La Habana. Año X.
24 al 30 de MARZO
de 2012

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Tierra natal

Achy Obejas (La Habana, 1956)

Estaba todavía de pie, los blúmeres a medio muslo. La abracé. Eso fue todo lo que hice. La abracé y la besé, con el aliento contenido todo el tiempo. Entonces dije algo —no sé qué— con lo que pretendí agradecerle, pero que sonó más bien como un gorgoteo. Se apartó de mí, se quitó de golpe los cabellos de la cara y se rió. Me acarició la mejilla una vez y salió del inodoro.

La hebilla de mi cinturón, que colgaba, chocó contra la porcelana. Podía oír la caída del agua en el lavamanos, amortiguada por las manos frotándose debajo del chorro. Luego, algo así como un silbido y ya. Escuché sus tacones cruzando el piso de baldosas, las toallas de papel sacudiéndose como si fueran alas, la puerta que se cerraba con un zumbido. Juré haberla oído suspirar cuando desaparecía en la gran masa humana de la estación de trenes.

Al fin respiré, todo de un golpe, puede que demasiado pronto, y me desplomé contra la puerta del inodoro. Apreté con los dedos el gancho para el abrigo. Vaya. Era todo lo que me venía a la mente. Estoy segura de que si me hubieran tomado una foto habría salido desenfocada, temblando, los muslos brillosos, la boca roja, quizá babeando, los ojos bien abiertos y alucinados, con aspecto como de víctima, pero demasiado extática. Vaya.

Anoche le estaba contando a Sylvia, mi nueva pareja, sobre los hechos pero solo como una fantasía. Estábamos envueltas en las frazadas, la respiración en pequeños chorros cálidos, luego normal. Pasábamos el tiempo nada más, compartiendo ilusiones. Me contó su deseo de hacerlo en la estrella de un parque de diversiones y decidí guardar silencio y no contarle que ya yo lo había hecho. Me mareó el recuerdo de las luces y mi miedo a caer. Ya que estábamos en el tema del sexo, decidimos tocar aspectos más serios, como el SIDA, el riesgo y todas esas cosas de las que en realidad nadie quiere hablar, pero que en estos días son de rigor.

Nuestra relación es relativamente nueva —de solo un par de semanas— y estamos desbrozando el camino confesándonos cosas, como nuestro estatus VIH, los nombres de nuestros hermanos y hermanas y a qué universidad asistimos. De modo que Sylvia me contó sobre la última vez en que estuvo expuesta al riesgo, cuando a su exnovio se le rompió el condón al penetrarla por detrás, aunque se había hecho la prueba y había resultado negativa. El cuento me deprimió terriblemente. Era en esencia la misma historia de Tomás, el amigo con quien comparto el apartamento, y él se estaba muriendo. Cuando conocí a Sylvia esperaba encontrar, por primera vez en años, una pareja de tan bajo riesgo, que pudiéramos estar de veras unidas e intercambiar fluidos corporales.

Que conste: Yo estoy bien. Quiero decir, nunca he estado con un muchacho, y justo antes de que la epidemia comenzara a hacer estragos atravesé un largo período de celibato. A partir de entonces, he practicado sexo sin riesgo como algo normal. Mi razonamiento es el siguiente: Resulta más fácil cumplir con las reglas del sexo sin riesgo, al menos al inicio, que entablar un delicado diálogo clínico para decidir si es necesario protegerse. Calculo que cuando estemos más unidas, será más fácil hablar. Además, me he hecho la promesa de no tomar en cuenta si la persona está infectada o no con el VIH y, por tanto, para resguardarme, sencillamente no corro riesgos y averiguo después. Supongo que si alguien me gusta de verdad, resultaría muy difícil dar marcha atrás y no admitírmelo a mí misma.

De modo que no corro riesgo. Por eso después que Sylvia me hizo el cuento del condón roto, le dije que nos mantendríamos a dieta de sexo sin riesgo hasta que dentro de seis meses se hiciera otra prueba. Y si todavía estábamos juntas, nos chuparíamos con ganas una a otra.

