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Pertenezco a una
generación ventana, a
una promoción de
cineastas cubanos que
abrió las puertas a
muchos otros jóvenes que
vinieron detrás. A
partir de nuestra obra,
vinculada o no a la
institución, surgió la
Muestra de Jóvenes
Realizadores, un espacio
―prefiero llamarle así,
antes que definirlo como
un “festival”― para
privilegiar el talento,
con la misión de
rejuvenecer la nómina
del Instituto Cubano del
Arte e Industria
Cinematográficos (ICAIC)
por una razón lógica:
los directores que
trabajaban en torno a
una institución de 50
años, tenían una edad
promedio de 70.
Sin embargo, en un país
que no tiene una ley que
proteja al cine ―aunque
sea subvencionado―, un
joven se enfrentaba a
una cámara y a la
realidad de la calle de
manera improvisada, con
todos los riesgos que
implica: el
desconocimiento de lo
que se llama un “permiso
de cine”, el
desconocimiento de los
derechos y de las
posibles vías de
distribución; pero
siempre abrazamos la
búsqueda de un decir
diferente, de un
lenguaje que se asome a
nuestra realidad desde
perspectivas
renovadoras. Y eso es,
justamente, esta
generación: la mía y la
que engloba a los más
jóvenes cineastas de
hoy. Más allá de los
oportunismos y los
reciclajes, es posible
advertir en ellos un
movimiento interesante:
una corriente sin líder
ni manifiestos ni
instituciones que los
respalden ―la Muestra
dura apenas una semana y
no repercute en la
carrera de un realizador
más que como un paso
hacia adentro de la
industria cubana.
Mi primer documental,
Las manos y el ángel,
fue también un resultado
de los riesgos. Filmé
con siete cámaras
diferentes y el lenguaje
con que hilvané el
discurso, no era más que
una manera de disfrazar
el defecto de la
realización misma; pero
eso no frena a un
cineasta que empieza. Su
obsesión es expresarse y
no conoce otra vía, a
cambio de nada. Hablamos
de un panorama hermoso
pero desolador, donde el
joven se curte lidiando
en esas aguas. Y en
Cuba, los primeros pasos
de un cineasta tienen un
sabor particular. Las
relaciones económicas lo
definen todo en una
sociedad, y esos
muchachos que hacen un
documental pasan
vicisitudes impensables
solo por las ganas de
hacer, de decir. Vienen
de la música, del diseño
gráfico, de la
arquitectura, del
periodismo, con miles de
ideas dándoles vuelta en
las mentes y en las
gargantas.
Hablamos de un
movimiento atendible
desde muchos puntos de
vista. Por ejemplo,
desde
Sara Gómez no se
veía en el cine cubano
una impronta tan fuerte
de la mujer, con miradas
no solo a la realidad
cubana contemporánea,
sino también centradas
en los lenguajes. Las
nuevas generaciones se
están preocupando por el
“qué” contar y por el
“cómo”: una deuda con
Sara, con Nicolás
Guillén Landrián, con el
propio Titón, con la
escuela cubana del decir
con una morfología, con
un discurso
cinematográfico propio.
Entre la nueva
generación de cineastas
en Cuba, se puede
percibir una suerte de
itinerario estético en
relación con sus
precedentes de todas
partes del mundo. La
promoción que sirvió de
puerta a la actual, por
ejemplo, es heredera de
la Nueva Ola y del
Neorrealismo, tanto como
de Memorias del
subdesarrollo o de
Lucía. Para eso
son las vanguardias:
para enseñarnos a
transgredir, a revisitar,
a descomponer, a
rehacer.
Con la tradición a
cuestas y con
perspectivas propias,
las temáticas en el cine
cubano hecho por jóvenes
conforman un abanico
amplio. Como ocurrió en
la década de los años 70
en el teatro cubano “de
la marginalidad” y,
luego, con el cine
“social”, prima hoy
entre los jóvenes
realizadores una mirada
hacia “el otro” más
desprotegido dentro de
la sociedad: fenómenos
raciales, conflictos de
género, segregación,
accesibilidad a
determinados bienes,
etcétera, son abordados
desde una sensibilidad
que convierte a esos
sujetos en nuevos
íconos, en puntos de
referencia a los que la
sociedad tiene que
mirar. Es una apuesta
valiente e importante,
pues el cine es el
documento visual que
sirve de testimonio a
una época.
