Estaba todavía de
pie, los blúmeres a
medio muslo. La
abracé. Eso fue todo
lo que hice. La
abracé y la besé,
con el aliento
contenido todo el
tiempo. Entonces
dije algo —no sé
qué— con lo que
pretendí
agradecerle, pero
que sonó más bien
como un gorgoteo. Se
apartó de mí, se
quitó de golpe los
cabellos de la cara
y se rió. Me
acarició la mejilla
una vez y salió del
inodoro.
La hebilla de mi
cinturón, que
colgaba, chocó
contra la porcelana.
Podía oír la caída
del agua en el
lavamanos,
amortiguada por las
manos frotándose
debajo del chorro.
Luego, algo así como
un silbido y ya.
Escuché sus tacones
cruzando el piso de
baldosas, las
toallas de papel
sacudiéndose como si
fueran alas, la
puerta que se
cerraba con un
zumbido. Juré
haberla oído
suspirar cuando
desaparecía en la
gran masa humana de
la estación de
trenes.
Al fin respiré, todo
de un golpe, puede
que demasiado
pronto, y me
desplomé contra la
puerta del inodoro.
Apreté con los dedos
el gancho para el
abrigo. Vaya.
Era todo lo que me
venía a la mente.
Estoy segura de que
si me hubieran
tomado una foto
habría salido
desenfocada,
temblando, los
muslos brillosos, la
boca roja, quizá
babeando, los ojos
bien abiertos y
alucinados, con
aspecto como de
víctima, pero
demasiado extática.
Vaya.
Anoche le estaba
contando a Sylvia,
mi nueva pareja,
sobre los hechos
pero solo como una
fantasía. Estábamos
envueltas en las
frazadas, la
respiración en
pequeños chorros
cálidos, luego
normal. Pasábamos el
tiempo nada más,
compartiendo
ilusiones. Me contó
su deseo de hacerlo
en la estrella de un
parque de
diversiones y decidí
guardar silencio y
no contarle que ya
yo lo había hecho.
Me mareó el recuerdo
de las luces y mi
miedo a caer. Ya que
estábamos en el tema
del sexo, decidimos
tocar aspectos más
serios, como el
SIDA, el riesgo y
todas esas cosas de
las que en realidad
nadie quiere hablar,
pero que en estos
días son de rigor.
Nuestra relación es
relativamente nueva
—de solo un par de
semanas— y estamos
desbrozando el
camino confesándonos
cosas, como nuestro
estatus VIH, los
nombres de nuestros
hermanos y hermanas
y a qué universidad
asistimos. De modo
que Sylvia me contó
sobre la última vez
en que estuvo
expuesta al riesgo,
cuando a su exnovio
se le rompió el
condón al penetrarla
por detrás, aunque
se había hecho la
prueba y había
resultado negativa.
El cuento me
deprimió
terriblemente. Era
en esencia la misma
historia de Tomás,
el amigo con quien
comparto el
apartamento, y él se
estaba muriendo.
Cuando conocí a
Sylvia esperaba
encontrar, por
primera vez en años,
una pareja de tan
bajo riesgo, que
pudiéramos estar de
veras unidas e
intercambiar fluidos
corporales.
Que conste: Yo estoy
bien. Quiero decir,
nunca he estado con
un muchacho, y justo
antes de que la
epidemia comenzara a
hacer estragos
atravesé un largo
período de celibato.
A partir de
entonces, he
practicado sexo sin
riesgo como algo
normal. Mi
razonamiento es el
siguiente: Resulta
más fácil cumplir
con las reglas del
sexo sin riesgo, al
menos al inicio, que
entablar un delicado
diálogo clínico para
decidir si es
necesario
protegerse. Calculo
que cuando estemos
más unidas, será más
fácil hablar.
Además, me he hecho
la promesa de no
tomar en cuenta si
la persona está
infectada o no con
el VIH y, por tanto,
para resguardarme,
sencillamente no
corro riesgos y
averiguo después.
Supongo que si
alguien me gusta de
verdad, resultaría
muy difícil dar
marcha atrás y no
admitírmelo a mí
misma.