Para mi sorpresa, Sylvia estuvo dispuesta a abandonar las restricciones justo después de nuestra conversación, convencida de que, como las relaciones lesbianas son como son, las posibilidades reales de transmisión son tan bajas que de todos modos no correríamos riesgo. Pero con la clara imagen de Tomás en mi mente, cada vez más enfermo y postrado en cama como un pollito medio cegato, con la boca roja abierta y luchando por salir del nido, me negué. Le dije que teníamos que esperar.

Tomás, además de compartir el apartamento conmigo, es mi mejor amigo: Vivimos juntos desde que nos graduamos de Stevens College, una pequeña universidad de setecientos quince alumnos situada en el centro de Ningúnlugar, Indiana. Ambos la escogimos porque tenía un buen Departamento de  Literatura, nos ofrecía becas bastante generosas y no estaba lejos de los repulsivos pueblitos en que nos criamos. Cuando lo conocí, Tomás se sentía obligado a regresar al suyo los fines de semana, porque su novia de la escuela superior —una muchacha muy cristiana a quien era evidente que no le tenía que demostrar nada sexual— estaba todavía en último año y él, que luchaba con todas sus fuerzas para que no se le supiera, pensaba escapar a un matrimonio heterosexual en cuanto le fuera posible.

Yo no estaba en mejor posición. Mi novio del pueblo era un muchacho a quien había escogido con toda intención, porque era más joven que yo y bien subdesarrollado. Sin embargo, en el verano, entre mi graduación de la escuela superior y la llegada a la universidad, había dado un estirón y experimentado un cambio hormonal. De repente parecía muy alto, tenía un bigote que “pinchaba” y se pasaba la vida de erección en erección. Llegué a pensar en tener sexo oral con él. Creí que sería una forma fácil de mantenerlo cerca sin arriesgar un embarazo o sin tener que hacerlo de verdad. Pero cuando se sacó el miembro del pantalón y me lo puso en la mano, encontré engañosa la sedosidad de su piel —una negación de su poder y del peligro— y fui incapaz de llevármela a la boca.

Por suerte, desde que nos conocimos, Tomás y yo dejamos atrás todos nuestros compromisos anteriores y nos unimos. Nos embromábamos y nos divertíamos, nos profesábamos respeto, teníamos una firme camaradería en los estudios, y nos brindábamos refugio mutuo. En muchos sentidos, éramos perfectos juntos. No quiero decir que estuviéramos conscientes del porqué estábamos interesados el uno en el otro. Eso nos tomó unos seis meses.

Por pura curiosidad visitamos The Gold Star, un bar de travestis en Indianápolis. Los compañeros de Tomás en la fraternidad pensaron que podía resultar una aventura. Ellos —hoy todos carentes de rostro— habían oído hablar del lugar a uno de los muchachos mayores y decidieron visitarlo. Era bastante cursi: Mucha brilladera extraña, algunas cosas que parecían luces de Navidad, bolas de discoteca que deslumbraban a cualquiera, y locas tan llenas de colorido y mágicamente fuera de lugar como aves tropicales.

Ninguno de nosotros había visto antes un show de travestis ni teníamos idea de lo que iba a ocurrir. Al principio temí que los muchachos se tornaran bulliciosos y defensivos y comenzaran a demostrar su virilidad o algo por el estilo, pero en cuanto entramos un extraño silencio cayó sobre ellos. La música era muy fuerte, aunque esa no era la causa. Y el lugar estaba repleto, pero tampoco era esa.

Estábamos sentados en primera fila, con una vista despejada del escenario, incluso podíamos ver un poco entre bastidores donde, si se observaba con atención, las locas parecían más bien hombres vestidos de mujer que las mujeres que intentaban proyectar. El porte de sus cuerpos era distinto en las sombras a como lo era en la luz. Más recogido. Más angular. Impaciente. No sé por qué.

