Una lluvia de láser
todos los días en mi
metacarpio trata de
aliviar el dolor de mi
pie derecho. Técnicos
amables y eficientes se
encargan de colocar el
equipo que emite esas
ondas, cuyos
antecedentes se remontan
a investigaciones de
Albert Einstein, pero
que su uso terapéutico
es bastante reciente por
sus efectos analgésicos
y antinflamatorios.
Mientras hago un poco de
reposo, por lo menos no
camino lo habitual, soy
consumidora de un nuevo
debate sobre el cine
cubano por medio del
e-mail, y disfruto de la
polémica que ocasionó mi
comentario “Televisión
cubana: Cuidado con
propuestas rosadas en
los dramatizados”.
Todo estaría muy bien si
la ventana de mi
habitación en un cuarto
piso no quedara frente
al mar, no al lado sino
como a cuatro kilómetros
llenos de casas y
edificios. Pero cada día
al despertarme y
asomarme a ver mi cielo
azul —lo hago incluso
cuando el frío está
fuerte— no puedo dejar
de pensar que existe la
posibilidad real de que
alguna vez en lontananza
vea levantarse y caminar
hacia el Malecón un
inmenso hongo de humo.
Al leer las reflexiones
de Fidel “Los caminos
que conducen al
desastre”, sentí
aprehensión en mi
corazón restaurado.
¿Cuántas veces ese
gigante antillano ha
advertido acerca de los
peligros que se ciernen
sobre la especie humana?
Recuerdo que trabajaba
en Radio Reloj en 1992
cuando en Río de Janeiro
se celebró la
Conferencia de la ONU
sobre Medio Ambiente y
Desarrollo conocida como
Cumbre de la Tierra.
Estaba haciendo la
redacción del espacio
matutino y titulé la
transcripción del
discurso de Fidel —una
pieza oratoria por su
belleza y contenido— con
la frase “Cinco minutos
que estremecieron al
mundo”.
Casi dos décadas atrás,
el líder cubano advirtió
una vez más de los
peligros que se cernían
sobre el planeta. Su
intervención comenzó
así: “Una importante
especie biológica está
en riesgo de desaparecer
por la rápida y
progresiva liquidación
de sus condiciones
naturales de vida: el
hombre. Ahora tomamos
conciencia de este
problema cuando casi es
tarde para impedirlo”.
El pasado 21 de marzo,
Fidel recordó aquel
encuentro y comentó:
“Entonces unos pocos
líderes de los países
más poderosos manejaban
el mundo. Aplaudieron
por mera cortesía mis
palabras y continuaron
plácidamente cavando la
sepultura de nuestra
especie”.
Hoy se calcula que
existen cerca de 25 mil
armas atómicas en poder
de fuerzas poderosas.
Para más, con todo bombo
se ha anunciado el MOP,
llamada “la madre de
todas las bombas” y
diseñada para “perforar
a través de 60 metros de
hormigón antes de
detonar su masiva bomba.
Se cree que es la mayor
arma convencional, no
nuclear, en el arsenal
estadounidense”, según
ha publicado la prensa
norteamericana.
Junto al peligro que
ocasiona el despilfarro
de los recursos
naturales —que cada vez
llevan más al ser humano
hacia un cataclismo sin
precedentes— ahora surge
la terrible amenaza de
un arma convencional que
puede penetrar gruesas
paredes.
A veces, mi esperanza se
apoya en la ciencia
ficción: imagino una
expedición de
extraterrestres mucho
más avanzada que la
humana que llega a la
Tierra no a colonizar,
sino para que los
animales más
inteligentes del planeta
aprendan a vivir y no a
destruir.
No es broma lo que dije
antes, pero por suerte a
veces leo textos como
Marx, más vivo y actual
que nunca a 129 años de
su muerte
en el que su autor,
Atilio Borón, describe
“El mundo de hoy se
parece de manera
sorprendente a lo que él
(Marx) y su joven amigo
Engels pronosticaron en
un texto asombroso: El
Manifiesto Comunista.
Este sórdido mundo de
oligopolios rapaces y
predatorios, de guerras
de conquista,
degradación de la
naturaleza y saqueo de
los bienes comunes, de
desintegración
social, de sociedades
polarizadas y de
naciones separadas por
abismos de riqueza,
poder y tecnología, de
plutocracias travestidas
para aparentar ser
democracias, de
uniformización cultural
pautada por el American
way of life
es el mundo que
anticipara en todos sus
escritos. Por eso son
muchos quienes ya, en
los capitalismos
desarrollados, se
preguntan si el siglo
veintiuno no será el
siglo de Marx. Respondo
a esa pregunta con un sí
sin atenuantes”.
Y acto seguido el
filósofo argentino
escribe sobre la
situación revolucionaria
que vive hoy el planeta,
incluso en los propios
EE.UU. con los
indignados. Todos los
que apostaron por el fin
de la historia hoy ya no
están tan seguros y el
articulista comenta:
“Podría decirse,
provocando la sonrisa
socarrona de Marx desde
el más allá, que hoy son
todos marxistas pero a
lo Monsieur Jordan,
ese personaje de El
Burgués Gentilhombre,
de Moliere, que hablaba
en prosa sin saberlo.
Por eso cuando estalló
la nueva crisis general
del capitalismo todos
corrieron a comprar El
Capital,
comenzando por los
gobernantes de los
capitalismos
metropolitanos. Es que
la cosa era, y es, muy
grave como para perder
el tiempo leyendo las
boberías de Milton
Friedman, Friedrich von
Hayek o las monumentales
sandeces de los
economistas del FMI, el
Banco Mundial o el Banco
Central Europeo, tan
ineptos como corruptos y
que por causa de ambas
cosas no fueron capaces
de pronosticar la crisis
que, como un tsunami,
está arrasando los
capitalismos
metropolitanos. Por eso,
por méritos propios y
por vicios ajenos Marx
está más vivo que nunca
y el faro de su
pensamiento arroja una
luz cada vez más
esclarecedora sobre las
tenebrosas realidades
del mundo actual.”
Esa ebullición
planetaria también me da
esperanzas y con Atilio
creo que Marx está más
vivo que nunca y que el
hombre encontrará la
manera de conjurar la
destrucción de la
tierra. Al final si
marxista moriré tengo
que creer en las fuentes
originales que siempre
aseguraron por lógica
que el capitalismo no
podía ser el sistema al
cual aspirara el hombre.
Otra manera de vivir
mejor tiene que ser
posible. |