De modo que
no
corro riesgo. Por
eso después que
Sylvia me hizo el
cuento del condón
roto, le dije que
nos mantendríamos a
dieta de sexo sin
riesgo hasta que
dentro de seis meses
se hiciera otra
prueba. Y si todavía
estábamos juntas,
nos chuparíamos con
ganas una a otra.
Para mi sorpresa,
Sylvia estuvo
dispuesta a
abandonar las
restricciones justo
después de nuestra
conversación,
convencida de que,
como las relaciones
lesbianas son como
son, las
posibilidades reales
de transmisión son
tan bajas que de
todos modos no
correríamos riesgo.
Pero con la clara
imagen de Tomás en
mi mente, cada vez
más enfermo y
postrado en cama
como un pollito
medio cegato, con la
boca roja abierta y
luchando por salir
del nido, me negué.
Le dije que teníamos
que esperar.
Tomás, además de
compartir el
apartamento conmigo,
es mi mejor amigo:
Vivimos juntos desde
que nos graduamos de
Stevens College, una
pequeña universidad
de setecientos
quince alumnos
situada en el centro
de Ningúnlugar,
Indiana. Ambos la
escogimos porque
tenía un buen
Departamento de
Literatura, nos
ofrecía becas
bastante generosas y
no estaba lejos de
los repulsivos
pueblitos en que nos
criamos. Cuando lo
conocí, Tomás se
sentía obligado a
regresar al suyo los
fines de semana,
porque su novia de
la escuela superior
—una muchacha muy
cristiana a quien
era evidente que no
le tenía que
demostrar nada
sexual— estaba
todavía en último
año y él, que
luchaba con todas
sus fuerzas para que
no se le supiera,
pensaba escapar a un
matrimonio
heterosexual en
cuanto le fuera
posible.
Yo no estaba en
mejor posición. Mi
novio del pueblo era
un muchacho a quien
había escogido con
toda intención,
porque era más joven
que yo y bien
subdesarrollado. Sin
embargo, en el
verano, entre mi
graduación de la
escuela superior y
la llegada a la
universidad, había
dado un estirón y
experimentado un
cambio hormonal. De
repente parecía muy
alto, tenía un
bigote que
“pinchaba” y se
pasaba la vida de
erección en
erección. Llegué a
pensar en tener sexo
oral con él. Creí
que sería una forma
fácil de mantenerlo
cerca sin arriesgar
un embarazo o sin
tener que
hacerlo
de verdad. Pero
cuando se sacó el
miembro del pantalón
y me lo puso en la
mano, encontré
engañosa la
sedosidad de su piel
—una negación de su
poder y del peligro—
y fui incapaz de
llevármela a la
boca.
Por suerte, desde
que nos conocimos,
Tomás y yo dejamos
atrás todos nuestros
compromisos
anteriores y nos
unimos. Nos
embromábamos y nos
divertíamos, nos
profesábamos
respeto, teníamos
una firme
camaradería en los
estudios, y nos
brindábamos refugio
mutuo. En muchos
sentidos, éramos
perfectos juntos. No
quiero decir que
estuviéramos
conscientes del
porqué estábamos
interesados el uno
en el otro. Eso nos
tomó unos seis
meses.
Por pura curiosidad
visitamos The Gold
Star, un bar de
travestis en
Indianápolis. Los
compañeros de Tomás
en la fraternidad
pensaron que podía
resultar una
aventura. Ellos —hoy
todos carentes de
rostro— habían oído
hablar del lugar a
uno de los muchachos
mayores y decidieron
visitarlo. Era
bastante cursi:
Mucha brilladera
extraña, algunas
cosas que parecían
luces de Navidad,
bolas de discoteca
que deslumbraban a
cualquiera, y locas
tan llenas de
colorido y
mágicamente fuera de
lugar como aves
tropicales.
Ninguno de nosotros
había visto antes un
show de
travestis ni
teníamos idea de lo
que iba a ocurrir.
Al principio temí
que los muchachos se
tornaran bulliciosos
y defensivos y
comenzaran a
demostrar su
virilidad o algo por
el estilo, pero en
cuanto entramos un
extraño silencio
cayó sobre ellos. La
música era muy
fuerte, aunque esa
no era la causa. Y
el lugar estaba
repleto, pero
tampoco era esa.