Una a una, salieron al foco brillante, con modales exagerados y destellantes. Una de ellas se parecía a Elizabeth Taylor, hasta con el lunar y con ojos que desde nuestra mesa se veían color violeta. Otra a Farrah Fawcett, tan popular en aquellos tiempos, con los cabellos cayéndole en cascada hasta los hombros. Doblaban grabaciones, casi siempre canciones sentimentaloides, como “Lo que hice por amor” (gran favorita) o “El hombre que se fue”. Todos se las sabían de memoria y al rato las coreaban. Tomás y yo nos miramos y bajamos los ojos en el mismo instante.

Mientras las locas doblaban las canciones, unos tipos grandes y fornidos se ponían de pie y, con dedos que yo suponía pegajosos, les metían billetes entre los pechos falsos, en las manos impecablemente cuidadas, en las botas que les llegaban a las caderas, en la cinturilla de los hot pants..., dondequiera. El ritual estaba previsto, y Tomás y yo lo observábamos asombrados. Mirábamos, paralizados, como antropólogos aficionados que han descubierto un mundo antiguo, extraño, inquietante y encantado.

En esta primera visita a The Gold Star me percaté de que había muy pocas mujeres, e incluso menos de las que pudiera identificar, por cualquier indicio, como lesbianas. Casi todas estaban acompañadas por hombres, al parecer muy heterosexuales, que las mantenían cerca o las rodeaban con los brazos como para protegerlas. Había muchas risas y recuerdo haber pensado en lo triste que era todo aquello.

Las que parecían lesbianas eran bastante estereotipadas, con cuerpos fornidos y aspecto agresivo. Una de ellas me estaba mirando y le devolví la mirada por un momento. De inmediato dejé caer mi brazo sobre el hombro de Tomás, invirtiendo torpe e involuntariamente el gesto que había visto hacer a los heterosexuales. La mujer vestía de cuero y tenía el pulgar enganchado en el bolsillo de los jeans, y levantó su cerveza hacia mí como brindando. Me puse nerviosa y desvié la mirada, temerosa de que tal vez me identificaran como una de ellas..., idea que me excitaba tanto como me aterraba.

Una semana después fui al bar sola. Anduve por la periferia y en los rincones, escrutando cada rostro que se  me acercaba y tratando de mantenerme invisible, como un murciélago en las vigas del techo. Me tomó horas darme cuenta de que había ido en busca de aquella mujer que me había brindado la cerveza. Entonces, crucé los brazos sobre el pecho y me fui abriendo paso para marcharme, murmurando “disculpe”, sin levantar la vista, cada vez que empujaba y chocaba contra los cuerpos que forraban las paredes hasta la salida del bar. De repente una mano familiar me tomó del codo y me haló. Me detuve sobresaltada. Cuando me volví, caí en brazos de Tomás. Detrás de él había un puñado de sus nuevos amigos, todos coreando “My One and Only”.

Sylvia yace de lado, acariciándome la espalda. Sus uñas, que nunca siento cuando tiene la mano dentro de mí, son ahora como plumas que me provocan escalofríos.

—Tengo que levantarme —murmura, besándome la nuca. Todos los vellos se me erizan cuando me toca.

—Nadie te lo impide—, le digo, jugando. Acerca la rodilla hasta que su muslo se coloca entre mis piernas. Me froto contra ella. Estoy mojada.

Sé que esto es peligroso. Este tipo de bienestar, tan fácil y familiar al principio, puede convertirse en algo incómodo luego. Ya en las primeras dos semanas que hemos pasado juntas, Sylvia ha llegado tarde al trabajo casi todas las mañanas. No por una vehemencia rugiente, sino por esta calidez. Cuando tenga problemas en la oficina y los cariñitos pierdan novedad, sé que le pesará.

—Oye, vamos, levántate —pido, tratando de aplazar el futuro. Me doy vuelta, le doy un beso rápido y la empujo lejos de mí.

