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El premio al mejor
documental en la 11na.
Muestra Joven ICAIC y la
participación de sus
anteriores filmes
Close up y Jefrey,
el proyecto en
varios Festivales
Internacionales
funcionan como carta de
presentación para Damián
Saínz , quien va
destacándose como una de
las voces noveles más
interesantes dentro de
la documentalística
cubana más reciente.
Tiene solo 26 años, mas
sus obras muestran ya
una madurez
imprescindible cuando se
pretende narrar a través
de la cámara. Es
graduado de Medios
Audiovisuales en el
Instituto Superior de
Arte (ISA) y actualmente
cursa el segundo año de
la especialidad de
Dirección Documental en
la Escuela Internacional
de Cine y Televisión (EICTV)
de San Antonio de los
Baños.
De agua dulce,
el documental con que se
alzó en la Muestra,
revela la capacidad de
Saínz para asir una
historia desde
mecanismos no
convencionales de
narración
cinematográfica. Lo que
comenzó como un ensayo
sobre el curso del río y
la contaminación, se
convirtió en un
documental de personaje,
en el cual se capta la
historia de un hombre
que cruza los márgenes
entre lo legal y
supuestamente correcto.
Mientras espera que le
llegue la suerte en la
pesca, Kinkín revela a
la cámara las
condiciones que le han
llevado a matar un
hombre, cumplir condena
en prisión y hacer uso
de la violencia como
mecanismo de
supervivencia. La línea
entre víctima y
victimario se difuminan
en esta obra, cuyo poder
de síntesis apunta
también hacia el juego
con los hilos de la
dramaturgia, del
lenguaje del cine, de lo
ético y lo moral.
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De agua dulce |
“Kinkín nos buscó a
nosotros y no viceversa.
Cuando estábamos
empezando el estudio de
campo para hacer un
documental en y sobre el
río, nos dimos cuenta de
que este pescador de
clarias quería
participar. Ese impulso
suyo nos permitió con
bastante confianza
meternos en su historia
y dejar que fuera él
quien nos la contara,
que fuera el narrador.
Ni siquiera investigamos
en la policía si era
real o no lo que decía,
ni hablamos con sus
familiares. En su casa
estuvimos mirando ritos
habituales, pero no
comprobando nada, porque
lo que nos interesaba es
lo que él creía de sí
mismo.
“Poco a poco fue
abriéndose a nosotros
por esa necesidad que
tienen las personas de
contarse. Está tratando
de entender su pasado y
justificarlo para lidiar
con él de una manera más
positiva. Me interesa el
modo en que la gente
narra sus historias, se
construye una idea sobre
su cuerpo, su pasado, su
futuro. Por eso
cambiamos nuestro
proyecto original y
determinamos que el
protagonista ya no era
el río, sino Kinkín en
el río, ese personaje
que está contándose,
debatiéndose entre su
pasado y su presente
tanto con lo que hace,
como con lo que recuerda
de sí mismo.”
La investigación previa
en cada documental
resulta fundamental.
¿Cómo concibes ese
proceso y qué rigor le
confieres?
No soy un realizador con
muchos materiales
finalizados y eso no
significa que trabaje
poco, sino que me paso
mucho tiempo
investigando. Por lo
general, tengo varios
proyectos a la misma vez
hasta que uno se
realiza. En este caso
contaba con el marco del
programa académico de la
Escuela Internacional de
Cine y Televisión de San
Antonio de los Baños lo
que me exigía tiempos
marcados para concluir
la obra. Eso te pone a
dialogar con una manera
de hacer cine que,
aunque es expansiva, de
autor y supuestamente
horizontal, trae
parámetros de producción
específicos.
En mi primer proyecto,
Close up, nos
pasamos alrededor de
seis meses de trabajo de
campo visitando la Calle
G casi a diario. Así es
como me gusta trabajar.
Ahora mismo estoy
preparando el documental
de mi tesis, aunque se
empieza a rodar más o
menos en un año.
Tanto en Close up
como en Jefrey, el
proyecto se trata de
personajes también al
margen. ¿Por qué te
interesan este tipo de
conflictos?
Por naturaleza soy
antiestablishment.
Eso puede ser bueno y
malo, porque a veces
tengo que jugar con una
cosa y la otra y me
quedo en caminos
intermedios, pero a la
vez me pongo en un lugar
de humildad y
honestidad. En ese
sentido, me acerco casi
de manera intuitiva y
siento que puedo ser más
honesto con alguien que
está fuera de lo
institucionalmente
establecido porque soy
así. Tal vez no lo
practico mucho porque he
sido muy academizado en
todos los momentos de mi
vida, pero en los
niveles de pensamiento
intento al menos poner
en cuestión las cosas
que se dan por ciertas.