Estábamos sentados
en primera fila, con
una vista despejada
del escenario,
incluso podíamos ver
un poco entre
bastidores donde, si
se observaba con
atención, las locas
parecían más bien
hombres vestidos de
mujer que las
mujeres que
intentaban
proyectar. El porte
de sus cuerpos era
distinto en las
sombras a como lo
era en la luz. Más
recogido. Más
angular. Impaciente.
No sé por qué.
Una a una, salieron
al foco brillante,
con modales
exagerados y
destellantes. Una de
ellas se parecía a
Elizabeth Taylor,
hasta con el lunar y
con ojos que desde
nuestra mesa se
veían color violeta.
Otra a Farrah
Fawcett, tan popular
en aquellos tiempos,
con los cabellos
cayéndole en cascada
hasta los hombros.
Doblaban
grabaciones, casi
siempre canciones
sentimentaloides,
como “Lo que hice
por amor”
(gran favorita) o
“El hombre que se
fue”. Todos
se las sabían de
memoria y al rato
las coreaban. Tomás
y yo nos miramos y
bajamos los ojos en
el mismo instante.
Mientras las locas
doblaban las
canciones, unos
tipos grandes y
fornidos se ponían
de pie y, con dedos
que yo suponía
pegajosos, les
metían billetes
entre los pechos
falsos, en las manos
impecablemente
cuidadas, en las
botas que les
llegaban a las
caderas, en la
cinturilla de los
hot pants...,
dondequiera. El
ritual estaba
previsto, y Tomás y
yo lo observábamos
asombrados.
Mirábamos,
paralizados, como
antropólogos
aficionados que han
descubierto un mundo
antiguo, extraño,
inquietante y
encantado.
En esta primera
visita a The Gold
Star me percaté de
que había muy pocas
mujeres, e incluso
menos de las que
pudiera identificar,
por cualquier
indicio, como
lesbianas. Casi
todas estaban
acompañadas por
hombres, al parecer
muy heterosexuales,
que las mantenían
cerca o las rodeaban
con los brazos como
para protegerlas.
Había muchas risas y
recuerdo haber
pensado en lo triste
que era todo
aquello.
Las que parecían
lesbianas eran
bastante
estereotipadas, con
cuerpos fornidos y
aspecto agresivo.
Una de ellas me
estaba mirando y le
devolví la mirada
por un momento. De
inmediato dejé caer
mi brazo sobre el
hombro de Tomás,
invirtiendo torpe e
involuntariamente el
gesto que había
visto hacer a los
heterosexuales. La
mujer vestía de
cuero y tenía el
pulgar enganchado en
el bolsillo de los
jeans, y levantó su
cerveza hacia mí
como brindando. Me
puse nerviosa y
desvié la mirada,
temerosa de que tal
vez me identificaran
como una de
ellas..., idea que
me excitaba tanto
como me aterraba.
Una semana después
fui al bar sola.
Anduve por la
periferia y en los
rincones, escrutando
cada rostro que se
me acercaba y
tratando de
mantenerme
invisible, como un
murciélago en las
vigas del techo. Me
tomó horas darme
cuenta de que había
ido en busca de
aquella mujer que me
había brindado la
cerveza. Entonces,
crucé los brazos
sobre el pecho y me
fui abriendo paso
para marcharme,
murmurando
“disculpe”, sin
levantar la vista,
cada vez que
empujaba y chocaba
contra los cuerpos
que forraban las
paredes hasta la
salida del bar. De
repente una mano
familiar me tomó del
codo y me haló. Me
detuve sobresaltada.
Cuando me volví, caí
en brazos de Tomás.
Detrás de él había
un puñado de sus
nuevos amigos, todos
coreando “My One and
Only”.
Sylvia yace de lado,
acariciándome la
espalda. Sus uñas,
que nunca siento
cuando tiene la mano
dentro de mí, son
ahora como plumas
que me provocan
escalofríos.
—Tengo que
levantarme —murmura,
besándome la nuca.
Todos los vellos se
me erizan cuando me
toca.
—Nadie te lo
impide—, le digo,
jugando. Acerca la
rodilla hasta que su
muslo se coloca
entre mis piernas.
Me froto contra
ella. Estoy mojada.