—Está bien —rezonga—. Ya me levanté, ya.

Pero no lo hace, sino que mete la cabeza bajo las sábanas y me cubre el pezón con la boca. Aprieto los dientes, no porque no sea maravilloso, sino porque estoy tratando de no gemir. Me esfuerzo todo lo posible por ser disciplinada, por resistir la tentación.

—Sylvia —gruño, y aunque responde con un ruidito, sé que no me está escuchando.

Al fin da un salto, toma ropa interior limpia de una gaveta abierta y se mete en la ducha. Yo sigo en la cama, escuchando el sonido del agua, la forma en que el chorro cambia cada vez que ella se mueve debajo de él. Sé que si no me levanto ahora mismo, me pasaré la mañana entera acostada.

A partir de aquí conozco el guion: El desencadenamiento precipitado de emociones y más emociones, la sensación de sobrecogimiento (aunque ya lo hemos vivido antes); luego el momento abrupto en que se descubre —estoy segura de que de modo parecido a lo que debió de haber sentido Moctezuma cuando se percató de que Cortés no era un dios, sino un hombre—, en que comprendemos (como debemos comprender) que todo esto está muy bien, por ahora, pero nada más.

—Estás desperdiciando la luz del día —dice Sylvia, húmeda y estremecida por la ducha, carne de gallina su cuerpo—. Eres demasiado tentadora.

Tira las sábanas que me cubren, me toma por los tobillos y hace caer mis piernas por su lado del colchón. —Si no te levantas, no me voy a ir nunca —exclama— ¿No tienes cosas que hacer?

—Demasiadas —respondo, tratando de sentarme—. Para comenzar, tengo que ir a ver cómo está Tomás, cada vez paso menos tiempo con él... Tengo que averiguar cuál es la enfermedad del día en mi casa —digo, sorprendida y avergonzada de repente por mi tono de amargura.

Sylvia se para frente a mí y coloca sus dedos en un par de puntos de presión sobre mi cuello. —Estás tensa —comenta y me besa la frente, mientras sus dedos trabajan en mis músculos. Cierro los ojos, no para relajarme, sino porque es bella y resulta demasiado doloroso mirarla.

Al principio Tomás cogió algo así como todas las enfermedades oportunistas asociadas con el SIDA: Granitos pequeños que se convertían en enormes erupciones, aftas gigantescas, sífilis, algo que parecía moho en la planta de los pies, neumonías constantes e infecciones periodontales verdaderamente horribles. Su aliento olía a azufre. En ocasiones, si no había mucho entra y sale en el cuarto, quedaba en el aire como una nube tóxica.

Ahora Tomás está casi todo el tiempo tirado allí, demasiado débil para leer, jadeando de un modo terriblemente lento, roñoso. Encendemos salvia en su cuarto. Su respiración es demasiado ligera para percibirlo, pero sospecho que si pudiera olerlo, le resultaría aún más almizclado. Puede que ya me haya acostumbrado, no sé.

—¿Dónde está Carlos II cuando lo necesitas? —susurra Tomás. Siempre lleva los espejuelos en la cama. Le hacen la cabeza más grande y más cuadrada, como la de una víctima de la hambruna—. Tengo que afeitarme la cabeza, ponerme una enorme peluca empolvada. Quiero que me entierren con algo de volantes, encajes y cintas.

No digo nada. Lo recuerdo de nuestra época universitaria, cuando andaba por los vestidores de The Gold Star aconsejándoles a las locas cómo llevar sus accesorios, cómo mover sus bolsos brillantes, cuándo detenerse en una canción y tocarse las perlas de fantasía, cómo tirar hacia atrás las bufandas con autoridad. Nunca comprendí por qué Tomás se mantenía al margen y no subía él mismo al escenario. Ahora sonrío y le doy palmaditas al bulto que hay en la cama que corresponde a su mano.