Creo más en las
incertidumbres, en las
preguntas, en lo que
puede ser y no es, en
las imposibilidades de
las cosas ya dadas,
cerradas, analizadas sin
ocasión de que caminen
hacia otro lugar, en el
movimiento. Eso tienen
los personajes
marginales: están
creando la sociedad, a
sí mismos, el mundo
donde viven, y eso se
hace desde el margen. Un
acto de creación implica
algo nuevo o
resemantizado, visto
desde otra manera, desde
otro lugar y desde otra
norma. Eso solo sucede
con las personas
marginadas o marginales.
¿Cómo manejas desde lo
ético este acercamiento?
Habría que pensar de
cuál ética hablamos; la
ética de qué tipo de
documental. Desde el
lugar donde nos ponemos
a mirar, la posición que
tomamos con lo que
estamos representando,
observando, tiene que
ver con la ética. La
observación en la
creación cinematográfica
es fundamental porque
tienes la vida de una
persona en tus manos.
Trato de manejarlo desde
la honestidad. Intento
ser sincero, intento no
saber, no asumir que lo
sé todo sobre esa
persona ni intentar que
el espectador lo sepa
todo. El tipo de
narrativas que me
interesan a nivel ético
están más relacionadas
con presentar la vida
como algo inasible,
imposible de capturar
del todo. Ponerse así le
podría dar un carácter
más de experiencia al
trabajo, pero también
logra una empatía con lo
que es el sujeto ahora
mismo en el mundo:
inasible, imposible de
agarrar, posible de ser
cambiado. Mi ética va
por lo mismo que
Atpichapong
Weeraezetakol, un
director tailandés que
admiro mucho, cuando
afirmó que él mira desde
tres palabras: temor,
respeto, distancia.
Se aprecia en los
jóvenes realizadores de
Cuba un rompimiento de
las fronteras entre los
géneros
cinematográficos. ¿Cómo
se da para ti la
relación entre ficción y
documental? ¿Cuáles son
los riesgos y ventajas
de este intercambio?
Son películas y cada vez
los límites se
contaminan más. Ahora
mismo, hablar de
documental y ficción
como géneros puros ni
siquiera vale la pena,
sino presentarnos como
creadores de universos
que se proyectan en una
pantalla, sea de una
manera o de otra. El
documental es una
representación y como
tal hay un trámite que
delimita la realidad a
un marco determinado.
En lo que se asume como
ficción, se crea un
efecto de verdad, se
busca que la gente crea
que lo que está viendo
es real. El documental
lo da por sentado; pero
siempre hay que dudar y
hacer que la gente dude,
que no sepa si lo que
está viendo o escuchando
se lo estén inventando.
No tengo que decirlo
directamente, pero sí
dar una pauta, un camino
para recelar de ese
estatuto de verdad tan
necesariamente venido a
menos.
¿Qué caminos tienen los
cineastas jóvenes para
integrarse a la
distribución y la
producción en Cuba?
Cada vez hay más
espacios para eso. El
ICAIC está abriendo un
fondo para jóvenes
realizadores, y la
Muestra Joven es
indispensable como zona
de formación.
Las posibilidades, no
obstante, siguen siendo
escasas, sobre todo
cuando la iniciativa
privada de la producción
independiente no está
del todo afincada. No
existe una legalidad que
permita libremente
producir, distribuir y
tener un contacto con
distintos distribuidores
de cine en Cuba, porque
el único que existe es
el ICAIC. Tal vez sea
interesante generar
iniciativas privadas,
aunque no tenga tal
alcance, en
universidades, centros
estudiantiles, llamando
a amigos, en la sala de
la casa. No importa que
sean de menor masividad.
En cuanto a introducirse
en el circuito oficial
de producción y
distribución del cine en
Cuba lo veo bastante
difícil para los
jóvenes. Ahora se
discute sobre la fuerza
de las productoras
independientes y es muy
bueno, porque puede dar
lugar a cambios en la
situación actual del
panorama
producción-distribución
de los nuevos cineastas.
¿Qué es lo más difícil
de dedicarse al cine y
ser joven en Cuba?
La cadena
formación-distribución-público.
Aunque no tengo una
respuesta definitiva, lo
más difícil se relaciona
con el encuentro de la
obra con el público, la
formación a la hora de
hacer cine, en cómo
quieres que sea tu
relación con el
espectador y la gama
amplísima y diversa de
posibilidades para que
alguien se conecte con
una obra.
¿Cómo concibes esa
relación?
