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Tiene los ojos cansados,
habla despacio y apenas
le he visto sonreír.
Parece un sujeto
tranquilo, de esos que
se escurren a un lado de
la vida intentado pasar
desapercibidos. Falso.
Karel Ducasse nació para
estar justo en medio de
la tormenta, allí donde
se corren los mayores
riesgos, pero también
donde suceden las cosas
más interesantes.
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Tal vez por eso se hizo
cineasta, puestos a
comparar, hay pocas
profesiones tan
arriesgadas, quizá la de
torero o corresponsal de
guerra. Exagero, por
supuesto, hay toreros
que nunca han cortado
una oreja y
corresponsales que solo
reportan desde el hotel.
Al final, los peligros
los asume cada cual
según su valentía y su
conciencia. De ahí que
el primer trabajo
relevante de Karel fuese
un documental sobre la
censura. Hasta el
momento, lo ha dicho él
mismo, ese es el
material que más estima.
No solo porque le
recuerde su etapa de
estudiante en la
Facultad de Medios
Audiovisuales del
Instituto Superior de
Arte o porque haya sido
su tesis de graduación
en la especialidad de
documental, sino también
porque le ha servido
como carta de
presentación. Difícil
encontrar mejor aval que
un trabajo sobre un
fenómeno casi tan
antiguo y complejo como
la propia creación
artística.
“Zona de silencio
se exhibió por primera
vez en la Muestra Joven
—me cuenta—, después ha
sido una película que me
ha dado muchas alegrías,
pues he logrado mandarla
a muchísimos festivales
fuera de Cuba, unos 50,
y me ha permitido
conocer a varias
personas que tienen que
ver con el mundo del
cine.”
Cuatro años después,
volvió a la Muestra, la
número 11, con una
producción totalmente
distinta: Los cuentos
de Panchito, un
dibujo animado para
niños sobre mitología
aborigen, la versión de
los vencidos sobre el
surgimiento de los mares
y los peces.
Karel llegó al mundo de
la animación por
accidente. Trabajaba en
el Instituto Cubano de
Radio y Televisión
(ICRT) y tras terminar
un curso de asistente de
dirección comenzó a
desempeñarse en la
producción. Aunque en
realidad, lo que de
veras le interesaba era
dirigir. Por eso no lo
pensó dos veces cuando
le ofrecieron la primera
oportunidad: un animado
sobre los derechos de
los niños, coauspiciado
por UNICEF. Fue así, de
casualidad, que se
enamoró del género.
“Pienso que nunca dejaré
de hacer animación,
aunque ahora tiene que
ver con mi trabajo
dentro de la televisión,
dudo que en algún
momento de mi vida como
creador vaya a estar
totalmente desconectado
de ella. Por eso, la
defiendo tanto y me
molesta cuando algunas
personas, incluso del
medio artístico,
afirman, por
desconocimiento, que la
animación es un arte
menor o muy fácil de
hacer. Siempre trato de
explicarles cuán
complicado resulta este
trabajo. Porque es muy
sencillo sentarse y
disfrutar de un animado,
pero es necesario saber
cómo se hace para poder
reconocer el
sacrificio.”
Sabe de lo que habla,
pues el primer capítulo
de la serie Los
cuentos de Panchito,
un corto de entre diez y
12 minutos, tardó siete
meses en los estudios
del ICRT. Es un proceso
duro, que no siempre se
valora con justicia: “No
porque yo pertenezca a
ese mundo, lo digo con
mucho respeto por el
resto de aquellos que
hacen animación en Cuba,
hay que quitarse el
sombrero, porque lleva
trabajo, muchísimo
esfuerzo y las
producciones suelen ser
muy lentas.”
Sin embargo, ya no
estamos en los 60. Antes
era necesario todo un
equipo de dibujantes,
materiales costosos y
muchísima paciencia.
Ahora, todavía hay que
tener paciencia, pero
solo se requiere de una
computadora, un par de
programas y una buena
idea. Esto explica, en
parte, por qué en los
últimos años tantos
artistas prefieren
expresarse a través del
dibujo animado. Lo otro,
tiene que ver con las
características propias
del género:
“En Cuba hay una gran
tradición de animadores
—explica Karel—. Creo
que muchos se acercan a
ese mundo, incluso
artistas de la plástica
u otras manifestaciones,
porque la animación es
una manera de mostrar
algo no del todo real y
da muchas posibilidades
a la imaginación. Es un
arte apreciado por todas
las edades, desde los
niños hasta los adultos,
creo que eso abre mucho
el rango de
espectadores.
“Antes no se hacía mucha
animación para adultos
porque la producción de
animados fue segmentada
solo para la categoría
infantil. Durante mucho
tiempo se creyó que los
dibujos animados se
consumían hasta cierta
edad. Pero ese mito ha
ido desapareciendo en
los últimos años gracias
a algunas obras
producidas generalmente
de forma independiente.
