apareció el teatro de
bunraku, con muñecos
que medían casi la mitad
de una persona y eran
controlados por tres
titiriteros mediante
cables y palancas. En la
Edad Media, los títeres
se utilizaban para
representar pasajes
bíblicos y, cuando
fueron prohibidos en las
iglesias, los artistas
itinerantes comenzaron a
montar sus funciones al
aire libre, en plazas o
ferias.
Con la Commedia
dell’arte surgieron
varios personajes que se
convirtieron en parte de
la identidad nacional en
países como Inglaterra,
Alemania, Rusia y
especialmente Francia.
Allí nació Guignol, o
Guiñol, creado, según
dicen, por Laurent
Mourguet, un dentista de
Lyon que montó un
espectáculo de títeres
de mano para entretener
a sus pacientes, de este
modo surgiría lo que hoy
conocemos como teatro
guiñol.
Sin embargo, quizá por
su afición a los
caminos, el oficio de
titiritero, ni siquiera
hoy, suele tener muy
buena fama. Incluso
existe un dicho bastante
popular en España:
“Titiriteros, murcianos
y otras gentes de mal
vivir”.
Tal vez sería por eso
que Luis, de joven,
estudió para ser
abogado, una profesión
respetable, bien
remunerada y
aburridísima. Al menos
así le pareció a él
mientras estuvo en la
Universidad de Madrid.
Se aburría tanto que
decidió visitar a un
viejo amigo músico que
tocaba para una compañía
de títeres. Fue así que
empezó a asistir a las
funciones y a los bares
después del espectáculo.
Como siempre le había
interesado la escultura,
les ayudaba a construir
las marionetas y les
hacía sugerencias en
cuanto al diseño. Hasta
que un día ocurrió lo
inevitable: un actor
falló y él ocupó su
lugar. Más de 30 años
después, todavía sigue
prestando su voz a los
muñecos.
“Al principio pensaba
que era imposible comer
de ese trabajo
—confiesa—, por eso
pensaba ser abogado y
cuando acabara de
trabajar me dedicaría a
la escultura. Pero al
final he vivido hasta
ahora y creo que muy
bien, hay muchas
compañías que también lo
han hecho.”
Aún recuerda la primera
vez que lo contrataron,
la emoción de subirse a
una furgoneta y viajar
cientos de kilómetros
para hacer un
espectáculo. En ese
momento, su trabajo era
bastante naif,
como el de todo joven
que se inicia. Luego
vendrían las búsquedas
estéticas, las
influencias, la
preocupación por dejar
huella en un arte ya de
por sí efímero. Porque
el titiritero sabe
ganarse a la gente, pero
esa simpatía no dura
mucho más que la
respiración de sus
títeres. A lo sumo, las
personas suelen recordar
al muñeco y, muy raras
veces, a quien lo
maneja.
No obstante, alguien con
la experiencia de Luis
Z. Boy, ya es capaz de
intuir el efecto que
tendrá en el público
cada cosa que hace. Tras
dejar la abogacía,
estudió Escultura en la
Universidad de Londres,
de ahí que su trabajo
esté más influenciado
por las artes plásticas
que por el teatro. Entre
1979 y 1986 trabajó con
títeres tradicionales en
Madrid. Un año después
regresó a vivir a
Londres, pues siempre le
había fascinado el
teatro inglés, y allí
fundó el Siesta Theatre
con la intención de
experimentar en el
teatro de objetos.
“En el teatro que yo
intento hacer, la
escenografía es el
espectáculo —asegura—.
Como es un teatro de
objetos, cada objeto te
motiva una atracción. No
es un texto donde se
repiten algunas
palabras, consiste en la
escenografía como un
cúmulo de objetos
materiales y el
movimiento de esos
objetos, donde todo está
integrado. No se trata
de una decoración sobre
la palabra o el trabajo
del actor, no es el
papel de envoltorio de
un regalo, es el
regalo.”
Precisamente un
espectáculo de ese tipo
fue el que presentó aquí
en La Habana: El
traje del emperador.
La historia fue escrita
en 1335 por el Infante
Don Juan Manuel, hombre
de letras y sobrino del
rey Alfonso X el Sabio,
se trata de uno de los
50 cuentos que aparecen
en El conde Lucanor.
Luego, en 1843, Hans
Christian Andersen
escribió una versión
inspirada en la obra del
toledano, la cual
intituló El traje
nuevo del Emperador.
Entonces, cerca de dos
siglos más tarde,
aparece un titiritero
español decidido a que
sus muñecos la
representen.
|

El traje del
emperador |
La historia, como toda
buena pieza para
títeres, es una burla al
poder. En la versión
original los burladores
engañan al rey
vendiéndole un traje
que, según ellos, no
puede ser visto por los
hijos legítimos.
Andersen, por su parte,
cambió la paternidad por
la competencia
profesional, de modo que
todos los funcionarios y
súbditos alaban al
emperador por un traje
que en realidad no
existe. Se trata de la
hipocresía, la
simulación, la mentira,
la demagogia y demás
miserias humanas,
siempre útiles en
materia de arte.
Pero Luis prefiere
hablar de borreguismo, o
sea, aquellas personas
que, incapaces de
cuestionar por sí mismos
nada de lo que les
dicen, se dejan llevar
por las opiniones
ajenas. De ahí que los
borregos sean tan
importantes en la
puesta. Aparecen por
todas partes:
proyectados sobre una
sábana blanca, en un
carrusel de sombras
detrás de esta o una
figurita pequeña sobre
el teatrino.