Hay que darle el poder
al espectador. Creo
mucho en la
participación, en la
distribución un poco más
igualitaria del poder y
eso se da desde la forma
de consumir una
película. El cine es un
medio que implica desde
el espacio mismo la
oscuridad, la luz,
cierta pasividad; pero
resulta imprescindible
que la gente participe y
construya lo que ve, que
el montaje no se acabe
cuando exporto el
material a DVD.
¿Y de qué manera lo
logras?
Tiene que ver con la
narrativa, con el tipo
de dramaturgia y forma
de narrar que queremos
presentarle al
espectador. Creo que la
clásica aristotélica no
funciona, a no ser que
sea revaluándose y
reconstruyéndose. Esa
narración tradicional
implica cerrar, asir el
mundo en una
representación, tenerlo
en las manos, hacer tu
catarsis y tu
identificación; pero
ahora mismo hay muchas
maneras de que el
espectador se relacione
con la obra de arte,
maneras mucho más
abiertas desde las
cuales lograr que quien
mira, termine de crear
con sus ojos, su
corazón, sus vísceras,
sus manos. Alcanzar que
la gente pueda sentir la
respiración del otro,
que sea consciente de
que está mirando algo. Y
eso tiene que ver con la
forma en que se presenta
la idea, tanto a nivel
de duración de planos,
de la ubicación de la
figura humana en el
cuadro cinematográfico,
los sonidos, intensidad
y niveles utilizados,
pero sobre todo a nivel
de lenguaje. Tiene que
ver con la escritura
misma, con qué tipo de
historia se cuenta y de
qué manera de historiar.
Quizá sea más complejo,
porque estamos
acostumbrados a que nos
llegue todo o a
participar de una manera
más limitada por las
posibilidades de la
narrativa más clásica.
Pero hay que empezar a
perderle el miedo.
Eso no implica que lo
experimental pueda ser
cualquier cosa, sin
ningún rigor, porque eso
es una justificación.
Pero creo que se puede
identificar algo que
tiene aspiraciones de
contar de otra manera.
Sentir diferente los
modos de respirar ante
una película, que
implica un conocimiento
profundo de la
narración, de la
dramaturgia; saber por
qué un plano está en un
lugar y no en otro, por
qué dura tanto. Para eso
hay que ver cine, hay
que ver y leer un montón
para no inventar el agua
tibia.
¿Te sientes parte de una
generación?
No me gusta lo de los
movimientos, los -ismos,
todo lo que agrupa y
separa para poder asir.
Creo más en la
dispersión, en la
diversidad, en el ser
inacabado. Eso da la
posibilidad del cambio
siempre.
Puede haber un
movimiento de cine joven
en Cuba, pero me cuesta
trabajo verlo. Me siento
muy identificado con una
serie de documentalistas
jóvenes cubanos que
admiro, sobre todo
porque veo en ellos un
camino. Susana Barrigas,
Armando Capó y Marcel
Beltrán me parecen
excepcionales y se
conectan con una manera
de hacer cine muy de
cuerpo, vívida,
palpable. Sobre todo me
implico con algunas
personas que confían en
el documental como
género. El documental no
es un paso para llegar a
la ficción, sino el
único lugar desde donde
ellos se pueden parar.
¿Esa es también tu
elección?
Sí, eso no quiere decir
que no haga ficción, que
en algún momento deba
hacer publicidad; pero
el documental me
apasiona. Es un espacio
demasiado inseguro donde
puedo hacer de todo y a
la misma vez no puedo
hacer nada.
¿Cuáles son tus
herencias, tienen que
ver con el cine cubano?
Sí, tiene que ver con el
cine de Oscar Valdés y
de Nicolasito Guillén
Landrián, con la
pluralidad apabullante
de ese cine como está en
Osiel del Toa.
Tiene mucho que ver con
mi posibilidad y
aproximación a la vida y
con otras narrativas
contemporáneas, no
solamente cubanas como
el cine de Chantal
Akermann, Chaplin,
etcétera.
¿Cómo imaginas el futuro
del cine que hacen los
jóvenes en Cuba?
Los avances tecnológicos
nos ayudan a ser más
horizontales. Puede
haber mucho más y
hablarse desde varias
zonas del audiovisual,
aunque el espacio donde
se muestre no sea solo
el de las salas de cine
sino Internet o You Tube.
Cada vez el acercamiento
a estas tecnologías por
mucha más gente va a
poder contaminar el
mundo de las imágenes en
segunda dimensión. Así
es como me gustaría ver
nuestro futuro, más
participativo, donde no
importe tanto si es una
obra de arte, si es un
documental o un
reportaje, donde ese
tipo de clasificaciones
se borren y den lugar a
buscar nuevas maneras de
crear con las imágenes y
los sonidos. |