Creo que es bueno
ampliar el panorama,
porque de lo contrario
uno mismo acaba
mutilándose parte del
público. Está demostrado
que la animación puede
conectarse con personas
de cualquier edad,
resulta atractivo ver
algo que tiene cierta
conexión con la
realidad, pero que ha
sido ficcionado a través
de la gráfica. Es lo
interesante de la
animación: mezcla la
pintura con la
cinematografía.”
Karel asegura que tanto
en los estudios de
animación del ICAIC —ya
sea en los de La Habana
o los de Holguín, donde
acaban de terminar
Abdala—, como en los
del ICRT, los animadores
han alcanzado un gran
nivel técnico, más allá
de la brecha
tecnológica:
“En el mundo existen
softwares y equipos
que abaratan y agilizan
los procesos, Cuba no
tiene acceso a muchos de
ellos por ser un país
del Tercer Mundo, el
bloqueo y demás. Por
tanto, tenemos que usar
lo que está a mano y
creo que ahí radica
nuestra mayor
posibilidad: tratar de
aprovechar el
equipamiento que
tenemos. La tecnología
no garantiza un buen
producto. Ahí está la
obra de Juan Padrón,
Tulio Raggi y Mario
Rivas, con una identidad
y una gran conexión con
el público, todo eso se
logró pensando y
dibujando. Hay que
seguir por ese camino,
porque si otros lo
lograron, creo que
nosotros podemos
continuarlo.”
En realidad, el
verdadero problema —si
se le puede llamar así—
es otro, tiene que ver
con aquello que define,
en esencia, al cine. Más
allá de las poéticas,
los demonios y los
gustos personales, el
núcleo del cine sigue
siendo una buena
historia que contar. Con
la animación sucede lo
mismo. Lo que de veras
importa es el argumento,
la idea, lo otro, son
herramientas que te
ayudan a desarrollarla.
Sin embargo, muchas
veces se invierte la
lógica y se le presta
mayor atención a los
efectos y las técnicas
de modelado que a la
historia, y otras, el
realizador sencillamente
está más preocupado por
su vacío existencial y
se olvida por completo
del espectador. Aquel
infeliz sentado en su
silla y para quien, por
más que algunos
pretendan ignorarlo, se
hace el cine.
“Tiene que ver con dos
cosas —opina Karel—:
Primero, la llegada de
la tecnología digital
deslumbró a mucha gente,
llegaron a creer que eso
era más importante que
el tema a tratar y la
honestidad con que debe
hacerse. La otra parte
tiene que ver con el ego
del cineasta. Hay
quienes se empeñan en
transmitir su idea
aunque esta sea
incomprensible para el
resto del mundo y solo
la entienda él. Se debe
ser muy respetuoso con
el público. Por
supuesto, el artista
tiene derecho a expresar
su mundo interior, pero
tampoco llegar a ser tan
críptico que nadie lo
entienda. Hay distintos
tipos de obras, algunas
más intelectuales, otras
de un público más
amplio. No obstante, es
importante dar un
mensaje, saber cómo
contar una historia,
emocionar, comunicar. El
arte que más me interesa
es el que socializa, en
cualquiera de sus
manifestaciones. Quien
diga que hace una obra
para sí mismo y no le
importa que le interese
a nadie más, está
mintiendo. Si vamos a
compartir con la gente e
intentar que esas ideas
provoquen reacciones en
el público, entonces
vamos a hacerlo bien,
con temas interesantes
que hagan mover
mecanismos capaces de
echar a andar la
sociedad.”
Resulta evidente: Karel
es de los que todavía
piensa que el arte debe
servir a un bien mayor
que trascienda al
creador y al propio
hecho artístico. Es más,
el artista debe defender
aquello que cree y
llevarlo como un hábito,
de lo contrario, es
simplemente pose, gesto
impostado, nunca
compromiso. Y el arte,
al menos así lo cree él,
solo puede ser
comprometido:
“Si un intelectual va a
tratar en su obra un
problema de su país,
debe tener una tremenda
responsabilidad al
elegir el tema, cómo lo
va a hacer y luego ser
consecuente con esa
posición en la vida,
porque no haces nada con
criticar y que después
tu vida vaya por otro
camino. Esto es difícil,
se necesita mucha
seriedad para mantener
un concepto de vida y de
práctica artística, solo
se logra con madurez,
mucha honestidad contigo
mismo y compromiso con
tu país. Si uno hace una
obra para promover la
discusión y eso luego no
le interesa, es
preferible que no lo
haga. Hay que
comprometerse y hacerlo
bien, de lo contrario no
vale la pena.