Sé que esto es
peligroso. Este tipo
de bienestar, tan
fácil y familiar al
principio, puede
convertirse en algo
incómodo luego. Ya
en las primeras dos
semanas que hemos
pasado juntas,
Sylvia ha llegado
tarde al trabajo
casi todas las
mañanas. No por una
vehemencia rugiente,
sino por esta
calidez. Cuando
tenga problemas en
la oficina y los
cariñitos pierdan
novedad, sé que le
pesará.
—Oye, vamos,
levántate —pido,
tratando de aplazar
el futuro. Me doy
vuelta, le doy un
beso rápido y la
empujo lejos de mí.
—Está bien
—rezonga—. Ya me
levanté, ya.
Pero no lo hace,
sino que mete la
cabeza bajo las
sábanas y me cubre
el pezón con la
boca. Aprieto los
dientes, no porque
no sea maravilloso,
sino porque estoy
tratando de no
gemir. Me esfuerzo
todo lo posible por
ser disciplinada,
por resistir la
tentación.
—Sylvia —gruño, y
aunque responde con
un ruidito, sé que
no me está
escuchando.
Al fin da un salto,
toma ropa interior
limpia de una gaveta
abierta y se mete en
la ducha. Yo sigo en
la cama, escuchando
el sonido del agua,
la forma en que el
chorro cambia cada
vez que ella se
mueve debajo de él.
Sé que si no me
levanto ahora mismo,
me pasaré la mañana
entera acostada.
A partir de aquí
conozco el guion: El
desencadenamiento
precipitado de
emociones y más
emociones, la
sensación de
sobrecogimiento
(aunque ya lo hemos
vivido antes); luego
el momento abrupto
en que se descubre
—estoy segura de que
de modo parecido a
lo que debió de
haber sentido
Moctezuma cuando se
percató de que
Cortés no era un
dios, sino un
hombre—, en que
comprendemos (como
debemos comprender)
que todo esto está
muy bien, por ahora,
pero nada más.
—Estás
desperdiciando la
luz del día —dice
Sylvia, húmeda y
estremecida por la
ducha, carne de
gallina su cuerpo—.
Eres demasiado
tentadora.
Tira las sábanas que
me cubren, me toma
por los tobillos y
hace caer mis
piernas por su lado
del colchón. —Si no
te levantas, no me
voy a ir nunca
—exclama— ¿No tienes
cosas que hacer?
—Demasiadas
—respondo, tratando
de sentarme—. Para
comenzar, tengo que
ir a ver cómo está
Tomás, cada vez paso
menos tiempo con
él... Tengo que
averiguar cuál es la
enfermedad del día
en mi casa —digo,
sorprendida y
avergonzada de
repente por mi tono
de amargura.
Sylvia se para
frente a mí y coloca
sus dedos en un par
de puntos de presión
sobre mi cuello.
—Estás tensa
—comenta y me besa
la frente, mientras
sus dedos trabajan
en mis músculos.
Cierro los ojos, no
para relajarme, sino
porque es bella y
resulta demasiado
doloroso mirarla.
Al principio Tomás
cogió algo así como
todas las
enfermedades
oportunistas
asociadas con el
SIDA: Granitos
pequeños que se
convertían en
enormes erupciones,
aftas gigantescas,
sífilis, algo que
parecía moho en la
planta de los pies,
neumonías constantes
e infecciones
periodontales
verdaderamente
horribles. Su
aliento olía a
azufre. En
ocasiones, si no
había mucho entra y
sale en el cuarto,
quedaba en el aire
como una nube
tóxica.
Ahora Tomás está
casi todo el tiempo
tirado allí,
demasiado débil para
leer, jadeando de un
modo terriblemente
lento, roñoso.
Encendemos salvia en
su cuarto. Su
respiración es
demasiado ligera
para percibirlo,
pero sospecho que si
pudiera olerlo, le
resultaría aún más
almizclado. Puede
que ya me haya
acostumbrado, no sé.
—¿Dónde está Carlos
II cuando lo
necesitas? —susurra
Tomás. Siempre lleva
los espejuelos en la
cama. Le hacen la
cabeza más grande y
más cuadrada, como
la de una víctima de
la hambruna—. Tengo
que afeitarme la
cabeza, ponerme una
enorme peluca
empolvada. Quiero
que me entierren con
algo de volantes,
encajes y cintas.