—Observa la naturaleza: Son siempre los machos los espléndidos, grandes y llenos de colorido —dice, cerrando los ojos. Tiene costras en las narices— o los leones tienen sus melenas. Los gallos tienen cresta y pelusa. ¿Y qué me dices de ese escandaloso Rupícola peruviana, con su salvaje copete naranja, eh?

Y pienso: “Sí, pero son las leonas las que matan y son las hembras de las aves las que ponen los huevos. ¿Entonces por qué me siento yo tan inútil?”

Lo que le dije a Sylvia es que deseaba que me forzaran; que ansiaba que el encuentro fuera anónimo, que tenía que ser en un lugar público, que trataría de resistirme y que no querría volver a ver nunca más a la otra mujer. Dijo sentirse confundida.

—Quieres que te violen —repitió asqueada—. No puedes querer que te violen.

—No quiero que me violen —respondí—. Quiero que me tomen.

—¿Contra tu voluntad?

—Bueno, un poco contra mi voluntad.

—Eso es como estar un poco embarazada —comentó, claramente frustrada.

—Es una fantasía mía, Syl —insistí—. No sigue las mismas reglas.

—Me tienes preocupada —dijo y me dio la espalda. Permanecimos así en la oscuridad unos minutos hasta que, al fin, moldeé mi cuerpo alrededor del suyo. Al principio Sylvia estaba un poco tensa, pero al fin se relajó y se apretó contra mí, de modo que la tela de su ropón rozaba perezosamente mi barriga desnuda. Tanteó detrás de sí con el propósito, creo, de acariciarme con la mano libre, pero en lugar de plumas sus uñas parecían esta vez pequeñas garras. Quería ir por un vaso de agua y orinar, pero no deseaba moverme, temerosa de que esas acciones tuvieran un significado más allá de mis propios gestos.

—Yo no puedo violarte —dijo en un susurro que pareció atemorizado y nostálgico a un tiempo.

La acerqué más a mí.

—No quiero que me violes.

—Tampoco puedo forzarte —continuó—. No puedo hacer nada así. Es algo que no está en mí.

Suspiré.

—Vida, cálmate. Es una fantasía —expliqué—. No tiene que ver contigo.

Sentí que se volvía a poner tensa. Su cuerpo se alejó de mí en un instante, como si su ropón fuera una capa de piel que se ampollara.

“Se te olvida/ que me quieres a pesar de lo que dices”.1

Cuando llego a casa, la madre de Tomás está de visita. En general, Virginia me cae muy bien: Casada dos veces, viuda dos veces y todavía buscando pareja. Está lavando en un fregadero lleno de medias y siguiendo a Olga Guillot, cuya voz sale del estéreo. Al verme, levanta las manos mojadas y jabonosas como si fuera un médico que saliera de cirugía y me hace señas de que me acerque para darme un beso.

—¿Cómo está? —pregunto y solo se encoge de hombros. Me parece que los dos se encogen de hombros de la misma forma (aunque Tomás ya no lo hace con tanta frecuencia): Inclinan la cabeza a la derecha, como si estuvieran tratando de tocarse el hombro con la oreja.

—“Pues llevamos en el alma cicatrices/ imposibles de borrar —les canta Virginia a las medias, mientras sumerge las manos una vez más en el fregadero—. ¿Qué puedo decirte? —me dice y vuelve a encogerse de hombros.

La penúltima vez que vi a Tomás encogerse de hombros así fue cuando regresó de un viaje de negocios a San Francisco, hace más o menos año y medio. Había tenido una aventura, me dijo, un fin de semana de juerga loca con un muchacho precioso que conoció en la sección de cocina de una librería.

—Un festín de dos días y dos noches, un festín como en Valhalla —exclamó sonriendo.

Me dijo que había tenido sexo anal por primera vez en cinco años y que se había dado cuenta del momento exacto en que el condón se había roto, pero también supo que era demasiado tarde. Dijo que no se detuvo y, en su lugar, apretó las piernas en torno a la cintura del muchacho.