“No creo en el arte
apolítico, para ser
artista hay que
comprometerse con alguna
posición, ya sea
política, social o de
pensamiento. Hagas
ficción o documental
siempre está el
posicionamiento del
artista detrás, porque
uno selecciona lo que va
a mostrar. A veces los
cineastas creen que esto
no ocurre en el
documental, pero no es
así, uno selecciona
dónde colocar la cámara
o la parte de la verdad
de los personajes que te
interese. Esto hay que
tenerlo claro porque no
se puede ser cobarde a
la hora de mostrar el
producto acabado, uno
debe tener muy clara la
intención y defenderla
hasta el final, no se
puede ser ingenuo.”
Tal vez por eso opina en
voz alta, ante la
curiosidad del resto de
los feligreses en el
café, quienes nos miran
como si fuésemos
extraterrestres. Él
parece ignorarlos, sigue
intentando hacerse
escuchar después que le
pregunto por las “zonas
de silencio”, esas que
muchas veces marcan la
manera de hacer cine:
“A veces también hay
cierto facilismo al
escoger temas que puedan
ser conflictivos o
aquellos que de no tener
mucha distribución en
Cuba despierten interés
en otros países. Pero
eso es algo muy difícil
de controlar o
segmentar, depende de la
responsabilidad de cada
cual, de la honestidad
que tenga con su obra.
Que no se toquen esos
temas es malo, pero que
se haga en demasía y con
facilismo u oportunismo,
es mucho peor. Cuando
los realizadores
escojamos un tema,
debemos hacerlo pensando
en un bien mayor, si
creemos que tenemos algo
interesante que decir,
si no queremos dar
respuestas, sino
simplemente llamar la
atención de la gente
sobre ciertas zonas que
pasan por alto, que cada
cual lo haga desde la
mayor honestidad.
“Debido a la propia
rutina diaria, muchas
veces nos fijamos solo
en esos temas polémicos
y descuidamos otras
zonas de la realidad que
tal vez sean más ricas o
más bonitas y debemos
tratar de buscar un
equilibrio, porque
ninguna sociedad es tan
triste ni tan alegre. La
complejidad del arte
está en eso, poder mirar
todo tipo de fenómenos,
porque el mundo y la
vida son muy ricos.”
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Los cuentos
de Panchito |
Quizá ahora se comprenda
mejor cómo pasó de
entrevistar a Antón
Arrufat, Fernando Pérez,
Pedro Juan Gutiérrez,
Frank Delgado y Gustavo
Arcos; a crear, desde su
computadora, los mares y
los peces. La idea
original de Los
cuentos de Panchito
—cuando todavía no eran
cuentos ni se llamaban
así— fue de Carlos Díaz
y Meibol Diez, dos
jóvenes investigadores
miembros del Grupo de
Estudios culturales
Nuestra América, creado
con el objetivo de
investigar, rescatar y
difundir el legado
aborigen de Cuba, Las
Antillas y América.
Ambos se aparecieron en
la División de Programas
Infantiles de la
televisión con el
proyecto bajo el brazo y
a Karel le fascinó la
idea:
“Quería hacer algo
diferente, que me
permitiera echar a volar
la imaginación, aportar
a la cultura cubana de
una manera más amplia,
tocar un tema poco
tratado y cuando me
hablaron de la mitología
aborigen, me cautivó. La
primera idea era hacer
una serie de animación,
pero después de
intercambiar, ha surgido
un proyecto mucho más
grande que incluye al
menos tres documentales
sobre la cultura
aborigen cubana,
nuestras raíces, de
dónde venimos, porque es
un gran error creer que
solo descendemos de los
españoles y los
africanos. Por suerte,
en las últimas Ferias
del Libro se
distribuyeron textos
para niños que tienen
que ver con la cultura
aborigen. Pero no basta
con eso, hay que revisar
los libros de las
escuelas y darnos cuenta
de que existen zonas de
la realidad cubana que
no se enseñan bien y que
el niño no las va a
aprender solo.
“Desde el inicio,
comprendimos que hacer
el animado era una
responsabilidad muy
grande. Sabíamos que no
podíamos cubrir todo el
tema, eso es algo que le
toca a varias
instituciones, pero nos
exigíamos mucho,
queríamos que quedara lo
mejor posible. Si íbamos
a tratar un tema que
resultaba desconocido
para los niños e incluso
para sus padres, había
que hacerlo lo más
atractivo posible.