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Fotograma del
largometraje
Larga distancia |
A grandes rasgos, así
puede describirse el
panorama en relación con
el “qué”. Las nuevas
tecnologías han
propiciado, en gran
medida, ese despegue
temático. Cualquier
joven puede filmar un
cortometraje con un
celular y editarlo en su
casa. Hace unos años,
era un fenómeno
impensable. No obstante,
en relación con el
“cómo” contar historias,
la situación es más
compleja. La vanguardia
siempre tiene nombres y
apellidos, nunca será
una masa de 500 jóvenes.
De cada Muestra, dos o
tres trabajos son
verdaderamente
atendibles. Esa cifra ya
constituye un éxito en
un país con 11 millones
de habitantes,
bloqueada, con una
economía que lo reduce
todo a la dificultad.
Nunca he creído en los
bajos presupuestos como
justificación de un
material con
deficiencias dramáticas.
Justamente, es ahí donde
se define a un artista;
pero esas obsesiones con
decir las cosas de
formas diferentes no es
general: el experimento
per se no es un
valor, es jugar a ser
contemporáneos sin
cuidar la comunicación.
A diferencia del
“pastiche digital”, el
arte cinematográfico
requiere una formación
para que sea verdadero.
Ninguna escuela le va a
aportar a un realizador
el talento que no tiene.
Estudiar cine es una
posibilidad para las
elites, en cualquier
lugar del mundo. El
hecho de que en Cuba
esté al alcance del
talento, provenga de
donde provenga, es una
suerte innegable. El
tiempo ha nutrido a los
jóvenes de posibilidades
que otras generaciones
nunca conocieron. Hasta
hace menos de una
década, para ver buen
cine había que acudir
religiosamente a la
Cinemateca o al espacio
de televisión Toma 1.
Hoy, cualquiera
intercambia memorias
flash o discos
cargados de películas de
todas partes del mundo.
No obstante, esas
capacidades no definen a
un cineasta en el mundo
contemporáneo: esta
profesión requiere una
competencia cultural que
contenga lenguajes de
las artes plásticas, del
teatro, de la música y
de la literatura, que
solo se alcanza con
incorporarlas a la vida
misma.
Todo el que tiene
sensibilidad
cinematográfica, no se
convierte en cineasta;
como nación, el desafío
pasa por darnos cuenta
de hacia dónde podemos
orientar el arte
contemporáneo cubano,
más allá de cifras y
nóminas. Tenemos que
encontrar sistemas de
producción realmente
alternativos y ponerlos
a operar en función del
talento; revolucionar
nuestras leyes y
nuestras concepciones.
La sala de cine está en
crisis en todo el mundo;
pero tenemos una
ventaja: la carencia de
opciones de recreación
suele orientar los
rumbos de los cubanos
hacia el cine. Aun
cuando se exhiban en
ellas DVD y no películas
en 35 mm, el encanto de
la sala oscura sigue
cautivándonos. El cine
cubano todo, el de los
más jóvenes y el que le
precede, tiene en esa
fidelidad del público
una fortaleza. Convertir
las salas en sitios para
conciertos, aun cuando
pueda tener un cometido
loable, demerita el rol
cultural y social del
cine como manifestación
del arte.
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Fotograma del
largometraje
Larga distancia |
Existe el criterio de
que casi todo el cine
cubano de los últimos
años se parece y ese
hecho no tiene nada que
deberles a los
presupuestos económicos.
Tiene que ver con
presupuestos estéticos
que los jóvenes están
asumiendo de una forma
más creativa. Cuando mi
generación irrumpió en
el ICAIC, el paradigma
era el cine que se había
hecho desde esa
institución, más que la
institución en sí misma.
Fuimos convocados con
una idea: “es importante
que el ICAIC tiemble,
otra vez”. Y tembló.
La Muestra ha sido el
proyecto más hermoso y
sabio que ha tenido
cabida allí en la última
década. Le permitió
hacer cine a una
generación que ni soñaba
con eso. Caminábamos por
los pasillos, orgullosos
de estar pisando el
suelo donde también
anduvo
Titón; pero los que
vinieron después, lo
hicieron desde un
contexto económico,
social y cultural muy
diferente: los hijos del
período especial no
sueñan con pisar el
suelo de nadie, sueñan
con construir su propio
piso. Quienes no estén
atentos a eso, lo
perderán todo,
incluyendo el propio
cine. |