No digo nada. Lo
recuerdo de nuestra
época universitaria,
cuando andaba por
los vestidores de
The Gold Star
aconsejándoles a las
locas cómo llevar
sus accesorios, cómo
mover sus bolsos
brillantes, cuándo
detenerse en una
canción y tocarse
las perlas de
fantasía, cómo tirar
hacia atrás las
bufandas con
autoridad. Nunca
comprendí por qué
Tomás se mantenía al
margen y no subía él
mismo al escenario.
Ahora sonrío y le
doy palmaditas al
bulto que hay en la
cama que corresponde
a su mano.
—Observa la
naturaleza: Son
siempre los machos
los espléndidos,
grandes y llenos de
colorido —dice,
cerrando los ojos.
Tiene costras en las
narices— o los
leones tienen sus
melenas. Los gallos
tienen cresta y
pelusa. ¿Y qué me
dices de ese
escandaloso
Rupícola peruviana,
con su salvaje
copete naranja, eh?
Y pienso: “Sí, pero
son las leonas las
que matan y son las
hembras de las aves
las que ponen los
huevos. ¿Entonces
por qué me siento yo
tan inútil?”
Lo que le dije a
Sylvia es que
deseaba que me
forzaran; que
ansiaba que el
encuentro fuera
anónimo, que tenía
que ser en un lugar
público, que
trataría de
resistirme y que no
querría volver a ver
nunca más a la otra
mujer. Dijo sentirse
confundida.
—Quieres que te
violen —repitió
asqueada—. No puedes
querer que te
violen.
—No quiero que me
violen
—respondí—. Quiero
que me tomen.
—¿Contra tu
voluntad?
—Bueno, un poco
contra mi voluntad.
—Eso es como estar
un poco embarazada
—comentó, claramente
frustrada.
—Es una fantasía
mía, Syl —insistí—.
No sigue las mismas
reglas.
—Me tienes
preocupada —dijo y
me dio la espalda.
Permanecimos así en
la oscuridad unos
minutos hasta que,
al fin, moldeé mi
cuerpo alrededor del
suyo. Al principio
Sylvia estaba un
poco tensa, pero al
fin se relajó y se
apretó contra mí, de
modo que la tela de
su ropón rozaba
perezosamente mi
barriga desnuda.
Tanteó detrás de sí
con el propósito,
creo, de acariciarme
con la mano libre,
pero en lugar de
plumas sus uñas
parecían esta vez
pequeñas garras.
Quería ir por un
vaso de agua y
orinar, pero no
deseaba moverme,
temerosa de que esas
acciones tuvieran
un significado más
allá de mis propios
gestos.
—Yo no puedo
violarte —dijo en un
susurro que pareció
atemorizado y
nostálgico a un
tiempo.
La acerqué más a mí.
—No quiero que me
violes.
—Tampoco puedo
forzarte —continuó—.
No puedo hacer nada
así. Es algo que no
está en mí.
Suspiré.
—Vida, cálmate. Es
una fantasía
—expliqué—. No tiene
que ver contigo.
Sentí que se volvía
a poner tensa. Su
cuerpo se alejó de
mí en un instante,
como si su ropón
fuera una capa de
piel que se
ampollara.
“Se te olvida/ que
me quieres a pesar
de lo que dices”.1
Cuando llego a casa,
la madre de Tomás
está de visita. En
general, Virginia me
cae muy bien: Casada
dos veces, viuda dos
veces y todavía
buscando pareja.
Está lavando en un
fregadero lleno de
medias y siguiendo a
Olga Guillot, cuya
voz sale del
estéreo. Al verme,
levanta las manos
mojadas y jabonosas
como si fuera un
médico que saliera
de cirugía y me hace
señas de que me
acerque para darme
un beso.
—¿Cómo está?
—pregunto y solo se
encoge de hombros.
Me parece que los
dos se encogen de
hombros de la misma
forma (aunque Tomás
ya no lo hace con
tanta frecuencia):
Inclinan la cabeza a
la derecha, como si
estuvieran tratando
de tocarse el hombro
con la oreja.
—“Pues llevamos en
el alma cicatrices/
imposibles de borrar
—les canta Virginia
a las medias,
mientras sumerge las
manos una vez más en
el fregadero—. ¿Qué
puedo decirte? —me
dice y vuelve a
encogerse de
hombros.