“Creo que aquí en Cuba
no existe esa tradición
—me explica—, pero en
España todas las
navidades se ponen
cientos de borregos en
todas las casas. Así que
decidí usar esos mismos
borregos. Una vez que
tienes eso, hay que ver
cómo usarlos y en qué
momento. Vas buscando y
probando, las cosas que
no funcionan las
descartas y las que sí,
las vas incorporando. Al
final sale un
espectáculo en forma.
Por lo menos ese es el
único método que
conozco.”
Al rato, añade: “En esta
puesta en particular me
impuse una regla: nada
de lo que ahí aparece lo
he hecho yo. Todas son
cosas que me he ido
encontrando. Las cabezas
de los políticos las vi
en un mercadillo de
segunda mano en
Finlandia, cuando estaba
trabajando allí; son los
dos primeros presidentes
de la república, me hizo
gracia. Las habían hecho
de cemento, pero como yo
no iba a transportar dos
cabezas tan pesadas, las
dibujé en un papel y
luego hice una
reproducción”.
Se refiere a unos bustos
pequeños, hechos de
yeso, que representan a
los funcionarios que
mienten delante del
emperador, las estatuas
simbolizan el poder. En
cambio, el estafador, el
supuesto sastre, lo
interpreta un pie
verdoso que en escena
siempre aparece con los
dedos hacia arriba,
haciendo referencia a un
mundo que evidentemente
anda en esa posición.
“Al principio, lo
seleccioné por pura
intuición. La mano era
el emperador, una mano
delicada, que nunca ha
trabajado, la mano de la
sensualidad, del que va
a que le den un masaje,
del que de niño ha
recibido clases de
piano. Entonces, el pie
lo utilicé en oposición
a la mano. Como se dice
en castellano: la clase
alta y la clase baja. La
cabeza del estado es el
emperador y su opuesto
son los pies. En muchas
culturas los pies son la
parte sucia, innoble,
aquella que no se ve,
incluso, en la religión
cristiana Jesucristo
lava los pies de los
apóstoles y es lo más
indigno que podía hacer
como un ejemplo de
humildad.
“Hay algo más: el
emperador nunca se
mueve, no es una persona
que camine. En cambio,
el pie es alguien que se
busca la vida, que corre
de allá para acá, que
quiere salir de la
pobreza, de la miseria,
a través del timo, del
ingenio, del soborno, la
corrupción, la
picaresca. Esa es la
idea. Pero, si te fijas,
la primera vez que
aparece el emperador se
está lavando el pie, por
tanto, también tiene su
parte de pie y de
cabeza. Una cosa que me
atrajo de este escrito
es que todos son
pícaros, todos son
mentirosos, no existe el
héroe salvador. El único
que dice la verdad es un
niño porque todavía no
tiene conocimiento de
las reglas sociales,
todavía no las ha
aprendido, no ha ido al
colegio, a las
instituciones. Eso es lo
que me parece
interesante, no hay un
moralismo de buenos y
malos. Todos tenemos de
verdad, de mentira, de
buenos, de malos, de
miserables, de
grandiosos, en todos
nosotros existen esos
elementos.”
Por eso, aunque sean
borregos, bustos de yeso
o un pie sin ninguna
estética, sus personajes
siempre resultan
creíbles. No solo porque
Don Juan Manuel los haya
descrito total maestría
—que también—, sino
porque Luis sabe
nutrirse, con ojos de
artista, de todo lo que
ve en la realidad, esa
donde nadie es perfecto.
“Hay veces que estoy
esperando el autobús o
un tren, saco el papel y
empiezo a hacer dibujos.
Por ejemplo, esta hoja
me ha llamado la
atención y me la llevo
España —se trata de una
hoja seca de árbol
tropical, grande y
nervosa—, la observo, la
fotografío, no sé bien
por qué, pero es una
atracción, es amor a
primera vista. Tal vez
dentro de cinco o seis
años vuelva a Cuba con
un espectáculo que tenga
los colores de esta
hoja. Todo se va
desarrollando
orgánicamente, buscas
algo que te motive, que
tengas necesidad de
expresar, y a partir de
ahí comienzas a
limpiarlo, porque la
mayoría de las cosas no
funcionan, pasa el
tiempo, uno se atasca,
se desespera, encuentra
algo… es así. Es lo que
llaman los ingleses
trial and error:
probar, cometer errores
y luego subsanar esos
errores. La metodología
es un marco de trabajo
para que las cosas
pasen. Te colocas como
el pintor delante de un
mural o de una tela en
blanco, hay gente que lo
puede tener todo ya
pensado y lo reproduce
como un copista, pero
hay momentos en los que
no sabes qué va a pasar.
Los accidentes están ahí
todo el tiempo, cosas
que nunca esperas y que
de repente ocurren.”
Aunque es canoso, de
mirar cansado y voz
grave, a veces deja
escapar un entusiasmo
que recuerda al niño
frente al baúl de los
juguetes. Después de
todo eso es un
titiritero, alguien que
no ha dejado de jugar.
Un juego de imaginación
y poder donde él tiene
el control absoluto.
Pues, al final, no hace
otra cosa que
desquitarse con las
marionetas de aquello
que Dios o el destino
hacen con él.
Pero, a diferencia de
estos, nunca podrá
castigarlos o darles la
espalda, porque son
parte de sí mismo, y
porque la única regla
verdadera e ineluctable
de este juego de adultos,
en el que todo es
posible, es que jamás
podrás jugarlo sin amor.
|