Aunque tampoco quisimos
que fuera muy efectista,
sino que conservara esa
suavidad y nobleza del
cuento en el campo
cubano, ese toque
natural. Lo dividimos en
dos momentos: el mundo
contemporáneo, en el que
se cuenta la historia, y
el antiguo, donde tiene
lugar la leyenda
mitológica de los
taínos. Esta última
parte debía ser muy
atractiva, como no
teníamos referentes
documentales a los
cuales atarnos podíamos
imaginarnos el mundo
aborigen antillano como
quisiéramos. Hasta ahora
muchos de los que lo han
visto, adultos y niños,
me han comentado que les
ha maravillado ese
mundo. Eso para nosotros
es un logro, porque no
queríamos que fuera solo
agradable visualmente,
sino que tuviese también
un peso intelectual, una
carga emotiva importante
para quien lo viera y se
dejara sumergir en él.”
Precisamente de eso se
trata, de sumergirse, no
en los mares ni su
formación, es algo que
va mucho más allá, tiene
que ver con la manera en
que se creó el
imaginario de un país. A
Karel le interesa el
modo en que nos vemos
los cubanos a nosotros
mismos y a nuestro
pasado:
“El patrón tradicional
que siempre tuvimos de
lo que era Cuba: la
bandera, el escudo, la
palma real, las luchas
de independencia; ha
cambiado. La repetición
del mismo discurso ha
hecho que mucha gente se
aleje de los símbolos
que se tenían como
íconos de lo que
representaba la cubanía
y busquen otras
representaciones. Es
algo positivo porque el
amor a la patria no se
debe esquematizar de esa
manera. La patria puede
ser muchas cosas, y Cuba
está presente en muchos
lugares, puedes verla
cuando encuentras a otro
cubano en Alaska o en
Francia. Pienso que esta
generación a veces se ve
un poco perdida en ese
sentido, ojalá que estén
buscando una nueva
noción de cubanía y no
abandonándola
completamente, porque en
esa búsqueda también hay
un peligro: que la gente
llegue a desconectarse
totalmente del país, y
creo que aquí hay muchas
cosas que conservar.
Cada país tiene su
identidad, su cultura,
sus valores, son
elementos que no
deberían olvidarse. Pero
al mismo tiempo debe
entenderse que la patria
no se puede encasillar
en la política o en un
pedazo de tierra, debe
sentirse como algo más
espiritual. Hay que
dejar que la gente
entienda su país a su
manera, sin presiones.
No hay que enseñar a
nadie cómo se quiere a
la patria, hay que dejar
que cada cual lo sienta
por sí mismo.”
Mientras a otros les
obsesionan los fantasmas
que llevan dentro
—inquietud absolutamente
válida—, Karel prefiere
mirar afuera. Al final,
el mundo interior
siempre asoma de una
forma u otra, y la
realidad resulta más
interesante. Es allí a
donde cree que debe
apuntar su arte, pues es
allí donde tiene algo
que decir. Ya sea que
hable de la censura o la
mitología aborigen, al
final, todo tiene que
ver con lo mismo: cómo
se formaron los mares y
los peces, o mejor, cómo
nos formamos nosotros.
“Creo que entre las
ideas de muchas personas
pueden aparecer las
soluciones, es difícil
que una sola persona
pueda solucionar algo.
Pero estoy dispuesto
cada vez más a hacer
cosas por mi país,
porque lo quiero. Tengo
conciencia de lo que es
ser cubano, aquí me he
criado, están mis
raíces, mi familia. Es
bueno que se escuche a
los jóvenes, porque
tenemos muchas cosas que
decir, ojalá que seamos
todos. Hay algunos que a
veces por cansancio,
apatía o doble moral, no
dicen lo que piensan,
pero eso nunca nos va a
llevar a un camino
positivo, que genere
cosas buenas para otros.
No se puede pensar
solamente en uno, sino
también en los demás.
“Cuando uno aporta una
idea que es honesta
contigo mismo, puedes
estar ayudando a dar una
solución al problema de
otro. Esas son las bases
de la sociedad, el ente
individual debe pensar
en el colectivo. Y en
tiempos de crisis de
valores, tiende a
priorizarse mucho la
individualidad sobre el
colectivismo. Es algo
que no tiene que ver con
un sistema en
específico, sino con el
ser humano.
“Por eso, siempre estaré
dispuesto a ofrecer
ideas. Me sentiría muy
mal conmigo mismo si un
día me quedo en mi casa
y digo: hoy no voy a
opinar nada si me ponen
un micrófono delante o
en una reunión familiar
o con un grupo de
amigos. Me sentiría
derrotado. Al decir mi
verdad siempre me siento
bien conmigo. Un
filósofo dijo que
existían tres verdades:
la tuya, la mía y la
Verdad; mientras eso se
entienda, podemos
dialogar y echar
adelante proyectos
interesantes. Como ha
sido el proyecto de la
Revolución, que tiene
imperfecciones que hay
que arreglar, pero
arreglarlas entre
todos.” |