La penúltima vez que
vi a Tomás encogerse
de hombros así fue
cuando regresó de un
viaje de negocios a
San Francisco, hace
más o menos año y
medio. Había tenido
una aventura, me
dijo, un fin de
semana de juerga
loca con un muchacho
precioso que conoció
en la sección de
cocina de una
librería.
—Un festín de dos
días y dos noches,
un festín como en
Valhalla —exclamó
sonriendo.
Me dijo que había
tenido sexo anal por
primera vez en cinco
años y que se había
dado cuenta del
momento exacto en
que el condón se
había roto, pero
también supo que era
demasiado tarde.
Dijo que no se
detuvo y, en su
lugar, apretó las
piernas en torno a
la cintura del
muchacho.
La última vez que vi
a Tomás encogerse de
hombros así, como su
madre acababa de
hacer en nuestra
cocina, fue cuando
le diagnosticaron el
VIH unos pocos meses
después.
—No voy a quedarme
aquí sin hacer nada
—dijo—.
No voy a estirarlo
de aquí a la
eternidad. Voy a
vivir mi vida y
luego me voy a morir
de golpe.
No
lloramos..., apenas
nos abrazamos.
Pusimos lo más alto
que pudimos “Like a Prayer”, de
Madonna en el
estéreo y bailamos y
bailamos por nuestro
apartamento como
grullas silvestres,
con los brazos
abiertos, subiendo
las rodillas y
abriendo bien los
ojos.
—“Se te olvida/ que
hasta puedo hacerte
mal si me decido”
—canta Virginia con
tristeza y señala
con la barbilla
hacia la habitación
de su hijo. Unos
meses atrás, cuando
todavía tenía buena
vista, Tomás había
leído que en la Edad
Media se creía que
los jilgueros
protegían contra la
peste, y colocó la
foto de un jilguero
en su puerta. La
mayoría de sus
visitantes no
entendía, y Tomás no
lo explicaba o no se
hacía entender, y
pensaban que le
había dado por las
aves, de modo que le
regalaban todo tipo
de dibujos y fotos.
Pronto su puerta se
cubrió de imágenes
de tucanes y
currucas y flamencos
y, por supuesto, el
favorito de Tomás:
El Rupícola
peruviana, un
ave sudamericana con
las plumas peinadas
hacia arriba como
los cabellos de
Conway Twitty.
—“Pues tu amor lo
tengo muy
comprometido...
—Dejo el abrigo y me
dirijo al cuarto de
Tomás—...Pero a
fuerza/ no será”.
—¿Cómo te va? —le
pregunto sentada
junto a él en su
cama. Huelo la
salvia que arde en
su vestidor. Tiene
los ojos un poco más
amarillos de lo
usual, como
cubiertos por alguna
delgada película.
—Mi cuerpo es como
África en el
principio de los
tiempos —dice en un
susurro apenas
audible—. La tierra
natal. Albergo el
más impresionante
surtido de
protozoos, hongos,
bacterias, parásitos
unicelulares, todo
tipo de organismos
vivos libres. Soy el Nilo, soy la propia
Cleopatra.
Habla
precipitadamente,
casi sin puntuación.
Por un momento temo
que se ahogue.
—Hoy me siento tan
ligero —comenta—
Tengo los huesos
vacíos.
Quiero hablarle de
aerodinámica, sobre
la forma en que el
esqueleto hueco
ayuda al ave a
volar, pero en ese
momento Virginia
entra en el cuarto y
me pregunta si puedo
llevarla a la
estación de trenes.
—Está empezando a
nevar —dice parada
junto a la puerta,
sus manos aún
jabonosas y
extendidas. Puedo
oír el agua correr
todavía en el
fregadero de la
cocina.
Tomás cierra los
ojos, haciendo un
intento por sacar la
mano de las
frazadas.
—No te demores mucho
—me pide. Sus cejas
tiemblan. Virginia
queda un instante
junto a la puerta,
confundida.
Entonces se encoge
de hombros.
Espero junto a la
puerta mientras
Virginia se despide
de Tomás, y
compruebo que tengo
las llaves del
carro, la llave de
la puerta del
edificio, la llave
del apartamento.