La última vez que vi a Tomás encogerse de hombros así, como su madre acababa de hacer en nuestra cocina, fue cuando le diagnosticaron el VIH unos pocos meses después.

—No voy a quedarme aquí sin hacer nada —dijo—. No voy a estirarlo de aquí a la eternidad. Voy a vivir mi vida y luego me voy a morir de golpe.

No lloramos..., apenas nos abrazamos. Pusimos lo más alto que pudimos “Like a Prayer”, de Madonna en el estéreo y bailamos y bailamos por nuestro apartamento como grullas silvestres, con los brazos abiertos, subiendo las rodillas y abriendo bien los ojos.

—“Se te olvida/ que hasta puedo hacerte mal si me decido” —canta Virginia con tristeza y señala con la barbilla hacia la habitación de su hijo. Unos meses atrás, cuando todavía tenía buena vista, Tomás había leído que en la Edad Media se creía que los jilgueros protegían contra la peste, y colocó la foto de un jilguero en su puerta. La mayoría de sus visitantes no entendía, y Tomás no lo explicaba o no se hacía entender, y pensaban que le había dado por las aves, de modo que le regalaban todo tipo de dibujos y fotos. Pronto su puerta se cubrió de imágenes de tucanes y currucas y flamencos y, por supuesto, el favorito de Tomás: El Rupícola peruviana, un ave sudamericana con las plumas peinadas hacia arriba como los cabellos de Conway Twitty. —“Pues tu amor lo tengo muy comprometido... —Dejo el abrigo y me dirijo al cuarto de Tomás—...Pero a fuerza/ no será”.  

—¿Cómo te va? —le pregunto sentada junto a él en su cama. Huelo la salvia que arde en su vestidor. Tiene los ojos un poco más amarillos de lo usual, como cubiertos por alguna delgada película.

—Mi cuerpo es como África en el principio de los tiempos —dice en un susurro apenas audible—. La tierra natal. Albergo el más impresionante surtido de protozoos, hongos, bacterias, parásitos unicelulares, todo tipo de organismos vivos libres. Soy el Nilo, soy la propia Cleopatra.

Habla precipitadamente, casi sin puntuación. Por un momento temo que se ahogue.

—Hoy me siento tan ligero —comenta— Tengo los huesos vacíos.

Quiero hablarle de aerodinámica, sobre la forma en que el esqueleto hueco ayuda al ave a volar, pero en ese momento Virginia entra en el cuarto y me pregunta si puedo llevarla a la estación de trenes.

—Está empezando a nevar —dice parada junto a la puerta, sus manos aún jabonosas y extendidas. Puedo oír el agua correr todavía en el fregadero de la cocina.

Tomás cierra los ojos, haciendo un intento por sacar la mano de las frazadas.

—No te demores mucho —me pide. Sus cejas tiemblan. Virginia queda un instante junto a la puerta, confundida. Entonces se encoge de hombros.

Espero junto a la puerta mientras Virginia se despide de Tomás, y compruebo que tengo las llaves del carro, la llave de la puerta del edificio, la llave del apartamento. Cuento el menudo que me queda en el bolsillo, y me aseguro de que llevo la tarjeta para sacar efectivo, la tarjeta Visa, la licencia de conducción y me doy cuenta de que también traigo una fotografía de mi primera amante, una instructora de estudios femeninos de mis días de estudiante, mitad árabe, mitad galesa. Reconozco que guarda un parecido notable con Sylvia.

No lo planifiqué. Dejé a Virginia en la estación de trenes. Comprendí que el tránsito iba a empeorar a causa de la nieve y que debía orinar antes del viaje de regreso. Dejé el carro junto al contén, justo debajo de los rieles del tren elevado, y avisté un nido en la unión de las vigas. Caminando apresurada hacia la estación, con la vejiga al reventar, escuché detrás de mí el revoloteo de las aves. Me volví, pero solo eran ya puntos negros que desaparecían en la blanca cobertura de nieve.