Cuento el menudo que
me queda en el
bolsillo, y me
aseguro de que llevo
la tarjeta para
sacar efectivo, la
tarjeta Visa, la
licencia de
conducción y me doy
cuenta de que
también traigo una
fotografía de mi
primera amante, una
instructora de
estudios femeninos
de mis días de
estudiante, mitad
árabe, mitad galesa.
Reconozco que guarda
un parecido notable
con Sylvia.
No lo planifiqué.
Dejé a Virginia en
la estación de
trenes. Comprendí
que el tránsito iba
a empeorar a causa
de la nieve y que
debía orinar antes
del viaje de
regreso. Dejé el
carro junto al
contén, justo debajo
de los rieles del
tren elevado, y
avisté un nido en la
unión de las vigas.
Caminando apresurada
hacia la estación,
con la vejiga al
reventar, escuché
detrás de mí el
revoloteo de las
aves. Me volví, pero
solo eran ya puntos
negros que
desaparecían en la
blanca cobertura de
nieve.
Las paredes del baño
de la estación de
trenes se fundían
con el suelo, todos
de pequeñas losas
blancas con
ocasionales
manchitas de losas
de color azul
celeste en los
lugares en que se
había hecho alguna
reparación. El baño
era cavernoso, con
techos como de
catedral y espejos
más grandes de lo
normal sobre los
lavamanos. Las
llaves eran de metal
y brillaban. Todo
olía a amoniaco. Mis
tenis producían un
sonido amortiguado.
Me detuve cuando la
vi: Una mujer en
traje de oficina, la
cartera colgando del
hombro por una banda
de cuero delgada, de
buen gusto. Más alta
que yo, más grácil,
demasiado rubia para
que la encontrara
atrayente en
circunstancias
normales. Estaba
inclinada hacia su
reflejo, retocándose
el rimel. Me midió
en el espejo con una
de esas miradas
airadas, desdeñosas.
Me volví, sonrojada,
miré hacia los
inodoros y abrí la
primera puerta de un
empujón. Me paré
frente al inodoro
como un varón,
confundida, luego me
di vuelta y traté
con torpeza de
quitarme el
cinturón. Zafé la
hebilla, respiré
profundo. Entonces
la observé por la
rendija entre la
puerta y las
bisagras, parecía
acercarse a los
inodoros. Me aterré,
convencida de que
estaba justo frente
a mi puerta. Bajé la
mirada y vi sus pies
y luego... izas!
Empujó la puerta con
la mano. Comprobé el
cierre y apreté el
cinturón. Su sombra
azul oscura siguió
adelante. Oí una
puerta que se abría,
se cerraba, un clic.
El crujir de la
tela, pedacitos de
metal que chocaban.
Mi pulso galopaba.
Yo seguía de pie,
preguntándome si lo
habría imaginado
todo... el modo en
que me había mirado
en el espejo, la
forma en que había
golpeado la puerta
del inodoro. Desde
el fondo, escuchaba
el chorro estable de
su orina al caer en
la taza. Quería ver
hacia dónde
apuntaban sus pies.
Tiró de la cadena.
Acababa de bajarme
los pantalones,
doblar las rodillas
y comenzar a orinar
cuando, de golpe,
reapareció, rompió
el cierre de la
puerta, se inclinó
hacia mí y alcanzó
con la mano la
corriente que manaba
entre mis piernas.
Quedé boquiabierta.
Sus dedos me
penetraron con tanta
fuerza y facilidad
que por un instante
me levantó del
suelo. Permanecí
muda, incapaz de
protestar, mirando
el orine correr
cálido por su mano,
por mis muslos.
Sentí humedad en los
tobillos. La agarré,
tratando de
recuperar el
equilibrio. Cada vez
que mi hebilla
golpeaba con algo
era como el tañido
de una campana. Me
estremecí y la
sostuve contra mí
con más fuerza.
Nota:
1-
De La mentira,
por Álvaro
Carrillo, 1965.
Tomado del
libro Aguas
y otros
cuentos,
de Achy
Obejas.
Editorial
Letras Cubanas, La
Habana, 2009.
“Tierra natal”,
publicado
originalmente en
inglés en We
Carne AlI the Way
Frorn Cuba So You
Could Dress Like
This?, Cleis
Press, 1994.
Traducido para esta
edición por María
Teresa Ortega.