Las paredes del baño de la estación de trenes se fundían con el suelo, todos de pequeñas losas blancas con ocasionales manchitas de losas de color azul celeste en los lugares en que se había hecho alguna reparación. El baño era cavernoso, con techos como de catedral y espejos más grandes de lo normal sobre los lavamanos. Las llaves eran de metal y brillaban. Todo olía a amoniaco. Mis tenis producían un sonido amortiguado.

Me detuve cuando la vi: Una mujer en traje de oficina, la cartera colgando del hombro por una banda de cuero delgada, de buen gusto. Más alta que yo, más grácil, demasiado rubia para que la encontrara atrayente en circunstancias normales. Estaba inclinada hacia su reflejo, retocándose el rimel. Me midió en el espejo con una de esas miradas airadas, desdeñosas.

Me volví, sonrojada, miré hacia los inodoros y abrí la primera puerta de un empujón. Me paré frente al inodoro como un varón, confundida, luego me di vuelta y traté con torpeza de quitarme el cinturón. Zafé la hebilla, respiré profundo. Entonces la observé por la rendija entre la puerta y las bisagras, parecía acercarse a los inodoros. Me aterré, convencida de que estaba justo frente a mi puerta. Bajé la mirada y vi sus pies y luego... izas! Empujó la puerta con la mano. Comprobé el cierre y apreté el cinturón. Su sombra azul oscura siguió adelante. Oí una puerta que se abría, se cerraba, un clic. El crujir de la tela, pedacitos de metal que chocaban. Mi pulso galopaba.

Yo seguía de pie, preguntándome si lo habría imaginado todo... el modo en que me había mirado en el espejo, la forma en que había golpeado la puerta del inodoro. Desde el fondo, escuchaba el chorro estable de su orina al caer en la taza. Quería ver hacia dónde apuntaban sus pies. Tiró de la cadena.

Acababa de bajarme los pantalones, doblar las rodillas y comenzar a orinar cuando, de golpe, reapareció, rompió el cierre de la puerta, se inclinó hacia mí y alcanzó con la mano la corriente que manaba entre mis piernas. Quedé boquiabierta. Sus dedos me penetraron con tanta fuerza y facilidad que por un instante me levantó del suelo. Permanecí muda, incapaz de protestar, mirando el orine correr cálido por su mano, por mis muslos. Sentí humedad en los tobillos. La agarré, tratando de recuperar el equilibrio. Cada vez que mi hebilla golpeaba con algo era como el tañido de una campana. Me estremecí y la sostuve contra mí con más fuerza.
 

Nota:

1- De La mentira, por Álvaro Carrillo, 1965.
 

Tomado  del  libro  Aguas  y  otros  cuentos,  de  Achy  Obejas.  Editorial  Letras Cubanas, La Habana, 2009.

“Tierra natal”, publicado originalmente en inglés en We Carne AlI the Way Frorn Cuba So You Could Dress Like This?, Cleis Press, 1994. Traducido para esta edición por María Teresa Ortega.

 


Achy Obejas: Nace en La Habana en 1956 y siendo aún niña fue llevada por sus padres a EE.UU. Ambos hechos, su lugar de nacimiento y su temprano extrañamiento de la tierra natal, han marcado su obra definitivamente. Ha publicado, entre otros, Ruins (novela, 2009), This is What Happened in Our Other Life (poesía, 2007), Memory Mambo (novela, 1996), Came All the Way from Cuba So You Could Dress like This? (cuento, 1994). Cuentos, poemas y prosas suyas han sido incluidos en numerosas recopilaciones. Ha editado antologías, como Habana Noir (cuentos de autores cubanos sobre crímenes), y acaba de publicarse su traducción de la novela del dominicano-americano Junot Díaz, La breve y maravillosa vida de Óscar Wao, Premio Pulitzer. La obra de Achy Obejas ha sido merecedora de numerosas distinciones.

 
 
 
 
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ISSN 2218—0869. La Habana, Cuba. 2012.